Literatura
Rara, como encendida
A los 85 años, bajo el seudónimo de Beatriz Portinari, #AuroraVenturini ganó un concurso de Página/12 y de repente «fue descubierta». Pero llevaba cuatro décadas publicando. Este ensayo combina crítica literaria, investigación y escritura personal para pensar para pensar los mecanismos de exclusión y consagración en el campo literario argentino. La pregunta, a fin de cuentas, es quiénes deciden qué obras merecen ser leídas.
Por Victoria Cassoli
18 de septiembre de 2026
A Fernanda Cano, que sembró la primera pregunta de este ensayo en un seminario del Joaquín V. González. A la Biblioteca Nacional M. M., por admitirme como investigadora para realizar este trabajo.
Escritora por fatalidad, según sus propias palabras, Aurora Venturini escribía bajo la insaciable necesidad de expresarse por medio de la palabra. Sus primeros versos fueron parte de un poema para su madre: “(…) dijo que yo no lo había hecho. Qué maldad. Después escribía bajo las sábanas con una linterna. Mamá decía ‘mirá qué pavadas hace’, creía que las escritoras eran unas locas. Tenía razón”. Novelista, traductora, poeta, cuentista, docente, ensayista: tantas profesiones como libros publicados. Aurora estudió Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de La Plata y trabajó como asesora en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor, donde conoció a Eva Perón, de quien fue amiga: “Había algo más en esa mujer, que no era de acá. A mí me deslumbró, y todavía cuando me acuerdo de ella me parece que está”, comenta Aurora en una entrevista realizada en septiembre de 2012.
Pensar a Venturini por fuera del peronismo me resulta, en primera instancia, descolocante: no porque su literatura pueda reducirse a una identidad política, sino porque esa pertenencia atraviesa buena parte de los rechazos, silencios y lecturas que acompañaron su trayectoria. Sencillamente: no he podido comenzar este ensayo sin mencionar, en su inicio, a Eva Perón.
Publicar desde los márgenes
En 1942 Venturini publicó Versos al recuerdo, su primer libro de poesía: sería la primera publicación de una obra que, con los años, abarcaría más de cuarenta libros de distintos subgéneros. “Todas mis novelas transcurren en La Plata. La historia no sé quién me la dicta. Yo ni me acuerdo lo que escribo. Escribo y escribo porque lo necesito. Paro y me lleno otra vez. Una cosa extraña, de escritor (…) Yo no sé por qué escribo. Es un misterio. El que cree que no hay otra cosa, se equivoca. Yo creo en los fantasmas. No hablan, pero siento una gran satisfacción al verlos”. Un semitrance que inevitablemente me lleva a pensar, por un instante, en Kerouac: esa escritura sostenida sin pausa, ese movimiento ininterrumpido de tipeo impulsado por un estado mental particular. Aunque, estimo, en Venturini no hablamos únicamente de un estado: hablamos de zonas mucho más profundas en las que no me meteré. Acaso la escritura de Aurora va mucho más allá, sosteniendo sus palabras: “El que cree que no hay otra cosa, se equivoca”. Parafraseando a Pizarnik, agregaría: Aurora / Aurora / Debajo estás vos / Aurora.
Pero claro está que escribir no es lo mismo que circular. Una cosa es la necesidad de la escritura; otra, muy distinta, son los caminos que esa escritura recorre una vez que abandona el escritorio. Entre el manuscrito y los lectores se extiende una trama de editoriales, premios, críticas y silencios que determinan qué obras alcanzan visibilidad y cuáles permanecen durante años en los márgenes. La trayectoria de Venturini obliga a detenerse justamente ahí: en esa distancia entre una obra que no deja de producirse y un reconocimiento que, sin embargo, tarda décadas en llegar. Fogwill decía que “quien depende del mercado está definitivamente perdido”, y Venturini, en cierto modo, construyó su recorrido por fuera de las grandes estructuras del mercado editorial. Durante décadas publicó en editoriales pequeñas y sostuvo muchas de sus propias ediciones. Es decir: encontró la manera de que sus libros existieran incluso cuando el mercado no parecía interesado en hacerlos circular. El problema, entonces, no era solamente publicar un libro, sino conseguir que ese libro encontrara lectores. Retomando a Fogwill: es el actual mercado literario argentino quien depende de peculiares escritoras como ella y de decenas de escritoras que se han posicionado al frente en, por lo menos, los últimos diez años. Quien niegue esta afirmación quizá imagine un panorama literario dominado exclusivamente por los grandes nombres de siempre. Y es cierto: no dejaremos de leer a Cortázar, ni otros dejarán de volver una y otra vez a Borges. Sin embargo, el punto no es ese. Aquí el eje es que lo ‘‘novedoso’’ (atención a las comillas) entra sin rechazo y se instala con igual soltura. Nuevas formas de escritura y resistencia se incorporan constantemente a la literatura argentina; lo nuevo encuentra hoy formas de ingresar al campo literario con una fuerza que décadas atrás parecía impensable. Remarco décadas, en plural, no años.
Nada de esto ocurre por azar. Detrás de cada irrupción existe un largo proceso de escritura, circulación y condiciones sociopolíticas que la hacen posible. Las revistas digitales y las editoriales independientes funcionan como vías de acceso y difusión para obras que, en otros momentos, quizá hubieran permanecido solamente en las manos de su autora. A su vez, los premios literarios van de la mano con publicaciones en grandes y reconocidas editoriales que abren sus puertas ante la conveniencia de lo “novedoso en el mercado”: aquello que surge desde los márgenes comienza a adquirir relevancia. Aun así, más allá de las herramientas disponibles, es el contexto sociopolítico el que termina favoreciendo —o limitando— los procesos de circulación y visibilización dentro del campo literario. “No existe la militancia de cartón”, ha dicho alguna vez Susy Shock: y la literatura es uno de los espacios en donde las escritoras, desde la posición de resistencia de las identidades, ponen en disputa los relatos dominantes de poder a través de la palabra como herramienta política. La visibilización es, entonces, un proceso en constante ruptura y tensión.
“La literatura no es el jardín de unos burgueses, unos pocos burgueses, blancos, varones, heterosexuales, sino que debería ser el gran vergel de todos y estamos trabajando por eso”, decía Gabriela Cabezón Cámara en una entrevista con Infobae en 2019. La escritura no es solo un método de visibilización, sino un espacio firme en donde el arte y la literatura se vuelven herramientas de resistencia y contención frente a la crueldad y los discursos misóginos que cotidianamente acechan en una realidad que lejos está de la ficción.
Entre la producción literaria y las vías de consagración
Innumerables artículos y columnas repiten, con distintas palabras, la misma idea: un premio coronó a Venturini y la elevó repentinamente a la fama. En 2007, a los 85 años, Venturini se presentó bajo el seudónimo de Beatriz Portinari con Las primas y ganó el concurso de Página/12. Finalmente un jurado honesto había puesto atención en su obra: ya no sería más un nombre de descarte ante un grupo de intelectuales que evaluaban el valor de su escritura en base a sus ideologías políticas. El peronismo había sido una barrera en su trayectoria como escritora, pero un peso con honor.
Ahora bien, afirmar que el premio otorgado por Página/12 le otorgó a la muchacha punk la completa consagración en el campo editorial argentino se aleja, verdaderamente, de toda honestidad.
“Mirá, fijate que a mí me reconocen primero en Madrid. Cuando gané el premio de Página/12 la que me descubre es Liliana Viola, mi amiga. Todo hubiera quedado ahí nomás, en la edición que hizo el diario de Las primas (…) Pero mi agencia literaria, CBQ, presentó Las primas a la editorial Caballo de Troya, y al editor le gustó mucho el libro y lo publicó. Luego vino la edición de Mondadori Argentina y ahora en Mondadori España. Así fue como salí. Es decir, tuvieron que decir en España que era buena para que acá me dieran bola. (…)” La declaración aparece recogida por José Tcherkaski y María José Seoane, y la propia Venturini volvería sobre la misma idea en una entrevista con Leila Guerriero: “Yo ya había publicado antes cuarenta libros, pero esto fue una explosión. Ahora acá dicen que soy buena porque lo dicen en Europa. Son repugnantes, mirá. Vivimos en un charco inmundo”.
No es una situación particular de Aurora, claro está: basta observar, sin demasiado detalle, el panorama editorial argentino para entender cómo funciona. Básicamente: tener que publicar en Europa para que te (re)conozcan en América Latina. El caso de Venturini permite pensar un fenómeno que excede ampliamente su particular trayectoria. La pregunta ya no es únicamente por qué una escritora que había publicado durante décadas debió esperar hasta los ochenta y cinco años para ser leída masivamente, sino también por qué el reconocimiento extranjero continúa funcionando, en numerosos casos, como una garantía de valor para el mercado editorial argentino. Resulta difícil no advertir cierta persistencia de viejas lógicas culturales. Como si la literatura latinoamericana todavía necesitara ser validada desde otros centros para ser plenamente reconocida en su propio territorio. No se trata de negar la importancia de la circulación internacional, sino de preguntarse por qué una obra necesita atravesar el océano para que quienes la tenían al alcance de la mano decidan, finalmente, leerla.
Sostengo que la literatura argentina es una de las más latentes y productivas de América Latina. Me pregunto cómo es posible que, a la fecha, y como se citó anteriormente en palabras de la propia Aurora, aún estemos tan colonizados dentro del mercado editorial.
Después del olvido
Actualmente varias editoriales de gran circulación están recuperando obras de Venturini publicadas décadas atrás. El fenómeno resulta significativo: no estamos descubriendo una autora que acaba de aparecer, sino reeditando una obra que llevaba mucho tiempo existiendo. Pogrom del cabecita negra, por ejemplo, fue publicado originalmente en 1969. Eva. Alfa y Omega, publicada por Sudamericana en 2014, fue recuperada posteriormente en nuevas ediciones. Las primas, por su parte, pasó de la publicación de Página/12 a nuevas ediciones y a una circulación internacional que incluyó España y traducciones a otros idiomas. Resumidamente: se están reeditando obras de una autora que durante décadas permaneció en el cajón de la mesita de luz de innumerables editoriales que ahora fantasean con su nombre. Sospecho que Aurora los putearía, sin ninguna culpa, a través del teléfono.
Me interesa detenerme en algunos momentos y tensiones que permitan pensar los mecanismos de circulación, legitimación y reconocimiento dentro del campo literario argentino. La trayectoria de Venturini ofrece una entrada privilegiada para hacerlo. La historia que sigue es necesariamente desprolija y fragmentaria, como toda historia sobre los olvidos literarios. Reconstruir con precisión cómo y dónde circuló la obra de Venturini durante décadas requeriría una investigación mucho más extensa. Una investigación digna de una nouvelle para intentar comprender en qué ha fallado la literatura con la y las escritoras, si es que “fallar” es el verbo correcto.
La nouvelle comenzaría del siguiente modo: entre los años sesenta y setenta del siglo XX se produce un boom de testosterona, mejor explicado como un fenómeno que reúne a un grupo de novelistas latinoamericanos que logran hacer de la literatura un elemento explosivo: un boom de novelas brillantes encabezadas por Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y, según de qué modo se lo piense, Carlos Fuentes. Algo así como los cuatro pilares de las letras latinoamericanas de los años sesenta en adelante. En la serie Impriman la leyenda la escritora Leila Guerriero comenta que el fenómeno probablemente fue “producto de un azaroso alineamiento de planetas”. Un alineamiento que también dejó zonas de sombra: escritores talentosos que quedaron relegados a los márgenes de un fenómeno que parecía concentrar toda la atención crítica y editorial. De los olvidos literarios pueden hablar muchos autores; de la exclusión literaria las escritoras pueden dar cátedra. La realidad es que no hay mucho para explicar sobre por qué no figuraban nombres de escritoras dentro del boom latinoamericano: era una consecuencia lógica de la época. ¿Era una consecuencia lógica de la época? Lo cierto es que la historia de la literatura parece haber encontrado siempre mejores lugares para las escritoras en los márgenes que en el centro de la escena. Hace algunos años intenté condensar esa sensación en un poema. Lo escribí cuando tenía dieciocho años (parafraseando a Susana Thénon, Susy Shock y Wislawa Szymborska), muchos años antes de comenzar este ensayo, y sin embargo vuelvo a él porque resume mejor de lo que podría hacerlo ahora algunas de las preguntas que atraviesan este texto:
SOCIETY OF DEAD POETS
Sería mejor “dar lugar”
o será tomado.
Diana Bellessi
En el habitus de escribir
habrá siempre un rincón
en donde no importen las raíces del lenguaje,
en donde no sea bienvenido el útero afiebrado
entre tanto pene: ¡OH!
resplandor brillante de intelecto,
lustrado en su excelencia.
¡Ah!
Con las yemas negras teclearé: 1973 y
a la mierrr r rrrda Pito Neruda.
Seguid, oh padre poético, el camino a Parral,
dad media vuelta, que las poetas
os daremos un empujonsín
a vuestro culo.
—…
Cinta entintada.
Continuaré:
A la mierda Vergas Llosa
y le français
Jean-Baptiste Poquelin
¡¡¡¡¡Al carajo la musa,
masa, misa, muda!!!!
Yo soy poeta,
sustantivo de género común,
pero no les llaméis a ellos
poetisos,
por FAvor, honrad su gLOria.
Siglo XX
Falsos seudónimos masculinos
Siglo XXI
quince Premios Nobel de Literatura
quince Premios Nobel de Literatura
quince Premios Nobel de Literatura
(Por favor, honrad su polla)
Yo soy
mujer/
lesbiaNa/
pOeta/
joVEN
¿Cuál os ha picado más?
Del análisis se encargará
El Honorable Congreso de las leyes de lo Normal.
Y en el mejor de los casos serás,
mi querido poema,
atentamente leído, comentado y recordado.
Diré:
Adianchi, compañeras.
QUE LAS PUERTAS NO SE ABREN SOLAS
Y solo el pecho
abre camino
entre nosotras.
Yo poeta
me niego a ser poseída
por palabras, por jaulas,
por geometrías abyectas.
Me niego a ser
encasillada,
rota,
absorbida.
AL CARAJO LA METÁFORA
Esto no es un poema:
es un grito
de rabia.
STAIRWAY TO FAME
Herederas, ¿herederas?
El estallido actual de escritoras argentinas mencionado anteriormente difícilmente pueda pensarse como el resultado de un “azaroso alineamiento de planetas”, seguramente porque todo lugar “conquistado” por mujeres requiere de una larga trayectoria de luchas. Si hoy numerosas escritoras ocupan lugares de visibilidad dentro del campo literario, es porque detrás de cada una de ellas existe una larga historia de disputas, exclusiones y conquistas. Quizá podría pensarse este fenómeno como una suerte de revancha editorial. Sin embargo, incluso esa idea requiere ciertos matices. La revancha es, en buena medida, puramente simbólica. ¿De qué son herederas las escritoras contemporáneas? Tal vez la condición de herederas implique precisamente esa paradoja: formar parte de una tradición y, al mismo tiempo, disputar sus límites. Como escribió Tomás Eloy Martínez al pensar el canon argentino, esta es una pregunta perpetua, algo que cada lector hace y rehace día tras día. Tiene, decía, un “tronco estable”, en el que se encuentran Sarmiento, Hernández, Lugones y Borges, mientras las ramas se levantan y caen al compás de cualquier viento. El presente, por su parte, es necesariamente más difícil de leer. Martín Kohan lo definió como “magmático por definición”: un territorio todavía en movimiento, en el que las posiciones no terminaron de fijarse. Toda escritora que publica hoy lo hace sobre una tradición que fue construida, legitimada y narrada principalmente por hombres. La pregunta no es solamente quiénes ocupan hoy el centro de la escena, sino quiénes tuvieron históricamente la posibilidad de construirla. Aun así, tanto el boom latinoamericano como el llamado “boom” actual de escritoras argentinas lograron instalarse con fuerza en sus respectivas décadas. Sin embargo, entre ambos fenómenos existe una diferencia fundamental. Mientras el primero fue narrado casi exclusivamente a través de nombres masculinos, el segundo obliga a revisar los límites de una tradición literaria que durante mucho tiempo reservó sus lugares de mayor prestigio para los hombres. Gabriela Cabezón Cámara también cuestionó la necesidad de hablar de un “boom” de escritoras. Su rechazo apuntaba, entre otras cosas, a la operación de mercado que supone la palabra: si de pronto comienzan a sonar muchos nombres de mujeres, parece necesario inventar una categoría para explicar el fenómeno. Qué ridiculez. La pregunta, entonces, es por qué durante tanto tiempo permanecieron en los márgenes de la conversación literaria. Como ha señalado Mariana Enríquez en alguna entrevista que no puedo especificar, las puertas para muchas escritoras no se abrieron suavemente: se abrieron a patadas.
“A mí me han perseguido mucho, abrían los sobres y cuando veían que era yo decían: ‘a esta peronista no’. Yo fui amiga de Evita, trabajé en la Fundación, y eso lo tuve que pagar muy caro”, cuenta Venturini en una entrevista.
Y en A.Venturini, la maldita, recuerda:
—¿Alguna vez publicaste algún cuento en la revista Sur?
—No. Había gente que no me pasaba porque era peronista.
También recuerda el episodio que habría provocado su salida de Clarín después de la publicación de Pogrom del cabecita negra:
—Fijate que por culpa de él me echaron de un diario. Yo trabajaba en Clarín, tenía la última hoja. Y por ese tiempo publiqué Pogrom del cabecita negra, y un periodista de Clarín dijo que era una porquería, que era una pavada, que era un disparate. (Las declaraciones aparecen recogidas por Tcherkaski y Seoane en las conversaciones que mantuvieron con Venturini)
Leopoldo Marechal constituye otro ejemplo claro de las consecuencias que podía tener la adscripción peronista dentro del campo intelectual argentino. Sin embargo, el caso de Aurora Venturini presenta una particularidad adicional: no solo cargó con el peso de una identidad política incómoda para ciertos sectores culturales, sino también con las dificultades históricas que atravesaron las escritoras para acceder a espacios de publicación, circulación y reconocimiento. Pensar su trayectoria únicamente en términos literarios sería insuficiente. Las puertas que se le cerraron durante décadas no respondían exclusivamente a criterios estéticos. En la historia de Venturini, literatura y política aparecen constantemente entrelazadas, hasta el punto de volver difícil distinguir dónde termina una y comienza la otra.
Citando a Marechal: “Fui, soy y seré peronista. Para mí el justicialismo es la única solución para la Argentina”. Durante años se le declaró una especie de muerte simbólica que lo dejó ampliamente excluido del mundo literario. “Vino el 55 y entré en una década de soledad terrible”, decía. Nacido veinte años antes que Aurora Venturini, su trayectoria permite advertir que las disputas políticas no fueron ajenas a los procesos de legitimación literaria. En distintos momentos de la historia argentina, determinadas posiciones ideológicas condicionaron no solo la circulación de las obras, sino también la posibilidad misma de ser leído. La historia de Venturini obliga a sospechar que ciertas palabras nunca fueron peligrosas por su calidad literaria, sino por las ideas que cargaban detrás. Después de todo, no hicieron falta prohibiciones para mantenerla durante décadas en los márgenes: bastó con no leerla.
La literatura ha sido, y es, un espacio atravesado por conflictos políticos, exclusiones y disputas por la legitimidad. En ese cruce entre escritura y poder, la palabra deja de ser únicamente una herramienta estética para convertirse también en una forma de intervención sobre el mundo. Se abre entonces el interrogante acerca de la palabra y el peligro, ligados a la literatura y a los distintos escenarios históricos que atraviesan nuestro país como una grieta en constante tensión. En un sentido amplio, y no únicamente circunscrito a los períodos dictatoriales, nos desplazamos hacia el territorio de lo literario: un espacio fundamental para el desarrollo de las artes y de una necesidad primordial, la palabra como herramienta urgente. Tal vez por eso resulte insuficiente explicar el reconocimiento tardío de Venturini como el resultado de una casualidad editorial o de un repentino descubrimiento crítico. Su obra no apareció de golpe, llevaba décadas esperando ser leída. La pregunta, entonces, ya no es cómo llegó Aurora a la fama, sino por qué la fama tardó tanto en llegar a Aurora.
Aurora es acaso la creadora de su propio mito: el de una escritora fantasma que codea realidad y ficción. Transitó desde la década del cuarenta hasta el año 2015 períodos tan diversos como excluyentes para su literatura. Un fantasma que cierra y abre sus propias puertas: sin codearse con escritoras contemporáneas, sin compartir mesas literarias, sin ofrecer talleres literarios de inalcanzables aranceles, sin ser presentada en la columna de un canal televisivo, sin ser invitada de honor en una feria del libro, sin brindar numerosas charlas literarias en centros culturales. Aurora, quien había llegado a la conclusión de que la fama era puro cuento, logra ingresar, como una trompada inesperada, en una zona de gran visibilidad en el panorama literario argentino. La muchacha punk de ochenta y cinco años, bajo el dantesco seudónimo de Beatriz Portinari, pateó las puertas para quedarse.
A ciento cinco años de su nacimiento y a once de su muerte, ella continúa regresando desde los márgenes hacia el centro de la escena y sigue obligando a la literatura argentina a preguntarse quiénes quedaron fuera de la fotografía.
Aurora Venturini,
La maldita,
más presente que nunca.
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