Feminismo
¿Se alcanza a ver el territorio?
La Patagonia como experiencia en la narrativa de Pilar Cimadevilla
La Patagonia suele ser narrada como un territorio vacío, hostil y distante. Este ensayo recorre la escritura de Pilar Cimadevilla para pensar otra relación con el paisaje: una en la que el viento, el mar y la meseta no son postales, sino fuerzas que atraviesan el cuerpo y la memoria.
Por Fiore Gonzalo
25 de agosto de 2026
«Es la primera vez que escribo sobre la Patagonia desde la Patagonia. ¿Se puede pensar un espacio desde lejos?», comienza Pilar Cimadevilla. La pregunta parece irradiar la totalidad de su obra. Desde El desierto es el polvo del desierto hasta El mar avanza hacia sí mismo, pasando por Lenguaje marino y Ofrenda, la escritura de Pilar vuelve una y otra vez sobre el sur argentino, más precisamente sobre esa geografía del noroeste chubutense donde el viento, la meseta y el mar organizan una forma particular de habitar el mundo.
Fui (¿volví?) una semana al sur con El desierto es el polvo del desierto, el último libro de Pilar que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires, ciudad donde resido actualmente. Más allá de que iba volando a mil pies de altura —escuchando Gulp! por enésima vez—, lo que en realidad me estaba transportando una y otra vez a la ciudad donde crecí era esa lectura en específico, nada más. Ahí, el universo en mis manos. A partir de su narrativa, siempre fotográfica, se me vinieron a la mente una tira de negativos de mi cotidiano allá. Más que fotos inmóviles, se me vinieron encima todos los olores, el frío que me impregna la piel, la sensación del viento en la cara y el recuerdo de mirar el cielo y sentirlo inabarcable.
Creí que me había olvidado de la meseta y el mar en la gran ciudad, ¿pero realmente me olvidé?
Durante décadas, la Patagonia fue narrada como un espacio vacío, hostil, excepcional por encima de otros. Viajeros, naturalistas y cronistas insistieron en sus escritos en subrayar el viento, las distancias y la soledad ensordecedora que transmiten los kilómetros y kilómetros de llanura árida. El territorio aparecía entonces como un objeto de observación. Esa tradición todavía organiza buena parte del imaginario sobre el sur. Para los que crecimos allá, esa fijación con exaltar lo «negativo» del lugar es también parte de «la regla heredada» (nos enseñan que apenas tengamos la edad suficiente tenemos que escapar, porque el sur no tiene nada para ofrecernos más que frío y cotidianeidad). Realmente, hay una cosa tenaz en creer que lo habitual de la rutina que transcurre en esos 249 kilómetros de ciudad es eso, rutina, el tránsito previo a otra cosa, nada más. Pilar escribe decididamente desde otro lugar: el paisaje nunca aparece como una postal ni como un escenario inmóvil, sino como una fuerza que transforma la percepción de quienes lo atraviesan; capaz de desautomatizar incluso la percepción de los que viven allá.
En sus libros, el viento, la tierra o la brisa que nos humedece la ropa y llega desde el mar no funcionan como características climáticas aisladas, sino como manifestaciones de una presencia constante que modifica la experiencia del tiempo en el cuerpo. El mar deja de ser solo un límite geográfico para transformarse en un archivo de memorias, cuerpos, vidas y herencias. La naturaleza nunca aparece separada de la subjetividad: ambas se construyen mutuamente. Ahí donde gran parte de la escritura sobre la Patagonia se pregunta qué es ese territorio o por qué está organizado de esa manera y no de otra, Cimadevilla parece preguntarse qué le hace ese territorio a quienes viven en él. El punto donde la geografía deja de ser un objeto de observación para convertirse en una experiencia capaz de atravesar el cuerpo completo.
Antes de subir al avión agendé para ir a hacer el avistaje de ballenas, práctica emblema de la provincia. No lo hacía desde cuarto año de primaria, donde te hacen jurar la bandera y subirte a un barco para estar corazón a corazón con las ballenas francas australes. Yo, que venía de leer —también— El mar avanza hacia sí mismo, estaba desesperada por estar dentro de la península, casi en el borde que divide al golfo Nuevo del océano Atlántico, otra vez corazón a corazón con ellas que, como define hermosamente Pilar, son el océano dentro del océano, nuestras bibliotecas flotantes, archivo de la historia de la Madre Tierra. Ahí me preguntaba: ¿de dónde viene la fuerza de este río, de este mar, de este viento? ¿Quiénes estuvieron antes que nosotros también se fascinaron por este clima? ¿Qué tiene este aturdir que incita a quedarme?
Así, con esa sutil forma de describir lo colosalmente indescriptible (como el cuerpo de una ballena), Pilar nos invita una y otra vez a practicar la ultrapercepción. Sus intervenciones, todas, son manifestaciones de la desautomatización como regla. Inunda de preguntas, deja sin aliento, propicia a seguir masticando la tierra que nos trae el viento y devuelve una forma de percibir que muchas veces pasa inadvertida. La escritura opera entonces como un reconocimiento antes que como un material más para la identificación: permite descubrir que aquello tan natural como la luz, el viento, el horizonte o la amplitud del espacio constituyen una forma esencial de habitar el mundo, de habitar esta Patagonia.
Así entonces, hace poco, pensando una vez más en la narrativa de Pilar, apareció una pregunta que desde entonces no deja de acompañarme: ¿qué es exactamente lo que extraño cuando extraño el sur? No estoy segura de que la respuesta sea un lugar en específico. Tal vez extraño una forma de percibir que solo descubro cuando manifestaciones artísticas de este estilo consiguen llevarme allá de vuelta. Libros, canciones, poemas o películas que me recuerdan que ese territorio del que soy parte no está hecho únicamente de casas de té, odas a los dinosaurios, guanacos o pingüinos, sino de formas de sentir y manifestar el existir dentro de esta geografía única e irrepetible.
En el último capítulo de esas crónicas viajeras, todos coinciden en que, una vez subidos al barco de regreso, solo piensan en volver. Me pasa lo mismo cuando estoy en el avión que me transporta de vuelta en la ruta aérea Trelew-Buenos Aires; ahí estoy otra vez repitiendo para mí el mismo mantra: ¿en qué contexto volveré o por qué? ¿Cuándo volveré a ver a mi abuela, a mi mamá? ¿Cuánto falta para estar cerca de mi linaje? ¿Y si la mejor manera de querernos es extrañándonos?
Pilar logra evocar todo eso a través de su escritura, una introspección visceral capaz de replantear una geografía entera.
Ahora, si solo tengo una vida para saberlo, ¿cómo saber si quiero vivir el resto de mis días allá o acá? ¿En el asfalto o en el mar? Todavía no lo sé. Aun así, esta atmósfera, lo remoto en estado puro, hablan a través de mí incluso cuando más lejos estoy.
Magia, psicoanálisis y literatura argentina
Por Joaquín Vázquez
Katchadjian y la velocidad de las cosas
Por Felipe Ojalvo
Ruina y Melancolía
Por Federico Morales Pfaffen


