Feminismo
El cansancio de contar muertas
Cómo la sobreabundancia de información desgasta la memoria y la indignación
Once años después de la primera convocatoria de Ni Una Menos, los carteles vuelven, los nombres cambian y el espanto no. Este ensayo piensa el cansancio no como resignación sino como síntoma: el de tener que volver a demostrar una y otra vez que la violencia existe, en una época que convierte el dolor en contenido y la indignación en un movimiento del pulgar.
Por Malena Loria y Damián Gómez
21 de agosto de 2026
Caminar por el centro de Buenos Aires en los días previos al 3 de junio es cruzarse con un paisaje conocido. Las mismas esquinas empapeladas, las pibas organizándose para marchar, los pañuelos verdes y violetas reapareciendo en mochilas y carteras, los carteles de Ni Una Menos apropiándose otra vez de las paredes. Once años después de aquella primera convocatoria, la escena se repite. Y, sin embargo, nadie podría decir que se trata de una costumbre. O, al menos, no debería.
Hay algo incómodo en esa repetición. Una sensación difícil de nombrar. Porque no se parece a la resignación ni tampoco al olvido. Se parece más al cansancio. No el cansancio de marchar, sino el de volver a escribir nombres nuevos sobre carteles viejos. El de explicar una y otra vez por qué hay violencias que no son iguales a otras. El de escuchar, cada vez que aparece una piba asesinada, las mismas discusiones, las mismas relativizaciones y hasta las mismas bromas.
Las autopsias, con esa frialdad burocrática capaz de transformar una tragedia en un expediente, confirmaron que el cuerpo de Dulce María Beatriz Candia, de diecisiete años, llevaba cinco días esperando ser encontrado mientras su madre recorría dependencias policiales intentando que alguien tomara una denuncia. En esa misma semana, Agostina Vega, de catorce años, fue vista entrando a la casa de un adulto de su entorno. No volvió a salir. Mientras familiares y allegados reclamaban una búsqueda más intensa, buena parte del operativo policial estaba concentrado en el dispositivo de seguridad del partido entre Belgrano y River disputado en Córdoba. Los nombres cambian. El espanto, no.
Volvemos a marchar, sí. Pero sería hipócrita negar que hay algo que se agota. Porque el cansancio no nace de la falta de compromiso, sino precisamente de lo contrario. Del esfuerzo de volver a empezar. De repetir lo que parece evidente. De ver cómo, mientras una familia busca desesperadamente una respuesta, el dolor de esos nombres se convierte rápidamente en combustible para la discusión partidaria o en una tendencia que dura apenas unas horas.
Noé Jitrik, en una de sus reconocidas contratapas, imaginaba que los toltecas abandonaron su ciudad porque se cansaron. La hipótesis era absurda y hermosa al mismo tiempo. Un imperio entero dejando atrás sus ruinas simplemente por agotamiento. La historia seguramente tenga otras explicaciones, pero aquella intuición servía para pensar otra cosa: que las sociedades también se cansan. Que las personas y las causas se cansan. Y que, a veces, el mayor triunfo del poder no consiste en convencer sino en agotar.
Porque hay una forma de cansancio más peligrosa que el físico. Es el que produce la repetición. El que aparece cuando todo parece haber sido dicho y, aun así, hay que volver a decirlo.
La primera vez que miles de mujeres salieron a las calles fue después del femicidio de Chiara Páez. Tenía catorce años. Estaba embarazada y fue asesinada por su novio, que después enterró su cuerpo en el patio de su casa en Rufino. La conmoción fue tan grande que aquello que parecía destinado a ocupar unas páginas policiales terminó convirtiéndose en una demanda colectiva. Así nació Ni Una Menos. Después vinieron otros nombres, que se sumaron a una lista que parece no terminar nunca.
Pero incluso las estadísticas se desgastan. Más de doscientas cincuenta víctimas por año. Cifras que se repiten hasta correr el riesgo de volverse apenas un número más. Ahí también aparece el cansancio. El cansancio de contar muertas. El cansancio de una más que no está..
Y, sin embargo, no vivimos en una época de silencio.
Nunca hubo tanta información disponible. Nunca fue tan fácil acceder a una noticia, revisar un archivo o seguir una transmisión en vivo. Nunca supimos tanto y, al mismo tiempo, nunca pareció tan difícil comprender qué está pasando.
Las noticias llegan mezcladas. Un femicidio. Una pelea política. Un meme. Una entrevista presidencial. Una discusión en X. Un video viral. Un partido de fútbol. Todo al mismo tiempo. Todo peleando por unos segundos de atención. Como si la realidad se hubiera convertido en una radio mal sintonizada donde las voces se pisan unas a otras y el ruido termina siendo más fuerte que las palabras.
Quizás ahí esté uno de los problemas de nuestro tiempo. No en la falta de datos, sino en su exceso. Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín y se pregunta algo parecido en su obra Infocracia. Vivimos rodeados de información y, paradójicamente, cada vez más lejos de la verdad. Porque la información se acumula, pero la verdad necesita tiempo. Necesita una narración que ordene los hechos y les dé sentido. Ver más no significa necesariamente entender más.
La pregunta resulta incómoda. Porque nos gusta creer que vivimos mejor informados que nunca. Pero ¿qué pasa cuando la realidad llega fragmentada? ¿Qué pasa cuando la tragedia aparece entre un meme y una publicidad? ¿Qué pasa cuando un crimen comparte espacio con una pelea televisiva o con un video de TikTok? ¿Qué pasa cuando todo vale lo mismo?
En Blow-Up, película inspirada en Las babas del diablo, el cuento de Julio Cortázar, un fotógrafo descubre algo extraño en una imagen tomada por azar. Convencido de haber encontrado una verdad oculta, comienza a ampliar la fotografía una y otra vez. Cuanto más se acerca, menos entiende. La figura desaparece entre manchas y sombras. El protagonista termina dudando incluso de aquello que vio con sus propios ojos.
Tal vez nosotros hagamos lo mismo todos los días. Agrandamos capturas, repetimos videos, consumimos detalles, seguimos el minuto a minuto y creemos que esa acumulación de imágenes equivale a comprender. Pero la realidad, como aquella fotografía, se vuelve cada vez más borrosa.
Byung-Chul Han sostiene que la crisis contemporánea no consiste en que existan relatos falsos, sino en que cada vez resulta más difícil construir una verdad compartida. El exceso de información no produce claridad. Produce ruido. Y en el ruido, incluso el horror puede perder espesor.
Hay algo paradójico en todo esto. Nunca estuvimos tan cerca del dolor ajeno y, sin embargo, rara vez parece afectarnos durante demasiado tiempo. Las redes sociales no solo aceleran la circulación de las noticias. También alteran la manera en que nos vinculamos con ellas. Las pantallas nos permiten asistir en tiempo real a tragedias ocurridas a miles de kilómetros o a pocas cuadras de casa. El dolor se vuelve inmediato, pero también fugaz. Apenas una historia conmueve, otra ya está esperando ocupar su lugar. Y en esa sucesión incesante, la proximidad permanente no necesariamente produce mayor comprensión. Compartimos una historia. Dejamos un comentario. Cambiamos la foto de perfil. Y unos minutos después seguimos desplazando el dedo hacia la próxima noticia. Gran parte de la discusión pública parece haberse trasladado ahí.
Entre algoritmos que premian el enojo, discursos que buscan enemigos y una velocidad que no deja espacio para la reflexión, la pregunta empieza a ser otra. ¿Realmente conocemos la realidad? ¿O simplemente consumimos relatos sobre ella? Porque quizás el problema ya no sea solamente qué pensamos. Sino cómo aprendimos a mirar.
Quizás por eso las discusiones sobre los femicidios parecen empezar de cero cada vez. Como si todavía hubiera que explicar por qué no se trata simplemente de homicidios comunes. ¿Da lo mismo una mujer asesinada por ser mujer que cualquier otro crimen?
La antropóloga Rita Segato lleva años respondiendo que no. En La guerra contra las mujeres y, más tarde, en Contra-pedagogías de la crueldad, propone pensar estos crímenes no como hechos aislados sino como mensajes. Los cuerpos hablan. Hablan de relaciones de poder, de jerarquías y de una violencia que no termina en la víctima. Hay un mensaje dirigido hacia el resto. Una demostración de dominio. Una pedagogía de la crueldad.
Cuesta pensar esas demoras como meras fallas administrativas. La imagen de la madre de Dulce desesperada por que le tomaran la denuncia mientras su hija llevaba días muerta es difícil de olvidar. No solo por la tragedia en sí, sino por lo que esa espera significa. Los tiempos, las prioridades y hasta las ausencias de las instituciones nos hablan sobre el valor que una sociedad les asigna a determinadas vidas. Como si existieran dolores que no admiten demora y otros que pudieran seguir esperando. Como si el tiempo de quienes buscan desesperadamente a una hija y el tiempo del Estado pertenecieran a mundos distintos.
Por eso la neutralidad absoluta del Estado no es neutra. Su ausencia es el mensaje.
Las contradicciones tampoco ayudan. Durante el gobierno de Alberto Fernández, buena parte de la agenda de género pareció avanzar a partir de nuevas políticas públicas que se presentaban como transformadoras. La creación del Ministerio de las Mujeres y la legalización del aborto parecían señalar un camino. Sin embargo, la denuncia por violencia de género realizada por Fabiola Yañez contra el propio ex presidente terminó exponiendo brutalmente la distancia entre los discursos y las prácticas.
La gestión de Javier Milei encontró en esa fractura una oportunidad para avanzar en sentido contrario. El cierre del Ministerio de las Mujeres, el desmantelamiento de áreas específicas y la insistencia en presentar al femicidio como una categoría innecesaria dentro de una supuesta «ideología de género» volvieron a poner en discusión cuestiones que parecían saldadas.
Y, sin embargo, más de doscientas cincuenta víctimas por año. La cifra vuelve una y otra vez hasta adquirir una familiaridad inquietante. Como ocurre con todo aquello que se repite demasiado, el riesgo ya no es dejar de conocer los números, sino acostumbrarse a ellos. Que los nombres se pierdan detrás de una cuenta que nunca deja de crecer.
Quizás lo más agotador no sea solamente la persistencia de la violencia. Tal vez lo más agotador sea tener que volver a demostrar una y otra vez que esa violencia existe. Y entonces la discusión pública se parece cada vez más a una rueda.
Volvemos a empezar.
Volvemos a explicar.
Volvemos a discutir.
Volvemos a marchar.
El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la indignación digital tiene fecha de vencimiento. Dura unos minutos y se desvanece con el próximo estímulo. Por eso la infocracia no solo produce desinformación, también produce agotamiento. Nos indignamos, compartimos una publicación, dejamos un comentario, sentimos que hicimos algo y seguimos desplazando el dedo sobre la pantalla.
Pero la política nunca fue un movimiento del pulgar. Por eso cada 3 de junio sigue teniendo sentido. No porque una marcha vaya a resolver por sí sola una violencia que lleva siglos, sino porque en una época que transforma todo en contenido, es una manera de recordar que el dolor no puede reducirse a un hashtag ni a un video de treinta segundos.
Once años después de aquella primera movilización, cambiaron los gobiernos, cambiaron los nombres y hasta cambió la manera de consumir información. Pero algo permanece. Siguen apareciendo (o mejor dicho desapareciendo) pibas, pero también persiste ese dedo acusador de quienes parecen sentirse con derecho a juzgar. Qué fotos subía, con quién estaba, por qué había ido hasta allí. Como si, frente a cada crimen, resultará más sencillo poner bajo sospecha a una víctima que interrogar las razones que llevaron a un hombre a matarla.
Este año, las calles volvieron a llenarse. Estuvieron otra vez las columnas, los bombos, las velas encendidas y las fotos sostenidas por las madres. Estuvieron las pibas pintando carteles sobre el piso de Avenida de Mayo y de tantísimos otros puntos del país. Y estuvo esa multitud que insiste en reunirse alrededor de nombres que se niega a abandonar al ritmo con el que hoy desaparece casi cualquier cosa.
Y quizás ahí, en esa obstinación de volver a encontrarse cuando podríamos estar simplemente frente a una pantalla, exista una forma de resistencia contra el cansancio. Porque si algo caracteriza a esta época es la velocidad con la que las plataformas nos empujan a refrescar el inicio en busca de la próxima novedad, sin embargo en las calles parece existir otra temporalidad. Una temporalidad que busca impedir que esos nombres desaparezcan con la próxima actualización de un feed.
Si nada nos afecta, si todo es rápido, consumible y reemplazable, entonces el problema ya no es solamente la violencia. También es la forma en que aprendimos a mirarla.
Y quizás, después de once años, el peligro más grande no sea haber perdido la capacidad de indignarnos. Sino habernos acostumbrado.
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