Pantallas

La saga histórica de un pueblo heroico

Memoria, resistencia y permanencia del cine brasileño de Kleber Mendonca Filho)

Este artículo analiza cómo el cine de Kleber Mendonça Filho convierte la memoria en una forma de resistencia frente al olvido político e histórico en Brasil. A partir de Aquarius (2016), Bacurau (2019) y O Agente Secreto (2025), se examinan las estrategias narrativas y audiovisuales con las que el director representa la permanencia frente a la violencia, la exclusión y el autoritarismo.

Por Valeria Carbajal Moscoso
14 de agosto de 2026

Hay países cuya historia parece perseguir constantemente a sus imágenes. En Brasil, el cine ha sobrevivido entre dictaduras, censuras, crisis económicas y gobiernos que intentaron reducir la cultura a un espacio incómodo o prescindible. Sin embargo, incluso desde esos márgenes, el cine brasileño encontró una forma de permanecer. Durante los últimos años, esa permanencia finalmente obtuvo una visibilidad internacional difícil de ignorar, premios en el Festival de Cannes, nominaciones al Oscar y una nueva atención crítica sobre películas que transforman la violencia histórica del país en relatos profundamente humanos. 

Esta preocupación por la memoria resulta especialmente importante dentro de la historia brasileña. A diferencia de otros países latinoamericanos, Brasil nunca atravesó un proceso profundo de confrontación pública con los crímenes de su dictadura civil-militar. Muchas heridas permanecieron abiertas, mientras el silencio político y social permitió que ciertos discursos autoritarios continuaran latentes dentro del país. Frente a ello, el cine comenzó a ocupar un espacio que muchas veces el propio Estado evitó asumir, el de recordar.

Dentro de este resurgimiento, la obra de Kleber Mendonça Filho ocupa un lugar fundamental. Sus películas parecen habitar un Brasil donde la amenaza nunca desaparece por completo, puede esconderse detrás de una inmobiliaria, surgir desde una invasión extranjera en medio del “sertão” (sierra brasileña) o instalarse silenciosamente en la paranoia política. Este director construye personajes y comunidades obligadas a resistir frente a fuerzas que buscan desplazarlas, desaparecerlas o silenciarlas, convirtiendo la memoria y la permanencia en el centro de sus relatos. 

Aquarius (2016), Bacurau (2019) y O Agente Secreto (2025) no sólo consolidaron el prestigio internacional del director, sino que también revelan cómo el cine brasileño contemporáneo convirtió sus propias cicatrices históricas en una forma de resistencia estética y política. Estas películas construyen distintas formas de supervivencia frente al avance del poder. Más que retratar un país, parecen reconstruir la memoria de una sociedad que nunca dejó de luchar por permanecer visible. 

Primer acto: La permanencia de los cuerpos 

En Aquarius (2016), Kleber Mendonça Filho construye un cine político desde la intimidad y la puesta en escena. La resistencia de Clara frente a la inmobiliaria que intenta expulsarla de su departamento no solo se desarrolla desde el conflicto narrativo, sino también desde la forma en que la película organiza el espacio, el sonido y los cuerpos dentro del encuadre. El edificio deja de ser únicamente un escenario para convertirse en una extensión física de la memoria de la protagonista. Cada habitación, objeto y disco posee una carga afectiva que la cámara recorre lentamente, transformando el apartamento en un espacio vivo, cargado de historia y permanencia. 

La mise-en-scène resulta fundamental para transmitir esta sensación de desgaste progresivo. Mendonça Filho utiliza encuadres amplios, movimientos pausados y tiempos muertos que permiten observar la relación entre Clara y el espacio que habita. La aparente tranquilidad de la película se ve constantemente interrumpida por pequeños signos de invasión; ruidos provenientes de otros departamentos, fiestas incómodas, sonidos de construcción o silencios tensos que convierten la cotidianidad en una experiencia asfixiante. La violencia en Aquarius rara vez es física; aparece desde lo psicológico, lo burocrático y lo simbólico, haciendo que el conflicto avance lentamente hasta contaminar cada rincón del edificio.

El cuerpo de Clara también funciona como una forma de resistencia visual. La interpretación de Sônia Braga transmite fuerza y vulnerabilidad al mismo tiempo, alejándose de la figura clásica de la heroína cinematográfica. Mendonça Filho insiste en mostrarla ocupando el espacio con naturalidad. La cámara permanece constantemente junto a ella, reforzando la idea de permanencia frente a un entorno que intenta desplazarla. La música delimita el territorio emocional de Clara y convierte el apartamento en un refugio frente al avance corporativo. 

Bajo esta construcción audiovisual aparentemente sutil, Aquarius termina elaborando una poderosa lectura política del Brasil contemporáneo. La presión de la inmobiliaria y la transformación agresiva de la ciudad reflejan un país atravesado por tensiones sociales, económicas y políticas. Sin recurrir al discurso explícito, Mendonça Filho demuestra que el cine político contemporáneo puede surgir desde la observación de lo cotidiano, convirtiendo los espacios íntimos en escenarios de resistencia frente al poder. 

Más allá del conflicto individual de Clara, el filme construye una reflexión sobre las transformaciones urbanas del Brasil contemporáneo. La inmobiliaria no representa únicamente una amenaza económica, sino una lógica de modernización que considera el pasado como un obstáculo para el progreso. Mendonça Filho contrapone constantemente la arquitectura envejecida del edificio con los proyectos impersonales que buscan reemplazarlo, convirtiendo el espacio urbano en un campo de disputa entre memoria y renovación. La resistencia de Clara adquiere entonces una dimensión más amplia, no se trata solamente de conservar un departamento, sino de defender una forma de habitar la ciudad frente a una ciudad que avanza constantemente, aunque para ello deba borrar parte de su memoria. 

Durante su presentación en el festival de Cannes, el elenco y Mendonça Filho denunciaron con carteles el impeachment contra Dilma Rousseff como un golpe de Estado. Ese momento convirtió a la película en una representación internacional de la crisis política brasileña. La reacción del sector conservador brasileño fue inmediata. Sin embargo, esa confrontación reforzó precisamente aquello que la película proponía, la resistencia frente a estructuras de poder que buscan borrar lo incómodo. 

En Aquarius, resistir no implica únicamente conservar un departamento, sino defender la memoria y el derecho a permanecer visible dentro de un país que constantemente amenaza con borrar sus propias huellas.

Segundo acto: El pueblo que se negó a desaparecer 

Si Aquarius construía la resistencia desde la intimidad, Bacurau (2019) expande esa lucha hacia el territorio colectivo. Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles transforman un pequeño pueblo del “sertão” en el escenario de una guerra contra el exterminio, el abandono estatal y la violencia colonial. Sin embargo, la película no desarrolla esta crítica desde el realismo tradicional, sino desde una mezcla de géneros que la convierte en uno de los ejemplos más particulares del cine latinoamericano contemporáneo. 

La película funciona como un neo-western, es decir, una reinterpretación moderna del western clásico. Conserva elementos tradicionales del género, el pueblo aislado, la invasión extranjera, la defensa del territorio y el enfrentamiento armado, pero subvierte completamente su lógica. En lugar del héroe individual norteamericano que civiliza un espacio salvaje, Bacurau presenta una comunidad marginalizada que lucha por sobrevivir frente a invasores extranjeros profundamente racistas. El “sertão” deja de ser mostrado como un lugar atrasado o exótico y se revela en un territorio políticamente consciente, tecnológicamente conectado y organizado colectivamente. El propio pueblo funciona como una metáfora de América Latina, un espacio históricamente invisibilizado que, pese al abandono y la violencia, se niega a desaparecer. 

Desde sus primeros minutos, la película construye una sensación constante de extrañeza. La apertura acompañada por la música de Gal Costa remite inmediatamente a la ciencia ficción, mientras que los drones, las armas, los caballos y la violencia gráfica conviven dentro de un mismo universo audiovisual. La película parece ocurrir en el futuro, pero al mismo tiempo está profundamente conectada con las heridas históricas de Brasil y América Latina. Esa ambigüedad temporal convierte a Bacurau en una especie de pesadilla histórica, un pasado que sigue infiltrándose en el presente. 

Esa sensación distópica termina funcionando también como una metáfora política del Brasil contemporáneo. La desaparición del pueblo de los mapas digitales, la indiferencia del Estado y la violencia ejercida sobre las comunidades marginadas es, en sí mismo, una representación brutal de un país golpeado por el abandono institucional y el avance de discursos autoritarios. En ese sentido, la película dialoga directamente con el contexto político del ascenso de Jair Bolsonaro, donde el odio hacia los márgenes, la militarización y la deshumanización de ciertos cuerpos comenzaron a formar parte del discurso público brasileño. Mendonça Filho no construye una crítica frontal, sino una distopía donde el horror político ya no pertenece al futuro, sino al presente. 

Esta hibridez también aparece en la puesta en escena. Los encuadres abiertos del “sertão” recuerdan al western clásico, pero son constantemente interrumpidos por elementos tecnológicos y sonidos electrónicos que rompen cualquier sensación de familiaridad. La violencia surge de manera abrupta, presentada como una consecuencia inevitable del conflicto antes que como un espectáculo visual. Incluso la organización espacial del pueblo refuerza esta idea de resistencia colectiva; la cámara recorre constantemente las calles, las casas y los habitantes, haciendo que Bacurau funcione como un cuerpo colectivo donde cada personaje cumple una función dentro de la comunidad. 

Lo más interesante es que la película nunca intenta ocultar sus influencias cinematográficas. Por el contrario, las incorpora abiertamente para resignificarlas desde una mirada latinoamericana. Bacurau toma géneros históricamente asociados al cine estadounidense y los transforma en una alegoría sobre el colonialismo, el supremacismo y el abandono político. Sin embargo, frente a esta amenaza, Mendonça Filho propone algo distinto al héroe individual, una resistencia nacida de la memoria colectiva, la identidad comunitaria y la supervivencia compartida. La película obtuvo el Premio del Jurado en el Cannes Film Festival, consolidando internacionalmente a Mendonça Filho y confirmando el nuevo lugar que comenzaba a ocupar el cine brasileño dentro del panorama cinematográfico contemporáneo.

Tercer acto: Las cicatrices del silencio 

En O Agente Secreto (2025), Kleber Mendonça Filho abandona la resistencia íntima de Aquarius y la violencia colectiva de Bacurau para construir una película atravesada por la paranoia, la fragmentación y el miedo político. La construcción del film surge durante el aislamiento de la pandemia y en pleno avance del bolsonarismo, contexto que terminó influyendo directamente en la creación del guión. Mendonça Filho comenzó a desarrollar la historia después del desgaste político provocado por las reacciones conservadoras hacia Aquarius y Bacurau, películas que convirtieron al director en blanco de ataques ideológicos dentro de Brasil. En ese sentido, el film no solo funciona como una película sobre la censura o la dictadura, sino también como una respuesta cinematográfica frente al clima político y moral que atravesaba el país durante el siglo XXI. 

A diferencia de otros relatos históricos más lineales, la película construye su discurso desde la confusión. Mendonça Filho organiza la narración como un rompecabezas incompleto donde pequeñas historias aparecen, adquieren relevancia y desaparecen abruptamente sin una resolución definitiva. Esta estructura fragmentada termina convirtiéndose en una representación directa de la experiencia dictatorial brasileña, un periodo marcado por versiones manipuladas y respuestas que nunca llegaron a existir. Muchas situaciones dentro del filme parecen no conducir a ningún desenlace claro porque, precisamente, la dictadura tampoco ofrecía explicaciones coherentes a quienes la vivian. La película transforma esa ausencia de sentido en parte de su propia construcción narrativa. 

Esta relación entre memoria y ocultamiento también aparece a través de la referencia a la leyenda de la Pierna Cabeluda. Su inclusión resulta especialmente significativa porque remite a formas alternativas de narrar experiencias que no podían expresarse de manera directa durante la dictadura. El rumor y la leyenda urbana aparecen entonces como mecanismos capaces de preservar aquello que había sido desplazado del discurso oficial. Al incorporar esta historia dentro de un relato construido a partir de fragmentos, silencios y vacíos, el director sugiere que la memoria colectiva no se compone únicamente de hechos verificables, sino también de relatos incompletos que permiten acceder a verdades que muchas veces permanecen ocultas. 

Desde lo audiovisual, Mendonça Filho mezcla códigos del thriller político, una creación de un “tropical noir” para crear una atmósfera inestable. La ciudad aparece construida a partir de fragmentos, conversaciones interrumpidas y espacios que parecen conectarse de manera impredecible. Esta organización del espacio repercute directamente en las relaciones entre los personajes, que se desplazan entre distintos ambientes y círculos sociales, reforzando la sensación de una realidad en permanente movimiento. Al mismo tiempo, Mendonça Filho llena la película de detalles que reconstruyen el Brasil de finales de los años setenta. Esta reconstrucción no busca únicamente reproducir una época, sino convertirla en una experiencia tangible. Los encuadres panorámicos y la estética inspirada en los formatos cinematográficos del periodo contribuyen a crear una poderosa sensación de lugar, donde el pasado deja de sentirse distante y se convierte en una presencia constante que continúa habitando la memoria colectiva brasileña. 

La representación de los antagonistas también resulta fundamental dentro de esta lógica. Personajes como Euclides, Augusto, Arlindo, Sérgio Ghritotti o Bobby no funcionan como villanos tradicionales, sino como “agentes del caos”, figuras que parecen surgir directamente de la realidad brasileña contemporánea. Mendonça Filho evita caricaturizarlos porque entiende que la verdadera violencia política rara vez se presenta de forma espectacular; suele manifestarse desde la normalidad, el discurso moralista o la aparente defensa del orden. La película sugiere que el conservadurismo brasileño del siglo XXI terminó construyendo una versión nostálgica y romantizada de la dictadura civil-militar, reintroduciendo términos como “subversivo” o “torturador” dentro del lenguaje cotidiano. 

Lo más interesante es que el director no representa las heridas dejadas por la dictadura desde el melodrama clásico, sino desde la picardía. Esa mezcla también termina funcionando como una forma de resistencia frente al miedo, la censura y la violencia política. A diferencia de películas como Ainda Estou Aqui, donde la dictadura es abordada desde una perspectiva más íntima y emocional, O Agente Secreto apuesta por el caos, la incomodidad y la fragmentación narrativa. Mendonça Filho parece entender que ciertos períodos históricos no pueden organizarse completamente porque fueron vividos desde el absurdo, el miedo y la incertidumbre. 

Así, la memoria se convierte en un espacio roto, lleno de silencios y vacíos imposibles de reconstruir por completo. Sin embargo, incluso dentro de ese desgaste histórico persiste algo ligado a la identidad brasileña la convivencia entre trauma y celebración. La represión, la vigilancia y el miedo aparecen constantemente, pero nunca logran borrar la energía colectiva de la cultura brasileña. Las personas continúan reuniéndose, bailando y riendo como una forma de resistencia cotidiana. Incluso el carnaval, presente de manera indirecta a lo largo de la película, funciona como una imagen simbólica de esa resistencia emocional; un país marcado por la violencia histórica que, aún así, se niega a abandonar la alegría y la celebración. 

Por eso, el filme no termina únicamente como una reflexión pesimista sobre la memoria o la dictadura, sino también como una mirada sobre la capacidad brasileña de permanecer viva frente al desgaste político e histórico. En medio del caos, todavía persiste una necesidad colectiva de seguir adelante, de continuar habitando las calles y de encontrar pequeños espacios de humanidad incluso dentro del miedo.

Acto final: Permanecer frente al olvido 

Las películas de Kleber Mendonça Filho parecen compartir una misma preocupación, cómo sobrevivir dentro de un país que constantemente amenaza con olvidar. Ya sea desde un departamento frente al mar, un pueblo borrado de los mapas o una ciudad atravesada por la vigilancia y la paranoia, sus personajes viven rodeados por fuerzas que intentan desplazarlos, silenciarlos o convertirlos en parte del pasado. Sin embargo, el director nunca construye héroes tradicionales. Sus resistencias son humanas y, precisamente por eso, profundamente políticas. En el cine de Kleber, resistir no significa necesariamente vencer, sino encontrar la manera de permanecer visible cuando todo alrededor parece empujar hacia la desaparición. 

A través de Aquarius, Bacurau y O Agente Secreto, Mendonça Filho también demuestra cómo el cine brasileño contemporáneo encontró nuevas maneras de representar sus conflictos históricos. La memoria deja de aparecer únicamente como reconstrucción del pasado y comienza a manifestarse desde el espacio, los cuerpos, los silencios y hasta las estructuras narrativas fragmentadas. El trauma político ya no se explica de manera frontal; se infiltra en la cotidianidad y en la sensación permanente de amenaza que atraviesa sus películas. 

Quizá por eso su cine ha logrado conectar con públicos y festivales internacionales sin perder una identidad profundamente brasileña. Mendonça Filho entiende que muchas veces el cine latinoamericano no necesita simplificar sus contradicciones para ser universal. Por el contrario, encuentra fuerza precisamente en el caos, la incomodidad y las heridas abiertas de sus sociedades. Sus películas no ofrecen soluciones ni finales completamente tranquilizadores, pero sí algo mucho más importante, la posibilidad de seguir observando aquello que el poder preferiría mantener invisible.