Literatura

Magia, psicoanálisis y literatura argentina

Un mueble cruje en el estudio de Freud durante su primer encuentro con Jung. Cortázar y Castillo se mandan, sin saberlo, el mismo cuento a través del Atlántico. Warburg se cura de una crisis psiquiátrica dando una conferencia sobre serpientes. Este ensayo recoge esas escenas para pensar qué es la magia cuando deja de ser justificación y se vuelve experiencia.

Por Joaquín Vázquez
04 de agosto de 2026

I. Magia y psicoanálisis

No soy ni mago ni analista, pero me interesan tanto la magia como el psicoanálisis –en sus diversas formas y escuelas– como inflexiones de lectura. Sabemos ya, por tanta discusión y proliferación de textos, que el rol del analista no puede asimilarse sin más al del curandero, el maestro, el sacerdote o el médico, aunque en estos oficios y profesiones se juegue algo del orden transferencial. También es cierto que eso que llamamos magia no tiene límites definidos – al menos no tan definidos como el psicoanálisis, lo cual ya es decir mucho–, y parece que le sienta bien esa indefinición, que le gusta.

No sé si al mago le molesta que lo confundan con un médico, un maestro o un sacerdote. De lo que creo estar seguro es de que esa comparación no le molesta tanto como a la tropa de analistas le sensibiliza estar cerca –en el discurso al menos– de algo que no pueda someterse a la explicación de la autoridad.

Acá no voy a definir a la magia ni el psicoanálisis porque no puedo y porque no sé. Escribo con la libertad de quien, habiendo pasado por esos lugares, o habiéndolos transitado de alguna manera, mira de afuera y ve similitudes, encuentra parecidos, que de tan obvios no pueden ser dichos sin que la policía del Saber y de la corrección política nos digan al oído lo mal que está cruzar estos campos, lo mal que está reducir cuestiones tan complejas a la extensión breve de un ensayo. Pero como el ensayo es el género más apropiado para la polémica, aprovecho.

II. Esto me pasa porque soy especial

A veces creo que querer encontrar coincidencias mágicas entre uno, el mundo y los otros, de manera inmediata a un acontecimiento, solo da cuenta de un capricho del intelecto: la necesidad de sentirse especial, la urgencia del yo por sustraerse de una trama de sentidos que lo abruma. Sin embargo, ante las fuerzas arrolladoras del mundo, esa urgencia por singularizarse vale como indicio de un proceso que puede traducirse así: me siento insignificante y necesito decirme a mí mismo que soy valioso, por eso lleno mi entorno de sentidos puramente conscientes, lo barnizo con los elementos que tengo más a mano para dominarlo rápidamente con la frase “esto me pasa porque soy especial”.

¿No les pasa que al mirar la hora en el reloj digital siempre sale 11:11, 13:13, 22:22? ¿Creen que hay algún sentido oculto en eso? ¿No han pensado en alguien y, de repente, una cuadra más allá, se lo han encontrado? Claro que sí, claro que les pasó y podemos caminar con indiferencia ante estas cosas, ¿pero por qué sentimos que el elástico de la realidad parece tensarse en estos casos, llevándonos a un lugar único? ¿Qué nos pasa cuando entramos en el estado de ánimo del enrarecimiento, que necesitamos cargar el mundo de sentidos mágicos?

Si quisiéramos –y muy frecuentemente queremos–, podríamos encontrar una justificación personal para un acontecimiento del orden de lo enrarecido. En el caso del reloj, podríamos apelar a eso que se llama numerología: uno más uno da dos, y el dos, en el oráculo de las diosas del limonero real significa tal cosa. Toda explicación que no pase por el filtro científico parece gratuita, caprichosa y fallida. Muchas veces, si no siempre, el discurso mágico es justificativo en este sentido. Explica y oblitera algo que, de permanecer abierto, podría llevarnos por una senda de mayor misterio y riqueza.

Entiendo que la justificación es, lisa y llanamente, racional. Tapamos con una justificación racional un momento de rareza excepcional. El término “racional” no es acá sinónimo de verdad. Lo que quiero decir es que cuando se abre un hiato de sentido en nuestra percepción subjetiva, manoteamos una justificación que tenemos en la consciencia para quedarnos tranquilos. Pero esa justificación, siempre de orden mágico, puede apelar a causalidades múltiples, vestirse incluso con ropajes antimagia o enunciar información del último paper científico.

Ahora bien, si somos honestos – y muchas veces no lo somos– , sabemos bien que no nos satisface del todo la justificación; sabemos que es un parche, que sirve por un rato, pero que no tapa lo que abre el enrarecimiento. No importa a qué tipo de discurso apelemos para safar, lo que importa es que el enrarecimiento tiene un espesor existencial que no podemos negar. ¿Pero de dónde llega? ¿De quién es? ¿A quién le pasa?

Por mi experiencia como paciente – como analizante–, creo que, salvo retrospectiva o anacrónicamente, no hay consciencia del inconsciente. Solo con el paso del tiempo y una mirada dislocada respecto del que uno fue resulta posible avizorar algo allí. Esto se opone de manera directa a la urgencia con la que las justificaciones (que son siempre mágicas aunque tengan pretensiones de cientificidad) nos vienen a la boca. Podríamos hablar también, más que de inconsciente, de deseo, o incluso de conatus, si nos ponemos permisivos y spinocianos. Ni del deseo ni del conatus hay saber inmediato. Lo que inmediatamente llega para cerrar el terror al no saber de uno en relación con los otros y el mundo es una justificación, una opinión –doxa–, un cierre que calma sin liberar.

III. Antimagia

 No importa con qué argumento, cuando la magia llega para explicar es antimagia. Cuando nos sentimos especiales por una justificación, muy probablemente estemos evadiendo el espesor de un estado de ánimo con el que, si pudiéramos seguirlo – y no sé cómo se hace eso, no sé cómo se sigue a un estado de ánimo– si tuviéramos la paciencia como para persistir en él sin espantarnos, la magia dejaría de ser un parche del discurso del yo y pasaría a ser un sumergimiento del que no es posible correrse voluntariamente, un subyugamiento gozoso, una experiencia del orden de lo sagrado.

IV. Un cruce en el Atlántico

Pienso en dos anécdotas de Abelardo Castillo con Cortázar. En la primera, Castillo dice que Cortázar y él escribieron, a la par y sin saberlo, cuentos muy parecidos, cuyo envío cruzado los sorprendió a un lado y al otro del Atlántico. Cortázar le había mandado a Castillo Continuidad de los parques y éste le había mandado  Historia para un tal Gaido. Aunque las historias de estos cuentos son diferentes, en los dos hay un traspaso fluido entre niveles de realidad y planos de lectura.

En la segunda anécdota, Castillo cuenta que Cortázar llega a su casa en Bs. As. y lo primero que hace es agradecerle por el gesto tan atento de poner en el tocadiscos su canción favorita. A lo que Castillo le confiesa que no fue planeado, que no es el tocadiscos. Lo que suena es la radio.

El fantástico cortazariano se nutre mucho de este tipo de secuencias, pero lo que quiero destacar no es esto, sino la sorpresa de Castillo al constatar que a Cortázar le pasaban cosas mágicas.

V. Crujidos

Otra escena. Primera década del siglo XX. Jung se encuentra por primera vez con Freud y pasan horas y horas charlando, fascinados el uno con el otro. De repente, en un momento álgido de la charla,  un mueble cruje como un trueno y Jung se lo hace notar a Freud, que desestima lo ocurrido. Jung, molesto, le dice, casi predictivamente y con una sensación corporal de mucha incomodidad, que el ruido se  va a volver a producir en pocos segundos. Y así ocurre.

A Jung se lo ha criticado en miles de oportunidades adjudicándole cierto misticismo, quizá como fruto de muy malas lecturas de su obra y de prejuicios del freudismo, primero, y del lacanismo, después. Hay que decir que algo de responsabilidad le cabe al propio Jung por su interés explícito en la historia de las religiones, en la alquimia, el gnosticismo y el rol del símbolo tanto en la cultura como en el proceso terapéutico. Sin embargo, no hay ni mística ni magia en la obra de Jung. Su noción de arquetipo es más cercana a la de dýnamis que a la de Eidos y la de inconsciente colectivo está más cerca del inmanentismo hegeliano que de la trascendencia cristiana, por más que a la crítica le pese asumirlo.

La impresionante formación de Jung y sus investigaciones, loadas por Freud en un comienzo y ninguneadas después, tras su famosa pelea, lo ubicaron en dos lugares protagónicos. Fue el elegido y el maldito. Sobre él recayeron los mejores elogios y los peores tratos. Sin embargo, desde un lugar marginal al freudismo, Jung mantuvo intactos algunos supuestos tanto teóricos como clínicos de su maestro, a los que supo matizar con su interés por las distintas formas de la psicoterapia.

No podría reconstruir aquí la historia de las influencias de Jung en la cultura, pero no es difícil observar que, al menos en nuestro país, donde la religión oficial es la lacaniana, su nombre causa urticaria. Una buena somatización.

Resulta notorio que la academia posmoderna le haya abierto las puertas a las investigaciones de un especialista en neoplatonismo como Pierre Hadot, tras el auspicio de Foucault, pero que todavía no haya aceptado ver que la obra junguiana, eminentemente nietzscheana, es un gran episodio de la exploración en torno a lo que, en la jerga hoy hegemónica, llamamos tecnologías del yo o técnicas de sí. Bajo esta gran noción, que crece con un marcado interés por abordar la filosofía desde un enfoque ético-terapéutico, Jung puede dar mucho de qué hablar. Sin embargo, su figura no está libre de polémicas. No se salva ni de la maledicencia ni de las habladurías, pero tampoco las esclarece.

 Jung, el elegido por Freud; Jung, el maldito; Jung, el místico; Jung, el preferido de los escritores; Jung, el analista del premio Nobel de física, Wolfgang Pauli, con quien escribe un libro; Jung, el fundador del Círculo de Eranos; Jung, el agente secreto de la CIA, el supuesto analista de la cúpula nazi que ayudaba con sus contactos a que los judíos salieran de alemania.

¿Qué tiene que ver todo esto con la magia? Esto: Jung formuló junto con Pauli la noción de sincronicidad, que no es otra cosa que una coincidencia significativa entre un estado subjetivo y otro objetivo. Para ponerla a prueba realizaron varios experimentos, muy influenciados por el brillo epocal de la física cuántica, que quedaron consignados en el libro que se llama, justamente, Sincronicidad. Sin proponérselo, le dieron pie al hipperío, al latinoamericanismo castanedista y al huxleysmo de Las puertas de la percepción. Quizás de allí provenga el recelo con el se mira la obra junguiana, más por efectos secundarios que por una lectura atenta.

La sincronicidad, por decirlo brevemente, se opone de lleno a la noción de destino en tanto que causalidad providencial, a la vez que se aproxima a ser una especie de intervención del analista, solo que brindada por una circunstancia puesta en perspectiva. La sincronicidad es una operación por la que algo se anuda y algo se desenlaza. Una experiencia de sincronicidad no es de corte milagroso ni arquetípico, es una secuencia objetiva secuenciada por un estado subjetivo. El crujido de los muebles en el estudio de Freud no hubiera significado nada sin la charla previa con Jung. Hay algo que no se dice: el azar de la situación hace sentido y traduce mejor lo que pasó en esa primera reunión que lo que sus protagonistas pudieron contar después.

Hay magia porque hay sujeto, es decir, hay magia porque hay relato de la magia, porque el inconsciente reacciona a los objetos, y viceversa. Hay magia porque hay continuidad, porque los límites del sujeto son difusos, porque estamos abiertos, porque el mundo y los otros nos afectan, porque nosotros afectamos al entorno.

VI. Magia e ideología

Ahora bien, si acercamos la noción de sincronicidad a la de magia, en el sentido que recién destacamos, no parece tan improbable que, por mediación de un tercero, algunas prácticas culturales de larga historia como el tarot, el I ching o la astrología puedan tener valor terapéutico. Una carta con cierto valor tradicional, un hexagrama o el tránsito de un planeta, leídos en un marco transferencial pueden valer como una intervención. Aunque no todo vale como intervención.

Si entendemos así a la magia, parece un poco reactivo el odio de la ortodoxia analítica. Lo que digo es que bien puede haber una proyección de las disciplinas psi que no busca comprender el valor de estas prácticas, defenestradas bajo el mote de esotéricas, e imposibilitadas de ingresar como episteme al orbe de los saberes oficiales solo porque abunda el comercio en torno a ellas, propiciado por santeros de toda laya. De a momentos comparto ese odio – me hago cargo de mi proyección– pero convengamos que, incluso con la mediación de títulos universitarios, el mundo psi y sus discursos no están exentos de convertirse en objetos e ideas de consumo masivo. Es decir, el psicoanálisis más ortodoxo no está exceptuado de ser parte activa de la ideología, en sentido marxista.

Sin dudas, los marcos profesionales en los que el análisis se instituye como una práctica de salud mental son muy diferentes a la liviandad con la que cualquier diletante puede comprarse un mazo de cartas y decir cualquier cosa. Defiendo ese marco de seriedad y rigor a ultranza y estoy en contra de considerar que cualquier individuo que se arrogue un presunto saber pueda acompañar un proceso terapéutico. El riesgo es enorme y prefiero quedarme con la seguridad que siento cuando hay un profesional formado en una universidad pública. Pero esto no niega la magia.

VII. Sur y la magia

Con Victoria Ocampo a la cabeza de Sur, se publica en Argentina la primera edición en castellano de un libro de Jung, Tipos psicológicos. Ocampo había entrevistado al psicólogo suizo  en ocasión de uno de sus viajes a Europa. En sus palabras, leer Tipos psicológicos fue una experiencia tan enriquecedora como leer a Dostoievski.

No tengo cómo probarlo, pero intuyo que algo grande pasa entre Sur y Jung. Y algo mayor, mucho más grande, va a pasar entre Borges y la obra junguiana. En efecto, dice Horacio González con ironía y urticaria en Borges, los pueblos bárbaros: “¡Jung! Pero Jung es lo que de veras le interesa. Toda la obra junguiana, cuestionada por Freud, podría entenderse como la equiparación “de las invenciones literarias a las invenciones oníricas”.

De todos los libros que se han escrito sobre Borges, no conozco uno que dé cuenta en profundidad de la proximidad evidente entre Borges y Jung que detecta González. ¡Cómo nadie la vio antes, si es evidente! La fijación con los sueños es lo primero que debería haber hecho sonar las alarmas. Pero hay muchas otras semejanzas, como la idea, rayana en lo platónico y desperdigada en un puñado de ensayos y cuentos de Borges, de que un individuo es todos los individuos que ya vivieron. Por no hablar del evidente trabajo con los símbolos de diversas tradiciones religiosas. Con esto no quiero decir que Borges no existiría sin Jung, más bien digo todo lo contrario, que nuestro más grande escritor y quizá uno de nuestro más grandes lectores hace una lectura tremendamente productiva de Jung.

En esto último quiero detenerme antes de volver sobre la magia. Ya se dijo muchas veces, pero mientras todavía seguimos consumiendo y enseñando el posmodernismo francés como parte del sentido común, a su base no hay otra cosa que lecturas de Borges. Llámesele Foucault, en el mejor de los casos, o Deleuze, si se quiere. Hablando del rizoma o de la individuación terminamos en el consultorio junguiano, donde Borges llegó e hizo síntesis muy temprano.

VIII. Causalidad mágica

En un ensayo titulado “El arte narrativo y la magia”, publicado en Discusión, Borges escribe: “He distinguido dos procesos causales: el natural, que es el resultado incesante de incontrolables e infinitas operaciones; el mágico, donde profetizan los pormenores, lúcido y limitado. En la novela, pienso que la única posible honradez está con el segundo. Quede el primero para la simulación psicológica”.

Como se ve, en este ensayo de 1932, el mismo año en que Sur publica Tipos psicológicos, Borges aborda el problema de la técnica narrativa en la novela, el género moderno por antonomasia, donde también Lukacs y Benjamin detectan una torsión muy elocuente del tipo de subjetividades y relaciones sociales de la época. 

El gesto pendenciero de Borges radica en su apelación directa al tipo de causalidad mágico como el único posible para el género. Por supuesto que está defendiendo al fantástico de los embates del realismo, pero también está denunciado la superchería de un tipo de narrativa genealógica. Si la novela es el género que mejor contiene el periplo del sujeto moderno, tanto formal como temáticamente, lo hace porque la conexión entre el personaje del principio y el del final del relato solo puede estar mediada por el capricho del narrador, que hilvana circunstancias como si una tuviera que ver estrechamente con la otra. Vale decir, el sentido, en la ficción –pero también en la vida–  da saltos mágicos, no traza líneas continuas. No es total, es episódico. La magia es, entonces, el efecto de totalidad que produce la secuencia de episodios. Borges, antes que Jung –pero muy cerca de él– está tematizando la sincronicidad.

IX. Sustracción

El sentido cotidiano del término “magia” se solapa al de sincronicidad. Entre dos puntos cualquiera de la vida del analizante, la narrativa más fina que éste puede encontrar, la más ajena a la doxa de la justificación, la más propensa a cultivar el misterio de sí, es la que funciona con el salto, con la interrupción, con la intervención inesperada de un orden simbólico, de una palabra, de un mensaje.

La magia real está, por decirlo a lo Wittgenstein, en la vida antes que en la justificación; en la gratuidad de lo que acontece antes que en las razones que se pueden aducir para explicarlo. La verdadera magia se manifiesta, no en la cura, pero sí en la transformación, en el devenir otro respecto del que se era al comienzo del análisis. La magia admite, quizás fugazmente, que no coincidamos de manera repetitiva y en cada ocasión con el sujeto del síntoma. La magia hace posible que nos sustraigamos de las series periódicas y que habitemos, quiźa ocasional o fugazmente, series de sentido vital no lineales.

X. Una explicación muy bella

Hay un capítulo de Rayuela –quizá la única novela plenamente junguiana– en el que el vuelo de una mosca desata una reflexión sobre la imposibilidad de calcular con exactitud la dirección que el insecto trazará en sus próximos movimientos. Es la declaración de principios de Cortázar, el ars poético de la novela, que remeda el clima de época de las lecturas snob de la época. Rayuela es una novela aggiornada, da cuenta del estado de la cultura en general a casi sesenta años del comienzo del siglo. Exhibe saberes diversos en torno al arte, la filosofía, la física, etc., pero no lo hace bajo la forma del compendio, cuya parodia será material borgiano, sino bajo el dato curioso, el objeto que la atención caprichosa del surrealismo ensalza para justificar un modo extrañado de narrar.

La composición total de Rayuela, las obsesiones de Oliveira por juntar hilitos y caer en el centro del Mandala, el capricho de narrar los encuentros siempre casuales con La Maga, no son otra cosa que una cita indirecta de Jung. El mismo Cortázar da cuenta de eso en la entrevista que le hace Joaquín Soler Serrano en A fondo, para la televisión española. Con una sonrisa de picardía, Cortázar cuenta la génesis de Los reyes, que nace tras una de sus experiencias de profundo extrañamiento y que él explica a través de la noción junguiana de inconsciente colectivo, entendida, hay que decirlo, con cierto rigor pero con una cuota lúdica. Lo que más le gusta a Cortázar, según sus propias palabras es la belleza de la explicación junguiana.

Con algunos reparos, yo diría que más que explicación es una hipótesis útil para que la magia y el tipo de causalidad que ésta habilita puedan ser considerados con más seriedad que la se les suele conceder.

XI. Mago cuestionado

En el capítulo VI de Magia, William Butler Yeats dice: “¿Qué persona sensata se tomaría la molestia de redactar leyes o escribir historia o calcular el peso de la tierra si lo eterno pareciera estar al alcance de la mano?”.

Yeats fue un gran aprendiz de mago, por eso no voy a objetarlo, pero no deja de llamarme la atención que haga aparecer a lo eterno en su libro. Si algo de notorio tiene la magia es su carácter errático, gratuito, excepcional. Lo eterno revistió siempre una pretensión de necesidad. Si hay algo eterno al principio, su ser, siempre idéntico a sí mismo, incapaz de ser de otra manera, condiciona la totalidad que abarca y no deja espacios para que las cosas sean de otra manera. Es decir, lo eterno no solo no admite el cambio, sino que rechaza la causalidad no lineal. En otras palabras: la magia es la prueba de que no hay eternidad, sobre todo si algo de lo humano puede hacer magia. Si la magia puede hacerse, si la magia y su llegada excepcional, disruptiva y fuera de toda programación, son posibles, queda demostrada la imposibilidad de la eternidad.

XII. Pervivencias

Un caso distinto es el de Aby Warburg, el gran historiador del arte, quien después de dedicar décadas a la investigación sobre el modo en el que antiguas imágenes paganas perviven en las obras del Renacimiento italiano y al modo fantasmático  en el que el pasado persiste en el presente, tuvo un paso relativamente largo por una institución psiquiátrica. Allí fue acompañado por Ludwig Biswanger (amigo de Freud, doctorando de Jung), quien le dio el alta cuando, después de un tiempo de sufrimiento agudo, Warburg pudo completar un estudio sobre el simbolismo de la serpiente entre los navajos. Una vez terminada la redacción de su trabajo, dio una conferencia en la clínica, no solo con la pretensión de demostrar que ya estaba curado y que podía conectar y relacionar causalmente ideas y exponerlas de manera ordenada, sino también con la esperanza personal de apelar al simbolismo ritual de la serpiente para exorcizarse de su afección, tal como lo haría un chamán. La conferencia está al alcance de una simple búsqueda de Google. La cura, si es que tal cosa existe, ha pasado, en su caso, por un marco de comprensión analítica que, aunque no se pronuncie decididamente, ha hecho (espacio para la) magia.