Literatura
Katchadjian y la velocidad de las cosas
Reseña de Medio Real
Medio Real, la nueva novela de Pablo Katchadjian, mezcla crónicas de la Conquista con la historia de un drogadicto que quiere dejar las drogas. Esta reseña propone leerla como se leen todos sus libros: no buscando trama ni forma, sino jugando el juego. Y en ese juego, encontrar la clave de su poética: la velocidad de las cosas.
Por Felipe Ojalvo
28 de julio de 2026
“(…) un escritor único que no entra en ninguna de las categorías en las que se clasifican los demás escritores sigue siendo único en la recepción, es decir, vuelve único al lector que se siente separado de todos los demás lectores por el abismo del error”.
César Aira
A lo largo de la historia de la literatura han existido un conjunto de autores a los que se les designó algún tipo de etiqueta de género para que sus novelas: 1) ingresen en un canon; 2) se vuelvan intercambiables en el mercado editorial; pero también: 3) inscribir sus textualidades en un marco convencional frente al desconocimiento o una falta de astucia que pueda clasificarlas. Hago referencia a autores/as que, además, no tiene sentido leerlos a través del vector de la trama —qué es lo que se cuenta en esa novela—. Porque el contenido en sí mismo no se subordina a la forma e incluso porque la forma tampoco es necesariamente el eje ordenador del texto. Experimental es la palabra que usamos para adjudicar un “género” a ese conjunto de textos que por definición juegan no tenerlo y así, cometemos el error de la palabra: buscar categorías que designen a un texto escrito para no ser designado. Otro ejemplo: vanguardia. Al igual que experimentación, vanguardia es la categoría estratégica que tenemos para decir que hay autores que son inclasificables, y que, por lo tanto, le asignamos esa clasificación para apilar sus lomos en una sección de librería relativamente homogénea. Y como dice Bo Burnham: two examples is enough.
Todo esto era para decir que: Pablo Katchadjian es de esos autores a los que uno se ve moralmente tentado de ponerle alguna de esas designaciones de género a mano: o es experimental, o es vanguardista, o es raro, o es especial. Pero no basta. Quiero decir: siempre se puede leer algo más en sus novelas y otros de sus juegos con la literatura. En mayo de este año, la editorial BlattyRíos publicó Medio real, su nueva novela que bien puede ser leída al lado de Qué hacer (2010), Gracias (2011), La libertad total (2013) y Una oportunidad (2022), por solo nombrar algunas. Medio real es una novela que debemos evitar leer en ese cerco reduccionista, pero también: abandonar otro binomio que es el del tema y el fondo. Esto es porque: Medio real, al igual que el resto de las novelas de Katchadjian, se comprende como una experiencia de lectura que es vivida en armonía con su experiencia de escritura. Lo que demuestra que escribir-leer no son sino un conjunto de mutua imbricación que tendemos a escindir para sostener el oficio en uno y la práctica en el otro. Los libros de Katchadjian ponen al lector muy cerca del escritor, y viceversa, mediante el regodeo de una cosa lúdica, en el plano de un juego.
Entonces, y acá permítanme redundar: uno lee a Katchadjian —y Medio real es una novela de esas— para leer (habitar) un juego. Por lo tanto: jugarlo. Jugando el juego uno ve a Katchadjian jugando al escribir ese texto; esto es: leer a Katchadjian es verlo jugando; jugar con sus textos, es conciliar la doble experiencia de lectura-escritura. Incluso a partir de esa cosa lúdica es que surgen sobre la hoja fronteras difusas y porosas entre diversas textualidades que se necesitan para esa ejecución. En particular: en Medio real Katchadjian agarra la sintaxis de ciertos “textos de la conquista” —conjunto de crónicas, diarios de viaje, cartas y relaciones escritos por los españoles durante el siglo XVI—, lo teje con el viaje de un drogadicto que quiere dejar las drogas —que no es exactamente Luca Prodan, pero está basado en su historia— y con ello encontrarse a sí mismo. Es decir: crónica de la Conquista, viaje al Nuevo Mundo, drogadicto que desea abandonar sus adicciones y con ello captar su destino. Después y en simultáneo a esas dimensiones de la escritura decantan inevitablemente en sus temas de preferencia: la libertad, la esclavitud y los saltos de continuidad que tienden a la aceleración de eventos.
Y quizás ese sí sea un eje ordenador de la experiencia de leer a Katchadjian: la velocidad de las cosas. Un ritmo y musicalidad —Pablo es músico— que hace que en una página sucedan a nivel narrativo casi tantos acontecimientos como oraciones tengan esos párrafos. Eso implica que en dos o tres páginas sucedan muchas cosas, una tras otra y en esa ejecución, por momentos caótica, se construyen y sostienen sus narradores (protagonistas) y el resto de los personajes. ¿Qué trae como consecuencia? que la tramitación subjetiva en sus personajes es casi tan liviana como la velocidad de acciones, reacciones y eventos, en los que se ven envueltos. En realidad: no hay lugar para la tramitación subjetiva. O la hay: pero no llega a ser central en la novela. Por decir algo: un personaje de una novela de Katchadjian puede morir y en la siguiente oración ya están haciendo el duelo, lo que implica que en el siguiente párrafo quizás ya es otro día u otro mes. Lo que arroja como resultado es un texto sin problemas existenciales o mejor dicho: un texto donde los problemas existenciales son tan solo una oración más. Inmediatamente se pasa a otra cosa. Esa temporalidad acelerada con el ritmo y la musicalidad de la escritura (y por lo tanto lectura) de las novelas de Katchadjian lo vuelven, en mi opinión, un autor actual, porque interpreta las fracturas de la época, más allá de si ‘experimenta’ o ‘vanguardiza’ elementos literarios.
Ruina y Melancolía
Por Federico Morales Pfaffen
La noche de la ausencia
Por Manuel Martín
Comprender mal, o tarde, o nunca
Por Belén De Franceschi


