Literatura
La noche de la ausencia
Notas sobre la escritura y el insomnio
Antes de que los románticos lo codificaran, los poetas ya sabían que la noche y la escritura se pertenecen. Este ensayo recorre esa afinidad secreta a través de Marina Benjamin, Arthur Machen y María Negroni para preguntarse qué tienen en común el insomnio y el acto de escribir.
Por Manuel Martín
26 de mayo de 2026
“Viene uno como dormido
Cuando vuelve del desierto;
Veré si a esplicarme acierto
Entre gente tan bizarra,
Y si al sentir la guitarra
De mi sueño me dispierto»
La vuelta de Martín Fierro
Antes de que los románticos consiguieran unir la literatura, el sueño y la imaginación como un elemento de creación único, mucho antes, ya los poetas intuían una sensual afinidad entre la noche y el escribir. No es solo que se escribe de noche, fuera del tiempo social, medido y reglamentado. También la imaginación poética parece beneficiarse de la somnolencia lúcida del que se concentra cuando la vida a su alrededor entra en reposo. Las percepciones nocturnas son la liebre dorada que intenta cazar el que escribe.
Las imágenes del sueño colman la mente mientras el cuerpo está inmóvil, y, cuando despierta, el soñador se apura a escribir porque quiere retener esa espuma vana que deja el sueño cuando se retira. La paradoja está en que mientras soñamos no podemos escribir, y cuando vamos a escribir aquello que queremos captar se empieza a marchitar, como si el lenguaje diurno lo quemara con su luz abrasadora. Y sin embargo, la historia de la literatura está repleta de demostraciones de ese equilibrio prodigioso del que surge la poesía. ¿Qué pacto secreto existe entre la noche y el arte de escribir? La pregunta invita a desconfiar de las cronologías: sospechar de cualquier idea de evolución de ese vínculo, porque lo nocturno nos fuerza a una regresión. La oscuridad es para nosotros un atavismo y, a través de las épocas, insiste en el lenguaje y en el acto poético. Quien escribe se encuentra a la intemperie en la noche de las palabras.
En Insomnio, Marina Benjamin empieza a escribir a partir de una experiencia de los sentidos:
De noche, cuando me desvelo, el mundo cobra otra tonalidad. Es más silencioso y más cercano. Empiezo a prestar atención a las texturas de las sombras. Percibo la oscuridad que se va espesando y cuelga como un paño de terciopelo sobre la noche profunda, y el tinte negro-verdoso que se observa cuando la humedad carga la atmósfera con estática. Después, la penumbra cede gentilmente anunciando el amanecer, y no se siente tanto como una insinuación de la luz, [sino] como una indefinición en los bordes de la percepción.
Es de esa relación entre el cuerpo y la noche que surge la escritura como intento de descubrir una “taxonomía de la oscuridad […] y con ella un vocabulario nocturno que podemos aprender”. Arranca con una puesta en escena del cuerpo insomne: “el cuerpo ausente, despierto cuando debería estar dormido”.
En cierto modo, se trata de conjurar el riesgo (dormir se parece mucho a la muerte). A finales del siglo XVI, Thomas Nashe advertía: “La noche es el Libro Negro del diablo, en donde registra todas nuestras transgresiones. […] La tablilla de nuestro corazón se transforma en un índice de infamias, y todos nuestros pensamientos no son más que textos para condenarnos”. Por eso escribe un inventario de Terrores de la noche, donde explica el origen de los peligros de la oscuridad. Por cierto: Nashe se ocupa de hacernos saber que su “panfleto” –así lo llama a este opúsculo de 1594– lo escribió de un tirón en una sola noche, y que durante algunas páginas ha “galopado en falso” [I have rid a false gallop] a causa del sueño, tras lo cual se espabila y retoma el propósito de su libro. Al menos hasta que el cansancio lo vuelva a desviar.
El insomnio teje un lazo poético con la noche: busca recuperar un sueño que nunca le perteneció. No es tanto la negación del sueño, sino más bien la búsqueda del sueño que es negado. “Es” –palabras de M. Benjamin– “un estado de anhelo”. La escritura también es anhelo de lo que no se sabe. Trata de apresar un sentido que en el momento en que se lo toca, se desvanece.
En un estudio sobre la historia del insomnio, Eluned Summers-Bremner plantea que, a partir del siglo XVIII, la cultura del consumo, cultura que convierte la satisfacción de los placeres en un imperativo, genera una ecuación que vincula insomnio y aburrimiento. Porque los dos implican la imposibilidad del objeto de deseo. El insomnio supone carencia; y la carencia está, también, en el origen de la escritura.
Los pensamientos nocturnos desalojan al yo del cuerpo, que restituye luego su dominio en el tiempo diurno. La escritura surge de las fisuras de la repatriación del yo al cuerpo, es a la vez consuelo y herida reiterada (es síntoma) de ese exilio. Al escribir, solo alcanzamos el punto máximo de intensidad cuando logramos entrar en el centro del pensamiento nocturno sin neutralizar su potencia de disolución. Hacer algo con aquello que no da tregua, que insiste en el lenguaje, desvelar una “taxonomía de la noche” es ir adentrándose en los misterios de la escritura.
Marina Benjamin recorre la literatura buscando una taxonomía de la noche para bucear en lo más íntimo de su ser, ahí donde se disuelve en el no-ser. Lo interesante es que otra vez la escritura repite un rasgo del insomnio: lo más secreto de sí misma reside en esa comunidad de los escritores, parecido al Congreso de los Insomnes de Charles Simic –que citan tanto Summers-Bremner como Marina Benjamin–, donde el banquete ya está listo pero los invitados están ausentes. Más precisamente, donde cada uno de ellos envía en representación su propia ausencia. Benjamin refiere un montón de autores y personajes, pero hay uno que apenas menciona y es justamente el más importante. Confiesa: “Estaría dispuesta a asesinar un poco de sueño si eso me permitiera enfrentarme cara a cara con mi alma. Todos llevamos dentro una parte de noche, de oscuridad desconocida, impenetrable”. ¿Y quién es el insomne atroz que asesinó al sueño, si no Macbeth? El drama de Macbeth es el de su oscuridad desatada. No puede dormir a causa de la culpa por su parte de noche revelada a la luz del día. Tal vez mejor, entonces, que casi no lo nombre; así su insistencia en el texto se vuelve asediante: una presencia afantasmada. Lo que emana de la escritura de Benjamin es la revelación de que la poesía es una búsqueda insomne (es decir, culpable) del sentido.
Insomnio monta una puesta en escena de la noche en la que una inquietud ocupa el lugar del reposo y lo subvierte para producir escritura.
Para Summers-Bremner, tanto escribir como soñar implica cruzar fronteras hacia la imaginación y lo inconsciente. Lo dice a propósito del Libro de la Duquesa de Geoffrey Chaucer, y no se le escapa que en ese momento Chaucer cumplía tareas diplomáticas al servicio de la Corona inglesa. El viaje y el sueño tienen en común el franqueo de las fronteras. El insomnio –dice Summers-Bremner–, al resistirse a cruzar, lo que hace es enfatizar la frontera. Apunta al secreto mismo de la escritura.
Aunque conforma una comunidad, el insomnio es solitario, y el poeta necesita explotar esa experiencia de la soledad a través de la escritura; para eso busca el auxilio de la comunidad imaginaria de la literatura.
En su Museo Negro, María Negroni descubre que el escritor, como el vampiro y como todas las criaturas de la noche, “es un ser enamorado de su propio desamparo”:
La búsqueda del sentido en el poeta coincide con la búsqueda de la saciedad en el vampiro. Dedicados a instaurar una novedad radical, que es siempre la misma (la muerte), ambos reiteran sin pausa la experiencia de sacudirse el abrigo que podría ponerlos a salvo de toda crisis y así, de paso, rinden su mejor tributo a lo inmemorable que se les ha escapado.
Exhibe que la escritura es “vocación de ausencia”, y que todo texto es un “tapiz del miedo y el desamparo donde alguien traza unos círculos, despliega su pequeño canto interior, como trazos que dibujarían un talismán”.
Una inquietud (deseo o miedo o culpa) ocupa el lugar del reposo, y en ese lugar funda la ausencia: ausencia del sueño y del objeto de su inquietud. Es una intuición del insomnio y también del acto de escribir.
Por ejemplo, en La colina de los sueños, de Arthur Machen. El protagonista de esta novela, Lucian Taylor, recuerda al Lucien de Rubempré de Las ilusiones perdidas de Balzac: en los dos casos se trata de jóvenes que quieren triunfar como escritores y se preguntan qué significa escribir en la era de la profesionalización literaria. El muchacho persigue un sueño que tuvo una vez al dormir la siesta en un abandonado fuerte romano. Es una búsqueda insomne: noches enteras dedicadas a capturar en palabras el misterio de esa ensoñación. El sueño insiste y a la vez se sustrae. Su ausencia equivale a una hiperpresencia desfigurada: todo lo que percibe, todo lo que ocurre a su alrededor, encierra un misterio que es necesario desentrañar para dominar el arte de la literatura. Es una gran metáfora del insomnio: lo que está ausente nos acecha en formas inimaginables. Ya sea el sueño o las palabras. Y no es, como metáfora, tan caprichosa, porque Lucian pasa las noches enteras escribiendo sin descanso, hasta que los rayos del amanecer lo adormecen.
El fin-de-siècle –La colina de los sueños se escribe entre 1895 y 1897– somete a los escritores a una economía perversa: Lucian se siente sofocado por el mercado literario, pero sin embargo su actividad es igual de incesante y agotadora que la del resto de la cultura mercantil británica. Machen traslada la obsesión por la eficiencia del siglo XIX al plano estético y ahí la pone en crisis. Porque, a la vez que Lucian Taylor se frustra con lo inútil de sus repetidos esfuerzos, también se regodea en el esfuerzo titánico de sensibilidad que cada frase demanda. Y aún así, por momentos quisiera, como un buen burgués ahorrador, que ese gasto improductivo (del que se envanece) no fuera, al final del día, tan costoso.
Escribir se vuelve manía y literalmente le quita el sueño. “Terminaba unas cuantas páginas y a continuación las reescribía utilizando el mismo motivo y casi las mismas palabras, aunque alterando ese algo indefinido que no es tanto estilo como forma, o atmósfera”. Lo perturba un único temor, y es que al final nada alcanzará para dominar ese arte. El sueño, expatriado, invade la vida diurna, y Lucian solo vive para desenmarañar el ovillo que esconde el secreto de lo literario.
Machen presenta una concepción según la cual escribir exige sacrificios tormentosos: laceración del cuerpo, pérdida de los seres amados, reclusión física, adulteración de los sentidos y disolución del juicio. En cierto modo, la cifra más perfecta de este esquema está dada en las Confessions of an English Opium Eater de Thomas De Quincey: la postración del scholar es la condición para el nacimiento del poeta romántico. Para Lucian Taylor, alcanzar la verdad en la poesía implica cerrarse a los sentidos y aniquilar el cuerpo en su existencia telúrica y así reconquistar la sensualidad en el lenguaje. La metáfora alquímica que tanto le sirve a lo largo de la novela es perfecta: se trata de transmutar la materia en su quintaesencia espiritual. Su obra se le configura como aventura literaria y metafísica.
Con la naturaleza, mantiene una relación ambigua. La aprovecha en el recuerdo (las colinas y los bosques de su pueblo natal). Pero para escribir necesita la ciudad, aunque sea para anularla. En sus caminatas por Londres, el paisaje urbano queda abolido, solo se captan fragmentos delirados, visiones rotas, y lo único que queda en el centro son las preocupaciones literarias y el libro por venir –que nunca llega–. La habitación donde vive, su torre de marfil, es desde donde puede acercarse más al cielo que arde “como si se hubiesen abierto las inmensas puertas de un horno”. Para Lucian, escribir es anular el mundo para volver a crearlo.
La escritura es concomitante a la putrefacción del cuerpo. La torre de marfil se levanta a expensas de un cuerpo lacerado. Incluso el sueño del fuerte (el centro vertiginoso de la narración) se produce porque Lucian se corta con una ortiga romana. Él, más tarde, construye en el lenguaje un cuerpo en ruinas.
Todo el misterio de la literatura se resume, para Lucian, en la intensificación de una conciencia sensual proyectada en el lenguaje: “es el arte sensual de producir impresiones exquisitas por medio de palabras”. El pensamiento lógico no es más que “un accidente perturbador aunque inseparable” y, además de las sensaciones, estaban “las imágenes indefinibles, inexpresables, que toda buena literatura despierta en la mente”. Literatura = sensación + pensamiento + imaginación. A partir de esa fórmula, la literatura se asemeja al sueño:
El mundo así desvelado es más bien un mundo de ensueños, el mundo en que viven a veces los niños, que aparece instantáneamente, y se desvanece del mismo modo, un mundo más allá de toda expresión o análisis, que no pertenece al intelecto ni a los sentidos.
Y de hecho, el sueño se empieza a confundir con la vigilia: hiperpresencia desfigurada del deseo.
Así como el insomnio de Marina Benjamin es la distancia infranqueable que no permite fundirse con la noche, el cansancio del ser que no logra olvidarse de sí mismo, la escritura trasnochada de Lucian Taylor intenta disolver el yo en la Literatura (como un Absoluto) y conservar al mismo tiempo el beneficio individual de esa disolución. Porque Lucian nunca termina de renunciar al éxito literario. Cada vez más lo que manifiesta es un estado de melancolía que él asocia al súbito reconocimiento de estar persiguiendo un sueño vano.
Albert Béguin, que hace un estudio monumental sobre las relaciones entre El alma romántica y el sueño, sugiere que las actividades misteriosas de la imaginación nos permiten “adorar en ellas esa parte de nosotros mismos en que, cediendo el gobierno a ‘otro’, no somos ya sino el lugar de una presencia”. Al extraviarse en la ausencia de lo que busca, la escritura hace presente al yo en el hueco de su deseo.
La colina de los sueños termina con la muerte de Lucian y casi por primera vez el narrador nos lo muestra desde el punto de vista de los otros. La policía entra a su habitación, lo encuentra muerto y rodeado de un fárrago de papeles garrapateados con una letra incomprensible: la persecución del misterio (del sueño, del arte, del deseo) termina siendo literalmente ilegible para cualquier otra persona. La escritura es un ritual que alberga –retomando, una vez más, palabras de M. Negroni– “la desnudez de aquello que permanece y desea permanecer en el caos”. Escribir es perseguir un sentido que siempre se nos escapa; visto así, un buen texto es, no el que puede expresar más significados, sino el que logra medirse con su propia impotencia. Con su escritura insomne, Lucian satura otra frontera: la que separa el éxito y el fracaso.
El final de la novela dibuja una figura en donde la escritura representa su propia ausencia, su ausencia final: la muerte. Y todas las épocas diseñaron un repertorio para conjurar los peligros de aquella noche absoluta. Así como Summers-Bremner propone su “nocturnal litteracy” y Marina Benjamin, su propia “taxonomía de la oscuridad”, Thomas Nashe había empezado a catalogar las criaturas del “Libro Negro del diablo” y recordaba los antiguos manuales egipcios y babilónicos de interpretación de los sueños. El contenido de esas listas y sus modos de clasificación responden, sin dudas, a pautas sociales, pero su razón de ser, su insistencia a través de los siglos, constituye un hecho antropológico.
Escribir es instalarse en el centro de una ausencia que la noche no dejará nunca de evocar.
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