Artificios

La nostalgia es una trampa

Pensar la memoria y elegir con qué mentirse

Añorar el feminismo de 2016, revivir a Maradona cuando Messi le da la mano a Trump, refugiarse en la estética retro: la nostalgia está en todos lados y casi siempre es una trampa. Este ensayo se pregunta (con Boym, Fisher y Agamben) cuándo el pasado deja de ser memoria para volverse mito, y si es posible usar la evocación de otro modo, sin clausurar las contradicciones ni caer en la épica fácil.

Por María José Grillo
19 de mayo de 2026

“Las fantasías del pasado determinadas por las necesidades del presente ejercen un impacto directo sobre las realidades del futuro. Al considerar el futuro, nos responsabilizamos de nuestros cuentos nostálgicos.” 

— Svetlana Boym 

El otro día vi un posteo de una amiga que exponía un secreto a voces: “Ni desmotiva, ni triste, ni aburrida. Estancada, trabada, anémica, nostálgica, impotente, cansada. Solo una chica en la era de Milei”. Ojalá se estuviera refiriendo al reestreno de Hannah Montana, pero la realidad es más espectacular. Los remakes no son solo una premisa de la decadencia representativa sino la punta del iceberg de lo insoportable que es habitar un presente estancado en los fragmentos del pasado. 

En esta línea, los imaginarios se alejan como proezas con fecha de caducidad. La muerte del hit y los trends son las nuevas subculturas. Entre Diputados TV y Gran Hermano, las diferencias son disímiles en el armado de una puesta en escena. Quizás en el segundo tendríamos más injerencia, y eso es poco… Podríamos cambiar el rumbo de las cosas, pero parece no ser suficiente. La mística está rota, ni siquiera se realizó casting. 

La nostalgia aparece cuando el presente que se tiene enfrente no satisface, pero principalmente su evocación responde a la necesidad de comprender el paso del tiempo y los cambios del espacio desde la ausencia. Según el filósofo Agamben, la cultura occidental es el amor por las sombras, una estancia mental donde sólo podemos relacionarnos con el mundo a través de representaciones o iconos. Para Mark Fisher, estás representaciones en el presente neoliberal están clausuradas, condenadas a la repetición, pero acechadas por los fantasmas de aquello que ya no es y aquello que nunca fue. 

La cultura occidental es contradicción y rigor, un escenario de operaciones donde se crean iconos nuevos, imaginarios sociales que sirven para la representación. Aquellos imaginarios sociales no son inocentes: organizan la memoria, delimitan pertenencias, establecen criterios de valor. Sirven para gobernar el pasado y, con él, el futuro. 

Pensemos: ante la reforma laboral, ¿quién no ha fantaseado con la potencia de los movimientos sindicalistas combativos? O por qué, mientras Messi le da la mano a Trump, emerge una catarata de revisionismo sobre Maradona intentando hablar por “lo nuestro”. Cuando Sofía Gala, busca revivir el espíritu punk en la góndola del sistema y ridiculiza la ternura en tiempos de represión. Cuando 2016 no es sólo una estética viral de Instagram, sino el anhelo de volver al hervidero de debates del feminismo, no por la cancelación y los gritos que ahora saturan, sino por la elocuencia de los argumentos que no eran presa de la síntesis de un “facto” viral.

En todos estos casos, la operación es la misma trampa: se invoca el pasado no para revisarlo en su complejidad, sino para clausurarlo en su relato épico sin las contradicciones de la actualidad para su aplicación. Nos quejamos del autoritarismo pero somos fundamentalistas. Somos nostálgicos. 

Ahora bien, en nuestra época de imágenes, pantallas y redes socialesque son en esencia fábricas de fantasmas, las dimensiones simbólicas se reducen a un sistema de probabilidad cuantificable, clasificable, binario y lineal. En un contexto donde lo que está en juego es la construcción representativa de la memoria social e histórica, la pregunta no es si estos fragmentos del pasado articulan malestares, sino si esa articulación termina siendo capturada por el consumo para condicionar lo que es posible imaginar. 

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Quisiera entonces que pensemos a través del ensayo “El Futuro de la Nostalgia” (2001) este neologismo semántico necesario para la paradoja actual en la que vivimos. La crítica cultural, artista visual, profesora y dramaturga ruso estadounidense, Svetlana Boym, aporta en la caracterización de la nostalgia, ideas que abordan la memoria afectiva, los acontecimientos históricos y el paso del tiempo. De estos aspectos centrales podemos activar algunas estrategias para desglosar la evocación de sus orígenes y avizorar la potencia de la nostalgia como herramienta crítica del presente. 

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Muerte del símbolo y obsesión por el detalle

La nostalgia es un elemento subestimado pero que siempre se ha querido manipular. Un mal de época, una enfermedad de las ensoñaciones inútiles capaces de detener el tiempo productivo. Por eso es de interés para la construcción de líneas gubernamentales, identificaciones, iconos, propagandas. 

A partir del ocaso del simbolismo, hay una concepción del mundo que se deja de lado porque le habla al sujeto de trascendencia. El profesor Sebastián Porrini describe que al perderse la dimensión simbólica, se pierde lo supraracional —conocimientos por encima del orden de la ley— y lo infraracional —saberes por fuera de la lógica. El relato de lo que nos pasa, condiciona lo intuitivo reduciéndolo a inconsciente. Lo racional, en cambio, queda sometido a la predecibilidad de los datos. La única magia aceptable del capitalismo, además del dinero, es la guerra por la fe. 

De manera que pensar la nostalgia según Boym como respuesta de la sociedad ante las crisis y transformaciones de la Modernidad: aceleración de la vida, degradación de los grandes relatos, las transformaciones tecnológicas de la globalización y el progreso como impotentes factores de estabilización. 

Los síntomas como el agotamiento, la impotencia y el desasosiego empujan a la nostalgia como respuesta a un escenario de élites concentradas que restringen derechos y obturan la participación, mientras el extractivismo y la lógica del mercado convierten los afectos en consumo y la fantasía en ego. 

En este vale todo posmoderno, se quebranta la violencia legítima ante el abuso de poder y así andamos, buscando imaginarios, con nuestras nostalgias bajo el brazo por si acaso dejan de ser premoniciones fantásticas de lo que debería ser el futuro. 

Lo preocupante es que, ante el derrumbe de los consensos, las oposiciones no sean reactivas sino que se refugien en estéticas nostálgicas de un pasado idealizado: una grandeza perdida que reaparece en adaptaciones literarias, discursos políticos, moda y referentes póstumos. 

De esta manera, pensemos a través de El Futuro de la Nostalgia de Svetlana Boym, la autora propone una distinción clave entre dos tipos de nostalgia: la restaurativa y la reflexiva

La restaurativa evoca un pasado mejor al cual retornar. “Hacer América grande de nuevo” es su promesa. Se presenta como verdad absoluta, es pieza clave en discursos nacionalistas y religiosos. 

La reflexiva, en cambio, cuestiona la verdad, demora el regreso al hogar. Adopta una postura transitoria entre lo irónico, lo melancólico y lo urgente. Muy presente en la sensibilidad artística. Desde el cine como 76 89 03 (2000) dirigida por Fabio Nardini y Cristian Bernard hasta las intromisiones del pasado folklórico que experimenta la música contemporánea con Milo J y Broke Carrey. 

“Poseído por la nostalgia, había olvidado el pasado real. La ilusión le había quemado la cara”, observa Boym. Porque el peligro de abandonar el pensamiento crítico por la emoción nostálgica es confundir el hogar real con el imaginario. “La nostalgia irreflexiva engendra monstruos”. 

Controlar el pasado es gobernar el futuro, advirtió Orwell. Por eso la reproducción de una política hegemónica supone una imposición de lectura del pasado y una proyección del futuro. En este sentido, discursivamente nos encontramos con las trampas del lenguaje que dirimen la opinión pública: “el problema es el déficit fiscal”, “la casta pagará el ajuste”, “el mal del mundo son las ideas del socialismo”, “la ideología de género conduce a la pedofilia”, en su última aparición espectacular el presidente enunció “ que el fascismo o nacional socialismo se dió cuenta que la violencia no era la manera”, son algunas de las trampas semánticas con las que se presentan la “ batallas cultural” desde el oficialismo, para disputar su valor e imponer una moral deshistorizada, negacionista e interesada en destruir el respeto por las formas institucionales, la credibilidad representativa y política como herramienta de transformación de la realidad. 

Los giros semánticos son la única fantasía que destruye todo acuerdo. Incluso con lo real. 

Alessandro Baricco, en Lo que estábamos buscando (2021), lo ejemplifica con la pandemia: “la figura mítica de la Pandemia expresa un deseo sordo de disciplina serpenteante bajo la piel de una civilización que se imaginaba libre. En su seno había hambre de orden, disposiciones, prohibiciones. Se conservó la nostalgia de un experto que orienta, un poderoso que dispone, un guía que sugiere, un sacerdote que execra, un médico que prescribe, un policía que castiga”. 

La pregunta que habita estos imaginarios sociales tiene una gran potencia para el presente ya que plantea cómo se quisiera vivir y de qué manera. Lo que empieza como un acto individual se expande de forma colectiva describiendo las urgencias del momento actual que las encarna. 

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La nostalgia como trampa. Memoria, mito y anhelo 

Para entender por qué esos retornos nos atrapan, hace falta distinguir entre memoria, mito y nostalgia. Porque no es lo mismo recordar que mitificar, y ninguna de las dos es igual a añorar. 

La memoria intenta retener lo que efectivamente sucedió. Es testigo, archivo y herida abierta. Expresa un compromiso de veracidad aunque siempre es parcial y subjetivo. Las memorias colectivas se configuran en luchas por el sentido, donde diferentes actores intentan imponer su versión de lo ocurrido. En Argentina, la “teoría de los dos demonios” funcionó como un dispositivo que reconfiguró el recuerdo de la dictadura, relativizando el terrorismo de Estado. Toda construcción del pasado implica también operaciones de olvido. 

El mito toma el hecho y lo eleva. Lo despoja de sus contradicciones, lo vuelve eterno. El mito no miente: transfigura. El Cordobazo es la épica de la insurrección obrera y estudiantil de 1969, un quiebre al modelo económico y social de la dictadura. Su relato expresa mística, su deseo de repetición orienta la acción sindical y la conciencia de clase. 

Pero la nostalgia no es memoria ni mito. Es la tensión entre ambas. Es lo que sentimos cuando el presente no está a la altura del relato mítico, por eso se evoca como promesa de orden y salvación.

La nostalgia expresa que hubo un tiempo donde las cosas significaron de otra manera. Pero es tramposa: ese tiempo que añora siempre es una construcción selectiva del pasado. Quién no ha recordado al feminismo de 2016 en este último periodo añorando su capacidad de poner en agenda debates. Nadie añade que en esa construcción del movimiento estaba atravesaba de ansiedades por el gobierno de Macri y las políticas de ajuste, sus discusiones sobre el punitivismo, las facciones terf y la burocratización del género. Es innegable que desde sus complejidades se evoca la sensación de que ahí había dirección, épica y posibilidad. 

Boym identifica a la nostalgia como una respuesta ante las crisis de la modernidad: Lo que en la era Milei se ha logrado es romper esta dialéctica entre pasado, presente y futuro. Se vacía al mito, porque ya no se le exige nada, solo se lo consume. La nostalgia selecciona, recorta e idealiza. 

Los imaginarios sociales no solo organizan la memoria: configuran identidades, delimitan pertenencias, establecen criterios de valor. Pero no son estáticos. Junto a los imaginarios instituidos —que consolidan el orden— existe una dimensión instituyente, capaz de producir nuevas significaciones. 

Así, la disputa por el pasado no se agota en la memoria: es también una disputa por la capacidad de imaginar futuros. 

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Nostalgia, creatividad y desvíos

Pero imaginar futuros hoy, implica atravesar un paisaje saturado de refugios imaginarios. Proliferan el revival cultural, la estética retro, los universos digitales habitables (MMO). Tendencias que no solo reproducen el pasado: producen espacios donde el tiempo parece desacelerarse. 

Paradójicamente, esa suspensión del tiempo que antes era diagnosticada como afección de la mente e inhabilidad del cuerpo físico, vuelve como síntoma colectivo. En los discursos contemporáneos se repite la idea de una sociedad paralizada. Sin embargo, esa inmovilidad es en gran parte una construcción mediática. La aparente falta de movilización convive con conflictos sociales. La disputa política se desplaza hacia entornos digitales, y la sobreestimulación informativa genera saturación perceptiva. La parálisis, entonces, no siempre es apatía. Puede ser el efecto de una hiperconciencia del desastre. 

En este contexto, la nostalgia adopta una dimensión ambivalente. Por un lado, expresa la pérdida de un mundo percibido como estable; por otro, revela la dificultad de imaginar futuros. Como emoción histórica, la nostalgia surge cuando el espacio de experiencia del pasado deja de encajar en el horizonte de expectativas del futuro. 

Pero esa ambivalencia no es un callejón sin salida. También puede pensarse como territorio de experimentación. 

En Retromanía (2013), Simon Reynolds sostiene que la cultura pop está atrapada en un circuito de reciclaje permanente. El pasado se convierte en archivo disponible. Sin embargo, en Defensa de la imagen pobre (2008), Hito Steyerl propone mirar aquello que queda fuera de los estándares técnicos: las imágenes de baja resolución, pirateadas, compartidas infinitamente (memes, collages). La imagen pobre circula fuera de los circuitos oficiales. En ella se condensan prácticas de apropiación colectiva, remix y reutilización. 

En este contexto emerge una memoria performática: los usuarios no solo consumen imágenes del pasado, sino que las reeditan, las deforman y las vuelven a poner en circulación. Esa memoria, que reconfigura los restos del pasado desde el presente, no es solo práctica estética. Es una forma de rebeldía contra la temporalidad lineal que históricamente condenó la nostalgia como improductiva. 

Es aquí donde la propuesta de Svetlana Boym resulta sugerente. En su manifiesto The Off-Modern (2017), propone pensar la modernidad desde el desvío. El prefijo off implica correrse del eje principal: estar fuera de lugar, fuera del mapa, fuera de tono. En lugar de aceptar la narrativa dominante del progreso o refugiarse en una restauración idealizada del pasado, el enfoque off-modern explora trayectorias laterales: zigzags, espirales, desviaciones. 

La propia Boym relata cómo, al quedarse sin tinta negra en su impresora, comenzaron a aparecer impresiones defectuosas. En lugar de descartar esos errores, trabajó con ellos. Las impresiones arruinadas producían paisajes modernos deteriorados, imágenes únicas e irrepetibles generadas por una falla tecnológica. El error se transformaba en experimentación estética.

En este sentido, el gesto no es ludita —no busca destruir la tecnología— sino lúdico: explorar sus fallas como territorios de creación. La nostalgia, en estos casos, deja de ser un refugio en el pasado para convertirse en una herramienta que experimenta con los restos del presente, buscando otras formas de concebir el tiempo y el espacio. 

German Britos. Fotógrafo y artista audiovisual nacido en Laprida, en su reciente fotolibro Calle 12 (2026), compila un archivo personal de 8 años principalmente sobre la calle comercial de La Plata. Según su autor podría establecerse como un trabajo de largo aliento, ya que no tiene principio ni final. En él se construye una memoria cercana efectuada a través de una propuesta de lectura que registra, recorre, desborda y produce intercesiones como caminar en la calle.

Las fotografías en blanco y negro de carácter crudo, poseen un cuidado de la luz a lo Rembrandt, exponen su barrio en recortes, planos, texturas, personas, vidrieras, carteles, edificios, Evita, el superhéroe del RappiPago. Hace notar su influencia: Moriyama Daido, un fotógrafo japonés de calle, con una peculiar mirada de deambular vagabundo. Dejarse llevar, gatillar, crear un paisaje de luz y sombras entrecruzadas. 

En términos de Boym, el desvío “off-modernismo” nos obliga a examinar las sombras en los márgenes, fuera del camino recto del progreso. Habitar la calle comercial como si fuera otra. Calle 12 explora superficies y dispositivos, ama los detalles, no tanto los símbolos. Es ironía por contraste. Tiene el ritmo y asombro de quien cree que lo extraordinario puede estar a la vuelta de la esquina.

Una cámara de bolsillo, bajo el pecho, detrás de la manga, agazapada. “Nunca pedí una foto a nadie jamás. Todas son robadas a la gente”, dice Britos. Cuando la imagen te contamina cotidianamente, perdés esa apreciación. Lo que está a vista se torna imperceptible. Va pasando el tiempo y muchas cosas dejan de existir. Se pueden contemplar las transformaciones de la ciudad y sus rituales: aquellos vendedores senegaleses en las veredas de sol son solo un recuerdo evaporado por políticas de reorganización urbana. Esos amores abrazados, ahora siluetas. Atreves de las propagandas de campañas políticas revivimos esperanzas incrédulas y mórbidas; los afiches publicitarios, la basura del paisaje y los transeúntes eternos incognitos. 

El off-modernismo es una crítica a la fascinación moderna por la novedad y a la no menos moderna reinvención de la tradición. En este trabajo la reflexión con el entorno y el anhelo por conocer, entremezcla una pertenencia foránea. Reproduce lo superficial, la plasticidad de los encuentros con el afecto humano de su propio reflejo.

La nostalgia en su diagnóstico no se opone a la modernidad, es su contracara complementaria. No es simplemente añoranza local, sino el resultado de una nueva comprensión del tiempo y el espacio. 

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No creo que estemos estáticos, sino aturdidos. Nada es nuevo, todo está influenciado por la historia. Lo importante es discernir en la evocación y selección del pasado. Siendo que, nada nos funcionó. Seamos otros. Rompamos nuestras convicciones. Volvámonos impredecibles. Sonó la campana y cuando el boxeador está grogui* solo queda hacer clinch*, sobrevivir y ganar tiempo.