Artificios
Los caballos lo han sabido desde siempre
Cada vez que Mariela y Martín se cruzan con los caballos de Tepoztlán, buscan al bebé. Los caballos siempre esperan a que el más pequeño se quite del camino antes de moverse. Este ensayo parte de esa imagen, y de Ursul K Le Guin y de Mierle Laderman Ukeles, para preguntarse cuándo perdimos la consciencia de que somos vulnerables, de que nos necesitamos los unos a los otros. Este texto fue escrito en el marco del taller Una Forma que Piensa – Caminos hacia el Ensayo, a cargo de @joujourousseaux, en el que se exploran herramientas teórico-prácticas para la redacción de este género.
Por Mariela Belmar
15 de mayo de 2026
«¿Por qué son tan lindos los caballos?
¿Por qué hay tanta belleza en el mundo?
¿Por qué lo olvidamos a veces?
Pues yo no lo olvido.»
Diario de Sari en ¿Por qué son tan lindos los caballos? De Julieta Correa
Los caballos son mis animales favoritos de la tierra. Con Martín siempre hacemos esa distinción, pues también tenemos animales favoritos en el agua y en el aire. Los caballos me parecen animales extraordinarios; siempre me han dado la sensación de libertad. Ya sé que es un cliché, pero no lo puedo evitar: por algo existen los clichés. Ahora que vivo en Tepoztlán, los veo casi todos los días, se mueven en grupos, en tribu, manada, siempre los más grandes protegen a los más pequeños, es raro ver a uno solo.
Aquí conviven con los humanos y con los coches, se comen la basura si la dejas mal cerrada y caminan todos juntos buscando agua. Aunque forman parte del paisaje cotidiano, cada vez que nos encontramos con un grupo, Martín y yo nos emocionamos, buscamos al bebé.
Pienso mucho en cómo se vivirán ellos. Saben cuidarse; seguro les estresamos con nuestras prisas. A veces están bloqueando el camino y hemos aprendido a comunicarnos. Ellos se quitan con mucha calma; siempre esperan a que el más pequeño se quite del camino y luego los demás se ponen a su lado. Me recuerdan que hay otro tiempo, que no es necesario correr. Ellos saben de cuidados.
Ahora estoy haciendo un proyecto de investigación que tiene que ver con la maternidad, el cuidado y las prácticas artísticas. Ver su comportamiento me ha hecho pensar desde otro lugar. Los caballos son animales súper sensibles; ¿en qué momento, nosotros humanos, perdimos la consciencia de que somos vulnerables? ¿Qué nos necesitamos los unos a los otros para vivir? ¿Cuándo y quién nos dijo que saldríamos adelante solos? Que es cuestión de echarle ganas. ¿Por qué dejamos de pensar en grupo como los caballos? Cuando nació Martín, pensaba siempre en la cantidad de cuidados que necesitaba alguien para sobrevivir los primeros años. Pensaba: si estoy aquí, es porque alguien me cuidó. Dependemos de alguien para sostenernos en varios momentos de la vida, y así todos.
Hay días en que me uno a la idea de Ursula K. Le Guin y pienso que todo comienza con una bolsa. No una bolsa elegante, ni un contenedor heroico, sino algo más parecido a un morral improvisado de una caminante, un tejido que se expande y se encoge según lo que la vida exige. Ursula K. Le Guin propuso que quizá el primer artefacto humano no fue la lanza, sino el recipiente; no el instrumento para herir, sino el que permite cargar, guardar y proteger. Me gusta imaginar a esa primera persona recogiendo frutos, piedras útiles, semillas, pequeños restos que aún no tenían nombre. Lo importante no era la caza, sino aquello que podía compartirse, repartirse y volverse común. La bolsa como origen de la historia. Qué potente idea, Ursula es una genia de la imaginación.
Pienso en eso cuando observo las prácticas de cuidado, esas acciones que rara vez brillan pero que sostienen la vida cotidiana como un hilo secreto: cocinar, limpiar, recoger, escuchar, abrazar, sacudir, elegir verduras, tender la ropa, doblarla. No se parecen al gesto llamativo del héroe que salva a otros; más bien, parecen una coreografía mínima: hervir la sopa para alguien, recordar la toma de una medicina, acompañar un duelo sin resolverlo. Las teorías feministas del cuidado han insistido en que hacerlo es una forma de atención ética, una relación que nos vuelve responsables de nuestra interdependencia. Sin embargo, en la vida diaria, los cuidados no suelen venir acompañados de teorías; son gestos, murmullos, maneras de acarrear lo que pesa.
Los caballos han sabido esto desde siempre. En varias cosmovisiones indígenas, el cuidado no es una acción extraordinaria, sino la forma básica de estar en el mundo. Lorena Cabnal habla del cuerpo-territorio como una extensión viva que se protege y se nutre colectivamente. Su propuesta me recuerda que los cuidados no son un servicio, sino un vínculo. Un modo de reconocer que no estamos solos y que la autonomía no implica independencia absoluta, sino acuerdos sensibles con quienes comparten el camino.
Me pregunto entonces cuándo empezó a parecer que cuidar era algo menor. Tal vez cuando la modernidad organizó la vida en compartimentos: lo productivo por un lado, lo reproductivo por otro; la producción en el espacio público, el mantenimiento de la vida en la sombra. Por eso la metáfora de Le Guin me resulta tan luminosa. La bolsa no destaca; no corta, no hiere, no conquista. Simplemente carga, incluso se rompe para dar paso a la vida. En esa humildad hay un gesto político, descentrar el éxito individual y volver a mirar aquello que permite que la vida continúe.
Pienso en mi propia historia y en las manos que me han acompañado: Mario, que traía frutas en una bolsa de mercado cuando yo no tenía tiempo ni hambre; Mariana, que guardó mis palabras tristes sin juzgarlas; Aine, que compartió plantas porque decía que una casa sin verde se enferma. Fueron bolsas vivas, recipientes que sostuvieron partes de mí cuando no podía hacerlo sola. Quizá por eso, cuando hablamos de cuidados, también hablamos de imaginación. No solo de lo que hacemos, sino también de cómo deseamos vivir juntos. Imaginar comunidades que entienden el cuidado como un tejido compartido implica desafiar la idea de que la vida se sostiene individualmente. Supone reconocer que todas somos, a nuestra manera, a la vez el recipiente y lo contenido.
Le Guin decía que una bolsa es una herramienta para el transporte de cosas nutritivas. Me gusta pensar que también puede transportar historias, las que heredamos, las que compartimos, las que inventamos para sobrevivir. Cuidar, entonces, es seguir extendiendo esa bolsa ancestral, poniendo dentro lo que hemos encontrado en el día, ofreciéndolo a otros cuando lo necesiten.
Para pensar el cuidado como práctica artística, de principio recurro siempre a la obra de Mierle Laderman Ukeles, quien, desde finales de los años sesenta, propuso el concepto de maintenance art (arte del mantenimiento). Ukeles cuestionó la separación entre el trabajo visible, creador, “heroico”, y el trabajo invisible que sostiene la vida: limpiar, ordenar, reparar, acompañar. Después de convertirse en madre, comenzó a notar cómo su práctica artística colisionaba con las exigencias del hogar y escribió su célebre Manifesto for Maintenance Art (1969), en el que afirma que el mantenimiento, esa labor rutinaria y feminizada, también es una forma de creación.
Su obra más reconocida en esta línea es Touch Sanitation (1979–1980), un proyecto performático de once meses en el que recorrió los cinco distritos de Nueva York para saludar personalmente a más de ocho mil trabajadores de mantenimiento, estrecharles la mano y decirles: Thank you for keeping New York City alive. Esta acción cuestiona la jerarquía entre la producción heroica y el trabajo que sostiene la vida cotidiana. Ukeles convierte un gesto íntimo, el agradecimiento directo, el reconocimiento del otro en una estética del cuidado. No es el “cuidado maternal” reducido al afecto, sino un cuidado político que dota de visibilidad a quienes mantienen el funcionamiento de la ciudad.
No solo representa el cuidado, sino que también lo practica como parte del proceso artístico. Su obra funciona como una suerte de bolsa, un contenedor simbólico donde se recoge aquello que suele quedar fuera de la historia oficial del arte. Comparte las historias de quienes limpian, reparan, sostienen.
Al final, quizá la historia del mundo no sea la de las grandes guerras, sino la de esos objetos silenciosos que pasan de mano en mano. Tal vez todo comienza y continúa con una bolsa. Y con la voluntad, siempre frágil pero insistente, de llenar y vaciar ese espacio común que nos sostiene. Compartir las historias de quienes limpian, reparan, sostienen, barren, cargan, cocinan, cuidan es un acto de resistencia estética. Cuando miro a los caballos, pienso en ellos como una bolsa que me permite imaginar otros vínculos y crear memorias con Martín.
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