Artificios
Intuiciones para una amistad extraña
El 77% de los argentinos desconfía de quienes piensan distinto. En ese escenario, ¿qué significa tener amigas de verdad? Este ensayo dialoga con Vir Cano, Piglia y Schwarzböck para defender una amistad belicosa. Una que no nos proteja de las diferencias sino que las acepte y que, con humor y malpensando, nos prepare para la protesta.
Por Milagros Porta
10 de mayo de 2026
Incluso podemos discrepar
y que también sea estar de acuerdo
Nina Suárez
I. Según la pedagogía afectiva que nos rige, la amistad está por debajo de la institución pareja y de la institución familia. Se la considera menos importante, pero al mismo tiempo se erige como una escena de mayor libertad, porque carga con menos demandas. Las amistades soportan distancias, frecuencias variables, discusiones, malestares, pausas y reconciliaciones. Dice Vir Cano que, por supuesto, hay desencuentros en la amistad, pero que “están un poco menos penalizados, y un poco menos codificados”. Lo cierto es que todo esto es un arma de doble filo, porque por un lado tenemos más margen para la experimentación en la amistad, pero por otro tenemos menos herramientas para narrar lo que nos pasa en ella.
No tenemos tan naturalizado hablar cuando pasa algo con las amigas. Y no tenemos suficientes narraciones en la cultura que ordenen el evento de un desengaño amistoso. No hay una elaboración social de la amistad a la altura de las tensiones, las contradicciones, las rarezas y las dificultades que atraviesa.
II. En su Borrador para un abecedario del desacato, Vir Cano ensaya una caja de herramientas posible para construir lazos insumisos que nos preparen para la protesta. B de boicotear, H de huir, I de incomodar, L de lacerar: no son las primeras palabras que se nos vienen a la cabeza cuando pensamos otros modos de vincularnos con las demás, y por eso mismo dan cuenta de la necesidad de resistir a la ingenuidad cuando nos proponemos pensar los cuidados y los afectos de un modo que reconozca la belicosidad que hay en todas. Escribe Vir Cano en el capítulo sobre incomodar:
Incomodarnos con nuestras propias miopías, torpezas e imposibilidades. Incomodar-nos para no acostumbrarnos ni relajarnos frente a tanta injusticia, para habitar esa tesitura áspera que nos impulsa a hacer otras-cosas, a pensar otros pensamientos, a sentir otras desmesuras.
Vale decir que no son épocas que incentiven el descentramiento. Hay una resistencia generalizada al malestar: toda incomodidad es acallada o resuelta con la mayor velocidad posible, y nos rodean tecnologías de la neutralización de nuestros síntomas, desde la farmacología hasta TikTok. Los algoritmos de las plataformas nos emparejan con el contenido que más se acerca a la imagen que construyen de nuestra identidad. En ese escenario, el desacuerdo emerge como un fenómeno del orden de lo insoportable. Cuenta Alexandra Kohan que, este año, el Edelman Trust Barometer, un índice que analiza la confianza social en las instituciones, devolvió que el 77% de los argentinos desconfía de quienes piensan distinto. El concepto principal que encabezó el informe es la idea de insularidad. Frente a las tensiones económicas y geopolíticas, frente a la crisis anímica generalizada, hay una tendencia cada vez mayor hacia el aislamiento, donde las personas eligen atrincherarse detrás de la información que coincide con sus sesgos. El resultado es que somos cada vez menos permeables a las perspectivas ajenas.
A partir de este informe, en una columna de Cenital, Alexandra Kohan se pregunta “cómo nos relacionamos con el otro en tanto que otro, cómo construimos el lazo cotidiano con los demás, cómo somos, o no, capaces de hacerle lugar a la diferencia”. Porque la tensión con el otro conlleva una agresividad que hay que saber soportar. Y bajo la consigna spinozeana sobre qué puede un cuerpo, me pregunto por qué nuestros cuerpos pueden cada vez menos con la diferencia. Alexandra Cohan cita a Anne Carson para decir que “sin diferencia no hay movimiento, sin diferencia no hay Eros, que es lo mismo que decir que no hay deseo, ni vida”.
III. Vuelvo entonces a la idea de los lazos insumisos. Me interesa el pensamiento filosófico de Vir Cano porque reelabora desde los transfeminismos una tradición nietzscheana que considera a Nietzsche como un pensador del temblor. Un pensador peligroso para el narcisismo de nuestras consciencias bienpensantes porque nos hace correr el riesgo a ya no ser quienes somos, a quedarnos sin certezas, a caminar al borde del abismo.
La amistad en Nietzsche gira alrededor de la figura del Feind, el enemigo, como condición de la amistad verdadera. Si se quiere tener un amigo hay que querer también hacer la guerra por él, y para hacer la guerra hay que poder ser enemigo. La belicosidad, la insumisión, son la condición de posibilidad para esta forma de la amistad entre iguales. Para diferenciarla, Nietzsche va a decirle camaradería al vínculo que te protege de la diferencia, para entender la amistad, por el contrario, no como refugio sino como antagonismo productivo.
En el ámbito intelectual, lo más parecido que conozco es la experiencia de las revistas y de los grupos de lectura, y acaso también de la militancia, en tanto entienden la amistad como un grupo de personas reunidas alrededor de un problema, como una comunidad de pensamiento. Esa definición posible ya implica partir del conflicto: hay un asunto a desentrañar, y ese asunto no es sencillo. Muchas veces es un asunto filosófico, estético o político. Y la única manera de poner en movimiento el grupo, como diría Anne Carson, es a través de la diferencia. Diferencia de trayectorias, de formaciones, de recorridos, pero también diferencia de clase, de habitus, de concepciones del mundo.
Puntualmente me interesa la figura del grupo de lectura porque es de una particularidad argentina notable como fenómeno, si para historizarlo nos remitimos a la experiencia de la universidad de las catacumbas en dictadura. Tenemos que reconocer una tradición en el pensamiento clandestino, en la lectura de textos prohibidos, en los cursos de Josefina Ludmer, Beatriz Sarlo, Eduardo Romano o Beatriz Lavandera, en esos espacios que abogaban por una horizontalidad sin subordinación. Yo creo que algo de la radicalidad que se respira en la experiencia de algunos grupos de estudio le debe mucho a esa tradición de contracultura. Y creo que en el mejor de los casos se forja en ellos una modalidad de la amistad que tiene que ver con el reconocimiento amoroso del otro como contrincante.
IV. Hay un texto muy lindo de Piglia que se llama “La amistad en Saer”, donde clasifica los distintos tipos de amistades que produce la literatura. Una de ellas es la amistad entre iguales, fundada “en la complicidad plena pero también en la confrontación y la disputa, que define la relación entre el grupo de amigos que rodea a Tomatis y reaparece con variantes en todos los relatos de Saer”. Piglia entonces cuenta la anécdota de una discusión intensa sobre la tensión entre los escritores porteños y algunos narradores santafesinos, jujeños, cordobeses, que escribían lejos de la capital. “Recuerdo que discutimos agriamente con alusiones, bromas y argumentos múltiples y muy malintencionados”, dice Piglia, “y que después nos fuimos a cenar al Dorá, donde seguimos hasta que la disputa concluyó (o fue suspendida) algunas horas después, entre bromas y chistes sangrientos, en un café del Bajo”. En su racconto le da mucha importancia a cierta malicia y al esplendor de los chistes que vuelan como dardos.
Yo creo que, para las personas que escribimos, la amistad es una pequeña escuela de la crítica. El lugar privilegiado donde ensayar una hipótesis apenas esbozada y alegremente permitir que la despedacen entre una cena en el Dorá y un café del Bajo. La amistad es de hecho también un ensayo porque nadie sabe exactamente en qué consiste; es el vínculo más especulativo, el menos instrumental. En ese sentido la amistad es una crítica de la crítica, una escena incesante de discusión que te hace humilde. Pero además, como decía con Vir Cano, te prepara para la protesta. Entonces, frente a la idea instalada de que la derecha capitalizó toda forma de violencia, frente a la pacificación y la duermevela de los actores visibles del campo popular, abogo por una amistad belicosa. Una amistad que no sea el núcleo sectario desde donde señalamos entre nosotras la diferencia de las otras, una amistad que no sea una fábrica de amiguismo, sino una que nos curta para el desacato.
V. Sé que esto puede ser difícil de poner en práctica. Arriesgo entonces una herramienta para soportar la diferencia: ejercer el desacuerdo por la vía del humor. Puede sonar tonto, pero en mi experiencia personal, la risa es un vector muy hospitalario para trasladar tensiones, incomodidades, desacuerdos. Volviendo a las relecturas contemporáneas de Nietzsche, se me viene a la cabeza una definición que hace Silvia Schwarzböck de las nietzscheanas en el siglo XXI: son bienpensantes antibienpensantes, son progresistas antiprogresistas, y son autoironistas infinitas. Y pienso que la idea schwarzböckiana de materialismo oscuro tiene mucho que ver con la risa:
El riesgo de perderse (de abandonar la filosofía y llamarse a silencio) es tan grande que es muy posible que lo único que lo salve al filósofo (o le dé un indicio de que no está loco) sea la especialización (separar el objeto, la suma de los posibles, por temas) o —la salida batailleana— reírse de la filosofía. La risa sería, radicalmente, la negación de la filosofía (a la que Bataille pide no confundir, en su propósito serio, con la negación por pereza de la filosofía profesoral). Y el efecto de la risa haría, así, que la suma de los posibles no sea una adición (como cuando la filosofía se especializa), sino una síntesis (como en Hegel, el filósofo de la muerte, pero en clave de comedia). Si la historia de la filosofía la escribieron los idealistas, reírse de la filosofía es una actitud (aunque no sea solo una actitud) eminentemente materialista.
El materialismo, como se insiste siempre, como para no olvidarlo, no es otra cosa que su práctica. Y las contradicciones materialistas de los materialistas son las mismas que los vuelven, cuando las explicitan, materialistas oscuros, porque enuncian una verdad polémica que ningún sistema podría admitir públicamente sin más. El materialismo oscuro para Silvia Schwarzböck entonces consiste en decirlo todo sin concesiones, sin cálculos; es malpensar, incluso de una misma, “con adecuadas dosis de coraje y desprecio de sí”.
Pensaba en esto y me acordaba de un texto reciente de Íñigo Lomaña que habla de la amistad como zona de excepción moral, lugar donde bajamos la guardia y admitimos nuestras bajezas, lugar donde mostramos nuestra peor cara. Pero no para regodearnos ni para gozar nuestro síntoma, no para ser indulgentes con lo peor de nosotras mismas, ni tampoco para creer ingenuamente que la amistad de por sí puede hacernos mejores, sino para hacer explícito lo que la sociabilidad y la moral burguesa obligan a callar.
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