Literatura
Comprender mal, o tarde, o nunca
Una defensa de la conversación en tiempos de IA, a partir de Sor Juana Inés de la Cruz
Facebook preguntaba «¿en qué estás pensando?». ChatGPT ya no pregunta: ofrece ayuda para pensar. Entre esos dos gestos se perdió algo importante. Este ensayo va a buscarlo en “Primero Sueño” de Sor Juana Inés de la Cruz: un poema sobre el vértigo de comprender mal.
Por Belén De Franceschi
08 de mayo de 2026
Arturo Carrera dice que la lengua no nos pertenece; que, por el contrario, nos pertenece la delicadeza casi eterna de una lejanía nueva. Probablemente sea imposible trazar, solo con palabras, los límites entre los temas de la tierra y los del cielo, por ejemplo. Pero intentándolo aparece un simulacro fundamental: el de hacer como si se pudiera encontrar la palabra precisa. Recibo mails que, aunque hayan tenido la atención de borrar el ‘‘¿Quieres que te ayude a pensar otra respuesta?’’, no pueden ocultar los patrones de una IA generativa. Las publicidades, los posteos de Instagram y de Twitter, algunos de los tantos libros que aparecen semana a semana en las mesas de novedades: toda una lengua embalsamada bajo las mismas construcciones sintácticas. Hace no tantos años, Facebook nos preguntaba ‘‘¿En qué estás pensando?’’. Hoy, Chat GPT nos pregunta si necesitamos ayuda para pensar o para escribir lo que pensamos (básicamente, para encauzar nuestro pensamiento). Y entonces, por consecuencia, no puedo no pensar en ‘‘Primero Sueño’’; en Sor Juana y su poema filosófico, conceptual y hereje donde hay un yo que todas las noches se desvela en búsqueda del saber, un yo que siempre adquiere lejanías nuevas. Otra noche de descanso y de llenar todo de luz: donde el alma se encumbra, se enreda en el caos del fracaso y luego es interrumpida por el vacío feroz del alba.
Encuentro la fotocopia del poema subrayado enteramente, escrito por encima en varios colores, con flechas y comentarios saliéndose de cada verso. Pienso, ahora, en la importancia del misterio, del tajo, del no entendimiento como magnetismo. Leo mis primeras anotaciones: las aves ya sin plumas, castigadas por el atrevimiento, cantan sin ser capaces de terminar con el silencio. Ese yo poético invoca al coro de la noche: una lechuza, un murciélago y un búho serán sus hermanos hacedores del delito. Esa profanísima trinidad logra hacer dormir al viento. En la noche revoltosa en la que todos duermen, el sueño funciona como un tesoro universal. Y en el silencio de la noche, en la sombra gigantesca de tres caras, se escucha el susurro de una voz: las imágenes empiezan a entrelazarse en la laxitud de todo hipérbaton. Se envidia la altura de las estrellas, el vuelo intelectual va liberándose de la cadena del cuerpo. Aparece el Alma, ese sujeto sin género, y devela el foco del poema: el anhelo del entendimiento que lo vale todo, hasta la frustración y el castigo.
El Alma busca en las pirámides y en las cumbres; intenta mimetizarse, materializar esa expansión. Vuela cerca del sol como Ícaro, incluso a costa de derretirse y perecer. La verticalidad se vuelve peligrosa: una seguidilla de subidas y bajadas como la llama pequeñísima de una vela tratando de iluminar la inmensidad. Hay una limitación humana en el entendimiento: esa mental orilla, ese timón del que apenas quedan astillas. Solo existe la certeza de un naufragio inevitable: el temor de comprender mal, o tarde, o nunca. Sería imposible abordar todo lo que todavía falta por entender, pero a partir de esa debilidad surge la hazaña: la persistencia intelectual, la ambición, el orgullo, la ostentación del transgredir, del caer y del subir.
En un mundo digital donde todo se muestra, donde el único parámetro es si avergüenza o no avergüenza, donde todos tienen que tener algo para decir rápido y pronto, pareciera que solo nos resta, como humanos, encontrar el prompt más perfecto para obtener el resultado más realista. El miedo a comprender mal, o tarde, o nunca se convirtió en la certeza de que podemos comprenderlo todo, siempre y rápido. Cuando solo importa la fácil digestión, ¿dónde quedan las cosas que perduran? Escucho decir sobre un tema que nos hacía descostillar de la risa hace dos semanas: fue tanto el subidón que me aburrió. Y, justo ahí, me encuentro con el prólogo de Ricardo Piglia a Los Sorias de Alberto Laiseca: ‘‘el movimiento de esta novela es lentísimo (diez años para escribirla, veinte años para editarla, treinta años para convertirse en un clásico) porque es el ritmo de la literatura, lo contrario de la fugacidad de los best sellers que entran y salen de la escena una vez por semana’’. Habrá que animarse, otra vez, a darle la cara al sol: al vértigo, al vacío de comprender mal y tarde y, cuántas veces, nunca. Habrá que encontrar otros lugares donde resguardar la lentitud, habrá que volver a Sor Juana:
Después de algunas horas, los cadáveres con alma empiezan a dosificar el descanso. Al igual que el águila que suelta la piedra, el corazón y el pulmón recuperan su ritmo habitual. El cuerpo pide que finalice el ayuno. Los órganos funcionan como una alarma que tiembla, que vuelve a encadenar el Alma. El Alma gozosa e inmaterial se choca otra vez con la carne. Las fantasías intelectuales se escurren como el agua, se desvanece la linterna mágica, la vista panorámica de ese todo inalcanzable. La noche y el alba: dos guerreras que vencen perdiendo y pierden ganando; dos mujeres feroces que intercambian territorios de manera cíclica. Un vaivén en el que el fracaso de una es el triunfo de la otra, y viceversa. Cuando aparece el oro sobre el zafiro, cuando el sol cubre el cielo y las líneas de luz clara iluminan, el coro de la noche deja de cantar. El viento se despierta. Los sentidos exteriores se activan, el mundo iluminado y ella despierta. Ay, otro nuevo día de altiva bajeza.
El poema cierra con un »Yo», casi como una firma autobiográfica. Sor Juana, que siempre fue forzada a reducirse a lo celestial, escribió por primera vez sobre su única pertenencia: el constante deseo de querer ignorar menos, de abordarlo todo. La tensión entre la política y la teología, entre las distintas posiciones del saber, fue una lucha entre sus propias potencias. Por eso Octavio Paz dice que en Sor Juana hay penumbra, que prevalecen el blanco y el negro. El claroscuro barroquísimo le permitió percibirse multiforme, reivindicar la propiedad, reconquistar su cuerpo y su territorio. Una guerra por la soberanía o, en palabras de Josefina Ludmer, por instaurar otras territorialidades. Se instaura un territorio a contraluz: entre el yo poético iluminado y la sombría convicción del yo de origen de ser la peor del mundo.
Ahora bien, ante la represalia del poema y frente a »la tentativa patética de ser perdonada» -citando a Roberto Echevarren-, Sor Juana firmó con sangre la promesa de desembarazarse del afecto de los estudios humanos, para alcanzar así el camino de la perfección. En una suerte de aborto intelectual y espiritual forzado la privaron de su alimento, de su nutrición, de poner en palabras lo que sabía o le faltaba por saber. Y ahí se enlaza, inevitablemente, la lectura de Ángelo Morino: ‘‘la suerte de una anoréxica, de una famélica disposición a satisfacer el hambre ajena y nunca la propia’’.
Poco antes de morir, en 1695 y desde la clausura, Sor Juana Inés de la Cruz envió a las monjas portuguesas Los enigmas. Si bien después de haber sido sentenciada se vio imposibilitada a publicarlos por miedo a cometer un delito mayor, los versos de los enigmas de Sor Juana a la monja Sor Francisca Xavier hablan por sí solos: /los ocultos misterios de tu pluma/reservaste a divinas atenciones/porque en tu auxilio logra felizmente/tan noble ofrenda, protección tan noble/. La real protección apareció en aquellas mujeres que, incluso vestidas con la sotana de La Palabra del cielo, se animaron a explorar la palabra de la tierra. Porque entre mujeres la palabra y La Palabra sí circulaba. Porque conservar el espacio de la conversación fue lo que preservó la poética femenina más allá de los límites posibles y eclesiásticos.
Siguiendo a Josefina Ludmer, Sor Juana no sabe decir desde la subalternidad porque la subalternidad no es a donde pertenece. »Primero Sueño» desborda el yo poético al experimentar por primera vez la pertenencia, al representar esa constante lejanía nueva e indomesticable del conocimiento. Pensándolo en imágenes de Octavio Paz: el sueño como el punto más alto de cualquier cumbre, pirámide o torre, ahí donde se puede dialogar con la misma pasión tanto con Dios como con los astros. Leo dialogar, y traigo a Lucrecia Martel:
“Mucha gente mantiene conversaciones con Chat GPT. No sé si estará bien dicho así o se trata en realidad de soliloquios. Catarsis perfectamente interrumpidas por un módem, monólogos tranquilizadores que se dan frente a toda la información del mundo dispuesta y ordenada prolijamente para cada usuario. La pregunta es si esto desemboca en, como pasó con ya no poder hacer un pedido de delivery por teléfono, o ya no poder esperar un envío más de 48 horas, o ya no bancarse una nota de más de 15 minutos de lectura, si no desemboca, decía, eventualmente en no soportar una conversación con otro ritmo, otro grado de comprensión; otro, en definitiva, cosa incluso más primaria que la capacidad de análisis que se tiene de un texto, aunque vayan atadas. Ese tipo de atrofia es la que me preocupa, que en un par de años ya no se pueda ni conversar”.
El sueño, nuestro tesoro universal, es capaz de hacerle frente a la tentativa subalterna de reducirnos a un prompt que desencadenará en una construcción sintáctica y genérica más. Hay que atesorar los espacios que preservan la poética y la lentitud: hay que soñar por las noches para conversar con un otro en el alba.
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