Artificios
Nadie publica nada
Nadie escribe, nadie lee, nadie publica y nadie critica. Bajo estos cuatro punctums o disparadores el texto aborda el estado actual de la literatura argentina con una mirada poco condescendiente. IA, precarización, repetición y comodidad estética, son algunos de los bordes.
Por Rodolfo Omar Serio
10 de abril de 2026
Abro el documento, está hecho con IA: esto es más común de lo que parece y cada vez lo será más. El trabajo de corregir una novela que generó una entidad no humana con prompts flojos de papeles es mayor al de arreglar alguna obra pésima y, tal vez, al de escribirla. Le paso un presupuesto acorde. Lo puede pagar, le va bien en un país y en un momento en el que a casi nadie le va bien. Le digo que antes de arrancar la corrección tenemos que tener una charla sobre lo que quiere que sea su texto.
—Hay una diferencia grande entre tener ganas de escribir y de ser publicado. Si la IA te redacta la novela, no me parece que tengas tantas ganas de escribir. Confirma después de un tironeo que es IA, y que quiere ser publicado. Corregirla y que quede publicable es la directriz. Ni siquiera le interesa “ser escritor”; es un nivel menos, porque ser escritor implica sostener una identidad. Y acá se habla de una acción concreta: publicar. Se parece más a marcar en un listado, en ese listado de la realización personal que inventó quién sabe, el de “plantar un árbol, tener un hijo”. Repite: publicar, publicar, publicar.
Círculo virtuoso, y de exclusión
Hay un círculo virtuoso para los que ya están consagrados. Esos publican. Si mañana Leila se tira un pedo de raviol vegano, alguien encontrará la forma de transcribirlo y publicarlo. Así funciona. Para los ignotos, los Juegos del Hambre. Entonces todos quieren ser Leila: todos dicen, ay, qué grande Leila, qué bien le va, pero nadie le pregunta a Leila cómo está.
Casi toda la energía del sistema literario está puesta en minimizar la entropía y sostener lo que hay. Preferiría no usar la imagen del Arca de Noé porque es pedorra, pero no se me ocurre otra. El mensaje es “esto solo va a empeorar, mejor que nadie entre”. Como el viejo chiste: es que hay poca y ya somos muchos. Mejor que tengas un buen contacto.
Al mismo tiempo, el combustible es la novedad. El círculo virtuoso se deforma: mata cada vez más rápido los libros que salen. Saturno se apura en devorar a sus hijos. Y necesita más. Publicar, publicar, publicar; novedad, novedad, novedad.
En el marketing de los años ‘70 se consolidó el concepto de “nicho”: el hueco específico adonde iban “a morir” los productos que no habían funcionado en el mercado en general. Entonces si lanzabas al mercado un colador y nadie te lo compraba, decías este colador es solo para fideos tirabuzón, le cambiabas el packaging y lo convertías en algo de nicho. Y a veces, ese cambio de enfoque, funcionaba. La verdadera novedad es que gran parte de la buena literatura fracasa en el mercado en general y se vuelve cada vez más de nicho. Es un proceso que no terminó pero que avanza. ¿Cuántos libros del mercado en general eran buena literatura en los ‘60 y cuántos ahora? La sospecha es que esa pirámide se invirtió. Esto es casi una obviedad, pero muchos textos que hoy son considerados buena literatura en los ‘60 no lo hubieran sido. Esta actualización del chip estuvo bien pero existe la posibilidad de que no sea más que un coletazo involuntario de la tendencia: cada vez se publica más caca.
Se le exige constante novedad a los autores consagrados porque la verdadera novedad (lo nuevo, propiamente dicho) se lee como riesgo. A los nuevos les cuesta entrar aunque tengan algo bueno. Los que ya están adentro prenden la máquina de hacer chorizos. ¿Lo exige el público, lo exigen las grandes editoriales, se lo autoexige el autor para no quedarse afuera? Una, todas, ¿cuál?
Las fechas de publicación de Mariana: 1995, 2004, 2009, 2013, 2014, 2016, 2017, 2019, 2020, 2021, 2023, 2024. Me imagino un trabajo de investigación con los años de publicación de quienes más venden, para chequear si se cumple este patrón: una vez que la pegan, no pueden pasar más de un año o dos sin sacar algo.
Las fechas de publicación de Tamara: 2017, 2019, 2020, 2021, 2024, 2025. Las de Camila: 2015, 2018, 2019, 2019, 2022, 2025. Me corrijo: creo que cuando hay algún proyecto audiovisual o teatral grande, aparece un espacio, un respiro del publicar, publicar, publicar, porque ahí hay un poco más de plata y quienes escriben, de algo tienen que vivir.
Todos quieren ser la vaca lechera pero nadie le pregunta a la vaca cómo está. A los buenos se los exprime —o se exprimen, no lo sé— hasta que ya no lo hagan tan bien, o ya no tengan tanta novedad, en alguna forma extraña de extractivismo literario.
Dijo Jean, el pensador francés: “El arte no muere porque no haya más arte: muere porque hay demasiado”. ¿Y si estuviésemos publicando de más? ¿Y si tuviéramos que dejar de publicar por dos años? Estoy seguro de que alguna gente aceptaría, obvio, si el otro también lo hace.
Nadie publica nada
José tiene una buena novela terminada. Cuando la llevó al taller, no lo era tanto. Un buen espacio de escritura se parece más a un taller mecánico (en el que te ensuciás, te resbalás con la grasa y te podés quedar sin una mano), que a la representación crismoreniana que se hacen algunas personas de lo que debería ser un taller literario: un lugar re buena onda, de gente linda, en el que todos te re felicitan y si cerrás los ojos fuerte-fuerte y sos muy positivo, publicás.
A la novela de José, que no era de IA, se la trabajó durante casi un año. Quedó lista. Se hizo un mapeo de las editoriales a las que les podía interesar: no les interesó. Pasaron meses, sigue sin publicarse. Muchas novelas como la de José solo existen en un .docx y gritan publicar, publicar, publicar, sin que nadie las escuche. Mientras tanto, se publica más que nunca: en 2024, Argentina, más de treinta mil títulos con ISBN, entre papel y digital. ¿Entonces por qué es cada vez más difícil?
Las editoriales grandes prefieren ir a lo seguro. Como estudios de Hollywood, prefieren lanzar Godzilla 39ª, que innovar. Tercerizan el riesgo en las editoriales independientes y se “chupan” a los escritores cuando ya les va bien. Tienen un mayor poder de fuego: tiradas mayores, mucha presencia en los canales de distribución, acceso a los medios, y la ilusión de que un día te adapte Netflix o una cinematográfica, y puedas pasar esos dos o tres años como Camila y Tamara, sin publicar.
Mucho de lo que hoy se edita tiene una voz parecida, que tiende a no incomodar. Parecería que ni las editoriales ni los lectores tienen demasiadas ganas de importunarse. Sobrevuela el miedo a que un error te deje afuera del juego. Pocos y se conocen mucho. Una cancelación o un mal paso y chau. Pero no un mal texto. El sistema premia la previsibilidad: perdona más que el texto no sea tan bueno, a que ponga en duda lo establecido. Quedar marcado y volverte la manzana envenenada. Que te lean como del otro bando solo por una opinión o un comentario desacertado. Todo lo que se pone en los libros se carga a la cuenta personal de quien lo escribe y si un personaje hace cosas “inmorales” tiene que quedar muy claro que el autor no comparte el espíritu de ese comportamiento, si no los lectores se enojan, como se enojan mapadres del secundario cuando en los textos hay un pito. Cada vez se lee más chato.
Con esa ventana de oportunidad tan chica, no les quedó otra que triunfar a los buenos y no quedó tanto espacio para los demás. A los buenos en sentido moral, que no son necesariamente los mejores en la escritura ni “buenas personas” de verdad. Tal vez nadie sea tan bueno, pero hay quienes escriben bien y eso es lo que más debería importar. No siempre se premia eso cuando la identidad le gana a todo: también los lectores quieren verse del lado de los buenos cuando leen. Todo el sistema sostiene a los que sostienen el discurso de los buenos.
Los peligros de fumar en Twitter se hacen visibles cuando te solidarizás con Carolina porque la están masacrando —por una opinión horrible, sí— y la oleada cancelatoria puede llegar hasta vos. Así le pasó a Mariana y cerró (en una inteligente jugada) su cuenta de X: muerto el perro, se acabó la rabia.
Pero la rabia sigue.
Mientras tanto, gobierna la autocensura. La estética del censor, que suele mencionar Leonor cuando actualiza a Osvaldo, crea límites y tenores, y establece tácitamente sobre qué se habla y sobre qué no. Ya no el Estado, aunque el Estado también quiera hacerlo cada tanto o lo haga de forma indirecta. El censor implosionó y, como los microplásticos, vive ahora dentro de cada persona en situación de escritura. La clave es no morder la mano que le da publicaciones, becas, premios y, la mayoría de las veces, migajas. ¿El resultado? Cierta uniformidad de tono e intención, que adentro de la estructura se parece cada vez más a compulsión a la repetición. Iteración estética y moral. Tal vez invisible para quien la ejecuta, que replica lo que ya es publicado, a veces hasta en los títulos. Incluso se lee en público con una misma cadencia, una que a cualquier persona humana le irritaría. La tatá de papapá. Punto. Respiro. La tatá de papapá de nuevo. ¿Invento de Puán o de los jams de poesía? Nadie sabe cuando empezó, pero se fue extendiendo a todas las lecturas públicas, también en el exterior. Jugada unidimensional, intento de pertenecer, zona de confort literaria.
La literatura argentina hoy es un rey flacucho (¿una reina?), que come poco, siempre lo mismo y está casi en bolas. Pero a diferencia del relato clásico, nadie lo grita. (Bueno, algunos outsiders como Leonor o Rodrigo lo gritan pero no se les presta tanta atención, se les presta atención a escondidas, o se los minimiza y combate, porque tienen TLP y lo gritan, o porque están exiliados, voluntaria y obligadamente fuera del circuito, inducidos a ser autosustentables, espiral del silencio, que parece ser el precio que hay que pagar para decir lo que se te cante sin tanta vuelta. Ofender lo que existe para desautomatizar la percepción, así lo formula Leonor, y la cito porque si no te putea. Son el reflejo inapropiado: estar marcado para tus pares, que no te vean más como pares y quedar del otro lado de la vidriera. La verdadera disidencia es esa, la mafia del amor parece que existe: te hacés amigo o te quedás afuera.)
Para los NPC, la autopublicación. Autopublicarse es otra de las formas de no ser publicado: renunciar a que sean otros los que refieran que tu obra vale. Hay talleres de escritura que venden bloques en las antologías como si fueran espacios publicitarios. Hay editoriales que en realidad son meras imprentas, para acuñar el signo de ser publicado sin serlo, aunque tengas un ISBN. Publicar es que te paguen o que alguien asuma el riesgo por lo que escribiste, el riesgo simbólico y material. El resto es ruido, y seguro habrá en ese ruido algún sonido interesante, pero más difícil de encontrar. La Literatura se volvió esa habitación desordenada en la que todavía se ven los lugares en los que iba cada cosa.
Nadie lee nada
Mucha gente no lo sabe pero en general los que diseñan las tapas de los libros no los leen. Es así, les cuentan de qué tratan, como mucho les pasan un pedacito, y con eso las crean. ¿Hacen mal su trabajo o son las condiciones laborales? ¿Cuánto tiempo lleva leer un libro? ¿Y hacer una tapa? ¿Cuánto tiempo lleva hacer el contenido de un libro? Crear una buena obra literaria debe ser uno de los proyectos más antieconómicos que existe. Salvo que seas J. K. o Stephen, si alguien dividiera las regalías por el tiempo que lleva producir la obra, se encontraría con uno de los valores-hora más bajos de todas las actividades económicas, al nivel de cartonear. Todos están precarizados. Todos están apurados. Nadie tiene tiempo de nada en el mundo editorial. Todos están muuuuy ocupados, cartoneando. Nadie lee nada.
El año pasado Leticia escribió su última columna en un diario: “Nadie lee nada”. En ella se relataba la precarización de su trabajo, lo poco que ganaba y los meses que le debían. Se publicó así, en la versión papel, sin más, sin que ningún editor se diera cuenta —es decir, la leyera— y demostró su punto. Recién cuándo empezó a viralizarse y el texto tuvo una performance fuera de lo común, el medio se avivó y lo censuró en la versión electrónica. Luego, lo repuso. A lo tonto y a lo loco.
Del otro lado del mostrador no hay mejores noticias. Existen apps que te resumen los libros y te los cuentan. Otras que te los leen en voz alta. Los audiolibros ganan terreno y no dejan de ser otra forma de no-leer. Parece que ya nadie tiene el tiempo, las ganas o la concentración. Montones de libros se compran, se apilan y no se leen. Como la deuda de los países, la cantidad de libros sin leer aumenta todos los días, se vuelve insaldable.
Y sin embargo, leemos más que nunca. Leemos whatsapps, reviews, posteos, comentarios, capturas. Pero incluso en ese terreno, los tiktoks (audiovisuales) y los audios, le van pisando los talones al texto escrito. Cada vez leemos menos obras y pronto tendremos menos paciencia para las notas periodísticas y los posteos. “Nadie lee nada” significa también que perdemos capacidad cognitiva para leer largo y en profundidad. Y no solo son las redes sociales, también es que se escriben libros que no atrapan tanto.
Cuando le pidieron su opinión a Betty sobre el lenguaje inclusivo dijo que le preocupaban más las subordinadas. Me recordó a cuando Bart le pregunta a Milhouse si le preocupa que la mamá ya no lo quiera y recibe como respuesta: “Me preocupan más las pirañas”. Esta preocupación, que pasó casi desapercibida —la de Betty, no la de Milhouse— es central para el pensamiento: sin subordinadas no se pueden construir ideas complejas, establecer gradaciones y contrapuntos, que son fundamentales para la abstracción y el pensamiento.
Nadie escribe nada
¿Cómo se pueden crear libros sin escribir? (No es un consejo de escritura)
RECOLECTAR. En algunas casas de Brasil se agarran las sobras de la heladera de toda la semana, se las saltea, se las revuelve y el resultado es un mexidão. ¿Es comida? Sí. ¿Es rico? Sí, aunque depende del estado y la calidad de lo que se meta. ¿Es un plato en sí? Dudoso: ¿irías hasta un restaurante solo para comer un mexidão? En Palermo tal vez se animarían a ofrecértelo, es cierto. Los peruanos tienen algo parecido: el mostrito. ¿Pagarías por las sobras revueltas de la heladera de alguien? ¿Y si ese alguien fuera un millonario?
Las sobras de Carlos se hicieron libro en Téngase presente. Como escritor, es un excelente forista. A su favor: al menos no trató de venderlo como algo que no era. Pero no solo los millonarios y outsiders publican estos libros: todas las maldiciones se cumplen cuando se promocionan como si fueran novelas, o como libros “reales”. Como cuando en el cine te crean un trailer para que vayas y después la peli es de otro género. Libros creados por las grandes editoriales que los autores “no escribieron” y que solo se soportan en la fama. Libros fetiche, libros pastiche. Los textos que componen los libros mexidão alguna vez fueron escritos, sí, pero tras una aparente actitud punk muchas veces solo se esconde el apuro, la vagancia, o la imposibilidad de escribir un libro como corresponde. Tirar pedazos de textos que tenías olvidados en “Mis documentos” para no perder el hype no es escribir. Si la persona está muerta, tampoco.
Libros trampa, que te dejan una sensación muy parecida a la de haber caído en una estafa. ¿Es el mercado editorial contemporáneo una estafa piramidal? Las Mitologías de Roland y el Manual de zonceras de Arturo tampoco fueron libros ad hoc. Están hechos con recortes y son grandes libros. Pero la mayoría de los libros del mexidão actual ni se les acercan. Es como cuando se dice “Jorge Luis se autopublicaba” y uno podría responder: bueno, si escribís como Jorge Luis, autopublicate. Son argumentos que se usan de fachada para justificar cosas que no están buenas. Aparece entonces el simulacro, la noción que explica muchos de estos movimientos contemporáneos de autores, editoriales, bookfluencers. El signo “libro” y el signo “lectura” sustituyen a lo literario. La gente no quiere leer, quiere haber leído, la frase de Alejandro, es otra forma de decirlo. ¿Habrá que olvidar a Michel y volver a leer a Jean?
CAZAR. Otra forma de no-escribir es salir de caza. Se pueden atrapar clases, conversaciones, videos. Desgrabar. Pasar de lo oral al escrito, con mayor o menor fidelidad. Son ejemplos de caza los libros de los políticos o famosos, la mayoría entrevistas o monólogos desgrabados, acomodados más o menos por un escritor fantasma. Existen desde hace rato y cada vez veremos más, solo que ahora los acomodará la IA.
APURAR. La tercera, más sutil y menos reconocida forma de no-escribir un texto es apurándolo: se lo llega a trabajar el 60, el 70%. Y lo restante, nunca. Budines que no llegan a ser esponjosos. Si no les falta texto, a estos textos suele faltarles la forma menos concreta pero más necesaria de la escritura, que es la corrección. Se publican libros —muchos, muchísimos— a los que habría que arrancarles capítulos enteros y reescribirlos. O replantearlos. Pero lleva tiempo y ganas, y nadie tiene tiempo para nada en el mercado editorial. ¿Y ganas?
Nadie critica nada
Ya no existe la crítica, solo la publicidad. Un amigo que reseña obras de teatro para una web me explicó cómo funciona: siempre todo lo que se diga tiene que ser positivo. Si le gusta: elogia el guion, la dirección, y lo hace superlativo, agranda y exagera; si la obra es más o menos, la trata como si fuera buena y elogia, por ejemplo, las actuaciones. Y si la considera no tan buena, mala o pésima, el aplauso lo recibirán los aspectos técnicos. Semiótica iconoclasta, lo único que no se puede decir es lo que se piensa. Nuevo estándar de las industrias culturales: el que da entradas o libros solo espera publicidad positiva.
La vez que subió una reseña negativa (las sube él mismo, porque aunque haya un “editor”, ya se dijo, nadie lee nada) la productora habló con su jefe para que la modificaran. Era eso o se quedaba sin “trabajo”. No es un empleo en el sentido real: la única remuneración que recibe son las entradas.
En Instagram, una bookfluencer muestra una pila de más de veinte libros. Es un reel con los “libros del mes”. Elige bien las palabras, nunca dice que los haya leído. Se sobreentiende que los “va a leer” pero tampoco lo dice. De algunos comenta de qué tratan, ¿sinopsis en voz alta? De un puñado, “este me atrapó”. Siempre ambiguo. Si la seguís el suficiente tiempo, podés llegar a interpretar entre líneas. Pero nada es demasiado concreto ni puede justificarse con solidez, y todo está en el orden de la proyección. ¿Es una mariposa o un murciélago? La interpretación como escudo. Ni siquiera suele haber controversia.
Nadie cobra nada
Durante casi ocho meses trabajamos con el ¿autor? en la novela hecha con IA. En el medio, empezó a entender cómo funciona una corrección. Fue un momento pequeño pero maravilloso cuando pudo anticipar algunos ajustes e incluso se animó a escribir un par de párrafos por sí mismo (imitando el estilo IA, tampoco una gran victoria). Tras la revisión intensiva la novela quedó aceptable. Me pagó. También decidió pagar para que se la publiquen, en contra de mi consejo. Todo se compra con plata en un mundo en el que nadie suele cobrar nada. Porque la Literatura no es un negocio pero el signo de lo literario, sí.
Cada vez es más caro hacer un libro a causa del oligopolio del papel, al mismo tiempo que todas las demás funciones editoriales tienen un costo decreciente. Cada vez cobran menos los diseñadores, los correctores, todo se puede hacer online, “todo lo puede hacer la IA” (mentira). La parte profesional cada vez vale menos y la parte material, como el oro, sube de precio. La industria del papel prefiere fabricar cajas para delivery que libros. Pero ni siquiera es ese el problema principal. Todo el sistema tiene una distorsión financiera grave entre cómo entra la plata, y cuánto y cuándo se cobra. El autor recibe un diezmo devaluado, la editorial cobra a los postres, a veces las librerías no declaran ejemplares que ya vendieron para no tener que rendirlos. El que debería ser tu librero de confianza está practicando cómo hacer el dibujo de la hojita de crema en el café para no tener que cerrar la librería. Todo está distorsionado, incluso más que en el común de la economía argentina.
Y si todo está patas para arriba, nadie lee, nadie escribe… ¡nadie nada nunca!, ¿por qué todavía seguimos acá?
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