Literatura
Sostener el corazón entre ausencia y razón
¿Quién no le tiene miedo a la muerte? A la propia, a la ajena: la ausencia es algo que tenemos siempre presente. Este ensayo bucea en ese temor y encuentra en algunos poetas y escritores herramientas para salir a flote.
Por Zul Bouchet
13 de marzo de 2026
Hasta quien espera la muerte, le tiene miedo cuando se acerca. Nombrarla incomoda, saberla presente intimida. Sin embargo, me atrae todavía la idea de querer comprender sus peripecias en esa búsqueda desenfrenada de que no duela como suele doler. Desde siempre, el deseo, la escritura y la muerte son para mí intercambiables, sostenía Ernaux. Cuánto más preguntas hago, menos respuestas tengo.
Ahora pienso que el miedo no es a la muerte en sí, más bien, es a las pérdidas que representa. A lo que se va deshilachando con el pasar de los años, como la antesala que advierte que está cerca el cajón. Bonnet decía que los hechos acorralan las palabras, en ese acorralamiento, creo entender que la pérdida se vuelve insoportable porque no encontramos ni una frase suficiente para nombrarla. Todo se va volviendo tenue: la memoria, los gestos, lo dicho..
Envejecer es aprender a perder, afirma De Vigan. Perder el cuerpo, la vista, el equilibrio, todo aquello que se creyó firme, la caída de todo lo que alguna vez sostuvo. Algo se termina por ende hay que readaptar, reorganizar, apañárselas. Una pedagogía de la renuncia, aunque no siempre existe algo posible de ser reorganizado. Ahí no queda más que el gesto humilde que ella describe como: sentarse junto al vacío y sostenerlo de la mano.
El cupón vale para lo propio pero también para lo ajeno. Las pérdidas de un otro, representan el fin de una vivencia compartida. Muere un lenguaje, dicen. Como cuando se termina un amor. Claramente Montero ha sido más específica: Cuando un muerto se va, se lleva consigo su mundo. El sentido de su mundo. Su ropa deja de tener utilidad. Ese abrigo que le quedaba tan bien y que tanto le gustaba ahora no es más que un trapo absurdamente colgado de una percha. Sus objetos enmudecen: ahora ya nadie sabe qué significaba esa taza de porcelana con la que siempre tomaba el té, cuándo la adquirió, qué le recordaba. O esa pequeña piedra pulida que siempre tenía junto al ordenador: de qué monte la cogió, de qué río, por qué. Las cosas se vacían de historia y de esencia y se convierten en basuras. Los muertos nunca se van solos.
¿Cómo no va a asustar la muerte ajena? Si se lleva una mirada sobre nosotros, una versión nuestra termina en el mismo instante que un corazón deja de latir. Hay un sentido compartido que por más que se explique, no se recupera. El que diga que no le asusta un poco, está mintiendo.
Y con eso, me encontré con una pérdida más silenciosa, o menos deseosa de ser escuchada. Que evoca la despedida a aquellos que quisimos o creímos que debíamos ser. Existe una búsqueda invisible que opera día tras día -me juego el pellejo a decir que en todos aunque muchos no lo quieran reconocer-, que tiene que ver con querer dejar algo, un recuerdo, una risa, un objeto, un sentir. Algo que haga que otro nos extrañe o nos nombre, cuando físicamente seamos polvo.
Vivimos atados a la sospecha de que existir no es suficiente, parece necesario tener que justificar esa existencia. Aterra no ser lo suficientemente brillante, pasar demasiado desapercibido, quedarse con los sueños siempre por la mitad. Y en esa desesperación por no desaparecer, terminamos exigiendonos más de lo que las vidas pueden sostener.
La mediocridad es algo que pocos quieren asumir, el miedo a ser un mediocre es a veces hasta mayor al temor por la muerte misma. Cuando en realidad, como dice Kohan: habitar la fragilidad es mucho más emancipatorio que pretenderse empoderado. Aceptar que no se puede, que no alcanza, que la pileta no siempre se llena, no es perder sino darle fuerza al vivir. Hago lo que puedo, a mi me alcanza. Debería ser suficiente, pero la pregunta de ¿que le dejo a los otros? tiene un repique insistente.
Capaz que a medida que uno va envejeciendo, va reconociéndose mediocre con más gusto. No es necesario que algo quede, si al final, nunca seremos más que los presentes que tenemos. Lo único que no se diluye es el ahora, y esa premisa, alegra tanto como angustia. Lo pienso cada vez que escribo: sabiendo que no es suficiente, que puede no estar bien dicho, que llega tarde, que se entiende mal. Escribo asumiendo que no es destacable, aunque pueda dilucidar la búsqueda de perfectibilidad.
Y sin embargo, insistimos. Insisto. En la sospecha, como dice Dolina, de que las cosas nunca serán del todo buenas. Aparece ahí una fragilidad, que se para como una mediocridad amable, que enciende y da respiro.
Quizás la pérdida más grande no es la muerte, ni el deterioro inevitable, sino la renuncia a querer decir algo. La aceptación de que las cosas se deben aprovechar mientras están. Otra vez, Dolina: Vivo muy atormentado, pero, en el medio, bailo arriba de las mesas.
Aceptarse mediocre no debería ser una derrota, sino un descanso, una bocanada de vida en medio del desgarramiento diría Barthes. La interrupción mínima de reconocerse humano, incapaz, insuficiente, a veces te acomoda. Vuelvo a remarcar(me): nunca escribí bien. Pero todas esas veces que alguien respondió al alud de palabras con un “me conmovió”, cada vez que una persona se sintió dentro del mensaje, emergió la compañía. En gestos mínimos, uno descubre que no estaba tan solo, y es bastante reconfortante. Tanto como mirar los finales sin esperar actos de solemnidad.
Muchas personas me conmueven, pero uno siempre cobra más fuerza. Si tuviera a Dolina en frente probablemente no le diría más que gracias, a todas las carreras que perdí las pude explicar con sus palabras. Si alguien preguntara ahora si soy feliz, lo volvería a citar: No. Soy mortal, me voy a morir. La vida es una tragedia. No soy feliz. Pero muchas veces estoy contento y creo que la vida es maravillosa.
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