Música
La crísitica que murió en el scroll
¿Está en crisis la crítica musical en argentina? Fiore Gonzalo habló con periodistas especializados como Camila Caamaño, Rod Piedra y Agustín Wicki para abordar este fenómeno.
Por Fiore Gonzalo
23 de octubre de 2025
En nuestro país, la crítica se encuentra en la antesala de la muerte: no solo por falta de voces, sino porque ya no hay medios dispuestos a sostener la incomodidad que conlleva. En Argentina, la crítica se sostiene de manera extremadamente autogestiva por críticos que se atrincheran en newsletter y medios independientes que hacen resistencia porque a los grandes medios no les interesa invertir en ella. Ya lo decía Pablo Plotkin en diálogo conmigo para Periodistar: no solo no hay voluntad de lectura crítica, sino tampoco medios que la estimulen. ¿Por qué? Porque si la conversación no va más allá de “bardear” a los artistas por sus rasgos físicos, creencias o ideologías en comentarios de redes sociales, no hay nada más que hacer en contra de un algoritmo que dicta jerarquías sistemáticamente.
Si bien la música argentina nunca se caracterizó por tener detrás a una crítica voraz que los empuje a elevar la vara, hoy ni siquiera hay espacio para la exigencia. Los artistas mediocres están, en su inmensa mayoría, contenidos entre los algodones de la crítica. La única pared con la que se chocan son los “haters” de Twitter a los que luego les dedican canciones (la canción Luis, de Yami Safdie, lo ejemplifica a la perfección: un tema que replica la dinámica circular de las redes, donde el “odio” funciona como combustible de mercado). En un panorama donde parece un milagro que alguien lea un ensayo y todo se resume al dumb scrolling, el terreno es fértil para que emerjan artistas como Lisandro Skar: un joven que intentó de todas las maneras posibles demostrar que tenía una mirada musical propia, pero que terminó copiando la cadencia del Pity Álvarez para “pegarla”. Su propuesta no resulta fresca bajo ningún punto de vista, es producto de las ondas cíclicas que nos devuelven el espejismo de un rock “contestatario”, con estética y aura post corralito y pre Cromañón pero políticamente vacío. Este ensayo comenzó con la idea de “pegarle” a Skar, pero terminó mordiendo la banquina de un problema aún peor: hoy en día, la industria que les exige a los artistas venderse y a los periodistas validarlos. Ahí, no hay lugar para la crítica.
Skar es apenas un síntoma. Oriundo de Santa Fe, se mudó a Buenos Aires en 2018 para probar suerte con la música y la fotografía. En 2020 lanzó su primer EP Son Momentos y, dos años después, su álbum Licha Lover. Ambos trabajos demostraban curiosidad y entusiasmo genuinos. Hoy, tres años más tarde, su contenido se reduce a videos del tipo “intentando entrar en el algoritmo de Europa”. Como bien señala Romina Zanellato en Cenital, una canción que “pega” en TikTok dispara vistas, pero no interés genuino. El mainstream le exige a los músicos que actúen como creadores de contenido. Y el dato es elocuente: su tema alguien que yo no es supera el millón y medio de reproducciones en Spotify, mientras que las canciones más personales no llegan a las seiscientas mil. En TikTok, en cambio, los números se disparan: casi dos millones de seguidores, todos orbitando en torno al mismo loop de audio.
La nota de The New Yorker “How Music Criticism Lost Its Edge” ejemplifica esta crisis con una claridad demoledora. Su autora recuerda que cuando Ryan Schreiber fundó Pitchfork en 1996, “tener un punto de vista era parte del objetivo”. Schreiber reconoció que Internet era el nuevo terreno para ser provocador y generar debate. Hoy, esa escala se redujo a la monocromía del entusiasmo. Las críticas se escriben no para discutir, sino para promocionar (esto es determinantemente así, los agentes de prensa de los artistas se acercan a los medios a pedir una nota o una crítica, no dispuestos a que machaquen a sus artistas sino que simplemente se finja un análisis de la obra).
Agustín Wicki (periodista, editor y fundador de Lúcuma, medio independiente de crítica musical) aporta una mirada lúcida sobre el rol actual de los medios: “Aun en este contexto, los medios son elementales si queremos que exista un ecosistema de crítica. Tiene que demostrarse que la pluralidad de voces no sólo es valiosa, sino que determina la salubridad del asunto. (…) Lo bueno es que los medios tenemos dos ventajas: la confluencia con las individualidades —como Camila Caamaño con su newsletter Triste y Tropical, que ha cultivado un nicho de fieles que la sigue a donde publica— y la posibilidad de, incluso, publicar en la línea editorial más prestigiosa del rubro ensayos (Caja Negra), que conciba la crítica como algo valioso y necesario. Para eso hacen falta modelos económicos sustentables. La crítica no genera plata. Eso, a largo plazo, te mata.”
Wicki describe una realidad que excede lo local: la desaparición del oficio crítico como consecuencia de su propia desfinanciación. Lo que antes era un espacio de pensamiento se volvió un pasatiempo mal pago, o una forma de promoción encubierta. Si la crítica no produce capital, entonces se la sustituye por el algoritmo, que sí lo hace. “Lo que dijo Joshua Minsoo Kim sobre su experiencia en Rolling Stone USA no ayuda mucho. Me parece que tenemos un problema doble con la crítica, por un lado hay mucha gente que cree que crítica es decir me gusta o no me gusta, y que pasa todo por una cuestión onanista cuyos argumentos (si se gastan en esgrimirlos) tienen mucho más que ver con cuestiones por fuera de la música como tal y más con si me cae bien o mal, si políticamente representa algo que me gusta, etc. La crítica es un diálogo con la obra donde aparecen la interpretación, la asociación, la curiosidad, el conocimiento, y en último lugar, el gusto. Hay que tener algo que aportarle a la obra. No es un libro de quejas ni el aplausómetro de Cannes. La otra cara de la cuestión es el público, que en su gran mayoría solo quiere que le validen sus gustos. Que tu disco favorito aparezca n°1 en la lista, que al artista que odiás le digan que es patético. No hay un desarrollo de la propia mirada crítica, entonces tampoco hay interés en la que haya desarrollado el otro”, cierra Wicki.
En esa línea, resulta clarificante la mirada de Rodrigo Piedra, editor y co-director de Indie Hoy (hoy en día, uno de los medios más importantes de comunicación cultural), para entender cómo ven el meollo los medios de alto calibre. “Yo creo que hay múltiples tipos de lectores, hablando desde la experiencia de un medio gráfico como lo es Indie Hoy. En un contexto donde lo audiovisual parece dominar la conversación y marcar agenda, y dentro de un panorama aún más amplio que es el estar constantemente abrumados por la cantidad de información que circula en redes sociales, creo que existe una parte de la audiencia que busca información rápida, y otra que valora la lectura crítica, que quiere que la nota le proponga más que un dato. En Indie Hoy tratamos de equilibrar esas dos dimensiones: que la información ágil también tenga una mirada analítica. Las métricas nos sirven para orientarnos a través de las vistas que recibe una nota, pero hay otra dimensión ‘cualitativa’ que también nos importa: lo que pasa en redes cuando una nota se transforma en un posteo, las compartidas, los comentarios. Todo eso hace que la nota circule, que genere un ida y vuelta con la audiencia y con los propios artistas”.
Piedra es tajante a la hora de pensar el rol de la crítica: “Justamente por la marea de información creo que la crítica sigue siendo necesaria. Lo que sí cambió es la forma en que se hace y se consume. Antes la crítica tenía un rol más prescriptivo y hoy, en cambio, se trata más de abrir una conversación. Leer una crítica ya no va a determinar si alguien escucha o no un disco, el oyente puede decidir por sí mismo con muchísimo menos esfuerzo, simplemente le da play y en segundos sabe si quiere seguir escuchando o no, y lo más probable es que recurra a la crítica después de haberlo escuchado, no antes”’.
A pesar del panorama desalentador en el que vivimos, no dejan de suceder cosas interesantes e independientes respecto a la crítica. El boom de los newsletters y espacios como Substack y Medium son síntoma, hay gente que elige seguir leyendo. Ahí, medios de ensayo, youtubers, escritores en newsletters y en los libros, como Camila Camaño, que junto a Amadeo Gandolfo escribieron un bibliorato obligatorio del trap, El Ritmo No Perdona. Camila comparte: “Personalmente siempre que pienso en crítica automáticamente pienso en una pieza escrita, porque a eso intento dedicarme y es lo que más me gusta, tanto hacer como consumir. Pero estamos en 2025, y sería algo necio de mi parte desentenderme de todos los otros formatos que apelan a la crítica. Claro que con mejores o peores resultados, pero es posible encontrar ejemplos interesantes en podcast o video. Intuyo que mi descrédito responde a una cuestión generacional con la que trato de pelearme (con la propia, quiero decir). Personalmente dudo que en algún momento prefiera el audiovisual a una pieza escrita. No se si es romantización o simplemente en los espacios en los que encuentro vitalidad, para mi escribir es apelar constantemente a la pasión, al error, a las distintas formas de decir lo mismo. Para mí una buena crítica es una expresión artística”.
Sobre los nuevos formatos y la comodidad de la crítica, añade: “Creo que es necesario que la crítica se adapte de alguna forma a los nuevos consumos, el tema es de qué manera lo hace. Muchos se rasgan las vestiduras para que Fantano reseñe su álbum, mucho sentimiento latinoamericano pero a fin de cuentas están buscando que un estadounidense les dé su beneplácito. Escasea la crítica a secas, una pieza ‘pasiva’ en términos interactivos (…). El tema de lo tajante de la crítica es un poco causa-consecuencia: lo redituable deja de tener que ver con el cuestionamiento incisivo y la producción de ideas y análisis sobre las obras, el contenido se vuelve una bola de preguntas triviales y obsecuentes, y los artistas ya casi no tienen nada de qué ‘temer’. Es cada vez más frecuente que cuando hacés una entrevista te pregunten si pueden ver la nota antes de que se publique, la paranoia está, y creo que ese ‘miedo’ habla bien de quienes queremos seguir apostando por la crítica: ¿cómo no va a inquietarse un artista después de un rato de charla relajada si lo están acostumbrando a contestar asuntos tan tajantes como si prefieren la pasta frola de membrillo o de batata?. No me gusta hablar con frases hechas pero la vara está muy baja. Esto lo menciono en El Ritmo No Perdona, pero la contención del mainstream está concretamente alojada en HISPA, el canal de streaming de Dale Play. No hay ejemplo más evidente que ese. Una compañía multipropósito que concreta para el intercambio a los mismos artistas que maneja’’.
Todo esto es caldo de cultivo para nuevxs lectorxs y escritorxs. Quizás la salida esté ahí: volver a concebir la crítica no como un gesto de autoridad, sino como un acto de honestidad que busca compartir, debatir, construir puentes para múltiples voces. Ser críticos no para destruir per-se, sino para sostener conversaciones que enriquezcan el intercambio y que el algoritmo no pueda comprender. La crítica no murió en el scroll, fue desplazada, se volvió de nicho. Creían que el tango iba a desaparecer a manos de la música pop y rock en la segunda mitad del siglo pasado, quisieron fechar de muerte al rock nacional el 30 de diciembre del 2004 e incluso hipotetizaron que el cine mataría a la literatura. Ahí, la respuesta es una sola: nada se destruye, todo se transforma. Se trata de rechazar la banalización de la obra y la simplificación caprichosa a través de prácticas que nos sigan permitiendo hacer zoom en los detalles, profundizar, en pensar el por qué. Siempre va a haber una porción del público que quiera algo más. Si bien hoy la industria adora y la audiencia se encandila con los algoritmos, la crítica se acomoda en un lugar cerca de los bordes que hace algunos días de nicho y otros de trinchera.
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