Artificios

los libros y los muertos

Oscar Masotta murió el 13 de septiembre de 1979, en Barcelona, en el exilio. Jacques Derrida murió el 9 de octubre de 2004, dejando vacante un cargo docente. Guillaume Dustan murió el 3 de octubre de 2005, de una sobredosis accidental. Mark Fisher murió el 13 de enero de 2017, por su propia mano. Los cuatro escribieron y se convirtieron, luego, en objetos de libros escritos por otros.

Por Dante Sabatto
13 de agosto de 2025

0. Necrológicas

Oscar Masotta murió el 13 de septiembre de 1979, en Barcelona, en el exilio. Jacques Derrida murió el 9 de octubre de 2004, dejando vacante un cargo docente. Guillaume Dustan murió el 3 de octubre de 2005, de una sobredosis accidental. Mark Fisher murió el 13 de enero de 2017, por su propia mano.

Los cuatro escribieron libros y se convirtieron, luego, en objetos de libros escritos por otros.

1. Cuerpos

Los cuerpos y los libros tienen una relación simétrica con la vida. Son soportes materiales de una vida que no es, sólo, materia, sino también pensar. Implican una prostética del pensamiento. Continúan la vida más allá de donde esta termina. Pero lo hacen en sentidos opuestos. Los cuerpos continúan la vida interiormente; los libros, exteriormente. Los cuerpos la continúan orgánicamente; los libros son artificios. Los libros son copias; los cuerpos son ejemplares únicos. Los libros contienen una memoria intacta, pero siempre sujeta a interpretaciones; los cuerpos se pudren.

Los libros y los cuerpos se guardan sistemáticamente en sitios en los que, autorización mediante, los podemos consultar. Los visitamos y revisitamos con regularidad. Siempre nos dicen lo mismo, pero, Pierre Menard lo indica, lo mismo siempre es algo distinto.

Traer a la página la vida (o la muerte) de otra persona no es algo tan extraño. Los libros no se escriben sobre cosas que nos interesan, sino sobre cosas que nos obsesionan. Del duelo a la obsesión hay un paso. Alguien podría oponerse a esta identidad: nos diría que la obsesión es un duelo mal transitado, mal elaborado, que quiere decir “mal hecho”. No hay duelos bien hechos.

Escribimos libros sobre muertos para producir un cierre. Pero para leer libros hay que abrirlos.

2. Género

Cuatro libros, dicen los manuales, no son suficientes para constituir un género. Es curioso, porque tres puntos bastan para definir un plano. El cuarto, en nuestro universo tridimensional, es redundante. Esto aplica a la matemática formal y su lógica de lo universal.

La teoría, como género, tiene una pretensión semejante de universalidad; si no, si es situada, local, particular, se dice que es otra cosa: doctrina, disciplina, ensayo. La biografía, como género, es irremediablemente particular, es la historia de una vida; si no, es Historia, pero con mayúscula. Los textos que nos incumben aquí no pertenecen a estos terrenos. No intentan extraer una teoría general sobre el duelo de una muerte específica, ni intentan ejemplificar una filosofía existente con un estudio de caso. A veces parece que van a tomar alguno de estos dos senderos, pero entonces doblan, derivan, se pierden. Por eso, cuatro libros marcan un plano: Hipersueño, de Hélène Cixous, sobre Derrida; Testo Yonqui, de Paul B. Preciado, sobre Dustan; Egreso, de Mattie Colquhoun, sobre Fisher; y La operación Masotta, de Carlos Correas, sobre Masotta.

(A) Egreso

El subtítulo del libro de Mattie Colquhoun anuncia que es un ensayo “sobre comunidad, duelo y Mark Fisher”. Los tres términos podrían señalar sendas dimensiones: la reflexión filosófica de largo alcance (comunidad), el caso puntual de la muerte de un amigo (Fisher) y el puente que une lo particular y lo universal (la experiencia de duelo). 

No funciona así. En primer lugar porque es un libro que hace muchas más cosas, y las procesa en una trama de interconexión total: no hay distintas partes funcionando con autonomía, sino que sus niveles se desbordan y caen unos sobre otros. Egreso está dividido en siete capítulos, con una extraña enumeración que va del 0 al 6. El primero (en rigor, el ceroavo) nos explica el plan de trabajo: el capítulo 1 se ocupará de la “agencia política” en el pensamiento de izquierda, con discusiones sobre la “melancolía de izquierda” y el aceleracionismo. El 2 se centrará en el concepto de “comunidad” y en su relación con las obras de Lovecraft y Nick Land. El 3 pasará al análisis cultural fisheriano en relación con la salud mental y la crisis climática. El 4 continuará esta línea, retornando a los tópicos de la comunidad y la muerte. El 5 pensará el duelo en relación con la amistad y el comunismo. El 6 se ocupará plenamente del pensamiento tardío de Fisher. Un epílogo y una adenda concluyen Egreso. Esta estructura ideal ya revela la imbricación compleja de los tópicos; en la realidad del libro, la amalgama es aún mayor: temas, conceptos, métodos, referencias cruzan las barreras de los capítulos, formando una especie de magma donde cada palabra apunta a significados múltiples que pueden dar con posibles líneas de fuga.

Operando como significante espectral sobre todo esto, aparece el término “egreso”, en rigor una palabra menor en el vocabulario fisheriano. Colquhoun lo rescata y lo eleva para producir una conceptualización excepcional del modo en que la tradición aceleracionista ha pensado el “afuera” como categoría fundamental. En este sentido, Egreso resulta ser una teoría de la fuga: un libro que elabora una consideración materialista de la subjetividad en el capitalismo que permita pensar vías de escape. 

3. Praxis

Lo que no resulta extraño es la posibilidad misma de producir un libro sobre muertos. Es decir: los libros tienen condiciones que los habilitan como superficies de inscripción para un duelo. Tienen la capacidad de recibir a los muertos, de ser afectados por ellos.

Eso no quiere decir que esa escritura no implique un problema. Hay que generar una transfiguración: la que convierte células, expresiones, ideas, actos, en palabras. Eso implica una tentación y un miedo sobre la misma posibilidad: la de agotar esa vida (esa muerte) en el texto.

Este problema requiere una estrategia, que no es sólo textual: la de captar y condensar al muerto en un objeto abordable. Convertirlo en otra cosa.

4. Conversiones

Carlos Correas se ocupa de la operación Masotta. Mattie Colquhoun, de la función Fisher. Operación y función son palabras extrañas, que no suelen ir acompañadas de un apellido. Pertenecen más bien a otros terrenos: matemático, lógico, logístico, bélico, teatral, médico.

Se refieren, por supuesto, a la praxis teórica de esos amigos muertos, a la incidencia que tuvieron sobre el mundo mediante su pensamiento. Eso quieren hacer ambos: la operación Masotta quiere ser la operación que hizo Masotta con su obra (la operación de traducir a Lacan, de discutir el arte pop y los happening, etcétera). La función Fisher quiere ser la función que produce Fisher a través de sus libros y sus blogs y sus clases (la función de leer libidinalmente el capitalismo post 2008 y sus manifestaciones culturales).

Pero, también pasa otra cosa. La operación es lo que hace Correas con su libro: constituir una forma de leer la obra y la vida de Masotta entrelazadamente; y la función es lo que hace Colquhoun, instaurando una forma de usar a Fisher para pensar. Esto no ocurre (del todo) a espaldas de los autores: a fin de cuentas, Correas quiere hacer con Masotta lo que Masotta hizo con Sartre y Lacan; Colquhoun con Fisher lo que Fisher hizo con Baudrillard y Land.

Cuando el cuerpo deja de pensar, el libro inventa una forma de seguir pensando.

(B) Testo Yonqui

Quienes no hayan leído Testo Yonqui recientemente quizás objeten su pertinencia en este género. Es recordado principalmente como un libro sobre lo que indica su subtítulo: “sexo, drogas y biopolítica”, y el componente autoficcional suele ubicarse en la transición de Paul y sus experiencias (contra)sexuales. El libro, sin embargo, empieza con un capítulo titulado “Tu muerte”.

Testo Yonqui es una teoría del sexo: tanto del acto sexual, como de la constitución biopolítica (y anatomopolítica, y disciplinaria) de sexogéneros, de “lo sexual” como dominio. Haciendo un uso (muy heterodoxo) del marco filosófico foucaulteano, Preciado describe una nueva etapa del biopoder, una nueva configuración de la razón de Estado que aparece como un farmaco-porno-poder. En una arremetida contra el imperativo lingüístico de la filosofía continental, Preciado prefigura los “nuevos materialismos” con un pensamiento sobre la subjetivación enfocado en lo corporal. Pero no es sólo descriptivo, un libro diagnóstico, sino también normativo, un manifiesto: va a proponer unas “micropolíticas de género” y una serie de formas prácticas de experimentación técnica.

Pero todo eso está apuntalado por un duelo: el de Guillaume Dustan, escritor autoficcional y amigo del autor, a quien el libro se dirige muchas veces en segunda persona. Él, su fantasma, aporta un impulso, un punto de partida, un método que permite que la escritura de todo esto sea posible. Y ese método es imprescindible para que haya una coherencia epistémica en el planteo de Preciado: es mediante la autoficcionalización, devenida auto-teoría, que la materialidad textual escapa a la captura de su sentido.

Testo Yonqui tiene 13 capítulos, lo que es evidentemente demasiado. Paul intenta una alternancia. Los capítulos pares representan la parte filosófica: se titulan, en orden, “La era farmacopornográfica”, “Historia de la tecnosexualidad”, “Tecnogénero”, “Farmacopoder”, “Pornopoder” y “Micropolíticas de género en la era farmacopornográfica”. El concepto se introduce, se historiza, se descompone y se pasa finalmente a lo propositivo. Los capítulos impares son los autobiográficos, los que hablan de coger y hormonarse: “TESTOGEL”, “El cuerpo de V.D. entra a formar parte del contexto experimental”, “Devenir T.”, “Testomono”, “Jimi y yo”; no hay organización argumental ni cronológica. Dejé de lado en esta clasificación el primer y el último capítulo, los números 1 y 13: se llaman, respectivamente, “Tu muerte” y “La vida eterna”.

5. Pliegues

Hay algo más que tienen en común libros y personas; una característica que sólo comparten con las casas: su capacidad de ser habitados por fantasmas. Por eso escribir un libro-duelo siempre implica un juego fractal de hauntings. Autores acechados por fantasmas de personas que estaban acechadas por fantasmas anteriores, replicando en sus escritos la misma fantasmagoria.

Colquhoun dedica páginas y páginas a lidiar con un hecho incontestable, que es la confusión entre su propio objeto y el objeto de su objeto: Fisher trabajó largamente el problema del duelo, de la acechanza, de la espectralidad.

Lo mismo le pasa a Correas, que escribe sobre un pensador del psicoanálisis: de la falta, de la ausencia. Y algo similar parece ocurrirle a Hélène Cixous en Hipersueño, que dedica a Derrida, que a su vez había dictado un inmenso seminario sobre “la vida la muerte”: las pensaba en una continuidad tal que no admitía conectores. Derrida es el autor original del concepto de hauntología, luego retomado por Fisher. 

Y el mismo problema transita Paul Preciado en Testo Yonqui, escribiendo una autoficción sobre su duelo por Guillaume Dustan, que ocupó páginas y páginas reflexionando sobre ese género.

6. Exceso

Esta superposición, esta confusión entre objetos y sujetos no se detiene. Es quizás un problema estructural cuando el objeto del libro es, era, en sí mismo un sujeto. Es, además, un problema infraestructural en la medida en que la muerte es siempre un exceso.

La lógica del exceso es la de rebasar todos los límites. Es una lógica del contagio. La muerte no deja nada sin infectar, sin teñir. Es un proceso que ocurre en desmesura. Sobre todo porque sus efectos no se sitúan entre límites precisos: es, a priori, algo que le ocurre a un cuerpo específico, a una persona. Pero es, siempre también, algo que le ocurre a todos los demás, que se va expandiendo excéntricamente.

Y, seguimos, es algo que ocurre primero en un momento puntual, que la medicina ubica actualmente en el fin de la actividad cerebral. Pero, también, es algo que seguirá ocurriendo, que nunca dejará de ocurrir, que es irreversible, sí, pero más aún: que sigue siendo efectivo, que sigue teniendo efectos. Y, para colmo de esta enumeración, es algo que ya estaba ocurriendo, que era un destino irremediable del cuerpo y de la especie, que estaba teniendo lugar desde el nacimiento o antes.

La lógica excesiva es aquello para lo que el duelo implica algo así como unos contornos, un proceso autónomo que busca (y no consigue del todo) capturarla. En el caso de los libros-duelo, esto se ve inmediatamente: son libros excesivos, siempre.

Cixous trabaja casi mitológicamente: en su libro hay una Torre, hay una Duna, hay sueños que tienen nombres. Y aparecen una y otra vez, sin cesar, insistiendo sobre sí mismos. Parecen, a simple vista, ser símbolos, pero ¿de qué? La muerte es obviamente insimbolizable. En realidad son obsesiones, en las que el yo se fija por su materialidad. Porque le reponen, a la ausencia, materia.

A Correas no lo ayuda que su estilo sea, ya de por sí y antes de toda muerte, barroco, recargado, sobreadjetivado (y hermoso). Pero no es sólo eso lo que hace de La operación Masotta un libro excesivo: lo es en su ridiculización de su amigo, y de sí mismo, y hasta del yo que está escribiendo, y de la escena cultural de los 50 y los 60, y hasta de Sartre y el psicoanálisis, y de todo. Todo va cayendo, bajo la pluma de Correas, en argumentaciones filosas que califican y descalifican, que todo lo procesan, que no quieren dejar nada afuera.

Quizás porque la muerte es una afuera no quiere tener ningún afuera. Ese es el problema del “egreso” para Colquhoun.

(C) Hipersueño

Cixous no escribe Hyperrêve solamente sobre la muerte de Derrida sino, también, sobre la muerte de su madre. Es un libro sobre dos duelos, que no se superponen perfectamente sino que se solapan de forma parcial: Hélène está haciendo el duelo por Derrida cuando la enfermedad de su madre se agrava y su muerte se hace inevitable. De ese modo, una muerte que ya ocurrió se mezcla con una que sólo empieza a aparecer: “mientras ella esté viva”, se dice Hélène, “todavía no he perdido nada de todo lo que perdí”.

Hipersueño tiene tres partes: “Antes del fin”, “El sommier de Benjamin” y “Un permiso”. Se refieren a objetos, imágenes, significantes centrales de distintos momentos del texto, y a escrituras distintas. La primera parte es la más hermética, la que más se acerca a la escritura poética; la segunda es más narrativa; la tercera, la más filosófica, la más reflexiva.

Derrida aparece, explícitamente, más bien poco, al punto de que alguien podría decir que es más bien una novela autoficcional (o una poesía en prosa) sobre la muerte de la madre. Pero JD, como se lo nombra a veces, está en todas partes: parece infectar el lenguaje de la escritora, que dice tener “el pensamiento enfermo”. Y, como ocurre en los libros-duelo, cada tema se duplica metatextualmente: la enfermedad está tematizada en el libro, pero a la vez define su método, porque también es un libro sobre escribir ese libro. Y, así, es un libro sobre Derrida. 

7. Proliferación

Algo más que tienen en común las palabras y los cuerpos, los libros y los muertos, se relaciona con su proliferación ilusoria. Cuando conocemos una nueva palabra, la empezamos a escuchar en todos lados. Cuando perdemos a un ser querido, creemos verlo en todos lados. Una suerte de efecto tetris, que también es simétrico: las palabras proliferan ante su novedad, los cuerpos ante su desaparición.

Y, cuando aparece el término que aprendimos, sentimos sorpresa, quizás placer (ya sabemos lo que quiere decir eso, accedemos a una parte hasta ahora secreta del mundo). Cuando creemos percibir un rostro imposible en una calle, sentimos dolor. Quizás por eso Correas, Colquhoun, Preciado, Cixous quieren convertir cuerpos en palabras; mejor aún, en conceptos, que no sean sólo aprehensibles sino que tengan productividad teórica. Para que los fantasmas dejen de aparecer como visiones, ficciones ineficientes, y empiecen a aparecer como palabras, haciendo eso que el duelo no puede hacer: abrirnos más mundo.

8. Amistad

Estos no son sólo libros sobre muertos. No son sólo libros sobre escritores muertos, sobre filósofos, pensadores, autores muertos. Son libros sobre amigos muertos. La amistad también es un exceso, pero otro.

(D) La operación Masotta

Carlos Correas, dice la filósofa Silvia Schwarzböck, es un materialista oscuro, es decir que para él pensar es malpensar. Eso hace en La operación Masotta: malpensar sobre su amigo, sobre su generación, sobre su filosofía. Es el único de estos libros que no es laudatorio, aunque tampoco sea tan condenatorio como puede parecer a simple vista.

La operación Masotta tiene un prólogo y tres capítulos, cada uno subdividido en tres apartados. Cada capítulo cuenta una década: se titulan “Los años 50”, “Los años 60” y “Los años 70”. Son una ficción de cronología y orden para un ensayo caótico, que parasita otros textos, anécdotas y conceptos filosóficos de forma voraz. 

Quizás porque estaba inaugurando un género, Correas todavía piensa en su libro como una biografía. En él, reconstruye en paralelo una amistad (la que él sostuvo con Masotta, y la que ambos tuvieron con Sebreli) y un pensamiento (el que desarrollaron juntos, primero, y el que siguió desplegando Masotta, solo, después). Lo hace principalmente empleando una deconstrucción no derrideana: tomando textos de Masotta, tanto papers como cartas personales, y destruyéndolos, comentándolos, reescribiéndolos, haciéndolos pedazos. Cuenta transiciones: de Merleau-Ponty a Sartre a Lacan; es decir, de la fenomenología al existencialismo al psicoanálisis; de la filosofía al arte pop y el happening; de la amistad a la distancia; de la vida a la muerte.

9. Lágrimas

Mattie, Paul y Hélène (ya entramos en confianza) tienen algo más en común. Lloran. Lo hacen explícitamente: se describen, se narran llorando sobre las páginas. En Hipersueño: “De repente lloro, entre dos pisos, rápidamente, el recuerdo futuro me golpea martillo cuchillo mi vida en pedazos recordaré que lloré”.

(Curiosamente, Carlos no lo hace. Sostiene una impactante distancia irónica con respecto a sí mismo y su amigo, y sobre todo con respecto a su tiempo: sus décadas, sus lecturas. Una distancia tan poderosamente sostenida que no puede ser otra cosa que falsa, una auto-parodia.)

10. Felicidad

La muerte está atada a las lágrimas, pero también a la felicidad. Y está atada a la felicidad a través de la amistad, ese otro exceso. Esas tres palabras, muerte-felicidad-amistad, están unidas en una red que no se rompe. Esto es así.

Cixous lo cuenta con certeza irrefutable: dice que, en un momento, “volvió a ser”. Aún estando viva, resucitó. No es un final feliz: pronto volverá la negociación imposible con el fantasma de Derrida, su ausencia presente, su presencia ausente, etcétera. Pero, “a veces se podía reestablecer la comunicación de la que se alimenta la amistad”. A veces se puede, dice Hélène, dice Cixous, dice Hipersueño, seguir.

En su libro, Preciado casi siempre califica sus amistades con una identidad: “amigas lesbianas”, “amigos trans”. Con una excepción: el amigo muerto.

La cuestión de la amistad es un tema central de Egreso, quizás la cuestión central. Pero aparece como algo más ambivalente. Colquhoun lo introduce referenciando “algo positivo que surgió del dolor”: el forjamiento de una comunidad de duelo, una red de amistad entre quienes extrañan a una persona. Pero luego lo subvierte. En medio del capítulo “Amistades, comunidades y fantasmas”, se narra “el traumático fracaso” de esa comunidad.

La palabra “fracaso” nos conduce, irremediablemente, a La operación Masotta, y a su ominoso subtítulo: “Cuando la muerte también fracasa”. Ese subtítulo es un enigma que el libro no resuelve explícitamente, ¿por qué fracasa la muerte? ¿Y por qué fracasa también? Es decir, ¿además de qué, qué más fracasa? Quizás sea la amistad. Correas transcribe una larga “carta de ruptura” que le manda Masotta en 1955 y empieza diciendo: “la amistad, como dijo Sartre, necesita ella también ser totalitaria”. Pero estas peleas entre ellos eran habituales: las razones de la separación definitiva son complejas, extrañas, y se relacionan con algo de lo que hablaremos más adelante. 

Pero Colquhoun nos puede ofrecer una clave sobre ello. Pese a su descripción sobre el fracaso de la comunidad de duelo, al final de Egreso recupera la potencia agencial de la amistad. Lo hace atravesando distintos fragmentos de la obra de Fisher para encontrar en ella la palabra deseo.

(E) Extra

Egreso no es el único libro sobre Fisher. Juan Mattio empezó a escribir su novela Materiales para una Pesadilla en 2017. Ese año, ese enero, murieron con una semana de distancia Fisher y Ricardo Piglia. Unos años más tarde, Mattio publicaba aquel libro (excesivo, brutal en su fragmentación) sobre un mundo virtual donde se puede visitar a los muertos, construido a partir de los saberes producidos por un grupo de investigadores argentinos que propusieron que el lenguaje funciona como un virus. Es Respiración Artificial cruzado con Fantasmas de mi Vida¹. ¿Cuántos otros libros-duelo existen?

11. Deseo

Carlos Correas cuenta que se alejó de Masotta porque empezó a “dejar o perder” su homosexualidad. Pero después dice que “Masotta y sus mujeres me habilitaron para despojarme de la homosexualidad”, es decir que abandonó esa sexualidad por Masotta. El argumento aparece dos veces, en sentido opuesto. Esto es, me parece, el núcleo del libro: ese interrogante, quizás inconsciente, de Carlos sobre Oscar: ¿qué sentía por él, y a través de él, por las mujeres, los hombres, por el mundo? La muerte también fracasa, precisamente, en responder esta pregunta.

La muerte y el deseo están unidas por un lazo inseparable, al menos desde la formulación paradigmática de Freud sobre la sexualidad. Aunque no hace falta que lo sigamos al pie de la letra.

En Testo Yonqui, Paul B. Preciado narra su transición; de hecho esta (la testosterona) es la sustancia del texto. Mattie Colquhoun también transicionó, pero unos años después de escribir Egreso. No creo que esto baste para decir que este género imposible de libros-duelo sea inherentemente queer (¿dónde queda Hélène aquí?), pero sí podemos pensar que algo del orden del deseo se ubica en una continuidad parcial con el tema del duelo.

Paul lo dice directamente, sin tapujos, al comienzo de su libro: “no tomo testosterona para convertirme en un hombre, ni siquiera para transexualizar mi cuerpo, simplemente para traicionar lo que la sociedad ha querido hacer de mí, para escribir, (…) para vengar tu muerte.”

Una forma de cerrar estas reflexiones podría partir de esto para decir algo así como que el duelo encuentra un cierre cuando el deseo persiste y se vuelve a posar en otros objetos, cuando la presencia del espectro no lo cubre todo sino que vuelve a haber otras cosas. Cerraría bastante bien, que es justamente lo que este género impide: no hay finales, ni felices ni tristes. Hélène lo demuestra en su libro, que continúa varias páginas después de su “resurrección”, impidiendo que esta, que es descrita como un nuevo despertar del deseo, ponga un fin al Hipersueño. 

Nada está perdido, dice Hélène; la muerte también fracasa (incluso la tuya, Carlos); los fracasos son éxitos abortados y los éxitos fracasos retrasados, dice Paul que dijo Canguilhem. Y creo que, a fin de cuentas, por esto Mattie vuelve al deseo al final de su texto: porque todavía se puede pensar, a través suyo, una política colectiva por venir. Porque todavía se puede pensar en una redención.

¹ Debo esta intuición de lectura (y mucho más) a Manuel Cantón.