Artificios
Cuando las cosas pasan
En nuestro país el “se viene” se asocia fácilmente con el mes de diciembre. Pero, ¿cómo se vive esta costumbre en otras partes del mundo? Esta nota explora las raíces de estas ideas que nacen entre la conspiración y la inercia. Además, resalta la historia de un héroe de la humanidad, Stanislav Petrov.
Por Santiago Mitnik
27 de julio de 2024
Últimamente se viene discutiendo sobre dos categorías opuestas: quienes creen que “se viene” y quienes creen que “nunca pasa nada”. Estas ideas, o mejor dicho estos memes, tienen un correlato directo también en el mundo anglosajón, con el “it’s happening” y el “nothing ever happens”. Más allá del chiste y la identificación con una u otra forma de pensar, estos dos lentes dicen bastante de la forma de analizar los eventos políticos de la actualidad.
El “it’s happening” y el “se viene” son ligeramente distintos: una refiere a algo que ya está sucediendo mientras el otro habla de algo a punto de suceder. Pero mas allá del tecnicismo, en ambos casos hay una idea central, algo, bastante preanunciado y presente en la mente del lector, finalmente va a suceder. Es este carácter de “pre-anunciamiento” el que debería interesarnos. Vamos con unos ejemplos para entender el punto.
Empezando con uno local, en Argentina tenemos nuestro eterno retorno del Diciembre. Con sólo nombrar el mes ya sabemos exactamente de lo que se habla. No hay ningún noviembre donde no haya alguien que diga “este Diciembre se pudre todo”. Saqueos, crisis política, debilidad institucional, ruido de cacerolas y el humo de gomas quemadas. No se trata necesariamente de un análisis serio de la opinión pública y la solidez de las redes políticas del gobierno del momento, es una “energía” que sentís o no. La realidad es que, desde el Verdadero Diciembre, que dió origen al mito, es complicado decir si ese mes es tantísimo peor políticamente que otros meses.
Hasta ahora no cayó ningún gobierno desde el 2001. Pero mirando los contraejemplos, hay algo complicado en ese mes. Dos eventos importantes, como la Huelga Policial de Córdoba en 2013, que trastornó el mapa político argentino de manera fundamental, y las protestas anti-reformas del macrismo en 2017, que trabaron el impulso político de ese gobierno sucedieron en sus respectivos diciembres.
La verdad es que hay razones socioeconómicas para que lo sea, por los ciclos económicos, el agotamiento del año aún no desinflado por las fiestas, etc. Es un fenómeno estudiado a nivel internacional incluso, lo de fechas específicas, que sin tener un motivo simbólico puntual, tienen efectos. Es básicamente el “fin de mes” del año entero.
Pero seamos honestos, hay mucho de profecía auto-cumplida. Cuando todos esperan caos, es mucho más fácil ser el primero en tirar una piedra.
Una característica del “It’s happening” yanqui es que es un fenómeno de redes, y no de conversación en la calle y en los pasillos como el modelo argentino. Un caso puntual se dio en abril de 2017 cuando EEUU atacó con misiles una base en Siria. En los días anteriores, se venía dando un incremento de las tensiones y muchos grupos de presión del pentágono apuntaban a una intervención militar. Algunas horas antes, con las tensiones altísimas, en el foro online 4chan, aún en su época de oro, alguien compartió la grabación de una frecuencia de radio usada por el ejército norteamericano donde se escuchaba un código cifrado, que aparentemente indicaba la inminente puesta en marcha de una operación militar.
Hay que decir que fue una noche muy divertida para leer a fanáticos de Trump enloquecer porque su líder, a quién habían puesto en la Casa Blanca hace muy poco, estaba rompiendo una de sus principales promesas de campaña, que era el no-involucramiento en más guerras eternas en Medio Oriente. Un ataque masivo a Siria implicaría el estallido de un conflicto regional con Irán, crisis del precio del petróleo, guerra mundial, armas nucleares volando, etcétera. Existió un vídeo graciosísimo de ese momento, que ahora es lost-media, mostrando ese pánico con una canción de Queen de fondo.
Lo interesante es lo que pasó después. ¿Qué pasó? Absolutamente nada. EEUU atacó una base irrelevante con 49 misiles, seguramente con un aviso de alto nivel mediante, y los líderes de ambos países se fueron a dormir tranquilos. Quizás les suene similar a lo que pasó en 2019 con Soleimani, porque si, muy seguido pasa que “no pasa nada”.
La idea de “nunca pasa nada” tiene dos orígenes distintos, que se combinan para crear esa sensación. La primera es la creencia genuina de que las cosas siguen un rumbo de normalidad y que no hay grandes transformaciones. Parece medio delirante decirlo, pero hace 15, 20, 30 años, esto era genuinamente un espíritu presente en el debate público internacional. Había alguna que otra crisis momentánea, pero los pilares centrales sobre los que se paraba el mundo eran inamovibles. Hegemonía norteamericana, hegemonía capitalista. El viejo fukuyianismo que planteaba el fin de la historia.
En cambio la otra “variante” del nunca pasa nada es hija del hartazgo del permanente ciclo de profecías y advertencias sobre crisis apocalípticas, que no transforman realmente nuestra vida cotidiana.
El desierto de lo real
En la cultura occidental hay dos gigantescos promotores del “se viene” como figura estética, que lo impusieron como lugar común aceptado. El primero es la teoría de la conspiración, con su necesidad permanente de vender un conflicto cósmico subterráneo, a punto de explotar, del que solo se pueden salvar los “despiertos” (que lo woke sea de “izquierda” es algo nuevo eh) que la vean venir. Los “preppers” norteamericanos preparándose para la guerra civil inminente funcionan como una versión moderna del milenarismo que siempre surge cada 100 años, con corrientes que esperan un mesías terrenal y un rapture de los ya salvados.
El otro promotor de la estética del “se viene” es, irónicamente, un viejo enemigo de las teorías de conspiración clásicas: Hollywood. El cine catástrofe, las películas de acción y de espías, las invasiones aliens, etc. En cuántas películas de esas hay un ataque masivo sobre algún edificio simbólico clave de una ciudad norteamericana. El ataque sobre las Torres Gemelas el 11 de Septiembre del 2001 no fue sólo impresionante por la realidad política que implicaba, sino también porque ya iba sobre la vía de un camino imaginario muy claramente trazado por decenas sino cientos de películas antes. Después de eso, por un tiempo (bastante corto) se volvió de mal gusto reventar edificios claves de Nueva York. La próxima es reventar Londres, como en G.I.Joe.
Una de las líneas clásicas de “investigación” de las teorías de la conspiración es la idea de un “primado negativo”, que en este contexto sería, a través de la ficción, imponer en la sociedad de masas ciertos conceptos como manera de manipularlas frente a futuros estímulos de la realidad o ocultar algunos elementos de la realidad.
La realidad es siempre más compleja, pero algo de eso hay, aunque sea en el sentido de que el arte masivo refleja ciertos miedos, ideas o paranoias de la sociedad que los produce, y no es casualidad que termine “rebotando”.
Entonces, ¿por qué nunca pasa nada? Pues muy simple, porque las películas terminan con un cartel que dice “fin”, mientras de fondo, entre el humo y las ruinas, flamea una bandera norteamericana. En cambio en la vida real pasa exactamente lo mismo, pero sin el cartel de “fin” y el día siguiente hay que seguir yendo a trabajar y a la verdulería, igual que el día anterior. El gran mensaje de Bush al pueblo norteamericadno con posterioridad al ataque fue, literalmente “vayan de compras”. La especia debe fluir, la normalidad debe continuar a toda costa.
En el mundo real el día anterior y el día posterior al “fin del mundo” se parecen muchísimo. Es, por ejemplo, muy impresionante hablar con gente que actualmente vive en Rusia, un país supuestamente en una “guerra existencial”. La vida es casi ridículamente normal, pareciera que están mintiendo.
El “no pasa nada” también es una expresión de deseo o un mecanismo de defensa, en muchos casos. Un ejemplo, también del espacio sovietico, es el del Santo Patrón del “nunca pasa nada”, Stanislav Petrov. Su historia, ya convertida en mito, es la siguiente: Petrov trabajaba en la Unión Soviética en el sistema de alerta temprana de ataques de misiles. El 26 de septiembre de 1983, en un momento complejo de las relaciones entre ambas potencias, los sistemas de radares le indicaron un ataque coordinado de 5 misiles estadounidenses que se dirigían hacia territorio sovietico. Cuando su esposa le preguntó sobre qué hizo ese día su respuesta fue esa: “no hice nada”. Por diversos motivos, más o menos legítimos o técnicos, desestimó la alerta como falsa, correctamente, y el mundo siguió girando como si nada. Es difícil saber qué hubiera pasado si Stanislav hubiera actuado de otra manera, pero la realidad es que no pasó nada (otra vez).
A veces las cosas pasan… y a veces no
En última instancia estos dos “reflejos” no son más que formas de abordar lo inabordable del futuro.
El se viene es el reflejo de una obsesión con la posibilidad de cambio, con una idea estética fuertemente rupturista. El nunca pasa nada es reflejo de un vicio conservador, de una fe en la inercia del sistema y la absorción del impacto de los cambios. No se puede decir que uno sea mejor o más útil que el otro. Casi que lo mejor es una sana combinación de ambas, más “contracíclica”, léase, estar en calma cuando todos entran en pánico y estar atento a la posibilidad de cambio cuando todos están dormidos.
La realidad histórica efectiva es que las cosas cambian. Y muchas veces, en menos tiempo de lo que uno espera. Es solamente por el poco coste que tiene hacerlas que las predicciones erradas superan en numero a los “cisnes negros”, como se suele llamar a los eventos inesperados imposibles de predecir.
Un buen ejemplo de cierre es la guerra en Ucrania. Ya no podemos hablar de ella como una novedad, como algo que “se viene”. Lentamente se está normalizando como un evento de ruido de fondo de la realidad geopolítica actual. Sin embargo no nos podemos olvidar de esas semanas previas, donde movimientos militares hacían sonar las alarmas en occidente, donde los expertos se peleaban diciendo si iba, o no, a suceder una invasión militar. Hay más para decir sobre los “expertos” que predicen cosas, pero podemos quedarnos con algo: los más ansiosos venían diciendo que “se viene” una guerra en Ucrania hace una década, otros decían que era imposible que suceda, pero al final pasó, cuando pocos lo esperaban e igualmente el mundo no terminó.
En una situación tan caótica como la actual, el mundo necesita más Stanislav Petrovs. No por un reflejo automático a decir que no pasa nada, sino por su capacidad de leer las señales reales de entre el ruido de aparatos defectuosos y cadenas de mando complicadas. También vamos a necesitar un Stanislav Petrov que, cuando todos los expertos digan que el mundo no se va a acabar y que todo sigue igual que siempre, sepa ver que esta vez sí se viene.
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