Artificios

Volver a verte

Juan era un mono. Más precisamente, un mono caí. En 1969, fue trasladado de su provincia natal de Misiones hasta La Rioja, para formar parte de un experimento único: el Proyecto BIO. Juan no podía saber que su nuevo hogar era el Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados. Tampoco que estaba por empezar otro viaje a un lugar mucho más lejano. Hoy, nos cuenta su historia.

Por Augusto Villarreal
25 de agosto de 2024

I

Le gustó siempre el frío. El cálido y ameno frío misionero, que apacigua tardes infernales y mediodías de sed. Es en las noches, de viento apenas cálido, de fresco revitalizante, donde todo cobra verdadero sentido. Los ciempiés, las libélulas y los escarabajos salen de sus escondites, corren a buscar agua y alimento. Ahí sale él, acompañado de su mejor amigo, a hacer lo propio. Cazan bichos con experiencia y elegancia, los acorralan contra los cedros y los atrapan rápido, sin dejarlos respirar. No se juega con la comida, le enseñó su madre, y él nunca lo hace, pese a que su curiosidad le pide otra cosa. Acá venimos a comer, le dice a su mejor amigo. Su tarea era tan sencilla como necesaria. Le gusta guardar los mejores bichos para su madre, que de grande ya no salta entre las ramas de los guatambúes, mareada por ese vértigo raro y letal que se sufre con los años. Ella le agradece acariciando su cabeza peluda, pellizcando su lomo como cuando era cachorro, con un silencio sincero, amoroso. El ama esos silencios. Están con él desde siempre, como los cedros, como los ríos bajos, como los días y las tardes. También como el miedo a las jaulas y a los hombres de la noche que suelen dejar carne fresca y rica pero tramposa. Su mama le enseño bien de chiquito a ignorarla. Los hombres no siempre son malos pero tampoco siempre buenos. Él lo sabe bien.

Pero esta noche no es como cualquier otra. Un silencio sospechoso atornilla los sauces y sus hojas deciden no cantar ninguna canción. Ellos, los bichos, la comida, pululan sin miedo ante la latente tensión que arrincona a todas las manadas de la jungla. Nadie caza ante el silencio. Pero él tiene hambre, su madre tiene hambre, su mejor amigo tiene hambre. No es fácil escuchar el rugir de sus estómagos, sentir la debilidad brotar de las entrañas, temer por la salud de su familia. Así supo que debía salir. Contra las leyes de la jungla, cazaria. Así es él, bravo, decidido.

Sigue los hilos de agua sobre la roja tierra misionera. Agua fresca que enfría el aún tibio ambiente. Recorre su pequeño cauce acompañado de su inseguro amigo, que preferiría aguantar el hambre un día más antes de caminar bajo este amenazante silencio. Pero sabe que primero está la lealtad. A su amigo, a los ojos de su madre, a la manada. Avanza seguro pero con un helado presagio en el pecho. Así marchan unas decenas de minutos hasta que, de pronto, la ven. La pequeña laguna donde desembocan todas las hilachas de agua. Bajo la blanca luna de febrero, brilla e ilumina el verde intenso de los cedros, cortado intermitentemente por el rosa claro de los lapachos. Se detienen unos segundos, maravillados. Sienten en sus pelos la brisa dulce que le roba un susurro tímido a las hojas. La belleza de la jungla les recuerda que es hermoso vivir. El movimiento pequeño pero intenso de los escarabajos y los mosquitos les recuerda porque están aquí. Por hambre, por comida.

Saben lo que hacen. Irrumpen rápido en la calma nocturna que rodea el estanque. Cazan veloces, de zarpazos y bocanadas. Comen desesperados, esperando saciarse lo suficientemente rápido como para poder acumular comida para la manada. Para su madre. No escuchan los pasos sigilosos que los rodean. En un trance laboral, pasan de comensales a cocineros y acumulan arañas muertas en sus puños. Los bichos corren, desesperados. Ellos sienten la presencia humana que los observa desde las sombras de los sauces. Él y su amigo están felices. Lo sienten en sus lomos, en sus colas. La felicidad de apostar y ganar. De no saber lo que se avecina.

Un estruendo. Luces. Luz enceguecedora. Ruido de pasos, de gritos, de corridas. Su instinto les pide correr, correr desesperados a cualquier parte, pero no pueden. Sienten manos frías. Los aprietan con fuerza, con violencia. Los reducen. Temen, temen mucho. El terror los domina, no pueden moverse, solo pueden gritar. Gritan, gritan mucho. Sienten un pinchazo y un velo pesado sobre su cuerpo. Sienten sueño, mucho sueño. Se duerme, seguro de estar cerca de su mejor amigo. Seguro de que su madre se preguntará por él. Que lindo seria verla de nuevo, piensa.

II

Hace 6 meses que sueña con la jungla. Pasa sus días entre una jaula fea, chica, apretada y un patio feo, chico, apretado. Nada es como antes, como su jungla roja y verde. Todo es feo y violento. En el pequeño patio donde puede saltar hasta cansarse se siente observado, siente la mirada penetrante de hombres tras un vidrio reflectivo. Lo miden, lo calculan. Algunas veces solo, otras con su mejor amigo. Ambos están iguales. Comen bien, todos los días. Es lo único que les da fuerzas para seguir. Eso y el recuerdo de su manada, de su madre. Un día lo sacan a un patio diferente, más grande. Un pasillo largo de árboles, madera real con hojas de plástico. Una sirena le da órdenes que no entiende, pero un poco intuye. Debe correr, saltar, cansarse. Lo sabe porque hace 6 meses no tiene tanto espacio a su disposición. Lo sabe porque, si no, ¿Qué más podrían querer? Lo sabe y corre. Salta. Se agita, se cansa. Recorre un óvalo de ida y vuelta constante. Salta entre las hojas de plástico y siente la madera en sus manos. Respira agitado, sonríe al sentir el picor de las astillas. Para, agotado. Una fuente de agua aparece a unos centímetros, que no duda en usar para calmar su sed. Toma apurado, asustado de algo sin saber bien de que. Siente la misma sirena de nuevo. Una pequeña puerta de metal se abre. Por ella entra su mejor amigo, también apurado. Se saludan, se abrazan, se tocan. Sin decir nada sienten la alegría mutua de verse, de saberse vivos. Chocan sus cabezas en silencio por unos segundos. Lloran, despacio, recordando la libertad. La sirena ruge de nuevo. Ambos saben lo que deben hacer. Toman agua. Apurados, pero esta vez juntos. Y corren. Corren, saltan, chillán. Se chocan a propósito, se tiran, saltan de nuevo. Sienten el fuego de la vida en el pecho y lo respiran, lo saborean tranquilos. Transpiran, se cansan, paran. Agitados, se tiran al piso y miran el techo. Sonríen para sus adentros. Están felices, hoy, ahora, antes de volver a sus jaulas. Que lindo si pudieran volver a verse, piensan.

Desde la blanca luz del laboratorio un hombre lo observa. Decenas de científicos entran y salen todos los días pero solo uno se queda hasta la noche, todos los días, viéndolo en silencio. En su jaula, ahora tibia gracias a mantas y almohadas, él le devuelve la mirada de reojo. De a poco pasan los días, las semanas, los meses, y sus ojos comienzan a conocerse. Algunas veces son gestos, brillos fugaces que comparten en secreto. Otras son verdaderas miradas, profundas y lascivas, que se dan y devuelven mutuamente. De a poco se sienten, de a poco se conocen. El científico le habla, le cuenta cosas que él no entiende, pero por primera vez desde la jungla, siente un aire fresco, familiar. El científico lo quiere. Le hace pensar en su manada. Algunas noches, en completo silencio, lo deja salir de la jaula. Él se porta bien, sale, se estira. Come las galletas que le da con calma, disfrutando cada mordida salada con la paciencia que nos enseña a tener el encierro. Son amigos. El científico le dice, aunque él no entiende:

—Juan, te llamas Juan. Sos mi juancito.

Un día pasa algo. Lo despiertan rápido, ruidosamente. El no se resiste, como siempre. Pero antes de sacarlo de su jaula le clavan una aguja en el lomo. Le duele el frío acero quirúrgico. Chilla despacio pero de pronto siente sueño, un sueño pesado e insoportable que, desgraciadamente, ya conoce. Siente miedo pero entre las batas blancas, reconoce un brillo. Son los ojos del científico. De alguna forma, acepta lo que está por suceder.

Se despierta en una cápsula chica, apretada, fea. Está atado a un asiento reclinable que le curva la espalda. Cómodo, pero apretado. Tranquilo, pero asustado. Escucha una sirena que indica que algo está por pasar. Siente un motor prenderse, primero suena suave y luego ruge. La cápsula empieza a moverse. Gira, en círculos que de a poco lo sacuden de su asiento. No entiende qué está pasando, pero sabe que debe atravesarlo. Aguantar, como hizo siempre. Aumenta la velocidad y siente la tensión en su piel. Lo impulsan en una pequeña sonda de 1 metro a 100 km por hora, probando los límites de su organismo. Siente un mareo que lo hace desvanecerse, pero resiste. Con todas sus fuerzas. No se va a desmayar. En el punto máximo de velocidad viaja a 120km por hora. Su cuerpo vibra, su mente soporta el peso del mareo. El puede hacerlo. No lo sabe, pero él puede. La velocidad baja rápidamente. Se abre la sonda y los ojos del científico lo miran con alegría. Le dicen sin palabras que ya está, qué ha pasado la prueba. Siente calma, calor, dudas. En menos de media hora ya está totalmente recuperado de la prueba de velocidad. Esa noche le dan carne cocinada, bastante. Come feliz, despacio, sin apuro, mientras el científico lo mira. Dice, aunque él no lo entiende.

—Sos vos, Juancito. Vos lo vas a lograr.

III

Para él, hoy es un día como cualquier otro. Se despierta tranquilo en el patio interno y mira las hojas de plástico. Piensa en que le darán de comer hoy, hace varios días que recibe comida de verdad, cocinada con cariño. Pero hoy no es un día como cualquier otro en La Rioja y algo está por pasar. Él lo intuye cuando ve las manos blancas del científico tomándolo con suavidad y siente, de nuevo, la jeringa en su lomo. Mientras se desvanece piensa en su madre, en su familia, en su amigo. Piensa en el día de la cápsula. Teme lo que pasará cuando despierte.

Todo es perfecto. Ni una sola nube tapa el intenso cielo riojano. Una suave brisa recorre la llanura, detenida sólo por la gran quebrada que asoma a un par de kilómetros de la base. El cohete Canopus II hace su última prueba de presión antes de estar listo para la misión. Él no sabe nada de esto cuando se despierta en el laboratorio de la base, vestido completamente y con varios sensores en todo su cuerpo. Una nueva aguja evita que se despierte del todo y lo deja en un extraño estado de calma. Intuye que algo grande está por pasar, que deberá atravesar una prueba. La espera ansioso, listo. Está listo. Algo dentro suyo se lo dice, se lo grita, aunque las circunstancias que lo rodean sean tan impenetrables como los barrotes de la que fue su jaula. Sale, por primera vez en casi 1 año, al exterior. Ve el cielo de nuevo. El fuerte celeste inmenso brilla en sus ojos, le calienta el corazón. Recuerda la noche misionera, recuerda su jungla, el brillo de la luna en los ojos de su madre. Recuerda todo el amor que sintió en su vida, piensa en la luz tenue y centelleante de las estrellas. Lo introducen en la misma cápsula donde ya estuvo una vez, pero esta vez más preparada, más acolchada, más grande. Respira agitado porque teme, siente duda ante lo que está por pasar. Pero el científico lo mira por unos largos minutos, como tratando de leer su mente. Intenta con todas sus fuerzas transmitirle calma, seguridad. Sabe que su Juancito está a minutos de ser el primer astronauta argentino. Sabe que va a ascender en este cohete a 82 kilómetros de altura, pasando por mucho el límite de la estratosfera, dando información crucial para el programa espacial argentino. Pero sobre todo, sabe que esta importante misión va a poner en riesgo la vida de Juan. Que todo el esfuerzo se ha puesto en su supervivencia, pero que a la tragedia nunca le importó la preparación de los hombres. Ahora él siente ansiedad y miedo. Pero confía, con todo su corazón, que él lo logrará. Que él nació para esto. Que hará historia. Entre lágrimas, 10 minutos antes del lanzamiento, se prepara para cerrar la escotilla de la cápsula de Juan. Le dice, antes de hacerlo:

—Que lindo si te pudiera volver a ver, Juancito.

Luis Cueto, ingeniero del Proyecto BIO, antes del lanzamiento.

Dedicado a Juan, el primer astronauta argentino, el primero de los nuestros en acercarse a las estrellas.
A su memoria, su valentía y su historia, gracias por volvernos más grandes.

Augusto Villarreal

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