Literatura

Una mitología terminal

¿Qué pasa si leemos a Ballard desde Argentina? ¿Cómo se transforman sus descripciones de las ruinas del mundo si las vinculamos con las pelopinchos que filma Lucrecia Martel? En este ensayo, ganador del premio de Ensayo del FAUNA, Milagros Porta se arroja a las piletas vacías ballardianas para responder estas preguntas.

Por Milagros Porta
17 de diciembre de 2025

I

 Existen dos imágenes que, aunque sean opuestas, me parecen igual de inquietantes: los barcos encallados y las piletas vacías. Abandonado el medio que permite la concreción de su finalidad, sea por desidia o catástrofe, por acción humana o sentencia de la naturaleza, la inutilidad de ambas imágenes las vuelve un exceso del paisaje. El matiz afectivo de la escena está en algún lugar entre la melancolía y el desconcierto. La pileta vacía es una lástima. El barco encallado, una desgracia. El común denominador es la falta de agua. A los ojos de la productividad, el problema radica en el tamaño. Son interrupciones que suponen una dificultad en el desmontaje. Hay una clase de objeto inútil del que cuesta mucho deshacerse. Si nadie interviene, visto el escollo, lo más probable es que permanezca como escenario del abandono. La visión de un barco o una pileta sin agua, entonces, no puede sino volverse una experiencia estética. Me abisma la potencia residual de un futuro cancelado, la ruina de su valor de uso, la caída de la ilusión fantasmal, en fin, la puesta en crisis de la semiosis de la mercancía: ahora sin propósito, son cáscaras. Hace falta una mirada activa, liberada del signo de la utilidad, que imagine cómo reanudar la escena. Un giro que la ponga en movimiento, un sacudón que haga estallar la inercia. Y todo esto sin necesidad de la vuelta del agua.

II

Recuerdo piletas vacías donde el eco de la voz resonaba como en una catedral. Recuerdo jugar a las escondidas en la pileta vacía de una quinta. Recuerdo una pileta con agua estancada en una terraza del pulmón de manzana de mi cuadra, que nadie nunca usó. Recuerdo la hojarasca que cubría la pileta de la casa de una amiga en otoño. Recuerdo una pileta abandonada de forma circular, que parecía un estanque para peces. Recuerdo una pileta tapada con una lona negra. Recuerdo el olor del agua estancada, los bichos flotando en la superficie. No recuerdo ninguna pileta vacía que estuviera impecable. Ni una sola pileta que pareciera inmóvil.

III

Alguna vez escuché que “Mitos del futuro próximo” era una suerte de popurrí de grandes éxitos de James Graham Ballard: el bosque encantado, las alucinaciones producidas por la luz, el pórtico cubierto de óxido, la epidemia de malestar psíquico, las mujeres extrañas, los hoteles abandonados… y las piletas vacías. En mi caso, como el cuento de 1982 fue lo primero que leí de él, no solo ignoré completamente la repetición de obsesiones, sino que, muy por el contrario, todas me parecieron brillantes. Hay una enfermedad producida por el contacto con la luz solar, que hace que la gente padezca alucinaciones y se crea que es astronauta. Hay una mujer casada, contagiada del virus, que se muda de incógnito con su psiquiatra a un centro espacial abandonado en el estado de Florida. Hay, cerca del centro espacial, en las casas deshabitadas del pueblo fantasma, muchas piletas vacías. 

Sheppard, el protagonista, marido de la mujer contagiada, enloquece en un hotel viejo y descuidado, en un cuarto con vista a una pileta seca donde se acumulan anteojos de sol rotos. Entre recuerdos de su vida pasada y planes extravagantes de futuro, construye una máquina del tiempo, impulsada por la supuesta energía que irradia la pileta del hotel. 

Ballard se toma muy en serio el concepto de espacio de transición: los escenarios del cuento son no lugares absolutos. Vista la importancia que tiene la dimensión espacial —no solo como contraparte de la dimensión temporal, sino también en el sentido de espacio exterior evocado por los contagiados que se creen astronautas— no es menor que el propio Sheppard sea arquitecto. El oficio del personaje conlleva una percepción agudizada del ambiente que se traduce en alucinaciones vívidas. Hay cierta lógica, por ende, en su delirio. Sucede que una pileta seca, sin utilidad en el presente, permite que emerja una nueva funcionalidad ligada a la exploración del futuro próximo:

Tras las cercas ladeadas veía las piscinas secas de Cocoa Beach, fórmulas geométricas de luz y sombra, pisos oblicuos que cifraban las puertas secretas de otra dimensión. Había entrado en una ciudad de yantras, diales cósmicos hundidos en la tierra delante de cada casa y motel para provecho de devotos viajeros del tiempo.

Me interesa cómo la “enfermedad espacial” afecta la dimensión de la memoria. Los enfermos no tienen alucinaciones en el presente, sino que implantan, en su horizonte psíquico precario, una serie de recuerdos falsos. Es inevitable que el asedio de un pasado cambiante enloquezca a los personajes. Una obsesión creciente de Sheppard es la de liberarse de las ataduras espaciotemporales. Después de varias peripecias, viajes y delirios mediante, franquea las barreras de una especie de mundo submarino donde la simultaneidad de todos los instantes de la existencia revela la verdad de los objetos. Si existe en Ballard una insistencia con el elemento acuático en las ensoñaciones metafísicas, importa que el pasaje hacia el universo hecho de agua sea justamente una pileta vacía. Como si, en estado de abandono, seca hasta lo imposible, siguiera afirmando que, en potencia, todavía puede contener toda el agua del mundo.

El vínculo entre piletas vacías y viajes en el tiempo tampoco es casual. Solo hay que recordar el título del cuento, “Mitos del futuro próximo”. Si las mitologías clásicas trabajan, dicho mal y pronto, sobre los orígenes, es decir, los puntos de partida de la experiencia humana, entonces el corrimiento de Ballard consiste en la invención de una mitología de los finales. Hace falta pensar, en sus palabras, “las grandes experiencias críticas que se sitúan en el futuro”. La atmósfera de un espacio abandonado, en ese sentido, libera una especie de impulso atávico, que encuentra en el objeto en ruinas una extrañeza que renueva la experiencia. “Mi obra está colmada de escombros de estas mitologías terminales, de piscinas vacías, hoteles abandonados, basura tecnológica, silencio y desierto; no son imágenes del principio, son imágenes de una mitología terminal”, decía Ballard. “Y los finales son también los comienzos de las ulteriores etapas del futuro”.

IV

La persistencia de los barcos encallados y las piletas vacías tiene un anclaje en la biografía de Ballard. Es la infancia en el Distrito Internacional de Shanghái. Es la ocupación japonesa de 1941 y el éxodo de los residentes europeos, que migraban a toda velocidad. Es la ciudad fantasma, poco antes de la llegada de los campos de concentración:

Todas esas piletas sobre las que escribo en mis ficciones estaban ahí. Recuerdo que las piletas de natación secas se contaban por docenas. Solía bajar a la costanera, donde una hilera de bancos, hoteles y casas de comercio daba de frente a la orilla del río. Un día te encontrabas la escena conocida de cargueros y barcos de vapor en sus amarres, y al siguiente toda esa porquería estaba hundida: los japoneses los habían hundido.

Hay un anclaje en la biografía, claro que sí, pero no es lo que me interesa. Porque existe, en la literatura de imaginación, un pasaje de la memoria al signo, una toma de distancia que aísla un elemento de la vivencia —el barco, la pileta— e investiga sus posibles resonancias hasta darle una apertura interpretativa que me parece insoslayable. Los barcos en Ballard no son cargueros hundidos por los japoneses ni barcazas que llevan cadáveres apilados. Las piletas no significan guerra: las de Super-Cannes no dicen lo mismo que las de Noches de cocaína. Y esto es así porque un programa estético las sostiene.

Pintor frustrado que nunca abandonó su intuición visual ni su agudeza compositiva, influenciado profundamente por vanguardias como el surrealismo y el pop art, Ballard fue uno de los primeros en denunciar el agotamiento del merodeo por el espacio exterior de la ciencia ficción clásica y proponer, a cambio, un giro al espacio interior. Del outer space al inner space: ahora interesaba el inconsciente, el sueño, la memoria y la proyección de futuros posibles.

Hay quienes definen lo ballardiano como la adaptación al orden nuevo que instala una catástrofe. En ese marco, los paisajes desolados de Ballard muchas veces riman con la psiquis rota de sus personajes, que están mucho más a gusto en la melancolía tranquila de la chatarra que en la náusea del consumo. Algunas de sus novelas incluso se alargan y se amodorran en la exploración visual de esos mundos donde hay que pagar los platos rotos de la hybris de la civilización. 

Pienso en el cruce entre arquitectura y paisaje, ruina y construcción, vivienda y vestigio. El arquitecto Rem Koolhaas tiene un ensayo sobre la ciudad como centro del consumo, flexible y confortable hasta la náusea, en perpetuo acondicionamiento, siempre renovándose a sí misma en pos de una mayor privatización del espacio público. Koolhaas insiste en llamar a las ciudades contemporáneas espacio chatarra, que vendría a ser “lo que queda después de que la modernización ha cumplido su ciclo o, más precisamente, lo que coagula mientras la modernización está en marcha, una secuela”. 

Las novelas más extremas de Ballard ridiculizan la depravación urbana, mezcla de violencia, pornografía y desafección, con una frialdad en el pulso de la prosa que me hacía acordar al fraseo de Koolhaas, donde la sobrecarga estilística hace lo que el ensayo dice. Noches de cocaína, Super-Cannes, Bienvenidos a Metro-Centre o Furia feroz, todas novelas tardías de Ballard, componen en su conjunto una literatura del espacio chatarra. En Ballard: el tiempo desolado, Pablo Capanna dimensiona el impacto que deben haber tenido en él las transformaciones del mundo que lo rodeaba: “El nuevo paisaje mediterráneo, que se americanizó primero para globalizarse después, fue despojado de cualquier vestigio de historicidad, para convertirse en un continuo homogéneo de no-lugares”. 

Criado entre escombros, instalado después en territorios inestables, Ballard se dedicó a los objetos como un coleccionista desesperado. Entre tanto pesimismo, me pregunto si la mistificación de los escenarios abandonados por el capitalismo, mediante el impulso de la ciencia ficción, no será capaz de erosionar la omnipotencia de la ciudad como callejón sin salida. ¿Le hace agujeros al espacio chatarra? ¿Lo pone en problemas, un barco encallado? ¿Le quiebra la ilusión de paraíso del consumo, una pileta con agua estancada?

¹ En Para una autopsia de la vida cotidiana: conversaciones con J. G. Ballard, Caja Negra, 2015. ² J. G. Ballard entrevistado por Charles Platt en Dream Makers: The Uncommon People Who Write Science Fiction, Berkley Books, 1980. La traducción es mía.

V

Hay algo de una idiosincrasia latinoamericana en la imagen de una pelopincho a medio desinflar en el fondo de un jardín mal podado. Creo que esa es la variante de pileta vacía con la que más conviví en mi infancia y primera adolescencia. Lona azul y PVC reforzado, una variante del conurbano. En esa época yo no nadaba, casi no me metía cuando estaba limpia y rebosante, y prefería mirarla desde la ventana del primer piso o acostarme a leer cerca de ella, como si emanara una especie de frescura que no necesitara del tacto. La pelopincho vacía como espectáculo de la inminencia, a medio camino entre el ser y la nada. La terquedad de un evento inestable que no dejaba de perdurar. A diferencia de una pileta se podía retirar fácilmente, pero todavía en marzo la dejábamos por la siempre renovada promesa del calor. Creo que en parte esa es la inminencia movilizante de las piletas. Algún día el clima va a cambiar, la voy a llenar de agua, me van a enseñar la técnica de crol, voy a ser una persona distinta. La pelopincho vacía es la ruina por excelencia de la clase media urbana en decadencia. Pienso en el Libro de los pasajes de Benjamin, en particular en una cita de Balzac: “Las ruinas de la iglesia y la nobleza, las del feudalismo y la Edad Media, son ruinas sublimes que llenan aún hoy de admiración a los asombrados vencedores; pero las ruinas de la burguesía serán sólo un innoble detritus conformado en cartón piedra, con escayolas y con colorines”.

Creo que estas ruinas de segunda son las que conmovieron a Ballard, y por eso las siento familiares. Son engañosamente parecidas a las ciudades del tercer mundo, hechas de los despojos del tardocapitalismo financiero. Las piletas vacías que recuerdo en general estaban en los patios de familias que en sus mejores épocas aspiraron a formas cada vez más sofisticadas del confort. Vista así, la pileta vacía está cerca de la bicicleta fija oxidada, el control remoto sin pila, el auto de último modelo que había que llevar al mecánico y quedó estacionado en el garage. Toda una categoría de residuo que Ballard agotó en su literatura.

Pienso en Lucrecia Martel. La pileta con agua estancada que abre La ciénaga, la pileta caliente del Hotel Termas que cierra La niña santa. En sus conferencias, Martel compara una pileta con una sala, y a partir de ahí construye una teoría sobre el sonido basada en la idea de la inmersión: “Creo que una sala de cine se parece bastante a una pileta de natación vacía en la que estamos todos metidos. Y a pesar de que no haya agua, estamos inmersos en un fluido, y ese fluido elástico es el aire, que se comporta bastante parecido a como lo hace el agua en la transmisión de sonido”. El verano salteño en sus películas es pegajoso y decadente, y envuelve al espectador en una sensación de inminencia, como si en cualquier momento pudiera sobrevenir la tragedia. La asfixia sensorial del espectador-nadador tiene mucho de ballardiana. ¿No se parecen esas piletas tercermundistas a nuestro propio paisaje interior?

Ahora que se cumplen cuatro años desde que empecé a nadar dos veces por semana, me doy cuenta de que las piletas vacías o estancadas —en el cine, en la literatura y en la vida misma— me producen una forma de exasperación que antes no sentía, tanto potencial desperdiciado en un agujero recubierto de venecitas blancas. Por eso reivindico a los skaters que inventaron las pistas ocupando piletas californianas, los obreros que almuerzan sentados en el fondo durante las refacciones de casas, los nenes que las usan de potrero y los adolescentes que se recuestan juntos en la parte de las escalinatas, tímidos y excitados bajo el sol.

VI

El barco encallado es un caso aparte. En La exhibición de atrocidades, acaso su novela más experimental, Ballard piensa compulsivamente en los objetos abandonados. Lo que escribe sobre unos búnkeres nazis en la Muralla del Atlántico bien valdría para los barcos:

ejemplifican una arquitectura críptica, en la cual la forma ya no revela la función. Parecen contener los códigos de algún proceso mental misterioso. En la playa de Utah, el tramo más desolado de la costa de Normandía, proyectan su mirada por encima de la arena bañada por las olas, más antiguos que el planeta.

A diferencia de una pileta, techada o protegida por los bordes de la propiedad privada, un barco encallado se desdibuja. ¿Hace falta aclarar lo expuesto que está a la erosión? Es una ruina que se sustrae al ritmo de las tormentas de mar: merma con una pulsión de anonimato que al tiempo lo vuelve irreconocible. Es un alegato contra la mismidad. Admiro cómo perdura en la desposesión, harto de cualquier rasgo identitario, pero flexible lo suficiente como para garantizarse la subsistencia. El barco encallado practica el Tao: lo blando tiende a la vida, lo duro tiende a la muerte. 

Hace poco me prestaron un libro de barcos encallados en la costa argentina. Se llama La fantasía del naufragio y lo escribió Adriana Pisani. Tiene algunos naufragios encantadores, pero su mayor atractivo son las fotos de barcos. Algunos parecen la dentadura fosilizada de un animal extinto. A otros le quedan solo unos tablones semienterrados. A veces la figura se resume en mástiles y cuadernas, apenas sobresaliendo en la arena. Hay uno muy hermoso en Aguas Verdes que solo reconocería un experto, un obsesivo o un lugareño: como esas líneas punteadas que si se unen forman una silueta, consiste en una serie de muñones de madera clavados a intervalos regulares que, vistos desde lejos, forman un semicírculo, único indicio de su majestuoso pasado de proa. Le dicen el “barco de la galleta”, pero no entendí muy bien por qué.

³ Lucrecia Martel, “Una pileta de natación vacía”, conferencia impartida en Casa de América y recuperada en Un destino común. Intervenciones públicas y conversaciones, editado por Caja Negra en 2025.

VII

Es en La sequía donde Ballard se obsesiona más a fondo con la imagen del barco encallado. La primera oración del libro describe a un chico viviendo “en una barca decrépita a la entrada de la ensenada de yates”, y durante el capítulo el narrador asimila “las barrancas fangosas, cubiertas de cuerpos de aves y peces” con “las costas de un sueño”. En un mundo sin agua, los personajes se mudan a los barcos, y persiguen lenta pero sostenidamente cualquier resquicio que les permita alguna subsistencia. 

Lo hermoso del libro es cómo la catástrofe significa cosas distintas según quién la observe: todos interpretan “los cambios del paisaje de acuerdo con sus propias fantasías”, y crean “un mundo propio con las escorias y desechos del siglo veinte”. De hecho la explicación científica del evento extraño llega bastante avanzada la novela, como para no clausurar los impulsos de la ensoñación. Para esto, Ballard apela al imaginario de la mitología, en un roce productivo entre héroes trágicos y figuras de la literatura universal. Compara a Lomax con Mefistófeles, a Philip con Ulises, a Miranda con Ofelia y a un buque encallado con Leviatán. De nuevo, la mística del desecho: una mitología terminal. 

Acá el tiempo también está alterado. Lo que se perdió con la catástrofe no es el futuro, sino el pasado, y el ritmo narrativo es cada vez más parecido al desierto. Si el mundo está en suspenso, la acción está en suspenso. Resulta que el límite entre la mente y el mundo no está tan claro, y las personas son tanto “restos de ellas mismas” como el río vaciado. El inner space lo confunde todo. 

Dañados, entumecidos, desconcertados, los personajes de Ballard somatizan la hecatombe y se funden con ella a ver qué pasa. Del barco hundido hacen una casa. De la pileta seca, una máquina del tiempo. Vuelvo a Benjamin porque en su defensa del surrealismo, vanguardia estética tan cara a Ballard, pedía poner las fuerzas de la ebriedad al servicio de la revolución. Ballard, mucho menos radicalizado políticamente, ciertamente puso las piletas y los barcos al servicio de la imaginación; y, sin ser religioso, clamó por la invención de una mitología del porvenir, porque, en sus palabras, “las revoluciones en la sensibilidad estética quizá sean la única vía que conduzca a un cambio radical en el futuro”. 

Yo leo a Ballard desde Argentina y lo que leo es un despliegue de paisajes psíquicos no demasiado lejanos a los nuestros. Puede que en ellos no haya esperanza, puede que se alejen de la cordura a la velocidad de la luz, pero no dejan de extender puntos de fuga sobre la omnipotencia del mercado, sismos donde los cuerpos se desregulan y proponen respuestas vitales. Hacen desde el escombro, no buscan superarlo. No llenan la pileta. No restauran el barco. Esa es su potencia subversiva. En una época de policrisis, desconcierto político y catástrofes de todos los órdenes posibles, intuyo que tal vez sea hora de abrir los sentidos al ensueño, entrenar la sensibilidad estética y permitir que las ruinas del capital nos miren directamente a los ojos.

*

En abril de 2025, un jurado conformado por Hernán López Winne, Vicente Armendáriz, María Lucrecia Labarthe y Sylvia Nogueira seleccionó “Una mitología terminal. Los escombros de J. G. Ballard” como ganador del premio de Ensayo del Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA).