Artificios
Un nuevo día en el planeta Tierra*
Por I Acevedo
06/12/20
Eran las siete de la tarde del domingo 29 de marzo del año 2020 en la ciudad de Buenos Aires, en la república Argentina, localizada en el extremo sur del Continente Americano, al lado oeste del planeta Tierra. Era el fin de un caluroso día de otoño. Hacían 27.2 grados, lo cual era mucho para la hora del día en que se pone el Sol, estrella alrededor de la cual giran los planetas del Sistema Solar en esa galaxia llamada Vía Láctea.
Poco a poco, la temperatura descendía a lo largo de la superficie terrestre. La fina brisa del Río de la Plata se derramaba de este a oeste y entraba por la ventana de un departamento situado en el barrio del Microcentro, muy cerca del Senado de la Nación y de la Casa de Gobierno, que a esas horas del domingo permanecía totalmente vacía, a excepción de algunxs guardias.
El departamento en cuestión era el lugar donde vivían Ismael y su hijo, Gregory, de seis años recién cumplidos. Y el tiempo en que ocurrió esta historia fue el primer mes de la Cuarentena, el prolongado aislamiento social impuesto por el gobierno con el fin de evitar un contagio masivo debido a una pandemia provocada por un virus de neumonía.
La luz del sol se había retirado de la sala dejando el rostro del pequeño Gregory iluminado solo por la luz de la consola manual de los videojuegos. Estaba sentado en el sofá del living. Estaba recién bañado y se había perfumado el pelo castaño claro, y se había peinado prolijamente por su cuenta, aunque solo se había puesto la remera y le faltaban los calzoncillos. Ismael lo miró con ternura. Le recordaba a Luke, de La Guerra de las Galaxias, saga que estaban mirando desde hacía trece días, noche a noche. Ismael prendió la computadora, abrió una lata de cerveza y se sentó en su escritorio, de espaldas a su hijo. Tenía trabajo para hacer, y no había demasiado tiempo.
–Me pondré los auriculares. Voy a escuchar música un rato para aislarme–le anunció a su hijo–. Ponete los calzoncillos, Greg.
–No –respondió el niño, sin prestarle atención.
–Ponete los calzoncillos ahora. No me des más trabajo del que ya tengo, por favor–respondió Ismael severamente.
El niño caminó hasta su cuarto de mal humor, y el enojo rápidamente se volvió miedo, porque la casa se había vuelto oscura. Intentando dominar su miedo, quiso prender la luz del pasillo para llegar a su cuarto, pero no tuvo valor, así que se quedó en silencio un rato cerca del pasillo y esperó que su padre se distrajera. Luego, volvió al sillón donde estaba antes, y comprobó que, efectivamente, su padre ya estaba con los auriculares puestos escribiendo en la computadora y no se había dado cuenta de que él no lo había obedecido y seguía sin calzoncillos. Con escenas así transcurría la vida en los días de Cuarentena para Gregory y su padre. El padre le daba órdenes; Gregory cumplía solo algunas, a regañadientes; Gregory, por su parte, pedía jugar a los videojuegos y solo a veces su padre aceptaba, también a regañadientes, dejándolo jugar solamente cuando a él le tocaba trabajar en la computadora y precisaba concentrarse. Un balance de auriculares se iba desplegando a lo largo del día entre el padre y el hijo, un rato con auriculares cada uno, otro rato aguantando el barullo mutuo. Luego, el padre jugaba videojuegos con su hijo un rato. Luego, bailaban con canciones y saltaban en los muebles para hacer ejercicio. Luego, un poco antes de la noche, alguna tarea escolar. Luego, el baño; luego el insecticida en cada ambiente para evitar el dengue; luego la comida, viendo Star Wars. Luego, algún caramelo, algún flan, con suerte. Luego, el niño se dormía y el padre lo dejaba en la cama bañado en repelente de insectos. Con el niño dormían lxs dos gatxs, inseparables. Entonces el padre abría la segunda lata de cerveza y volvía a instalarse en la computadora.
Pero todavía eran las siete. Y esa noche, Ismael tenía un trabajo importante qué hacer. Del resultado de ese trabajo, se decidiría si rompería o no la cuarentena, luego de tres semanas de un encierro solo interrumpido para ir de compras. También decidiría si volverse un espía o abandonar para siempre su misión.
Ismael había tenido tres semanas difíciles intentando combinar su trabajo en una editorial con su intensa actividad como informante de la Defensoría de los Derechos Humanos de las Personas, y también las tareas domésticas y de cuidado de su hijo, que, durante la cuarentena, debido a sus condiciones respiratorias, requería aislamiento estricto. Ismael detestaba la figura del padre que puede solo con todo, porque nada le parecía más erróneo que creer que una persona puede sola con todo, sin embargo no le había quedado más remedio que seguir adelante con todo, y ese error le estaba costando mucho esfuerzo. Además, Ismael no era de piedra, y poco antes de la cuarentena había comenzado una relación a distancia con una hermosa terrícola, una relación construida a base de chats, fotos y videos. Por lo tanto, la naturaleza de sus noches era más que compleja. Y si decidía volverse espía full time, seguramente querría despedirse de ella antes de pasar a la clandestinidad.
Todos los días, Ismael trabajaba de manera voluntaria en la lectura y decodificación procesos judiciales de violaciones a los derechos de las personas en la Defensoría de los Derechos Humanos que dependía de la Administración Nacional de Justicia, en un proyecto internacional que todavía se mantenía en desarrollo. Su identidad como informante era secreta, ya que la información decodificada afectaba poderes económicos que, de saber su labor, podrían intentar detenerla. El fruto de sus investigaciones eran reportes clasificados que completaban los llamado ficheros: historiales de jueces y fiscales cuyo accionar irregular en causas de denuncias a los derechos humanos era reportado a un documento internacional de malas praxis judiciales que sería usado para la creación de un protocolo internacional de seguridad judicial para los derechos humanos de las personas. Durante tres años ya, casi todas las noches, Ismael había entrado en ese documento compartido y había elaborado, mediante un software inteligente, la información de cientos de denuncias formales e informales que ocurrían diariamente a lo largo y a lo ancho del territorio. El resultado eran lugares, fechas y nombres de jueces y fiscales que se sumaban a una red de accionares violatorios, corruptos y fraudulentos que ocurrían por motivos ideológicos, políticos, y por supuesto, económicos, en todo el mundo y de los que el sistema judicial de su país muchas veces era cómplice: un relato.
Ese día, Ismael se encontraba en el delicado momento de decidir si quería y podía ser espía. En el fondo, ya sabía que luego de la Cuarentena, los atributos de su identidad ya no serían los mismos. Hacía dos días había sufrido el intento de robo de sus cuadernos. Esos cuadernos contenían información clasificada que aún no cumplía las condiciones necesarias para ser registrada en los llamados ficheros, los reportes que estaban en los documentos compartidos con los que Ismael trabajaba diariamente. Ismael, por ser una de las personas con menos visibilidad en la zona, era el encargado de guardar esos cuadernos. Pero hacía dos días se había confirmado que su casa ya no era segura.
Ismael y su hijo habían vuelto de las compras y habían sorprendido a un hombre intentando robar los cuadernos. Esa persona estaba, de hecho, guardándolos en su mochila, en el medio de su propia habitación. Al verlos, el hombre huyó, y sin saber por qué lo hacía, Ismael lo persiguió, con tanta energía y tanta fuerza que logró detenerlo, justo cuando el hombre llegó a la calle. Era un hombre de alrededor de treinta y cinco años. Pudo sentir el perfume de su desodorante y hasta el perfume de su ropa limpia. También pudo sentir algún olor relacionado con condimentos en su ropa. La idea de que ese ladrón de documentos tenía ropa recién lavada, usaba desodorante y cocinaba comida, lo sorprendió. Lo derribó, y tironeó de su bolso y se lo sacó. El tipo, decidido a soltarse, le pegó un golpe en el estómago. Fue todo rápido, y por suerte su hijo había quedado del lado de adentro de la puerta, sin llegar a ver lo que había pasado. Entonces un policía se acercó corriendo desde la esquina e intentó detener el enfrentamiento, y una moto apareció de la nada, y el hombre se zafó, se subió a la moto y desapareció. Cuando se incorporó, Ismael se abrazó al bolso de ese hombre, y fue como si se quemara con fuego el pecho.
A instancias del policía, y por no ofrecer demasiada resistencia, Ismael había tenido que dar testimonio del intento de robo, y para eso, esa noche debía redactar un escrito de lo sucedido, y debía enviarlo por correo electrónico a un juzgado al día siguiente, para poder refrendarlo en persona cuando terminara la cuarentena. Eran las siete de la tarde, e Ismael estaba creando ese documento en blanco para escribir su testimonio. Aunque no la veía, sabía que la luna había empezado a brillar del otro lado de la ventana.
Ismael comprendió que estaba solo en ese documento. Entendió que, a diferencia de lo que le pasaba cada día cuando trabajaba en los documentos compartidos, estaba vez estaba escribiendo en un documento que no compartiría con nadie más. Sin embargo, ambos documentos tenían algo en común: la violación de un derecho. Pensó en al menos, tres instancias donde el incumplimiento de la ley, la ilegalidad y el crimen se habían cruzado en su camino durante esa cuarentena. La falta de respeto a la reciente ley laboral por parte de sus jefes, les dueñes de la editorial que trabajaba, que se había negado a atender el Decreto de Necesidad y Urgencia que dictaba el posible pedido de licencia por parte de las personas a cargo de niñes para que pudieran ausentarse de sus compromisos laborales durante la cuarentena con el fin de poder dedicarse al cuidado de sus hijes. La prohibición de ingresar a un supermercado de que había sido objeto junto con su hijo, por parte del guardia de la cadena de supermercados, recibiendo como información la única razón de que “por seguridad, les niñes no tenían permitido el ingreso al local”. Por último, las brutales agresiones que había sufrido una vecina por parte de su pareja, y que habían terminado en un llamado de Ismael al 911 en la madrugada del 24 de marzo. Todas violencias más o menos graves contra los derechos básicos de las personas que él había contemplado cada día, en persona, mientras por la noche, en ese documento compartido veía muchas más violencias, a las que había llegado a habituarse. La bronca ante sus jefes, la bronca ante el guardia y el supermercado que pretendía impedir su paso, la bronca ante ese vecino, y el temor, lo habían puesto en un estado de mal humor que sumado al encierro generaban un caldo de cultivo que hacía difícil concentrarse y siquiera pensar. ¿Cómo narrar ese intento de robo sin que algo de esto se filtrara?, se preguntó. Ese intento de robo no importaba. Lo que contaría, en ese testimonio que se había visto obligado a escribir, no era nada. Y sin embargo, debía escribirlo. Describir a ese hombre, y dar algún tipo de información sobre lo ocurrido. Como si no supiera lo que había detrás de ese intento de robo. Como si no supiera que, por una clara razón, ese hombre había dejado que él supiera, en persona, cara a cara y cuerpo a cuerpo, que él había llegado hasta su propio cuarto, donde él dormía, donde él amaba, para robarle material confidencial. Como si no supiera que una persona entrenada para tal caso, una persona que se deja atrapar como se había dejado atrapar ese ladrón, sin duda había recibido instrucciones específicas de mostrarse en el momento mismo del hurto. Y así, desafiar su reacción.
Debo atenerme a las coordenadas del espacio tiempo, pensó. La hora, y el lugar. La persona. La acción.
Pero mientras miraba el teclado, y miraba la luna de reojo, mientras escuchaba los apagados ruidos de los videojuegos de Gregory atrás de su silla, sus manos no lograban accionar una sola tecla.
En aquellos días de cuarentena, completos como abejas en un panal, de un sinfín de tareas domésticas, había aprendido muchas cosas. Pero una de las lecciones que más satisfacción le habían hecho sentir era la de la filosofía del trapo de piso. Este conocimiento apareció un día de calor muy húmedo, y muy pesado, un día de calor insoportable en que trabajar a las tres de la tarde con su hijo pidiéndole bajarse videojuegos le había parecido todo un desafío. En la cocina, los gatos volcaron el agua, hartos de tener hambre. Al lado de la bacha, su hijo, en plan de lavado de platos, había chorreado agua por el suelo. Además, él había intentado entretenerlo con alguna tarea de limpieza, y el resultado había sido un tercer factor de inundación mugrienta, esta vez, proveniente de la puerta de la cocina, que contenía un chorro de agua mezclado con aceite y producto de limpieza que se venía a unir con los otros dos charcos, formando una inmundicia que era mezcla de agua, detergente, burbujas sucias y restos de comida de gato, cuando no, de virus. El contacto con el agua era algo que a Ismael lo afectaba muy negativamente. Pero lejos de perder la paciencia, fue al lavadero en busca de un trapo de piso seco, y lo aplicó en el charco asqueroso, aunque sin poder enjuagarlo, porque la bacha estaba llena de vajilla del desayuno y el almuerzo que estaba sucia aún, y lo estaría hasta el día siguiente. Ismael dejó ese trapo que fue absorbiendo agua, y con el correr del día siguió acercándose a la bacha a seguir dejando platos y cubiertos que se iban ensuciando con la merienda y la cena. Cada vez que se alejaba de la bacha, notaba en el piso el trapo húmedo, y notaba que sus pies se mojaban en el contacto con el trapo, y al mojarse, humedecían el piso de la cocina. Varias veces pasó esto, hasta que, resignado, levantó el trapo de piso y lo enjuagó en el baño y lo retiró de la cocina. Así, sin la presión del trapo, la parte húmeda del piso pudo por fin secarse. Entonces Ismael comprendió que, lo que al principio había sido una solución, pues remediaba el primer problema (el trapo de piso absorbía el agua), en una segunda instancia había sido un problema, pues al retener el agua en su densa trama, el trapo no permitía que el suelo se secara, reproduciendo así, aunque en menor medida, el problema basal que transportaba el agua: su pegajosa humedad. Es necesario entonces, pensó, tener en cuenta que a veces no hay una sola solución a una cosa, y es preciso, muchas veces, dar seguimiento a los problemas, no en búsqueda de contemplar que una solución posible se haya aplicado sino en la búsqueda de que el problema principal se haya resuelto. Y eso implica, en algunos casos muy especiales, que la primera solución deba ser modificada a poco de ser implementada, para ser reemplazada por una nueva. Una primera solución paliativa no siempre implicará la resolución del problema. Al pensar esto, recordó entonces otro refrán que le era muy familiar: “lo atamos con alambre”. Un refrán muy gráfico que enseñaba que solucionar algo temporariamente no siempre implicaba la mejor de las soluciones. Al contrario, hasta podría ser desatinada en tanto no dejaba el estado de las cosas no tan seguro como había sido el comienzo.
¿Qué significa todo esto para mí?, se preguntó. Y al mover su pie, en un gesto de impaciencia, la suela de su pantufla zapatilla hizo un ruido de pegamento, pues tanto las cintas adhesivas con que pegaba su teléfono para sacarse nudes y compartirlas con su cuarenchica como las cintas adhesivas que Gregory había pegado por toda la casa en un intento de emular las trampas de Mi pobre angelito se habían quedado adheridas a la superficie del piso, incluso, hasta abajo del escritorio.
Miró la hora. Eran ya las ocho, y lo único que había hecho hasta el momento era entretenerse en pensamientos.
El mensaje era claro. Su tarea había sido descubierta y ahora debía tomar una decisión. O dejar de ser un simple colaborador y convertirse en un espía, en cuyo caso viajaría a China para recibir el entrenamiento necesario, o abandonar su misión para siempre.
Ismael sabía desde hacía un tiempo que había cámaras y micrófonos rodeando su casa, que sus movimientos eran vigilados y sus conversaciones telefónicas eran grabadas y que muy posiblemente sus correos electrónicos eran leídos. ¿Por quiénes? Por poderes transnacionales, poderes del narcotráfico y la trata de personas. Pero instruido en estos temas, y sabiendo que los documentos compartidos en que trabajaba eran documentos de máxima seguridad, no había hecho nada, no había generado ningún cambio en sus rutinas, que de hecho, eran las de una persona común, y lo había dejado pasar. Lo que no había esperado de ninguna manera, era que alguien intentara entrar en su casa y robar sus cuadernos. Y menos aún durante la cuarentena. El mensaje era claro. Ellxs sabían de su trabajo como analista informante.
Por primera vez, Ismael se preguntó acerca de la estrecha relación entre su vida y la de su hijo. Amaba a su hijo y le había enseñado que lo más valioso que podía tener una persona era su conciencia social. Pero se preguntaba seriamente si, en el caso de que él muriera a causa de su compromiso con la justicia, su hijo al crecer sería capaz de comprender que su muerte, aunque injusta, inevitable y lamentable, había ocurrido por el mismo motivo que su lucha en vida. Se preguntaba si su muerte, a causa del trauma que podría generar en su hijo, no podría devaluar la estricta educación basada en la justicia social que le había dado.
Ser espía implicaba aceptar una residencia de escritura en China, (la coartada común de muchxs espías a lo largo y a lo ancho del mundo: ONGs, caridad, actividades de arte y curaduría de arte); recibir un entrenamiento en técnicas de espionaje que duraría tres años, y luego desaparecer de la escena pública durante cinco años más en algún país remoto hasta volver a entrar en acción, esta vez, con otro nombre… Estaba descontado que, de tomar esa decisión debería decirle adiós a su cuarenchica.
En busca de una simple evasión, imaginó cómo sería el libro que podría escribir estando en China, país en el cual, vaya paradoja, pensó con una carcajada, había comenzado el virus que hoy les mantenía en cuarentena, país en el cual, con el correr del tiempo, el virus se había retirado, lo cual le permitiría viajar, pues nada es para siempre. Entonces sin pensarlo, escribió:
Vivir en peligro nunca había sido mi costumbre, pero aquella tarde algo en mi vida cambió, y me vi metido de lleno, en alma, corazón y cuerpo en la creación de un plan conspirativo que incluía el derrumbe de lxs enemigxs del gobierno. ¿El objetivo a corto plazo? Obtener información. La herramienta: la seducción. ¿El objetivo a largo plazo? Escribir un libro, revelar una trama secreta. Dar el batacazo, ¿por qué no?
Y al escribir la palabra “batacazo”, inspirada en Artl, lanzó una carcajada. Últimamente todo le daba una risa que a veces rayaba la locura.
–Papá, ¿de qué te reís?
–De lo que estoy escribiendo, Greg.
-¿Papá, esa estrella, Venus, significa que ya termina el día? –preguntó Gregory.
–Sí, hijo. Ya termina el día de este lado de la Tierra. Pero antes de que llegue mañana, romperemos la cuarentena, Greg. Iremos a dormir a lo de mi amiga.
–¿Nos vamos a quedar a dormir? –preguntó el niño, entusiasmado.
–Sí. ¡Vamos! Llevemos algo de ropa para cambiarnos. Mañana nos espera un nuevo día en el planeta Tierra.
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I Acevedo nació en Tandil el 9 de abril de 1983. Vive en Buenos Aires. Publicó los libros de cuentos Trilogía canina (los-proyectos, 2015), Jajaja (Mansalva, 2017) y Late un corazón (Rosa Iceberg, 2019); las novelas Una idea genial (Mansalva, 2010, La Libre-La Flor Azul, 2020) y Quedate conmigo (Editorial Marciana, 2017) y el ensayo Horas robadas al sueño (Eloísa Cartonera, 2018). Trabaja como editor y profesor de español y literatura.
*Publicado durante abril en Cuirentena, editorial Puntos Suspensivos: escrituras escurridizas para la liberación de los cuerpos en cuarentena. PDF de descarga libre aquí. Queerentena
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