Urbe

Terraplanistas vs CEOs

Terraplanistas, antivacunas, negadores del cambio climático: solemos explicarlos como patologías sociales o ignorancia. Pero ¿y si el verdadero problema está en las grietas del propio sistema científico? A partir de Bugonia, la nueva película de Yorgos Lanthimos, este ensayo explora cómo la crisis de reproducibilidad, las patentes farmacéuticas y los algoritmos de las redes construyen el caldo de cultivo perfecto para la conspiranoia.

Por Emilio Méndez
19 de marzo de 2026

Terraplanistas, antivacunas, negadores del cambio climático, detractores del 5G, o promotores de terapias milagrosas que ‘los poderosos no quieren que sepas’. Todos estos grupos que irrumpieron en la agenda de debates en los últimos años tienen un punto en común: de una forma u otra ponen en cuestión la autoridad de las instituciones científicas vigentes. En la mayoría de los casos, el resto de la opinión pública se contenta con explicar estas actitudes como patologías sociópatas o simplemente como consecuencias del deseo de sentirse importante. Pocas veces se hace foco en cómo las falencias del sistema científico pueden actuar como caldo de cultivo para estas teorías conspirativas. 

En la recientemente estrenada película Bugonia, del director griego Yorgos Lanthimos y remake de la película coreana Save the Green Planet, seguimos la historia de dos trabajadores rurales que, al notar una baja en la reproducción de las abejas, elaboran una compleja teoría conspirativa según la cual una raza alienígena infiltrada entre la humanidad es la responsable de la decadencia del planeta Tierra. Como no piensan quedarse de brazos cruzados ante semejante amenaza, deciden tomar cartas en el asunto y secuestrar a una mujer que consideran extraterrestre (Emma Stone) para torturarla hasta que confiese el paradero la nave nodriza y así salvar a la humanidad. 

Hasta este punto podemos encuadrar este comportamiento como propio de un delirante sobregirado con programas de History Channel. Sin embargo, a medida que la película avanza nos damos cuenta de que Stone no es una persona cualquiera, sino que se trata de la CEO de una mega-empresa de medicina y biotecnología llamada Auxolith. Además, producto de una mala praxis, Auxolith fue responsable de que la madre de uno de los secuestradores quede hospitalizada de por vida. Entonces aparece la pregunta central: ¿Hasta qué punto no fue el propio sistema médico, con su falta de empatía y resultados, el responsable del surgimiento de este par de chiflados? 

Clérigos del siglo XXI 

Poniéndonos en abogados del diablo, lo primero que debemos cuestionarnos para ahondar en este fenómeno es ¿Por qué creemos en lo que dice la ciencia? Vemos a un médico, un científico o -más polémico- un economista, soltando factos en la televisión y automáticamente dejamos de comer papas fritas, cambiamos el celular, o pasamos a ahorrar en pesos. La primera respuesta podría ser ‘porque la ciencia basa sus resultados en evidencia corroborable’, pero la realidad es que la mayoría de nosotros no disponemos de las herramientas ni del tiempo necesarios para estudiar las publicaciones científicas que originaron estos conocimientos. No podemos ver con nuestros propios ojos que la tierra no es plana, o que un medicamento cura una enfermedad. 

La otra gran razón para creer en la palabra de los expertos es que estudiaron para tener una palabra acreditada sobre un determinado tema. Entonces no se trata de que los resultados sean corroborables, si no de la confianza en las instituciones académicas que generan esos resultados. Cabe preguntarse entonces qué diferencia hay entre la palabra de un científico en el siglo XXI y la de un clérigo en el medioevo cuya autoridad viene dada por una institución eclesiástica. Ambos saben más que nosotros sobre un tema porque se supone que lo estudiaron y están validados por sus respectivas instituciones, y en ninguno de los dos casos podemos corroborar por nuestra cuenta si lo que dicen es verdadero. 

Papá, me llevé Angelología a Marzo 

En el programa radial La Venganza Será Terrible, Alejandro Dolina dedica un episodio a la ‘Angelología’, la disciplina que estudia el comportamiento y la fisonomía de los ángeles. Es notable ver como en la edad media, los teólogos entablaban apasionadas discusiones sobre la cantidad de alas, la calidad de las plumas, y las complejas jerarquías de estos seres celestes, con el mismo nivel de abstracción con el que pueden discurrir los físicos de partículas sobre la teoría de cuerdas. 

Como ya describió Kuhn, en el fondo se trata de qué paradigma es capaz de convencer a la mayoría de que representa la mejor forma de entender e interpretar la realidad. En esta línea Dolina aporta un dato revelador: el arcángel Miguel, protector máximo del pueblo cristiano, fue diseñado a imagen y semejanza del dios griego Hermes, con el motivo de penetrar en las creencias de los pueblos paganos que seguían adorando a este tipo de deidades. Queda claro que no alcanza con ofrecer una explicación del mundo, si no que también hay que inculcarla, ya sea mediante el sincretismo religioso de Hermes, o mediante la violencia de las cruzadas. Lo que Nietzsche llamaría voluntad de poder. 

Como dijimos, el paradigma científico tiene un as de espadas que hasta ahora le sirvió para erigirse como la forma más aceptada de interpretar el mundo: a diferencia los postulados teológicos, los conocimientos científicos se supone que están validados por un sistema de control entre pares independientes, que garantizan que los mismos sean reproducibles y estén basados en evidencia empírica. Pero ¿es esta aparente objetividad tan cierta?

La crisis de reproducibilidad 

Comencemos por analizar un fenómeno que comenzó a vislumbrarse en la década del 2010, conocido como crisis de reproducibilidad. Se refiere a que muchos resultados científicos que se daban por ciertos presentaban serias dificultades de ser reproducidos por investigadores independientes, poniendo en jaque al conjunto de publicaciones posteriores que se basaban en la veracidad de estos resultados previos. Si bien el foco estuvo puesto inicialmente en la psicología y las ciencias sociales, también se descubrió que gran número de publicaciones de medicina contenían resultados irreproducibles, sobre todo cuando se trataba de pruebas masivas cuyas condiciones originales son muy difíciles de emular. Incluso las ciencias llamadas ‘duras’ fueron blanco de polémicas al respecto. A modo de ejemplo, diversos grupos de investigación publicaron resultados que anunciaban el descubrimiento de un material con propiedades de superconductor a temperatura ambiente, lo que representaría una revolución tecnológica de gran magnitud. Finalmente, cada uno de ellos fue cuestionado por la imposibilidad de ser reproducidos. Es que dada la exigencia que pesa sobre los investigadores por generar nuevos resultados, nadie en su sano juicio dedicaría tiempo y recursos en verificar resultados anteriores. Aquí llegamos al problema de la revisión de artículos: Dado que los revisores de los artículos son otros investigadores que además de hacer su trabajo gratis deben producir sus propios resultados, el proceso de revisión resulta a veces defectuoso, contribuyendo a la mencionada crisis de reproducibilidad.

Uno de los ejemplos más famosos, que derivó en el surgimiento de varias teorías complotistas, es el caso de Andrew Wakefield, quien publicó en el año 1998 una investigación que vinculaba la aplicación de una vacuna con el desarrollo de autismo. El artículo fue publicado en la revista The Lancet, una de las más prestigiosas en materia de medicina, y pasó todas las instancias de revisión de pares pese a haber utilizado datos manipulados. El artículo recién fue retirado en el año 2010, tras descubrirse además que Wakefield había complotado con abogados para iniciar una campaña de juicios por dinero. En el medio, millones de personas comenzaron a poner en duda la vacunación de sus propios hijos, desatando un verdadero desafío a los sistemas de salud nacionales de todo el mundo. Queda entonces claro que el sistema científico fue un responsable mayor en la proliferación de los antivacunas. Sin embargo es importante aclarar que la responsabilidad aquí es sistémica y no recae únicamente en los científicos que, salvando excepciones como las de Wakefield, se desempeñan con responsabilidad. 

Bad Pharma 

Si hasta ahora nos enfocamos principalmente en las instituciones de ciencia públicas, las cosas son aún más oscuras en el ámbito de la investigación privada. Dado que aquí los desarrollos tienen fines de lucro, se protegen todos los hallazgos mediante patentes, que impiden a otros la comercialización de productos basados en los resultados de dichas investigaciones. Seguramente los ejemplos más polémicos al respecto provienen nuevamente del campo de la medicina. 

Todos fuimos testigos en primera persona de lo que sucedió con las vacunas en la pandemia del COVID-19: pese a tratarse literalmente de una cuestión de vida o muerte para millones de personas, además de mantener a buena parte de la economía global paralizada, los laboratorios farmacéuticos se negaron a abrir las patentes para que las vacunas pudieran producirse en cualquier lugar del mundo. Seguramente la CEO de Bugonia habría estado ahí para defender a capa y espada a Pfizer y otras farmacéuticas contra los Estados que pretendían usufructuar la inversión privada. 

Casos similares se dan con el desarrollo de medicamentos de todo tipo, incluyendo los que se usan en terapias contra enfermedades terminales. Entonces no es de extrañar que haya gente que comience a pensar que a estas empresas en realidad les conviene que la gente se enferme para vender más medicinas. De ahí a pensar, como los protagonistas de Bugonia, que las farmacéuticas son las responsables de la proliferación de enfermedades hay un sólo paso. 

La mercantilización del conocimiento profundiza la distancia entre la comunidad científica y la sociedad civil, generando nuevos caldos de cultivo para las teorías conspirativas. 

Revistas científicas: Los dueños del circo 

No deberíamos sorprendernos de la desconexión que existe entre el ámbito académico y el resto de la sociedad civil, si de hecho la gran mayoría de las publicaciones científicas no son accesibles al gran público. Esto es así porque la edición de los resultados en formato revista está a cargo de empresas privadas como Elsevier, Springer o Wiley, cuyo negocio se basa en suscripciones, que en casi todos los casos pagan las instituciones públicas. Entonces el sector público financia el desarrollo científico, pero los derechos de autor sobre los textos finales quedan en manos de privados, que cobran a otros actores del sector público por el acceso. En esta cadena tanto los investigadores que publican como los encargados de revisar la solidez de los resultados no cobran un peso, y es la empresa la única que se lleva las ganancias finales: un negocio redondo. 

Es cierto que existen iniciativas -ilegales- que permiten acceder gratuitamente a trabajos científicos, pero no dejan de estar asediadas por las grandes editoriales para que dejen de funcionar. El caso paradigmático es el sitio web sci-hub, que fue concebido por la kazaja Alexandra Elbakyan como forma de sortear las trabas de acceso a información científica. El proyecto terminó con gigantescas demandas en Estados Unidos por parte del grupo Elsevier, lo que ocasionó que el sitio dejara de subir nuevo material a partir del año 2022. Actualmente la biblioteca online Anna’s Archive ocupó el lugar que dejó sci-hub, aunque con resultados no siempre satisfactorios. 

Diablos, esa democratización sí que no salió como esperábamos 

Está claro que el fenómeno anti-ciencia no es nuevo y data desde el momento mismo en que el paradigma científico se impuso sobre el paradigma religioso, recordemos por ejemplo los debates entre creacionistas y evolucionistas parodiados en Los Simpson. Sin embargo, estos movimientos tomaron otra magnitud a partir del surgimiento de las redes sociales. Los que pensaron que la llegada de internet provocaría una democratización de la palabra nunca antes vista, se horrorizaron al ver que cuando el micrófono se posaba sobre los actores que nunca tuvieron voz, lo que brotaba era el pensamiento más rancio de la sociedad. Aquí volvemos a vestirnos de abogados del diablo y nos preguntamos: ¿Es que las redes sociales difunden concienzudamente discursos anti-científicos para embrutecer a la sociedad? ¿O es que esas corrientes de pensamiento surgen espontáneamente y el algoritmo no hace más que difundirlas como lo haría con cualquier otro contenido? Si elijo la primera opción, ¿no estoy alimentando también una teoría conspirativa? Se está complicando. 

La respuesta no podemos saberla porque los algoritmos que deciden lo que se muestra en las redes sociales no son de código abierto y pertenecen a empresas privadas como Meta o X. Nuevamente la mercantilización del conocimiento. Lo que es seguro es que el algoritmo no necesita ser programado de manera maliciosa para fomentar contenido que podríamos llamar Alt-right o de nuevas derechas. Alcanza con amplificar todo mensaje que genere un mayor engagement, es decir atención, que es la unidad de valor en el reino de las redes sociales. Está comprobado que cuanto más polémico sea un discurso, más atención va a generar, ya sea por la curiosidad de ver de qué se trata, como por la adhesión o rechazo visceral que produce. La trampa de la democratización de la palabra en internet es que por más que haya libertad de expresión, el nivel de difusión de cada mensaje está determinado por leyes del mercado: el problema no son los contenidos, es el algoritmo. 

Volviendo a la voluntad que necesita un paradigma para imponerse sobre otros: Si el paradigma religioso medieval se sustentaba en el poder de la iglesia, mientras que el paradigma científico se basó en la autoridad de las instituciones de los Estados-Nación, que como consecuencia del desarrollo capitalista necesitaba de avances técnicos y una población más instruida, entonces cabe preguntarse: en el modelo productivo actual, en el que cada vez se automatizan más las tareas y los Estados pierden terreno frente a las compañías privadas, ¿qué institución se pone la camiseta de la defensa del paradigma científico frente a la proliferación del pensamiento esotérico?

Así las cosas, parece que estamos atrapados entre los primos conspiranoicos y la CEO farmacéutica de Bugonia. ¿Es el control del contenido difundido en redes sociales por parte del Estado la solución, o por el contrario profundizan el problema? Iniciativas como esta proliferan en varios países de Europa, donde España y Francia ya prohibieron el uso de redes sociales a menores de 16 años. China fue aún más lejos: allí el Estado tiene un control -indirecto- sobre las redes sociales, y para publicar contenido científico es necesario contar con un título académico habilitante. ¿Es descabellado pensar en redes sociales estatales basadas en algoritmos de acceso abierto que garanticen la neutralidad del contenido? Son preguntas abiertas que sirven como disparadores del debate. 

El milagro submarino 

Por el momento, lo que está claro es que más allá de sus falencias, el sistema científico público es lo mejor que tenemos. Está compuesto mayoritariamente por hombres y mujeres que llevan a cabo sus tareas con gran pasión y responsabilidad, muchas veces a cambio de un salario magro. 

En Argentina la situación es dramática: mientras se difunden discursos pseudo-científicos en medios de comunicación oficiales y grupos antivacunas hacen presentaciones en el Congreso Nacional, el sistema científico sufre de un desfinanciamiento terminal, tanto en materia de sueldos como en financiamiento de proyectos. 

A pesar de todo los milagros existen: el stream submarino del CONICET capturó la atención de millones de personas y tuvo una repercusión sin precedentes. Las criaturas encontradas en el fondo del océano en Mar del Plata fueron objetos de memes, GIFs, y permearon en la cultura popular como hace tiempo no se veía. De acuerdo a todas las mediciones de opinión, el sector científico todavía goza de un alto prestigio dentro de la sociedad. 

En conclusión, tal vez el problema no sean las teorías conspirativas, ni la supuesta ignorancia de la gente, sino la falta de espacios de difusión donde la ciencia se cuente de manera comprensible y humana. Después de todo, el conocimiento también necesita ser narrado para tener vigencia. En este punto las ciencias sociales tienen mucho que aportar. Bugonia no trata sobre extraterrestres ni teorías conspirativas, sino sobre la desconfianza hacia un sistema que habla un idioma cada vez más ajeno. Si se fomentan iniciativas que acerquen al resto de la ciudadanía al mundo científico, habrá más niños que sueñen con ser investigadores y menos que sueñen con contar las plumas de un ángel.