Artificios
Río, latitud de radicalidad
Esto no es una crónica ni un diario de viaje. Es una destilación de impresiones, un entramado de fragmentos, un ensayo sobre Río de Janeiro, pero también sobre el arte de escribir viajando y viajar escribiendo.
Por Josefina Rousseaux
06 de diciembre de 2025
“Río exhibe todo: sus jardines, su pasado, sus mendigos, su belleza, su fealdad”, dice Hebe Uhart en Viajera crónica. Desde el operativo policial en el Complexo da Penha y Complexo de Alemão, esa frase no deja de resonar en mi cabeza. Río exhibe todo y, aun así: no deja de atraerme.
Buscar el ángulo perfecto para sacar una foto aesthetic. No puedo: siempre están pasando un sin fin de cosas a la vez. Río tiene capas y capas y más capas. Es un efecto de montaje.
Ayer, paseando por Ipanema, intenté sacar una foto de una fusca amarillo huevo y no pude hacerlo, no como yo quería. Una toma que no incluya los cables de la cuadra, la pared, el cielo. Quizás tenga que ver con las proporciones de las cosas en esta ciudad, por ejemplo, con algunas plantas pasa que es muy difícil que quepa toda entera en un mismo recuadro.
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Camino en dirección a la Escola de Artes Visuais del Parque Lage, una escuela que nació en plena dictadura y fue refugio de artistas. La primera vez que estuve acá me hice la cabeza imaginando ser una más. Fue en 2019 “¿haciendo qué? Josefina, vos no sos artista”. Una da el derecho a la duda a tanta cosa y se convierte en una persona tan taxativa para definirse. Existe un modo que llamaré “justo” de vivir mi vida que consiste en olvidar aquello que deseé.
Estoy en la Sala 1 con una imagen que encontré en el acervo que tenemos a disposición en el curso inmersivo Arquivo, montagem e memória impartido por Fábia Schnoor en conmemoración de los 50 años de la escuela. Ella dice: há uma parte da criação que é lúdica, arbitrária, que é autônoma em relação à razão. Hilvano una aguja y perforo un papel manteca sujetándolo a una imagen con manchas que dice: tecnologia e função perdida. Llega a mí el olor a madera de los pupitres y postigos de la Normal Mariano Moreno, esos anillos enormes que sujetaban las carpetas incomodísimas de plástica, esas A5, esa extraña y conocida sensación: la de no querer terminar, la de no querer irme.
Mucho antes de ser lo que es hoy, incluso antes de que yo misma fantaseara con ser artista, el Parque Lage fue un ingenio azucarero en la época colonial brasileña. Glauber Rocha filmó buena parte de los planos de Terra em Transe, el predio estuvo en carpeta como posible sede de TV Globo y hasta recibió la visita de Georges Didi-Huberman. Allí, escribió y leyó radical, radicular. Ensayando formas y definiciones de la palabra, se pregunta sobre la frivolidad del término en los debates intelectuales franceses. Me pregunto si sabrá que en Argentina esa palabra, también, pertenece a un partido extinto. Queda cautivado por, como dice él: “el aroma suave de los vegetales que se pudren, el calor, la humedad omnipresente, algunos sonidos que ya evocan, al menos para mi imaginación inexperta, la gran selva amazónica”. Con una camisa blanca, abandona la pretensión conceptual y va hacia las imágenes que le ofrecen el Parque: “sería necesario, por lo tanto, mirar con un poco más de atención estos suelos atestados de raíces, raicillas, radículas. O fotografiar, aunque sea de manera errática, al principio, todo lo que se cruce con mi mirada al caminar. ¿Podría eso ayudarme a comprender algo más sobre lo que quiere decir radicalizar?”. Una dimensión multiplicada bajo la tierra que encuentra terreno en la superficie: las raíces del Parque Lage nos ofrecen una imagen del pensamiento. Entonces eso haré: estar atenta a las raíces y abandonar toda pretensión. A partir de ahora, haré todo de manera errática.
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¿Dónde estará el gordo con doble panza, al que nada le importa, ese que ve Hebe en Botafogo? Salgo del metro y doy con una banca llena de flores. Son las 10 de la mañana, el barrio permanece en el silencio de las Navidades. Al cruzar a una farmacia —todo turista que llega a Río tiene la sospecha persistente de que brotan como las orquídeas: están en todos lados y nadie entiende cómo— encuentro a un hombre de traje y corbata. Intenté recoger cada fonema descompuesto en el aire, pero no, no pude, anoté mis percepciones en el cuaderno apenas pude sentarme: tengo la sensación de estar presenciando algo íntimo. La forma en que expulsaba las palabras. Me hace pensar en Hebe, que decía que los cariocas, para bancarse la fuerza del mar y de los cerros, hablan en tono rotundo, indubitable.
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¿Cuándo arrancan los autos? ¿Esperarán a que cruce o lo harán, apenas el semáforo pase a verde? En una ciudad que no se conoce, cruzar la calle requiere reconfigurar y reajustar el sistema de mediaciones y confianzas. Estoy sobre Voluntarios da Patria, una calle que nace en Humaitá y desemboca en la playa de Botafogo, pero que también designa a las unidades militares creadas en 1865 por el Imperio de Brasil para luchar en la Guerra del Paraguay. Al parecer la cosa no fue tan voluntaria assim: pasado un año del fervor patriótico que despiertan las guerras, el gobierno imperial comenzó a exigir a los mandatarios provinciales reclutar forzosamente una cuota de “voluntarios”. Por decreto, los mayores de 18 años que se reclutaban a los cuerpos del ejército recibieron a cambio 300 reales diarios y una bonificación de 300.000 res al licenciarse, así como una concesión de tierras de 22.500 brazas cuadradas en colonias militares o agrícolas. A quienes no tenían más que una relación de explotación se les prometió la libertad al regresar de la guerra.
Intento cruzar al otro lado de la vereda. Miro hacia los dos lados y por mis espaldas aparecen dos chicos. La atraviesan. Antes de llegar a la vereda de enfrente, un colectivo les peinó todo el cuerpo.
—A vida é boa demais pra ser perdida em um segundo— dijo una señora.
No me animé a cruzarla, no quise.
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El motoboy que me baja de Santa Teresa hasta el supermercado abraza mis piernas con sus codos y se inclina en cada bajada. Descer, sin miedo alguno. Tomar una moto desde las alturas es, quizás, el mayor riesgo que asumo viviendo acá.
En el Mundial —la cadena de precios populares— agarro el changuito y me voy a la góndola de lácteos. Hay días en que el supermercado es un caos. Maniobro para no pisar a nadie.
Desde que entré escucho una voz seductora anunciando ofertas.
Hoy el queijo minas fatiado está más barato.
Camino por la góndola mirando yogures. Esa voz que creía omnipresente se siente cada vez más cerca. Miro al costado y ahí está: un hombre que, como un Luis Miguel carioca de las ofertas, recorre la góndola con un micrófono. Con la otra mano acaricia el cable, lo tensa y afloja. Maneja todo con la confianza de alguien que conoce el escenario.
En medio del supermercado convierte la lista de precios en una performance mínima.
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Cuando una entra a una lanchonete, o cuando sale, siente que está asistiendo a una película. Esas ventanas enormes que quedan al descubierto cuando suben las persianas metálicas enmarcan la calle como si fuera la pantalla de un cine en tiempo real. Las aspas de las máquinas se mueven haciendo más espesa y líquida la fruta, produciendo un ronroneo que adormece.
—Desculpa, vai querer alguma coisa?
—Quero sim— le digo al mozo mirando todavía el menú, levanto la mirada y respondo —vou querer uma porção de aipim e um suco de abacaxi com hortelã—toma el pedido y se aleja.
Venecitas de colores, un afiche de una peli viejísima, una Hello Kitty, adornos de todo tipo atestiguan el sincretismo de las lanchonetes: un lugar de comida rápida gerenciada, en su gran mayoría, por coreanos. Los colores irradian al punto tal de no parecer reales. Me tuve que bajar los lentes de sol para chequear que lo que estaba viendo era realmente así y no un invento mío.
Cuando estoy por tomar mi suco aparece un señor vendiendo unas bolsas tipo sorpresita. Por estar envueltas en un papel celofán, logro ver que tiene cada una. En una, una birome; en otra, caramelos masticables; en otra, un superhéroe; y en otra, un heladito tejido al crochet. En Buenos Aires hay vendedores ambulantes, sí, pero nunca vi que mezclen todo eso junto. Cada bolsa es un pequeño universo.
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Busco rastros de otras personas: voy detrás de ese hotel donde pasó tal cosa, tal esquina, tal playa. Incluso sigo mis propios pasos, esa emoción primera de toparme con un lugar sin buscarlo. Así volví al Centro Cultural Laurinda Santos Lobo, en Santa Teresa. El color en que mi memoria había guardado los cerámicos no coincidía. Tampoco la forma de los techos. Pasear así es como intentar medir la forma de una nube. Por acá pasó una cuota de aire. Por acá estuvo mi emoción.
Me senté al fondo de un sarau. Me sigue sorprendiendo cómo acá integran el lenguaje de señas en cada actividad pública. Laurinda, aquella mecenas de la Belle Époque carioca, la Mariscala de la Elegancia, solía reunir artistas en su palacete —hoy Parque das Ruinas— donde, dicen, se mezclaban modernistas brasileños e internacionales.
Antes de irme fotografié uno de los mosaicos: hortensias rojas y rosas sobre un blanco que apenas brillaba. ¿De qué época será? Al hacer zoom vi cómo la superficie se había agrietado, formando pequeñas líneas que parecían mapas de la ciudad, ideogramas chinos. O más bien las várices que me acompañan desde hace unos años formando una roseta en mi pierna izquierda. A veces la presiono con el dedo y desaparece por un instante: la sangre se esparce y por una milésima de segundo parece que nunca hubiera estado ahí.
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Hoy fui un rato a leer a la Biblioteca Machado de Assis de Botafogo. Pasé frío y como me quedaba mucho día para volver a casa, aproveché a visitar la casa donde se rodó Ainda estou aquí en el barrio de Urca. Agarre una bike Itaú y me puse a andar: miré de lejos la Praia Vermelha, a la que pienso visitar más entrado mis días acá, me gusta que lo bueno se haga esperar, como ese pedacito de alfajor que te guardas para saborear con el café al final del día. Y así fue, solo vi el Pan de Azúcar y atravesé la garita que conecta Urca con toda la ciudad. Me imaginé en el rodaje, asistiendo como vestuarista. Imaginé las tomas que tendrían que haber realizado ingresando a la casa, como si fuera Leblón. Imaginé la desaparición. Me imaginé a mí. Al dar media vuelta me encuentro con un taxista.
—Nesta casa se filmó ainda estou aquí, ne?— pregunto intentando sacar una conversación mientras él miraba los veleros.
—Iiiiiiso— respondió con un brillo en los ojos.
Recordé la reflexión de Víctor Heringer en Vida dessinteresante después de ver un hombre en la calle: as pessoas contemplam o mar assim no Río, sem medo de parecerem bobas.
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Es raro. Río exhibe todo, como si encarnara eso que Calasso cita de Aristófanes, para referirse al misterio: esa mezcla imposible de lo ridículo y lo serio.
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—Que é?, uma maça?— pregunto a la vendedora de Loja Patuá levantando unos aros preciosos. No puede ser tan difícil pronunciar una palabra tan sencilla: maça, maça, maça, repito en mi cabeza.
—Não, é um símbolo Adinkra— me responde.
—Adinkra?— frunzo el ceño.
—Adinkra, sim, símbolos que representam ideias e códigos de conduta na cultura Ashanti, na África.
—E qual é?
—Não sei, mas você pode buscar esse símbolo nas grades das casas.
El símbolo era algo más o menos así:
¿Será es dabi me nsoromo o ese ne Tekrema? Aunque los firuletes que las conforman, se parecen, el significado es muy diferente:
Ese ne Tekrema significa «dientes y lengua». Es un símbolo de superación, progreso, crecimiento, la necesidad de amistad e interdependencia.
Es dabi me nsoromo es un símbolo de esperanza, aspiración y confianza y es acompañado de este aforismo: “Así como las frutas no maduran todas al mismo tiempo, tampoco las estrellas brillan todas al mismo tiempo. La mía brillará algún día”.
Anoté en mi cuaderno:
ESE NE TEKREMA – ABURRIDO.
ES DABI ME NSOROMO: ESA SOY.
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