URBE
Repetir a Maradona
Por Juan Marcos Perrone
06/12/20
Maradona Celebrity
Junio de 2018. Estoy mirando Argentina-Nigeria en el trabajo y el atractivo del partido (que incluye una proeza técnica de Messi y el drama de una probable eliminación temprana) palidece frente a las imágenes de Maradona sobre las que la transmisión oficial de la FIFA vuelve insistente. Somos cuatro: por un lado dos de mis jefes, que tienen cuarenta y pico, y por el otro mi compañero David y yo, que andamos por los 30. A nosotros la imagen de Maradona con los brazos cruzados en X contra el pecho y los ojos elevados al cielo lo primero que nos provoca es un estallido de carcajadas. Enseguida estamos metidos en el celular rastreando los memes, que a esta altura de la civilización se propagan en tiempo real (para cuando llega el entretiempo Whatsapp ya tiene disponible un gif animado en el que Maradona aparece tirando rayos de los ojos y mirando al cielo como Mumm-Ra de los Thundercats). Pero a los otros, que vieron y experimentaron el ‘86, las imágenes les producen una tristeza más bien devastadora. Uno de ellos dice, casi en las lágrimas: “Me hace muy mal verlo así.”
Los que nacimos a fines de la década del ‘80 conocimos a Maradona menos como un atleta excepcional que como una celebrity de los ‘90: una figura excéntrica, ingeniosa, un poco ridícula, pero siempre entrañable. Teníamos en la retina las maravillosas imágenes de México (debo haber visto más de cien veces la película Héroes, con esos barridos que acompañan el cuerpo de Maradona atravesando patadas coreanas, los espectadores del Estadio Azteca desplazándose en el fondo como manchas multicolores borrosas, los arpegios ochentosos y dramáticos del soundtrack de Rick Wakeman, el tono entre resignado y fascinado del relator inglés), pero era como si vinieran de un pasado infinitamente lejano, de una época heroica. Hace poco un columnista escribió que Maradona “nunca pudo trasladar su incomparable genio de deportista a la vida cotidiana”, pero eso no es del todo exacto. Después (y antes) de su retiro, Maradona siguió produciendo acontecimientos memorables, ahora en forma de frases ingeniosas y sintéticas que se incorporaron de manera estable al habla cotidiana argentina (personalmente, mi preferida es la célebre “Lástima a nadie, maestro”, pero cada uno tendrá la suya). Breves relámpagos de audacia, vena picaresca y espíritu desafiante.
Aunque en los ‘90 se hablaba más de su vida privada que de lo que hacía en la cancha, Maradona todavía era un jugador profesional. Llegué a verlo varias veces en La Bombonera en esa surreal vuelta a Boca. Pero de su grandeza como atleta ya nos llegaban apenas ecos, en parte por los efectos demenciales que producía su sola presencia (su cuerpo parecía arrastrar oleadas de energía incontrolables), pero sobre todo por la experiencia estética de verlo moverse en la cancha. Y aunque muchas veces sus decisiones eran dudosas desde el punto de vista estratégico (de pronto bajaba hasta el fondo de la cancha, obligaba al central a darle la pelota, levantaba la cabeza y lanzaba pelotazos a la nada misma), verlo jugar era un encantamiento: con su repertorio de gestos dramáticos, sus botines desatados, su técnica para “pinchar” la pelota con un rápido latigazo de su pie izquierdo, su levedad aérea para desplazarse: su manera de correr dando saltitos de bailarín, con el talón siempre elevado unos centímetros por encima del suelo… Incluso cuando el cuerpo no le respondía, o le respondía poco, el genio no lo había abandonado.
Reemplazar a Maradona
El testimonio de Valdano del gol a los ingleses contiene una teoría del genio. Está en YouTube y es conocido: Valdano, que es al mismo tiempo actor de reparto y espectador privilegiado en la obra del gol, cuenta que mientras se desarrolla la jugada Maradona busca constantemente la manera de pasarle la pelota a él, que viene acompañándolo por el otro lado. El genio, conceptualiza Valdano (lo tergiverso un poco), es aquel que es capaz de procesar la multiplicidad de posibilidades encerradas en cada instante y sostener al mismo tiempo el flujo de la acción. O en otras palabras: en el genio la diferencia entre el pensamiento y la acción se disuelve. Pero en Maradona había algo más que el genio: estaba, sobre todo, la pasión. El otro día dijo Jürgen Klopp que Maradona había demostrado que para ser el mejor no es necesario ser el que llega siempre puntual ni el que más se esmera en el entrenamiento. Sin excluir el tiempo y la práctica que se requieren para alcanzar ese nivel de maestría, lo que realmente distinguió y elevó a Maradona según Klopp fue su amor por el juego, o sea su pasión. El resto llegó por añadidura.
Sospecho que la total excepcionalidad de Maradona no fue del todo comprendida hasta hace muy poco, quizás hasta el día mismo de su muerte. El síntoma más visible de esa incomprensión fue la voluntad compulsiva (que quizás no fue solo argentina) de reemplazar a Maradona. Como si el vacío que Maradona hubiera dejado desde el momento en que su excepcionalidad ya no podía traducirse en la cancha resultara insoportable. Como si fuera absolutamente necesario llenar ese vacío con algo, con alguien.
Una variante de esta voluntad de reemplazo se mostraba en el uso muy productivo, y casi obsesivo, que hacía de su figura uno de sus grandes enemigos. Maradona era un gran productor de enemigos: estaban los que fueron amigos y se volvieron enemigos, los que parecían enemigos irreconciliables pero al final se volvieron amigos, los que fueron enemigos desde el principio y nunca dejaron de serlo… Uno de los últimos es el ex presidente (Macri). Desde fines de los ‘90 Macri suele repetir, con variantes, el argumento de que expulsar a Maradona de Boca (una decisión que se adjudica) fue la condición necesaria para el éxito posterior del club. Hace unos meses desató la ira instagramera de Maradona cuando, una vez más, repitió este concepto, aunque lo acompañó de una curiosa analogía con la vicepresidenta. (La extraña comparación revela quizás menos una improbable similitud entre Maradona y la vicepresidenta que una recurrencia en el relato que Macri hace de sí mismo: para afirmar su propia imagen de predestinación, debe primero destruir a una figura venerada que lo precede.) La forma de reemplazar a Maradona que se manifiesta en el relato de Macri podríamos llamarla, siguiendo al Turco Asís, estrategia de exterminio: para alcanzar el éxito, era necesario primero aniquilar a Maradona, y después sustituirlo por algo nuevo (Macri).
La otra variante que se ensayó para reemplazar a Maradona, quizás con más frecuencia, fue la repetición. Y es razonable: a los grandes artistas se los reconoce porque producen epígonos. Durante cuántos años asomaron una y otra vez los nuevos Maradonas. En una época había Maradonas por todas partes. Eran como clones que que terminaban saliendo medio fallidos. Hoy suena absurdo, pero antes del Mundial de Francia circulaba la idea de que Passarella quería moldear a Gallardo para que fuera el reemplazante de Maradona (es decir, para que Maradona se volviera olvidable, para que su excepcionalidad dejara de existir). Después vino Messi. Pero Messi no reemplazó ni superó a Maradona: solo lo hizo más extraordinario. Así, la grandeza de Maradona se fue volviendo más visible en la distancia, a medida que la completa imposibilidad de repetir a Maradona se hacía cada vez más evidente.
Eternidad y fugacidad
Después de la muerte de Maradona comenzó a circular en los medios la información de que su deseo final era ser embalsamado y exhibido: que su cuerpo se transformara en una obra de arte. Pero si Maradona fuera embalsamado, ¿cuál de sus gestos merecería apropiarse de manera definitiva de su cuerpo? ¿Maradona llevando la pelota a los saltos sobre la superficie del Estadio Azteca? ¿Maradona con el puño de su mano derecha levantado en el aire después del primer gol a Inglaterra? ¿Maradona sonriendo, con su mirada fija en la copa dorada? ¿Maradona con sus dos brazos en alto y sus dos relojes, como lo vemos en las imágenes de Mar del Plata? ¿Maradona montado en un jeep en una avenida de Bielorrusia, saludando a la multitud como un Zar futurista? ¿Maradona con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos elevados al cielo, como Mumm-Ra de los Thundercats? ¿Maradona haciendo jueguitos interminablemente en un potrero de Villa Fiorito? ¿Maradona abrazando a un hijo antes negado? ¿Maradona consolando a un hombre que llora? ¿Maradona con flores en las medias?
Al parecer, esta supuesta última voluntad de Maradona de transformar su cuerpo en objeto artístico no va a realizarse: el jueves 26 de noviembre lo enterraron junto a sus padres en un cementerio de Bella Vista. Quizás sea mejor así. Quizás el cuerpo embalsamado de Maradona sería una redundancia, un énfasis innecesario. Es que si hay una eternidad de Maradona estará mucho menos cifrada en un cuerpo embalsamado que en la certeza de que, en su multiplicidad inabarcable, en su pasión irreductible, Maradona es imposible de repetir.
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