Música

¿Puede el rock ser de derecha?

¿Qué pasa con el rock y la rebeldía? ¿Ser punk es una posición política o sólo un gusto musical? ¿Hay contradicción entre la guitarra eléctrica y el fascismo? Este ensayo busca abandonar los debates estériles y recorrer la historia de ese nudo imposible que une al rock con la revolución, de “Taxman” a Pappo y de Dead Kennedys a Rata Blanca.

Por Elías Fernández Casella
27 de febrero de 2026

“Porque si el comunismo es el océano de la rebeldía, el rock es la pelopincho”

Peter Capusotto y sus videos.

El rock and roll es el género que (supuestamente, lo podemos discutir) pasó por la historia del siglo XX liberando juventudes por acá y por allá. Intenso y maleable, fácil de tocar y fácil de hacer carne, siempre fue un lugar perfecto para encauzar la rabia, la felicidad y las ganas de coger (con mayor o menor éxito). Lo explica Keith Richards en el documental de la BBC Seven ages of rock, mientras se tira unos riffcitos bluseros con una sonrisa que se estira con la tensión de mil placeres: “podías sentarte con la guitarra y hacerle decir lo que vos quieras, como (y le canta a una chica no precisamente imaginaria) ‘oh baby I want you to stay here this night’”.

El Rock es un vehículo perfecto para muchas cosas. Si algo caracteriza al Rock de 4/4 en pentatónica menor es que lo puede tocar cualquier purrete con un mes de práctica. Por otro lado, el “rock and roll” (como cultura) se traduce como un estado del ser, una forma de vida, algo que sucede en un momento, que concatena lo cool con lo rebelde, lo sensual. Lo que rompe con un día a día mediocre en oposición al universo de los “contadores González”.

Sobre todo si no lo confundimos con el Rock and Roll (como género), que sí es un derivado del rhythm and blues (esa hibridación rítmica que aceleró el pulso de la música popular) y que recogió su nombre, dicen, del movimiento que hace un bote cuando está en un río movido. ¿Qué hace un tipo o tipa de los años 50’ mientras escucha embelesado a un guitarrista poseído en un escenario bajo dominar una secuencia de escalas en pentatónica? Se bambolea hacia delante y hacia atrás. He rocks.

Artistas y grupos de derecha (o abiertamente nazis) siempre existieron. Pero hay, hace años, una reivindicación del Rock como la música correcta que debe escuchar un “ciudadano decente”. El mismo tipo de ciudadano que se opone a las degeneraciones del lobby lgbt, los delirios de la ciencia y la injerencia del Estado.

And the guitar man got famous / The businessman got rich / And in every bar there was a superstar / With a seven-year itch / There was fifteen million fingers / Learnin’ how to play 

AC/DC

El rock vendría a ser una bolsita donde entra de todo. Tanto Muse como El Tri, como Slowdive, como Kapanga. Y yo no estoy para nada de acuerdo con la existencia de este inmenso paraguas. Pero parte de las discusiones sobre qué entra en él y qué no tienen que ver con esa dignidad que vendría a conferir a un artista estar dentro de ese mundo. Grupos como Queen y Los Beatles ya son considerados música clásica. Es decir, “la música de tradición culta” (según el diccionario de la RAE que tanto le gusta también a los conservadores):

“Debido a sus características técnicas, a la creciente profesionalización de la ocupación de músico y compositor, y al contexto sociocultural en el que se desarrolla (bajo el patronazgo de aristocracia, iglesia y burguesía), la música clásica es habitualmente definida como la «música de tradición culta»».

Así como uno puede ir al diccionario a buscar la “acepción verdadera” de un término (como si los idiomas vinieran de una fuente mística en el interior de una montaña), puede ir “al rock” para tomarlo como la medida de la música rebelde y “de calidad”. Al fin y al cabo “el rock” tuvo que recorrer un largo camino para transformarse en una expresión artística aceptada por el comentarista del noticiero. Eso se llama, también, “recambio generacional”.

¿Puede haber algo esencialista en el rock? Al fin y al cabo es un género que deja, claro, reminiscencias de su estilo por todos lados. Cuando el Indio Solari grita “yeeeh”, se conecta directamente con las raíces estadounidenses de ese rockabilly que está en “Ella debe estar tan linda”. Las chaquetas de cuero, los denim jackets, la estética de las motos, todo aquello sin un sentido de buenas a primeras más allá de lo que “suena” a rock and roll. El riff semicountry de “Los desfachatados” de Babasónicos, o el surf rock en “Irresponsables”.

La fusión y reapropiación es parte del juego. El new wave de Soda Stereo, no sé cómo, suena porteño. El metal localista de Almafuerte, suena crudamente bonaerense. La música de Sui Generis suena naif y paranoica, como lo era la tensión política en los tempranos años 70’. El rock de Viejas Locas suena a pobreza, amistad y desmanes, como en los parquecitos de los monoblocks donde nació.

En los tempranos 2000 mucho de esto se rompió o puso en entredicho, con la primacía del pop y una multitud de “ritmos latinos” (otro injusto paraguas) que empezaban a conquistar el mercado internacional. Los oyentes llamaban a la Mega 98.3 para quejarse de que la radio del “puro rock nacional” pasaba Miranda! o Los Látigos. Capusotto sintetizó esta polémica en su sketch del Rock y la política, donde un político denunciaba que Virus era “música de putos. Rock nacional, y de putos”. Esa distinción tiene raíces: el Disco está asociado a la cultura LGBT, así como el Pop (música de putos). Esto es parte del trasfondo que llevó a que ocurriera, en julio de 1979, la “Disco demolition night”, un evento en el Comiskey Park liderado el DJ Steve Dahl que, bajo el eslogan de «Disco Sucks», organizó una quema masiva de vinilos que funcionó como un desahogo reaccionario frente a un espacio de visibilidad para las comunidades negras, latinas y LGBT.

Años después, todavía muchos fans de “El rock” se posicionan en un pedestal. La cultura geek tuvo una época, alrededor de los años 2010, donde estuvo fuertemente identificada no tanto por el metal y el rock clásico, sino más bien por el odio al reggaetón. Y en una época en la que el Rock había perdido terreno, varios se apresuraron a darlo por muerto. Esto venía del lado de viejos carcamanes (o anhelantes adolescentes nostálgicos) que solamente podían traducir la música en el binarismo clásico de lo que “es rock” contra lo que “no lo es”.

Rockeros bonitos, educaditos / Con grandes gastos, educaditos / Emboquen el tiro libre / Que los buenos volvieron / Y están rodando cine de terror 

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

En Argentina, englobamos también a distintos géneros en la bolsa de gatos del “Rock nacional”. La música politizada había perdido tras la crisis de 2001 a una de sus bandas más representativas, Los Redondos, y ese hueco lo trataron de llenar, por los pocos años de más que duraron, grupos como La Renga, Los Caballeros de la Quema, Bersuit Vergarabat o Los Piojos, entre otros, que habían tenido su origen a fines de los 80’ y que transcurrieron los 90’ en un frenesí contestatario. 

Pocos años después hubo un acercamiento de este rock con la política progresista, donde algunos de esos artistas quedaron “manchados” por su cercanía con figuras como Obama, o los Kirchner (recuerdo en particular la participación de La Renga en el festival por los 40 años democracia donde cambiaron la letra a “El revelde” para que no dijera “no me convence ningún tipo de política / ni el demócrata ni el fascista / no sé por qué me tocó ser así / ni siquiera anarquista”. 

Dentro del punk rock, Cadena Perpetua y Las Manos de Filippi se mantuvieron firmes en su intransigencia y bardearon a diestra y siniestra, mientras que algunos como a77aque funcionaron como un momento de rebelión clasemediera con canciones como “Buenos Aires en llamas” que parecía más bien la queja de un vecino indignado en el noticiero. 

Esa bolsa de gatos del rock es radical en un país donde uno de sus cuartetos más importantes fue rock progresivo (Serú Girán), su grupo más movilizante desde la vuelta a la democracia es post-punk (Patricio Rey), su banda más exitosa a nivel internacional recorrió diferentes estilos como el New Wave o el Shoegaze (Soda Stereo), mientras que el heavy metal quedó relegado por no haber salido jamás del circuito independiente, con excepción de Rata Blanca que apenas la pegó con sus temas melódicos fueron de inmediato expulsados del ambiente por lo más termo de la concurrencia (y con justa razón, me perdonarán los virtuosistas de la guitarra y los fans de las letras melosas).

Hoy, los grupos más vigentes son aquellos que sobrevivieron a la disputa sobre qué es y qué no es Rock: Miranda!, que se reconfiguró en un dúo tras la ruptura con Lolo; Babasónicos, etc. Eso no significa que los antiguos grupos estén muertos, sino que han salido del circuito comercial. Maduraron. Convocan a los propios. El boca a boca se volvió, efectivamente, underground. Del otro lado hay un nuevo under haciendo ruido renovado con relativo éxito, como Camionero, Dum Chica o Autos Robados, así como grupos que suenan prolijamente rockeros como Mujer Cebra o Winona Riders, anclados en un sonido de la nostalgia que quieren resucitar como quien toca junto al holograma de un ex compañero muerto.

“Soy un hombre ordinario, pero le aseguro que mi música no lo es”. 

Amadeus (Milos Forman – 1984).

Vivir reprimido es un bajón. El ideal rockero es el del inadaptado. El rock es perfecto para cantar la honestidad. Es la poesía de lo que desborda. Leer a Enrique Symmns es asomarse a un mundo caótico y repleto de humanidad (lo más patético y polémico). Leer lo que Symns cuenta de otros es leer lo que no quiso contar de sí mismo (aunque tal vez sí en cuentos como “La banda de los chacales” y ese salvajismo violador exacerbado que traían Bukowski y compañía).

En ese sentido el rock es, de entrada, una pose. Y es una pose porque es un espectáculo. Los que no pueden evitar subirse a su potencial destructivo se convierten en sacrificios que alimentan la leyenda. Ahí está el club de los 27 para dar testimonio de ello. Una vez más, alguien que nos desasnó fue la dupla Saborido – Capusotto con el personaje de “Pomelo”, fue un antes y un después para muchos jóvenes de mediados de los 2000, que vieron avivado el cruce entre el Rock y la política en todas sus contradicciones de la mejor manera en que uno puede exponer algo en toda su profundidad: des-sacralizándolo en el humor.

En esa performatividad, el músico es un héroe que sabe que el Rock and Roll es mejor que cualquier otro género. Simpático en su cara edulcorada, como “Casi Famosos”, “Rockstar” y otras películas que no son ni más ni menos que un cautionary tale que parece decir “please don’t put your life in the hands of a rock and roll band who’ll throw it all away” (y no olvidemos que esa canción dice, de inmediato, que va a iniciar “una revolución en su cabeza»).

“The real nazis run your schools / they’re coaches, businessmen and cops / in a real fouth Reich you’ll be the first to go / Nazi punks, nazi punks, nazi punks, fuck off!!!” 

Dead Kennedys

Hay algunos subgéneros que de por sí se asumen con una inclinación ideológica, como el punk rock y el hardcore. Con eventos clave como ese día histórico en que corrieron a patadas a los skinheads en el skatepark del Parque Centenario. 

La estética de la provocación no es nueva entre los 60’ y los 80’, el rock británico estuvo fascinado con la parafernalia nazi: esvásticas, cruces de hierro, uniformes negros. Es un éxito de isotipo que indigna con facilidad. Jimmy Page tocaba con uniforme de las SS. El ejemplo paradigmático son los Sex Pistols, pero muchos otros artistas usaron símbolos del odio desde la cultura pop. Es muy sencillo de entender: la estética nazi es muy representativa e indigna con muchísima facilidad. La esvástica es, tal vez, uno de los mayores éxitos en materia de isotipos. Las cruces de hierro, los uniformes negros y ríspidos, invaden (sic) el panorama como una fuerza hostil y magnética. Es muy fácil de identificar y convoca a la atención. En general, no es más ni menos que un juego .

Por otro lado, algunas figuras de derecha como el libertario Emmanuel Danann (ese que fabricaba debates con amigas que hacían de feministas hiper ideologizadas y para subir después los videos todos editados) hizo del rock su personalidad. En uno de sus videos más antiguos mira a cámara y dice “Hago rock, vivo rock”, en una secuencia que se parece más a una serie de afirmaciones zen para la vida, como si quisiera convencerse de lo rockandroll que es en lugar de una expresión de gusto. Esa estética de rebeldía y camperas de cuero es una de las tarimas de la derecha. Ya no es la música clásica ni Palito Ortega, el defensor de la familia núcleo y las fuerzas de seguridad. No, es esa música que acabó por fabricar millonarios que desafiaron a la sociedad. 

No al poder. A la sociedad.

Mucho del rock de hoy se alimenta de la nostalgia. En su faceta más conservadora no concibe ser otra cosa que lo que fue en sus mejores épocas. Y la idealización de un pasado mejor es, entre otras cosas, una actitud reaccionaria. La nostalgia conservadora selecciona lo menos interesante: el reviente de grupos como Kiss o Scorpions (que compuso «Winds of Change» como himno del fin de la Guerra Fría que, según la teoría que tanto nos gusta, fue un encargo de la CIA). El glam rock, con su culto a la banalidad y el “ser distinto”  vino a festejar el reviente masivo en un ritual de estadios. Ese anarquismo mal entendido de putas, droga y reviente condimentado con libertad de vivir en un registro absolutamente distinto al del resto de la humanidad.

Por otro lado, las vivencias represivas en los 60, 70, 80 y 90’s permeaban en las vidas de la gente desde las instituciones más tradicionales. Hoy ese conservadurismo nos viene desde otros lugares, más amigables, más cercanos, más entretenidos. El sexo libre siempre estuvo en la órbita de la izquierda. Sus principales cantantes eran tipos flacuchos de pelo largo que intercalaban emotivas canciones sobre la lucha política con cargadas baladas románticas desbordadas por las ganas de coger. Del otro lado había gente como Palito Ortega, que hablaba de amor y casamiento mientras protagonizaba películas donde un hijo incomprendido era recién reivindicado por su papá cuando la pegaba con la música. 

Mucho de eso que reivindicaba ese movimiento cambió cuando se encontró con la realidad de las dos últimas olas feministas: ya a fines de los 80’ la activista y jurista Catherine MacKinnon argumentaba que la liberación sexual había sido simplemente la liberación de la sexualidad masculina: «el derecho a decir ‘sí’ más a menudo, pero rara vez el poder de decir ‘no'». Y en este sentido, la derecha actual apunta a la provocación contra un enemigo imaginario. Muchos anhelan el rock de los 80, lo disruptivo, el pelado Cordera en pelotas o las atrocidades de Cristian Aldana (recuerdo ver una invitación a una orgía con menores en fotolog). No es el vehículo de la derecha, pero sí de lo reaccionario.

“Es solo rock and roll (pero ya es mucho para vos)”

Charly García.

Sí, leí a Adorno y Horkheimer. No les voy a dar vela en este entierro.

Tomar al Rock como un movimiento de derecha es uno de los mayores gestos de viejo meado que me pueda imaginar. Pero incluso sin llegar a ese extremo, la cosmovisión del rock como género superior está marcada por un enanofachismo donde hay un Rock que es puro y una manga de hijos de puta que se aprovechan de la industria musical para publicar mierda. Pero también, en muchos recitales actuales se encuentra uno con una puesta en escena que recuerda a lo que se ve en viejas grabaciones de The Who. Lo que sucede alrededor, sin embargo, es apenas una recreación de un ritual antiguo que supo ser más espontáneo. 

Algo de esto es verdad, pero no es culpa del rock sino de la industria. La misma industria que produjo letras como “Lick it up”. Un temazo, pero que no puede darle un pedestal de superioridad artística a nadie. En cuanto a su contenido ideológico, por supuesto que hay diferencias claves como las que tienen Pantera o Rage Against the Machine, pero hay, sobre todo, un enorme gris que se piensa liberado del barro de la ideología.

Daron Malakian publicó, ante el asesinato de Charlie Kirk, un «fuck you» con el texto «fuck political violence» donde se declaraba “parte del extremo centro”. Es el ícono rebelde, el que dice «son todos una mierda», «viva yo». Ese dedo medio es el mismo del que Charly García se enamoró en la época de Serú Girán y que llevó como una pistola durante su época más nihilista, cuando se volvió fan de Marilyn Manson y abrazó la estética retronazi.

“Yo no soy un drogadicto, yo soy un músico”, dijo un Charly ya rehabilitado, estabilizado gracias al clan Ortega y una batería de medicamentos. Antes de eso, tuvo su peor época performatizando un descenso a la locura mientras imitaba al músico estadounidense que compuso “Beautiful people”. Sí, “the eagle never lost so much time as when he submitted to learn of the crow”, escribió alguna vez William Blake. Pero también sepamos que no hay nada más conservador que un vicioso rehabilitado. O algo como la rebeldía inofensiva de Dave Grohl o Jack Black. Una performatividad a lo Disney Channel, contra un “gran Otro” del establishment.

Sí, el rock es una herramienta para la rebeldía, pero puede ser, también, un género rabiosamente conservador con respecto a sí mismo, que a veces parece que solo puede renovarse en retrospectiva, como un ritual antiguo recreado con más prolijidad que espontaneidad.