Pantallas

Magic Farm: sobre lo ominoso

¿Es Magic Farm, la sátira argentino-europea con Chloë Sevigny y Valeria Lois, una película sobre fumigaciones? Sobre este problema gira este ensayo, que va y viene entre la crítica cinematográfica y la política agraria. A través de una lectura (quizás) heterodoxa, se pregunta por cómo aparecen en la pantalla los cuerpos y los agrotóxicos, y por qué se muestra cuando se filma el campo.

Por Camila Jorge
14 de enero de 2026

Llegué a Magic Farm –aunque también podría decirse que Magic Farm llegó a mí– por recomendaciones de amig*s. Esto no es novedoso, ya ocurrió otras veces: cuando sale un libro o una película que tiene como escenario al campo argentino, no falta quien me dice “mirala, pensé en vos”. La asociación es evidente: una película sobre el campo, para alguien que investiga el campo. 

En Magic Farm, además, el campo aparece desde la presencia constante de las fumigaciones con agroquímicos que es, a fin de cuentas, el centro de mi interés. Aun así, en la película las fumigaciones con agroquímicos son el telón de fondo, se presentan como parte de un paisaje que no es posible cambiar.

Una de las amigas que me recomendó Magic Farm, me dijo: “no es una película sobre las fumigaciones, pero algo de eso hay”. Mientras la miraba, pensaba: ¿cómo no va a ser una película sobre las fumigaciones? Si están presente en todas las tomas: la película está plagada de comentarios sobre enfermedades endémicas y crónicas, vemos cuerpos con afecciones rarísimas en la piel, el agua no es potable y hay una escena, incluso, en la que los protagonistas son rociados con glifosato por un avión fumigador. Pero luego de ver la película y aunque resulte paradójico, pensé que mi amiga tenía razón. 

No es una película sobre las fumigaciones porque los efectos que ellas generan en los personajes –en sus cuerpos, rutinas y conversaciones– no tienen consecuencias, es decir, no generan una alteración en los acontecimientos. El glifosato es parte del paisaje rural y, a pesar de no poder dejar de verlo, –¿no es esta la definición de lo obsceno? ¿Aquello que estamos compelidos a mirar?– pasa desapercibido. Las fumigaciones son imperceptibles porque si bien están constante y desvergonzadamente allí, no interrumpen la trama de la película, no pueden conmover el orden del mundo. 

La historia de San Cristóbal –el pueblo en el que transcurre Magic Farm– es la historia de cientos de pueblos de la región pampeana de nuestro país. Hace algunos años, con la intención de entender mejor la problemática en torno a las fumigaciones con agroquímicos, viví un tiempo en pueblos rurales. La presencia abrumadora de enfermedades y problemas en la salud –abortos espontáneos, problemas respiratorios, cáncer y alergias– era una constante en la vida local. A pesar de ello, las sospechas de que el campo pudiera ser perjudicial –en este caso, a partir de un posible enlace con las enfermedades endémicas y, en algunos casos, con la muerte– eran descartadas o debilitadas por el Estado local así como también por la mayoría de los vecinos. 

Y es que después de todo, ¿cómo no confiar en el campo? Máximo exponente del progreso, granero del mundo, esfuerzo inagotable por convertir nuestra llanura en la meca del desarrollo. El mismo campo del conflicto de las retenciones del 2008. El mismo campo de “todos somos el campo”, “todos somos Vicentín”. ¿Somos?

Como una vez me dijo una vecina en un pueblo: meterse contra el campo es meterse contra el gaucho, el mate y el asado. Ir contra el campo no es sólo ir contra el sector económico hegemónico –con las desiguales relaciones de fuerza que ello implica– sino que también supone disputar uno de los mitos fundadores de nuestro territorio y con ello suspender el mundo tal cual se lo conoce. Ir contra el campo es estar dispuesto a que aquello que siempre nos dio un sentido de pertenencia se desmorone.  

Y sin embargo, los cuerpos. ¿Hay algo más real que un cuerpo enfermo? ¿Qué le hace uno, dos, cientos de cuerpos enfermos a ese territorio familiar, que solía ser concebido como proveedor de vida y agente del progreso económico? ¿Qué ocurre cuando aquello de lo que estábamos orgullosos deviene en dador de muerte, y por lo tanto, en siniestro? Para Freud, lo siniestro responde a una sensación singular, en donde se conjuga algo próximo al espanto y a lo espeluznante, propio del encuentro de lo espantoso en el seno de las cosas conocidas y familiares. ¿Cómo habilitar el pasaje de un campo familiar a un campo siniestro, si pareciera que solo puede traer dolor, más dolor del que ya se intuye en cualquier inventario más o menos elíptico de las enfermedades, las dolencias, o las pérdidas de vidas? No resulta, desde este punto de vista, incomprensible que los protagonistas de Magic Farm así como muchos vecinos de localidades rurales procuren por todos los medios a su alcance excluir el pasaje que haría del campo un lugar siniestro. 

Hay un gesto grotesco en Magic Farm: es imposible verla y no sentirse incómodo por cómo los efectos de las fumigaciones condicionan las vidas que se extienden a la vera de los cultivos. Esta incomodidad emerge debido al doble movimiento del film. Primero, se nombran y muestran los problemas en la salud producto de la exposición a los químicos y luego, se continúa con el desarrollo de la trama como si nada. La aparente contradicción que esto encierra y que la película tensa hasta lo imposible: la escena en la que los extranjeros son, literalmente, fumigados encima sin que eso genere demasiada repercusión, da cuenta de forma provocativa la naturaleza insidiosa de lo ominoso, que parece cubrirlo todo y al mismo tiempo, escapa a la palabra. 

No es solo un recurso formal –enrostrar para luego continuar con el desarrollo de la película–, sino que la misma trama exponencia lo grotesco. Todo lo que ocurre en Magic Farm es un como si: producto de un error de producción los protagonistas se encuentran varados en San Cristóbal y deben inventar una tradición exótica local, que luego será consumida por yankis fanáticos del reality. Este contraste entre el carácter ficticio y digitado –en criollo, trucho– de la tarea que tienen los protagonistas y las afecciones en los cuerpos de los habitantes de San Cristóbal, subraya el carácter real-demasiado-real de los efectos de las fumigaciones.

No sería justo decir que faltan activistas en los pueblos de la región pampeana. Muchas personas se movilizan y reclaman contra los perjuicios en la salud de las fumigaciones con agroquímicos, a pesar de los costos sociales, económicos y simbólicos así como la falta de dispositivos, interlocutores y medidas que restrinjan la actividad agrícola y protejan a la población. Sin embargo, que en la película se excluya a la denuncia no solo es congruente con lo que ocurre en la mayoría de los casos sino que también nos hace pensar qué ocurre cuándo las palabras, en su encuentro con lo ominoso, se escurren y no pueden nombrar, al menos no de forma precisa, aquello que afecta el cuerpo. Aquel lugar imposiblemente íntimo y pudorosamente público con el que accedemos al mundo, ¿dónde, sino, se van a plasmar los desastres de nuestro tiempo? 

Quizás el colapso ecológico no sea una gran catástrofe sino que se parezca más al derrumbe paulatino de nuestras corporalidades, la deformación de nuestras existencias a cuenta gotas, al ritmo de la rutina. Aunque, tal vez, nuestros cuerpos también puedan ser el lugar desde el que enhebrar una disputa. Después de todo, en la película los cuerpos afectados por los químicos se transforman en un geografía que habla de otra geografía, una más amplia en la que están insertos y de la que no pueden escindirse –a pesar de los inagotables intentos de la modernidad para hacernos creer que sí podemos separarnos del mundo–. 

Tampoco sería justo terminar este ensayo de forma derrotista. Después de todo, aunque resulte atractiva, la derrota es una de las formas de la tristeza de nuestro tiempo. Hay una ética en resistirse a la derrota y creo que Magic Farm arrima una insistencia al respecto. Vemos Magic Farm y pensamos: ¿cómo puede ser que una epidemia de enfermos sea tan solo un escenario? ¿Cómo puede ser que continúen con los castings para el reality trucho más allá de la presencia asfixiante de los químicos? Los personajes de la película responden con actos: siguen con sus rutinas –con dosis variables de alegría, entusiasmo y desilusión, como en toda vida–, a la vez que exponen en sus cuerpos las marcas de los químicos. Esto no debe entenderse como una resignación, sino como una insistencia: hay en los personajes una obstinación por lo vital que es, justamente, lo que le permite al espectador sentir la incomodidad y la asfixia del silencio. Así, la película imita la naturaleza de lo siniestro. A fin de cuentas, si lo ominoso se resiste a ser nombrado de forma acabada con palabras, puede que necesitemos la fuerza de lo irrisorio.