Política

Los usos de China

Esta nota explora cómo el gigante asiático se está convirtiendo en una referencia ineludible en el discurso político argentino. ¿Qué simboliza China para nosotros? ¿por qué sectores políticos opuestos usan el ejemplo de China para justificar ideas contradictorias? ¿qué dice esto sobre nuestra situación y nuestra propia búsqueda de identidad y modelos a seguir?

Por Santiago Mitnik
29 de octubre de 2024

Nuestro pensamiento político, cuando se compara con el resto del mundo, oscila entre dos estilos. El primero es el excepcionalismo argentino, que cree que la política, la sociedad, y la economía argentina son fenómenos cualitativamente incomparables con los de los demás países y que, por eso, es inútil e irrelevante contrastarse, guiarse por, o querer aprender lecciones de otros sistemas. En el otro extremo, tenemos una tradición más “cipaya”, que mira afuera en ciertos países exitosos un recetario completo de qué hacer y en otros no-exitosos, la imagen de lo que hay que combatir.

Siendo honestos, ninguno de los dos extremos tiene demasiado sentido. Ni Argentina existe en un mundo paralelo (hoy, pero tampoco en el pasado), ni las realidades nacionales son fácilmente extrapolables ni trasladables de un país a otro. Quizás lo más interesante sea ver específicamente cuáles son los usos de esos otros sistemas, lo que implica verlos no sólo por como realmente son, sino por la imagen que se tiene de ellos en el discurso público y, principalmente, por cuál es la utilidad (o comodidad política) de usarlos.

Este uso evoluciona con el tiempo, tanto en base a los cambios de la política argentina como en respuesta a la realidad internacional e interna de cada país. En este contexto tan convolucionado, adentro y afuera, empieza a asomar una nueva referencia casi inescapable: China. Esta nota busca ser un pequeño repaso de cómo se usa, una exploración del por qué y un intento de predecir el uso de China en el discurso político argentino.

    Así empezó Venezuela

    Para empezar, hay que ver algunos de los ejemplos más importantes de países “más conocidos” que ya son usados en la política argentina.

    Posiblemente el caso más simple sea el representado por frases como “así empezó Venezuela”, “con este gobierno vamos a terminar como Venezuela”, etcétera. Esta fraseología es conocida por todos. Ese país se convirtió en cierta medida en un faro negativo para la derecha de todo el arco hispanoamericano y estadounidense. La crisis económica, la conflictividad política, la debilidad institucional de Venezuela son la advertencia fundamental con la que cuentan movimientos de conservadores, liberales y socialdemócratas para limar a cualquier movimiento populista, de izquierda o redistribucionista.

    En cierto punto ya no se trata de cómo efectivamente haya ido el proceso venezolano, sino en que, por muchos motivos más o menos correctos, prácticamente nadie discute que fue un fracaso. Y nadie quiere quedar como fracasado. Así, defender algo del proceso venozolano o intentar “justificar” sus derivas tiene muchos más costos que beneficios. Ese propio aislamiento en la arena disputa retórica retroalimenta el proceso.

    Cualquiera que haya estado en política hace más de una década puede recordar que esto no siempre fue así. No solo sectores de izquierda reivindicaban el proceso venozolano, sino también el propio núcleo del kirchnerismo. En cierta medida, el paso de Chávez a Maduro permitió a muchos “bajarse” elegantemente de ese debate.

    Pero podemos contrastar el cuco de Venezuela con el viejo cuco latinoamericano: Cuba. Cuba, un país abiertamente comunista, sin una democracia cuestionada, también ocupa cierto puesto importante en el señalamiento anti-izquierdista. “Si no te gusta andate a Cuba”, etcétera. Sin embargo, reivindicar algunas características de Cuba es, hoy en día, bastante más respetable. Posiblemente por su larga data, la seriedad del sistema político, cierta cuestión emocional/intelectual o la construcción de la imagen de los “Médicos Cubanos”, entre otras cuestiones.

    En general, los países comunistas son un faro, tanto a favor o en contra, en donde se puede encontrar una herramienta de discusión y construcción del sentido común. La bandera del ejército rojo flameando sobre Berlín, los desastres de Pol Pot, elevación de tasas de alfabetización, industrialización, represiones, autoritarismo, etcétera. La amenaza comunista es uno de los principales ruidos de fondo del discurso público del siglo XX.

    Pero para bien o para mal, uno de los consensos absolutos durante la década de los 90 y principios de los 00 era que el comunismo había fracasado y, aún más importante, que había dejado de existir. Con la oleada de gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana y algunas emergencias puntuales en los países desarrollados el viejo espectro socialista volvió a aparecer, con más o menos éxito, pero siempre desde una posición de debilidad o al menos de enorme combate por su legitimidad.

    Sin embargo, el país que rompe totalmente esta dinámica es la República Popular China. La imagen de China fue en su comienzo un faro para la izquierda tercermundista no alineada a la URSS, cuando el maoísmo alcanzaba el estatus de corriente de la izquierda universal. Luego de la caída de la URSS, las reformas y los eventos de Tiananmen, la imagen de China perdió importancia. En gran medida porque no aportaba respuestas a la izquierda, ni le aportaba argumentos a una derecha que estaba en plena vuelta olímpica. Es durante el final de la década del 00 y especialmente en la década del 10 que China vuelve a aparecer como “faro” de algo.

      ¿Por qué no somos Australia?

      Uno de los pasatiempos del debate político en Argentina es intentar encontrar la fecha o el motivo por el cual “fracasamos” en convertirnos en esa potencia que estábamos (o estamos) destinados a ser. Usualmente el agregado de respuestas a esto señala, básicamente, que “no fuimos lo suficientemente europeos o occidentales”. Desde la revolución, pasando por la generación del 80, el desarrollismo, la dictadura, todos nuestros liberales, demócratas, etcétera. Esta imagen tiene aspectos culturales, políticos y económicos.

      En el primer aspecto, es un alineamiento a la cultura europea o estadounidense, al menos a ciertos aspectos de ella, con una recurrente separación con los elementos aparentemente no-europeos, como la población nativa o las distintas “chusmas populares” de cada época. En lo político, una democracia fuertemente institucionalizada, con partidos que compiten en elecciones sin tocar los aspectos fundamentales del régimen ni los intereses de los sectores de élite. En lo económico, apertura con los mercados internacionales.

      La traducción vulgar de todo esto es que “si fueramos un poco menos negros podríamos haber sido Australia”. Está claro que hay un par de países a los que, incluso con ese discurso no podríamos apelar a ser, sin embargo hay algunos ejemplos lindos y cómodos como Australia o Canadá. Democracia sólida, cierto margen de estado de bienestar, y economía (aparentemente) primarizada.

      Sin embargo, la reivindicación occidentalista está teniendo varios problemas, por izquierda y por derecha. Europa está lentamente perdiendo esa imagen de consenso político general. Tanto por sus crisis internas políticas, económicas y sociales, como por su debilitamiento en la arena internacional, tanto en poder real como en soft power. EEUU tampoco está pasando por un buen momento y tanto izquierda como derecha lo señalan activamente. En un momento de debilitamiento de las viejas referencias, no debería sorprender que sean los nuevos actores internacionales los que empiecen a llenar ese espacio. Específicamente, que el nuevo gigante en ascenso, la República Popular China, se vuelva una nueva referencia recurrente.

      ¿Qué es China?

      Sin más preámbulos, entonces, la pregunta es en qué pensamos cuando hablamos de China. Como ya vimos, está la vieja amenaza comunista, sea por reivindicación o por oposición. Quizás el aspecto revolucionario de la mirada hacia China es como lo usamos para todo lo demás, léase, sobre política económica, en relación a la mano dura policial/judicial, al rol del estado y la política, etcétera. Es especialmente relevante porque China es usado por grupos rivales, en reivindicaciones abiertamente contradictorias, y es usado cada vez más.

      El nudo fundamental de esta cuestión es que la República Popular China logró en las últimas décadas alcanzar un nivel de crecimiento extraordinario, sacando a millones de personas de la pobreza, y convirtiéndose en la segunda potencia económica del mundo. Esto lo logró en base a un sistema que no entra en las viejas categorías que le son cómodas a nuestro discurso político tradicional. Este desarrollo además se dió en varias etapas, con políticas públicas muy distintas entre sí dependiendo el período.

      La gran “ventaja” de que conozcamos tan poco del gigante asiatico es que se lo puede usar para reivindicar cualquier cosa. Podemos construir una China a medida de cada partido o facción. Empecemos con algunos ejemplos.

        Reformas y aperturas

        Posiblemente el debate para el que es más “útil” (en un sentido cínico, y en uno serio también) es el debate actual entre estado y mercado, o entre sector público y sector privado. Para los liberales, China es el gran ejemplo de que las reformas liberalizantes de la economía funcionan tanto para crecer, como para redistribuir y reducir la pobreza. Para los estatistas, China es la prueba fehaciente de que un estado fuerte es fundamental y puede asegurar una planificación del crecimiento económico sólido y consistente. La respuesta obvia es que ambos tienen razón, en parte. El proceso chino es incomprensible sin ambas aristas, y que simplemente se proyecta sobre China solo la parte que les conviene. 

        Muy similar a eso sucede con la cuestión de cómo/sí hay que insertarse en los mercados globales. Está claro que el enorme despegue económico chino no podría haber sido posible sin el enorme influjo de capitales privados extranjeros y la exportación de productos.

        Sin embargo, China no es un país que simplemente compra las recetas económicas de afuera. Es quizás el único país junto con EEUU  que tiene empresas nacionales fuertes en prácticamente todas las áreas de la economía. No solo eso, desde el estado estas empresas son apoyadas y parte de los planes estratégicos nacionales.

        Esta aparente contradicción, que no es tal, hace que nuevamente sea usada como ejemplo de reivindicación por diversos sectores que plantean proyectos económicos totalmente contradictorios con el de la China actual, que no es ni “vivir con lo propio” ni aceptar el orden económico internacional como viene.

        Pero, en verdad, no es todo falta de conocimiento sobre la realidad o la historia China. Algo similar pasaba y pasa con Europa y EEUU. Esos estados son incomprensibles sin el punto fundamental de que Mercado y Estado son simplemente dos caras de un mismo sistema. Es incomprensible la tecnología norteamericana y sus empresas de punta sin su sistema público de ciencia y tecnología, así como es imposible entender su altísimo nivel de desarrollo sin su gran grado de libertad empresarial y económica.

          Las particularidades chinas, las particularidades argentinas

          El cambio fundamental está en que aparece un nuevo parámetro de “éxito” que, como decíamos antes, tiene cualidades novedosas que no encajan en el sistema tradicional de pensamiento occidental. Un match perfecto para Argentina, con su propia excepcionalidad.

          China aún mantiene cierta imagen de “El Oriente”, como un régimen, civilización o cultura totalmente alienígena. Pero con su renovado peso en el mundo y con la rapidísima expansión de la cultura e información en el ciberespacio, esas viejas barreras se debilitan o mutan. 

          Atrás de la imagen de la “insectificación”, la cuestión poblacional o las imágenes racistas o anticomunistas, aparece una nueva China (supuestamente) ordenada, hipertecnologica, autoritaria, efectiva, meritocrática y que logró escapar definitivamente de su condición de país del tercer mundo. Esta imagen es igual de falsa que toda otra imagen generalizadora de un país tan complejo, pero no por eso menos operativa.

          La idea de una sociedad caracterizada por “alguien responsable que pone orden” es fundamentalmente útil en un país y una época marcada por el sentimiento de fracaso, el desorden, y la falta de líderes que puedan predicar con el ejemplo. Especialmente en lo que refiere a las capacidades del estado y la obra en infraestructura.

          La eficiencia, la productividad, la intensidad del trabajo y la seriedad con la que se castiga a los errores de los gestores públicos, son algunos temas donde el ejemplo chino empieza a aparecer recurrentemente en el discurso público. Desde los famosísimos casos de funcionarios políticos condenados a muerte por casos de corrupción hasta las imágenes de puentes o hospitales construídos en días. Cuanto más corta esté la mecha de la tolerancia social a las “soluciones europeas a los problemas argentinos” (al decir de Revista Barcelona), más van a empezar a tomar fuerza estas referencias. Algo similar pasa en relación a los derechos laborales, en las críticas a las demandas sindicales y todo tipo de “derechos adquiridos”.

          Sin opinar sobre la situación real de eso en China, hay otro punto fundamental para tener en vista. Si bien aún se mantiene relativamente sólido, no debería sorprendernos que la visión positiva de la democracia liberal y el republicanismo quede muy golpeada si este y/o el próximo gobierno fracasan. Ante eso, Europa y EEUU no tienen demasiadas respuestas o salidas para brindarnos excepto formas débiles y arcaicas de neo-fascismo o estética revolucionaria izquierdista. Ambas formas locales de eso son bastante fracasadas y no tienen demasiado sustento social. Entonces, no sería raro encontrar que en los próximos tiempos, la imagen de China empiece a volverse un faro que apunte en una dirección post-liberal (si es que otra potencia occidental no gana la carrera).

            Insurrección fundante y dependencia estratégica

            La principal razón por la que China inevitablemente se va a colar en el discurso público es la creciente e inevitable vinculación bilateral, sea económica-comercial, de obras de infraestructura o política. Algunas de nuestras producciones económicas claves están ligadas irrevocablemente a China, que no por nada es uno de nuestros principales vínculos comerciales. Lo mismo sucede con algunas obras de infraestructura clave que solo pueden hacerse con capitales chinos (y con las próximas que sean necesarias seguramente suceda algo similar).

            Esto no hace que sea todo positivo, ni mucho menos, también trae conflictos respecto a la exportación masiva y barata de productos y los efectos de las empresas chinas en el territorio y sobre los recursos, como puede ser la polémica por la pesca indiscriminada en los mares del Sur, donde China no es ni de cerca el único actor, pero sí uno importante.

            Cuando Milei gira de “nunca hacer pactos con comunistas” a “China es un socio comercial interesante porque no pide nada excepto que no los molesten” no hace más que confirmar la inevitabilidad histórica de un vínculo, así como políticos “anti-EEUU” también comercian con la potencia occidental.  Este vínculo y las formas en que se de, también van a transformar la imagen y el uso de China. El vínculo de Argentina con las potencias globales fue siempre complejo, por ideología y por intereses, se trate de España, Gran Bretaña, EEUU o la URSS, y también lo va a ser con China.

            La particularidad más notable de China es aparecer como la única alternativa generalmente aceptada como, al menos relativamente, exitosa y que no surge directamente del riñón de la democracia liberal occidental y su red de aliados. En un siglo de nuevos liderazgos, ni Japón, Corea, Rusia ni India o el mundo árabe alcanzan todavía esas dos cualidades juntas, sin perjuicio de que puedan lograrlo en algún momento. Los demás estados de los BRICS, por ejemplo, pueden funcionar más como un faro alternativo. Quizás con Brasil como ejemplo más “cercano” para mirarnos en el espejo.

            Pero volviendo al principio, el espíritu de la excepcionalidad argentina es extremadamente poderoso. No hay que temer a la “importación de modelos foráneos”, básicamente porque es imposible que suceda. Especialmente de un país tan complejo, lejano y distinto como China. Nuestro sistema va a ser nuestro y solo nuestro, sin perjuicio de lo que aprendamos de los otros.