Literatura
Los diarios de Thoreau
¿Por qué seguir leyendo a autores de hace dos siglos? Porque a veces el pasado tiene más que decir sobre el presente que el presente mismo. Los diarios estacionales del escritor estadounidense Henry David Thoreau anticipan la crítica a la aceleración moderna que el sociólogo Hartmut Rosa desarrollaría recién en el siglo XXI: que la salida a un mundo alienado y frenético no es desacelerar, sino resonar. Este ensayo lee esos diarios como un llamado a construir una relación activa y transformadora con el mundo que nos rodea.
Por Felipe Ojalvo
25 de marzo de 2026
«¡El arte de la vida! […] tiene una reacción sobre la vida de quien ve.
Cómo vivir. Cómo obtener el máximo de la vida.
Como si fuéramos a enseñarle al joven cazador
a poner trampas para su propio juego.
Cómo extraer miel de la flor de la vida.
Ese es mi trabajo diario.
Y trabajo tanto en él como una hormiga en invierno»
(H.D. Thoreau)
“Llegará el amanecer de un día más brillante”
(H.D. Thoreau)
A quienes nos gusta leer “autores del pasado” —por decir de algún modo: de más de cien o doscientos años atrás— solemos sentir que en ellos, o en su obra, anida un mensaje que logra perseverar en el ser: independientemente de toda época, de toda coyuntura. Como si en sus palabras sobreviviera un cuerpo de misivas que sobreviven al paso del tiempo, en un horizonte de espejismos donde el futuro es, ante todo, un problema del lenguaje. Y eso es una paradoja. ¿Por qué? Porque muchos de esos autores, sobre todo los del siglo XVIII y XIX, escribían los argumentos de una idea, su idea, de progreso. Esto es: un camino hacia delante. O lo que es también: futuros posibles. Y entre los deseos del pasado y los fracasos del futuro, el presente se doblega en busca de los clásicos para al menos encontrar algo parecido a una zona de reflexiones que mantengan vivo el fuego de la inquietud.
Esa es mi justificación para intentar convencer a las personas que sigamos leyendo autores/as del pasado. De todas formas, con o sin esa justificación en explícito, leí una de las novedades editoriales de Ediciones Godot que fue la publicación de una especie de tetralogía estacional de Henry David Thoreau (con los libros titulados: Otoño, Invierno, Primavera y Verano). Dicha colección no contiene tratados sistemáticos, sino más bien una recopilación íntima y dispersa: entradas a su diario, fragmentos de su tesis más conocida (Walden), conferencias y alguna de sus correspondencias (a familiares y amigos). Esta miscelánea no compone una cronología lineal —en tanto las entradas saltean años—, sino una ambientación vital. ¿Eso qué significa? Que la organización estacional funciona como un marco atmosférico que permite observar el (dis)curso de un pensador en permanente diálogo con su entorno y/o ambiente natural.
Vivir en el trayecto como crítica a la alienación moderna
La idea general que sostengo en esta revisión sobre los diarios de Thoreau es que esa parte claramente informal de su obra puede ser abordada como una crítica a la alienación moderna —sobre los difusos límites entre el tratado filosófico, la misiva literaria y ontológica— y una apelación a un retorno a la naturaleza como recomposición de (nuestra) relación con el mundo. Para formalizar esa hipótesis de lectura es preciso revisitar los aportes teóricos del sociólogo alemán Hartmut Rosa. Este autor en un reciente texto titulado Resonancia: una sociología de la relación con el mundo (2019), propone un sólido marco teórico para analizar la historia y presente de la modernidad en la interrelación entre Sujeto (el Sí mismo) y Mundo (como la totalidad de lo experienciable). Con esa propuesta teórica Rosa busca discutir el paradigma de la aceleración, proponiendo que lo contrario a la aceleración —que tiende a la alienación sin fin— no es la desaceleración, sino la resonancia. ¿Qué es la resonancia? Una relación activa con el mundo. ¿En qué sentido? en el sentido metafórico de un estar contenido por un hilo vibrante y mágico que une (enlaza) Sujeto y Mundo en una mutua imbricación —o en los términos de Rosa: asimilación transformadora— entre ambos. De modo que para Rosa, la modernización es un proceso histórico que tiende a una crisis de alienación donde el sujeto se relaciona con un mundo «mudo» y reificado, regido únicamente por el aumento de obtención de recursos. Así: más profunda (o tardía) se vuelve la modernidad, más alienados y acelerados están los sujetos sociales.
Henry David Thoreau, unos cuantos años antes de que Rosa siquiera nazca o de que la modernidad se estructure plenamente como la estructura organizadora de lo social, se hizo conocido como el filósofo de la naturaleza. Aquel hombre que construyó una pequeña casa de un ambiente, en lo más profundo y recóndito del bosque de Walden y que compuso una vida (y obra) en abierta relación con el ambiente, la naturaleza y por tanto el Mundo. Una interacción activa entre ambos que, sostengo, puede observarse con más facilidad en sus textos dispersos. En Invierno, Thoreau identifica ese padecimiento de época a mediados del siglo XIX: «El invierno ha llegado sin que yo lo advirtiera; estuve tan ocupado escribiendo. Es la vida que más se lleva en relación con la Naturaleza. ¡Qué diferente de mi vida habitual! Es apurada, ruda y trivial, como si uno fuera un huso que hila en una fábrica. La otra es pausada, fina y gloriosa, como una flor. En el primer caso, meramente te gana la vida; en el segundo, vives en el trayecto«. Esa distinción entre ganarse la vida y vivir en el trayecto prefigura cuestiones presentes en la crítica que Rosa hace sobre la vida alienada: donde el mundo se vuelve un recurso a explotar y no un espacio de encuentro. Para Thoreau, la alternativa es una disposición de escucha activa, o en sus palabras: «una profesión de estar siempre alerta para encontrar a Dios en la naturaleza«, lo cual constituye el primer paso hacia una relación resonante con el mundo. Como dice el filósofo norteamericano: «entonces el rocío comienza a descender en tu mente y su atmósfera se filtra de toda impureza; […] El hogar es aquí; la belleza del mundo deja su impresión en ti«.
La afectación y el cuerpo sintiente
El concepto de resonancia de Rosa implica que el sujeto es «alcanzado» y/o conmovido por esa totalidad externa —que es el Mundo— al mismo tiempo que el Sí mismo actúa, reacciona y ejecuta actividades y acciones que la constituyen. Thoreau describe ese acontecimiento como una experiencia “casi eléctrica”, subrayando la dimensión física de su relación con el mundo: «mi cuerpo es sintiente en su totalidad. Cuando voy aquí o allá, me deleito con una y otra cosa con la que entro en contacto, como si tocara los cables de una batería«.
Ese proceso de afectación no es pasivo, es decir: no sucede solamente por fuera de la persona. Ahí es donde Rosa propone el concepto de asimilación transformadora: el entorno deja de ser un paisaje estático para convertirse en un agente que ingresa en la mente y el cuerpo del sujeto, por lo tanto éste último asimila a la vez que transforma aquello que incorporó. En Verano, Thoreau lo expresa así: «Entonces el rocío comienza a descender en tu mente y su atmósfera se filtra de toda impureza […] El hogar es aquí; la belleza del mundo deja su impresión en ti«. Thoreau deja de ser un observador desapegado para convertirse en un participante de la dinámica del mundo.
Otro concepto interesante de Rosa es la no disponibilidad. Esto es: la resonancia no puede forzarse ni instrumentarse. Thoreau dice: «Esperaré la brisa con paciencia y creceré como la Naturaleza determine«. No hay un intento de dominar el entorno, sino un arrojo a su ritmo. Los textos del filósofo norteamericano expresan ese intercambio mutuo, pero sobre todo: las implicancias que esa entrega tiene para con una relación bien lograda con el mundo. Ya que en los propios términos de Thoreau: «el hombre más rico es quien aprovecha mejor la naturaleza como materia prima para los tropos y símbolos con los que describe su vida«.
En ese arrojo, permite que la naturaleza actúe como una «dosis medicinal para el alma«. Es decir: no busca utilidad en el bosque, sino más bien: una relación sólida. En el volumen de Verano, sintetiza esta idea: «La salud es una relación sólida con la naturaleza«. Para ambos autores es imposible medir el bienestar humano por la acumulación (u obtención) de recursos, sino por la calidad del vínculo que logramos establecer con aquello que nos rodea —que en alguna medida también implican los sóstenes materiales—. Esto significa que la relación que Thoreau propone con la Naturaleza, no es solamente con el ambiente natural propiamente dicho, sino con todo lo que esté allí afuera de uno mismo: la sociedad, los afectos, la política, el trabajo, etc. En sus palabras: «Que haya un margen amplio de ocio es tan hermoso en la vida del hombre como en un libro. […] Vivimos demasiado rápido y a lo bruto, al igual que comemos demasiado rápido y sin percibir el verdadero sabor de nuestro alimento«.
Registrar el amor
De esta forma, esos fragmentos dispersos de Thoreau son el laboratorio donde se germina de forma embrionaria una (quizás primera) resistencia a la alienación moderna. Al leer esas notas estacionales, comprendemos que su proyecto era, en última instancia, documentar los momentos en que el mundo le hablaba. Es como aquella imagen de un pequeño gorrión que canta a pocos pasos de distancia de Thoreau y éste último le contesta con un poema. Sus textos son eso: esa respuesta sensible. No hay Mundo sin una relación activa con el mismo, o mejor dicho: lo hay pero de forma alienante (muda, sofocada).
Por último, si la resonancia es la respuesta a la mudez del mundo, el diario de Thoreau cumple esa función vital. Como él mismo confiesa en Otoño: «Mi Diario debería ser el registro de mi amor«. Ese amor no es otra cosa que el relato de un hombre que se negó a vivir en un mundo atiborrado de las trivialidades que flotan sobre la superficie de los días, eligiendo en cambio habitar un universo que vibra, nos interpela y nos transforma.
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