Música
Lo que aprendí escuchando los 1001 discos que tenés que escuchar antes de morir
A principios de siglo, Robert Dimery compiló en un libro los «1001 discos que tenés que escuchar antes de morir». Dante Sabatto se tomó en serio el título, los escuchó todos y escribió este ensayo.
Por Dante Sabatto
04 de junio de 2024
I.
Al principio escuchaba un disco por día. Iba sumando. En mi mejor momento, según mi diario personal, llegué a escuchar cuatro o cinco, casi todos los días. Mi máximo fue de ocho discos, el 21 de septiembre y el 22 de diciembre de 2022. En la primera de esas fechas escuché American Pie, de Don McLean; el IV de Led Zeppelin; dos de Emerson, Lake & Palmer: en mis oídos, era 1971. En la segunda fecha, Maiden, Duran Duran, Def Leppard, R.E.M.: había llegado a 1982.
Mi escucha de los 1001 discos empezó el 28 de marzo de 2022 y concluyó el 7 de diciembre de 2023. No lo hice solo: algunas amigas estaban embarcadas en el mismo proyecto. Como un viaje compartido. Esta no es una crónica personal de mi experiencia, aunque podría serlo: tengo un excel detallado que registra y clasifica esos discos y guarda mis impresiones sobre cada uno.
No, mi intención es exprimir un poco más esa experiencia, que fue agotadora, y hermosa, y sorprendente, y a veces aburrida (¿cuánto drum and bass puede escuchar un ser humano caminando por microcentro?), y a veces gratificante, y siempre disparadora de ideas, reflexiones, descubrimientos. Lo que me atrajo del listado originalmente era su imposible pretensión de objetividad: el “tenés” del título. Es un mandato cultural, no podés no conocer esta música. Por supuesto, ese mandato es inmediatamente ilegítimo, pero hay algo poderoso en la imposición que implica un listado, un ordenamiento.
Cada día, abría la lista y descubría qué me tocaba escuchar en ese momento. Podía ser algo que conociera a la perfección o que nunca hubiera escuchado nombrar. Pero me quitaba el enorme peso de elegir. Y me forzaba a encontrarme con cosas nuevas. Cuando llegué a escuchar ocho discos en un día, no fue porque estuviera aburrido, o porque quisiera avanzar más rápido con la lista, sino porque literalmente no podía esperar: necesitaba saber qué más tocaba. Estaba sediento de música.
La experiencia es, por desgracia, irrepetible. Me dejó un montón de reflexiones que pienso compartir acá: sobre cómo pensamos el canon musical desde el pop occidental contemporáneo, sobre los límites de esa misma “occidentalidad”, sobre el acto mismo de escuchar música, sobre el formato “disco” y su vigencia. Pero, pese a haber escuchado mil discos y uno más, también me dejó sediento.
II.
1001 Albums You Must Hear Before You Die es un libro editado por Robert Dimery para Universal Publishing. En realidad, la selección de los discos y sus breves reseñas no corren sólo por cuenta de él, sino que trabajó con un equipo de más de ochenta colaboradores de distintos orígenes y nacionalidades. El objetivo es proveer una “oportunidad para reexaminar el balance crítico aceptado de los puntos altos y bajos musicales de los últimos 50 años”, según el prólogo.
Inmediatamente nos enfrentamos a un problema: ¿qué música? Hay ausencias muy notorias: nada de música clásica, por ejemplo, amén de un obvio y esperable foco casi exclusivo en Estados Unidos y el Reino Unido. En términos generales, podríamos decir que los discos son de música pop, no en el sentido del género que va de los Beatles a Olivia Rodrigo sino en su acepción más amplia, la de música popular. Tomo la definición de Agnès Gayraud: este macrogénero (que incluye rock, funk, hip hop y mil categorías más) se define por una forma, la de la canción grabada, como versión considerada definitiva y final de la música (a diferencia de las partituras, en la música clásica, o la recreación en vivo, en el folklore). Incluso esta clasificación es problemática, porque el listado incluye bastante jazz, que se encuentra en un límite originario del macrogénero pop.
El segundo elemento característico del listado es su orden: es cronológico, aunque por algún motivo sólo lo es de año a año; dentro de cada año, el orden de los discos parece más bien arbitrario. E incluso en este ordenamiento encontré más de un error (si alguien me puede ayudar a ubicar la fecha correcta de Vento de Maio, de Elis Regina, se lo agradeceré de corazón: aparece como correspondiente a 1978, pero encontré también datos que hablan de 1977, 1980 y 1985). En fin, lo importante es que el libro intenta contar una narrativa, una historia de la música.
El tercer elemento es el origen geográfico. Hay más de un colaborador brasilero entre los autores del disco, y se nota: la bossa nova y la MPB están bien representadas en el listado. El tango no: sólo nos tocó el jazz de Piazzola y Gary Burton (The New Tango, de 1987) y la fusión electrónica contemporánea de Gotan Project (La Revancha del Tango, de 2001). Hay, también bastante música india, y algo de África del Norte. Del este asiático, ni noticias.
Pero basta de descuartizar los prejuicios del libro por un rato. Admitamos que todo listado requiere este tipo de limitaciones arbitrarias. De hecho, ahí reside su gracia. Quizás la pregunta que emerge de todo esto es a quién le habla el título del libro: ¿quién tiene que escuchar esos discos antes de morirse? Es extraño: por un lado, 1001 es un número altísimo, implica compromiso, erudición. Al mismo tiempo, hay una cierta lógica del menor común denominador: todo el mundo debería escuchar esos discos. Son el canon de la música hasta ahora. De hecho, no los define su calidad sino más bien su relevancia, su legado, su influencia.
Esa cualidad es particularmente difícil de medir, y las extrañas decisiones que toman los editores una y otra vez (ya llegaré a ellas) son particularmente interesantes: ¿por qué determinados géneros, países, músicxs aparecen más que otrxs? Como toda estructura que se pretende objetiva y totalizante, inmediatamente deja ver sus sombras, sus exclusiones. Inmediatamente te da ganas de hacer un contra-listado, elegir otros mil y un discos. Como dice el lugar común jazzero, lo importante son las notas que no están tocando.
III.
Pero antes de seguir pensando sobre cánones y anti-cánones, quiero volver a pensar en gustos y disgustos. Porque un riesgo de escuchar estos 1001 discos es caer en una trampa etnográfica. Soslayar la experiencia estética de la música y su disfrute y preocuparse demasiado por la historia de la música, por la importancia de cada disco. Y no escucharlo como un disco.
Me encanta el proto-punk de los 60, el de los Stooges, los Monks, los Sonics. Prefiero el funk al soul, y cuanto más smooth peor. Mi década favorita son los 70, y, Marge, creo que odio los 80. Fui aprendiendo cosas sobre mi propio gusto, o fui formando ese gusto, o los dos a la vez, a medida que escuchaba el listado. Esa es la experiencia fundamental, para mí, la más hermosa de todo este trabajo de casi dos años.
Pero un rol central en todo esto es el de los contextos. Lo descubrí cuando llegué a 1963 y, así, a la revolución beat. Ya conocía, obviamente, la discografía de los Beatles. Pero poco y nada había escuchado de sus contemporáneos: los Who, Kinks y Byrds, quizás, pero Yardbirds, Jefferson Airplane, ¿Donovan? ¿Captain Beefheart? ¿The Electric Plums? ¿The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators? Así, poco a poco, se recompone un contexto, no sólo histórico sino sobre todo sónico. La psicodelia y el prog, y sus costados folklóricos y bluseros más allá de la guitarra de Clapton o las armonías de Crosby, Stills, Nash y Young.
Y los discos que conocías suenan distintos, en ese marco. El oído se acerca un poco más a escuchar, por ejemplo, “Helter Skelter” antes de la existencia de toda una tradición de rock pesado que ayudó a fundar. Sin duda no se puede viajar en el tiempo a 1968, pero la cronología del listado permite ponerse en mayor contacto con su potencia, su rupturismo. En general, la superioridad absoluta de los Beatles me resultó clarísima… Pero en este punto vuelvo al problema del canon: esa es, al fin y al cabo, la narrativa crítica “aceptada”, objetivada, la que el libro quiere contar.
Una cuestión que surge de esto es la posibilidad de “achatar” la escucha. El libro incluye 1001 discos, y algunos pueden ocupar más espacio en la página, pero al fin y al cabo todos son tratados de la misma manera. The Velvet Underground & Nico, un disco tan influyente que el mito cuenta que vendió sólo 500 copias pero “cada persona que lo compró terminó formando una banda”, tiene el mismo lugar que Devil Without A Cause, de Kid Rock.
Entonces conviene estar atento a la contextualidad para, justamente, poder también evitarla. El disco requiere cierta autonomía. Requiere ser escuchado como un disco, para que no lo agote ser sólo un lugar en una grilla. Lo más importante no es, quizás, que haya habido otras bandas de pop psicodélico tocando en paralelo a los Beatles, sino que por algún motivo The Kinks Are The Village Green Preservation Society, un proyecto casi reaccionario en el que la banda de “You Really Got Me” decide hacer un retorno a la nostalgia folk de la infancia británica pre-beat, me pareció una obra maestra insuperada.
Pero el contexto, la historicidad, siempre vuelve. En una de las canciones de ese disco, “Picture Book”, el estribillo incluye la frase “Scooby-dooby-doo”, que, imaginé, era una referencia al dibujito animado. Pero el disco antecede al perro parlante y sus amigos por un año, según me aclaró una búsqueda de Google, y en ese momento sentí caer 60 años de cultura popular sobre mis hombros. Esa coincidencia absurda e intrascendente ejemplifica el juego imposible de escuchar estos discos: el deseo de posicionarse en el momento histórico de su salida, la incapacidad de deshacerse de décadas y décadas de historia heredada, la búsqueda de tan sólo escuchar música y disfrutarla (o detestarla). La autonomía imposible del arte, y al mismo tiempo la comprobación de que no se agota tampoco en su historicidad: si fuera así, no habría disfrute ni rechazo posible, sólo enciclopedismo, etnografía, trabajo.
IV.
El listado (spoiler alert) termina con ★, más conocido como Blackstar, el disco que sacó David Bowie en 2017 a horas de su muerte. Es un final perfecto para la narrativa que el listado construye: una donde la experimentación rockera de los 70 y su lazo con el pop más mainstream forma un núcleo central; una donde se valora la mezcla de géneros, la apropiación de elementos del soul, el funk, la electrónica, pero sobre todo se considera que, en el siglo XXI, toda esa experiencia debe llegar a una búsqueda artística individual, inclasificable: ese es el destino de la música. Ese es, también, el camino de Bowie, uno de los artistas más representados en el libro, con 9 discos (lo acompañan en el podio los Beatles, los Rolling Stones, Neil Young, Bob Dylan y, por algún motivo, Elvis Costello).
Pero estoy mintiendo: el listado termina en Blackstar en su edición de 2017, la que elegí para escuchar. La versión original, de 2005, concluía con Get Behind Me Satan de los White Stripes; la de 2010, con It’s Blitz de los Yeah Yeah Yeahs (en la primera década del milenio, parecía que el rock garage bailable iba a ser más importante de lo que terminó siendo). La de 2013, con The Next Day, también de Bowie; la de 2018, con Microshift, de Hookworms; la última, de 2021, con Heaux Tales, de Jazmine Sullivan.
Es decir que los discos que tenés que escuchar antes de morirte cambian. Porque el canon se extiende hasta el presente, y como el número siempre debe mantenerse en 1001 (“usted da demasiada importancia al sistema decimal”, dicen que dijo Borges en un velorio a una mujer que se lamentaba porque el finado había llegado sólo a los 99 años), algunos discos tienen que ser eliminados cada año. Los últimos años siempre tienen menos: 1968 llega a un pico de 37 discos, pero sólo hay 2 de 2011.
La decisión de llegar hasta el año de actualización de cada edición me parece apasionante, particularmente porque se rehúsa a establecer una distinción firme entre la historia y el presente. Parece imposible aceptar que, digamos, What’s Going On de Marvin Gaye exista en la misma línea temporal que el último proyecto EDM de Coldplay. Pero efectivamente lo hace. A su vez, ¿quién puede reconocer un clásico en la música contemporánea? De hace cinco, diez años, quizás sí, pero ¿podemos de verdad decir que un disco que no ha cumplido la vuelta al sol es influyente, importante, significativo, tanto como para volver “necesaria” su escucha? Si te invitaran, lectorx, a sumar un disco del último año a la próxima actualización, ¿cuál propondrías?
No puedo rechazar completamente la audacia de llegar hasta el presente, a fin de cuentas, porque ¿no funciona así el pop? ¿Avanzando sin límites, siempre consumiendo lo anterior? ¿No es ese el punto del disco como forma musical final?
V.
Pero nuevamente esto deja ver la gran narrativa que el libro construye. En la historia del pop que cuenta el libro, que es a la vez un canon objetivo que pretende “leer” del promedio de las opiniones de críticos y consumidores, las cosas son más o menos así:
En el principio, en los 50, era el jazz modal, el hard bop, el swing. Allí, de la mano del blues, nació el rock and roll. Entonces, los sesenta: primero, la revolución psicodélica; luego, la progresiva. En paralelo, el R&B va decantando en el soul y el funk. Y así llegamos a los 70: del art rock nace el glam y así surge también el punk. Casi inmediatamente, el post-punk emerge como forma definitiva de la música, la más experimental y a la vez comercialmente exitosa, sobre todo cuando se deja convertir en new wave, y de allí al synthpop hay un paso mínimo. Entramos en los 80: el metal se ha establecido, el pop vuelve a su lugar central con la caída del disco y pronto entraremos en los albores de la “música alternativa”. El rap asciende también, pero no llega a un punto relevante hasta los 90. Esa es la década del hip hop y la electrónica (rave, dnb, house, todo junto), pero también la de la revolución alternativa del grunge y el industrial, que rápidamente se volverán pop. Y la historia termina casi en 1999: las dos décadas siguientes corresponden a discos conceptuales, experimentaciones sin género, tradición ni escuela, cuyos criterios de selección se vuelven cada vez más difusos. Ah, mientras tanto ha habido también folklore, música tradicional de algunos países y alguna que otra cosa más.
Es claro el privilegio rockero del canon, y en particular la versión que podríamos llamar “artsy”, es decir, de una búsqueda estética innovadora y personal: eso es lo que se privilegia en la psicodelia de los 60, el postpunk de los 70, las dos etapas alt de los 80 y 90 y todo lo indie del siglo XXI. En síntesis, algo que arranca con Frank Zappa y Lou Reed, y llega hasta los años finales de Bowie, y pasa por Talking Heads, Kate Bush, my bloody valentine, Nick Cave, Björk y Fiona Apple.
Pero a esto se suma un intento por dialogar con la música exitosa, la que vende, la de la radio. En los años 60 o 70 eso es más sencillo, porque el gusto que se ha ido formando (y las discográficas no dejaron de influir sobre esta formación) ha establecido una cierta clasificación ya aceptada. Nadie se asquea ya con los Bee Gees, y se pueden escuchar al lado de Sly & the Family Stone sin demasiada vergüenza; los 80 y 90 están sufriendo el mismo proceso: el hair rock naif de Journey o Twisted Sister ya nos da más ternura que cringe, el disco ha sido abiertamente reivindicado, Daft Punk gana grammys. Pero cuando nos acercamos al presente y no encontramos To Pimp a Butterfly pero sí 25 de Adele, la disonancia llega casi al ridículo.
Este es el problema intrínseco e irresoluble de un canon pop: no se puede sostener el aura de enormes proyectos como The Dark Side of the Moon, Songs in the Key of Life, Unknown Pleasures o Straight Outta Compton sin perder a la vez la conexión con un presente que suponemos desencantado, incapaz de producir a ese nivel. La lectura sobre el fin de la música, de la que, por su misma selección, este listado es tributaria, es refutada por su misma necesidad de seguir expandiéndose. La lógica del canon es una lógica de lo acabado. Si una parte de tu casa es un museo, estás viviendo en un museo.
VI.
No quiero pelearme más con los prejuicios del listado. No quiero seguir señalando sus exclusiones (¿sólo dos discos de Queen? ¿por qué falta el primero de Weezer, o In the Aeroplane over the Sea, o, insisto, To Pimp a Butterfly? ¿será posible que sólo haya 65 discos de hip hop? ¿por qué, por el amor de Dios, tanto Elvis Costello?). Hay que admitir que estas son también las fallas del sentido común, del gusto musical que hemos construido, y también que nos han construido.
Más que nada, la experiencia de escuchar 1001 discos sin morir en el camino, discos elegidos por su importancia, su significancia histórica y estética, revela la arbitrariedad de estos estándares. El buen y el mal gusto han sido forjados en marcos sociales y culturales específicos, a través de innovaciones técnicas particulares, con intereses económicos inmensos en juego, aunque también a través de búsquedas parcialmente autónomas que establecen flujos de retroalimentación con estos procesos. Y hay muchas cosas que ya no podremos cambiar: me cuesta imaginar que en 50 años un listado como este no incluya, por ejemplo, Abbey Road.
Pero al haber intentos, siempre fallidos, de establecer un canon pop, puede haber intentos de hacer anti-cánones, crear contra-listados, cepillar la historia musical a contrapelo (quizás así le arranquemos otras notas). Manos a la obra.
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