Literatura
Literatusi
Por Luis Pisani
20 de septiembre de 2025
Me acerco a la mesa de cobro de una librería. El tipo que atiende no me conoce, mira lo que le llevo: en una mano El canon occidental de Harold Bloom, en la otra el tomo 12 del manga Shaman King. Mientras los recibe, levanta una ceja y sonriendo me dice “cómo va a pegar esta mezcla, eh”.
Borges decía que la belleza es algo común: difícilmente cualquier conversación entre dos transeúntes no tuviese alguna frase de perfecta hermosura. Se me hace que algo similar debe ocurrir con la teoría literaria, porque en esa acotación del librero parece haber toda una definición de lo que podemos entender por literatura. “Cómo va a pegar esa mezcla” es estar diciendo dos cosas: que los libros son un modo de intervenir en la conciencia, y que la combinación de estos dos puede derivar en resultados imprevistos. En definitiva, que los libros son drogas en un sentido absolutamente literal.
Hablar de literatura y de drogas es correr el riesgo de caer en ese tipo de apreciaciones edulcoradas que los humanistas se la pasan declamando respecto a que los libros abren mentes o que son puertas a otros mundos. Acá no queremos encontrar metáforas para discursos del Día de la Lectura. Si la literatura es una droga es porque altera los modos operativos de la mente. Cuando a mitades del siglo XVII René Descartes se pone a repetir (1637, 1641) “pienso, luego existo”, no se está dando cuenta –debería poder vivir trescientos años para hacerlo– que lo que nos dice es que solo se es en el lenguaje, que solo se existe en el verbo, que la conciencia de sí es un modo de pronunciarse. A partir de entonces, y pasando por Kant, por Nietzsche y particularmente por el giro lingüístico a principios del siglo XX, el lenguaje tendrá más y más participación en la forma en que construimos representaciones y en la manera en que interactuamos con el mundo, hasta ser, con la teoría del determinismo lingüístico de Sapir y Whorf, la condición de todo pensamiento. Y siendo así, siendo las categorías lingüísticas la base de cualquier ocurrencia, cualquier deseo, cualquier angustia, pero también de cualquier mirada y cualquier registro, siendo así, ¿qué es la literatura sino un desarreglo y una violencia sobre esos andamios que hacen a la “casa del ser”?
Pero, ¿por qué decimos droga? ¿De qué hablamos cuando hablamos de drogas? Me parece que una definición que nos resulte pertinente tiene menos posibilidades de salir de un libro de farmacología que de una rave. Entiendo por drogas un tipo de tecnología cuyo propósito es intervenir en los procesos cerebrales a través de los cuales un sujeto se percibe a sí mismo y a su entorno. Se trata de un elemento externo que se inocula en una organización biológica estable para producir ciertas perturbaciones, ciertos desequilibrios. A William Burroughs –gran drogadicto, gran escritor– el lenguaje inmunológico que estamos usando le resultaría oportuno. En La revolución electrónica nos presenta la idea de que el lenguaje es un virus. Una forma de existencia alienígena con la que, en algún momento de nuestro desarrollo evolutivo como seres humanos, entramos en contacto y que produjo en nuestra naturaleza derivaciones tanto psíquicas –la propia posibilidad de un psiquismo– como físicas –una garganta capaz de articular sonidos específicos–. Lo interesante de la hipótesis de Burroughs es cómo este virus estableció tal nivel de simbiosis con su huésped que dejó de ser reconocido como un elemento externo, dejó de ser algo que se nos acopló para volverse un atributo constitutivo de la condición humana. Dice Aristóteles en su Política: “El hombre es el único animal que tiene palabra”, y luego agrega: “esto es lo propio del hombre frente a los animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad” (Aristóteles, 2014: 251). Este virus, que llegó quién sabe de dónde, que entró en contacto con una forma de vida primate para enfermarla, desarticular sus sistemas e intervenir en posteriores desarrollos evolutivos, este virus es la condición misma de lo humano, la definición de su salud tanto individual como comunitaria. Si hay familias y pueblos que puedan aspirar a su conservación y prosperidad, nos dice Aristóteles, es porque tenemos lenguaje.
Unos párrafos luego de hablarnos del virus del lenguaje en términos de pasado, Burroughs nos dice, ya en un registro potencial: “Liberar a este virus de la palabra podría ser más peligroso que liberar la energía del átomo. Porque todo el odio todo el dolor todo el miedo toda la lujuria están contenidos en la palabra” (Burroughs, 2009: 30). Hay algo latente contenido en ese virus que no se libera debido a su peligrosidad. La palabra, condición de estabilidad –salud– tanto del individuo como de su comunidad, puede ser también la gran amenaza que lo lleve todo al desastre. Platón ya se dio cuenta de esto hace dos mil cuatrocientos años, cuando en el libro IX de La República pidió la expulsión de los poetas de la polis. Esa potencia, la exploración de su peligrosidad, la caminata en los bordes que separan salud y enfermedad, lo propio y lo ajeno, el mundo como lo conocemos y su siempre tentadora destrucción, es la naturaleza misma de la literatura.
De repente me doy cuenta de que si lo que se quiere es explorar este carácter malsano de la literatura hay que poner a jugar un tercer elemento: la cultura. No se puede hablar de drogas ni de literatura como droga sin esta tercera dimensión que haga de límite. Porque “lo droga” en este caso no está dado por el aspecto compositivo de una sustancia (posición farmacológica) sino por sus efectos (posición maquinal). Lo droga es ahora casi un atributo. Algo es droga en la medida en que carga la potencia de ingresar en nuestro sistema para desorganizarlo. Lo droga es un crimen. Y así como no puede haber crimen sin ley, no puede haber droga sin cultura.
¿Qué es la cultura? Nos lo dijo Aristóteles: “el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores”. Cultura es ese código común que garantiza la conservación del grupo social al que pertenecemos. Cultura es sentirse mal cuando empujás a una vieja, es ir a trabajar todos los días, es asumir que la tierra es redonda, es pensar que la democracia es buena. Cultura es salud. Todo lo que amenace esa estabilidad, todo lo que nos ofrezca –o nos imponga– una línea de fuga, una violencia a ese código de la permanencia que es la salud, a esa promesa de una continuidad a futuro, es enfermedad y es violencia. Por eso hay drogas y drogas: las legales, como la cafeína, que nos permiten quedarnos a trabajar hasta tarde, y las ilegales, como la marihuana, que hacen que ese encargo del jefe ya no parezca tan urgente. “Lo droga”, en cambio, siempre es criminal. Lo droga es la violación de la ley, la irrupción de lo distinto, la ruptura. Droga es ese lenguaje extraterrestre en la película Arrival (2016), que cambia irreversiblemente el modo en que la protagonista organiza la experiencia del tiempo. Droga es The Matrix (1999), que para quienes nacimos a principios de los ’90 desarmó para siempre nuestra confianza en la existencia efectiva de la realidad. Droga es A Bug’s Life (1998), que a esa misma generación nos dijo por primera vez que existían las clases sociales, la explotación y también la posibilidad de una revolución.
¿No es exactamente lo mismo que ocurre con la literatura? ¿No es lo mismo que decir que hay poemas y poemas: que están los escritos para stories de Instagram bajo el recurso compositivo de apretar mucho enter pero que también existe Trilce? Porque versos y novelas habrá de muchos tipos pero la literatura siempre es un crimen. ¿Cómo sostengo esta analogía? Bajo esa hermosa pregunta que tenemos tan incorporada para evaluar los textos –o las películas, o la música–: “¿qué me dice de nuevo?” Porque uno puede perdonarle cualquier cosa a un texto: que esté mal escrito (Arlt), que sea tedioso (Moby Dick), que no se entienda (Joyce).
Lo único imperdonable es que no diga algo nuevo, que diga lo que ya se dice, que reproduzca la cultura. “Esto ya lo leí”. Ese es el peor insulto. Lo que hay en esa pregunta por lo nuevo es el presupuesto de que la literatura es un movimiento, un desplazamiento de los sentidos que la cultura establece sobre el mundo. Una violación de la ley. Un acto terrorista. Como dicen Deleuze y Guattari: una máquina de guerra.
Hablo de literatura pero mencioné películas y podría haber referido también a la música, a la pintura, a la filosofía, a la religión. Es verdad que en todas estas disciplinas habita esta potencia desorganizante, pero yo creo que la literatura es por definición un laboratorio “metanfetafísico” (hermoso concepto de Germán Prósperi). Para Lacan, el inconsciente no está adentro, sino afuera. Es la cultura, que en una imagen bastante alienígena podríamos decir que como un parásito se nos mete adentro, desde incluso antes de nacer, para decirnos quiénes somos y qué es la vida. Lacan le dice a ese aspecto de la cultura que introyectamos en nosotros “registro simbólico”. Si bien esa dimensión simbólica abarca todas las esferas del intercambio social (cada guiño de ojos, cada caricia, cada golpe), es en el lenguaje verbal donde radica su máxima expresividad. La lengua materna, para Lacan, no está para que digamos sino para que seamos dichos por la cultura. Es menos un dispositivo de decir que de no decir. ¿Qué se dice con la lengua materna? El mundo en el que vivimos. ¿Qué no se dice? Todo lo otro, lo que pudo haber sido y que no es. Si la identidad cultural es la casa en la que vivimos y que nos protege del caos de lo real, la lengua materna es los ladrillos que sostienen cada una de sus paredes. ¿Y la literatura? ¿La literatura qué es?
La primera vez que consumí de la buena fue en el secundario. Andaba en mis quince años, iba a colegio técnico y todavía no sabía que me gustaba leer. Más o menos tenía claras las leyes gramaticales de la realidad (tabla periódica, intercambio de electrones, gravedad) y ni siquiera hacía falta imaginarme reproduciéndolas toda la vida, hasta que en un estúpido artículo sobre neurociencias que nos obligaron a analizar en clase hacían referencia a un tal Funes de un tal Borges. Conocía a Borges como todo chico de quince años, por Asterión, y sabía que era un escritor famoso, mas no todavía como el degenerado corruptor de mentes y el dealer psicotrópico que es. Fui a la biblioteca, saqué el cuento y encontré esta frase:
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que solo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. *…+ No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez (Borges, 2008: 131 y 134)
Me había pasado con Matrix y ahora me volvía a pasar. Fue como si a la ventana a través de la cual miraba el mundo le tirasen un ladrillazo. Ficciones fue mi primer cartón de pepa, que abrió paso a otros: Evangelion en VHS, David Lynch en I.Sat, Pink Floyd. Pero lo de Borges era siempre más grave, más profundo. Aunque las imágenes tengan mayor facilidad para impactar y dejar cicatrices en la memoria, la corrupción que desplegó Ficciones en mí fue más violenta porque se ejercía sobre el material primordial. Los habitantes del mundo de Tlön no tienen sustantivos, solo adjetivos y verbos: su mundo es un acto de realización continuo, entregado al vértigo del devenir, como en esa vacilación tan linda y tan confusa en el verbo to be que los angloparlantes se pierden por naturalizarla: que las cosas puedan ser (permanencia) y a la vez estar siendo (circunstancialidad). En “La biblioteca de Babel” se lleva al extremo la arbitrariedad saussuriana constitutiva de la lengua: decir “moneda” es algún día llegar a decir “lata”, “pirámide”, “Argentina”, “heladera”; si el lenguaje es pura forma, el sentido es siempre artificial, y las cosas que nos pasan no son más que el juego de interacciones entre materiales en fricción (tabla periódica, intercambio de electrones, gravedad). Tener catorce o quince años y que el bibliotecario de la escuela te trafique uno de estos cosos así como si nada, y que después te metas en tu pieza a consumirlo y tu vieja pase, te vea y sonría orgullosa, es algo bastante gracioso. Gracioso y jodido. Uno después se engancha y no puede parar de buscar esas ideas, esa próxima línea, para más tarde andar en el bondi o por la calle externamente bien pero con la sensación de tener vidrio en el cerebro, como esos yonquis de fentanilo, con una mezcla de júbilo, de desorientación y de melancolía difíciles de hacer entender.
Bajo el efecto de la literatura la realidad pierde sustancia, y esto no es una metáfora. El enfoque que tuvimos aquí estuvo centrado en la percepción y en el modo en que elaboramos representaciones, ese grado uno en la interacción del sujeto con el mundo, pero tranquilamente, engolosinándonos –siempre una línea más–, podríamos haber derivado hacia otras complejidades; por ejemplo, los efectos que esas distorsiones en las maneras de percibir tienen en cómo nos vinculamos con lo que nos rodea y con los otros (¿con cuáles colores ve el mundo un vitalista? ¿y con cuáles otros un depresivo, un paranoico, un sociópata?). Que sea mejor Alejandra quien nos ponga un parate: “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”, dice en Árbol de Diana, dos versos que podrían sintetizar las experiencias con mescalina en Las puertas de la percepción de Huxley. A esa violencia revolucionaria contra la mirada, que nace del juego sobre la energía atómica del lenguaje, nosotros aquí la llamamos literatura.
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