ARTIFICIOS

La gran ola

Por Mati Segreti
2/11/2021

Se sabe que al maestro Hokusai le fastidiaban tres cosas y otras tres lo deprimían. La primera exasperación era la ineludible sensación de malestar que le producía un invitado que no había resultado interesante, y que hacía lo posible para no marcharse incluso cuando se le daban señales claras de cerrar el encuentro, como por ejemplo bostezar. La segunda era el aullido de los perros cuando el sol daba inicio al mediodía y por último, pero no por eso menos desagradable, al artista le irritaba la gente vulgar que agregaba sílabas al finalizar un comentario. Las tres cosas que le generaban angustia eran inevitables: el ocaso de la primavera, el recuerdo de las privaciones de su niñez y un sueño recurrente con la muerte.

“Kanagawa oki nami ura” significa “Bajo una ola en altamar en Kanagawa” y se trata, además de un lienzo producido en la era Edo por el maestro Katsushika Hokusai, de la memoria del puerto de Naha y la tragedia provocada por el espíritu del Dragón, en la región lindante a la península de Izu.
La primera vez que la mostró fue en el año 1829, en un cuarto cerrado con llaves, bajo la atenta mirada de la señora Hushi. Recién un año después el público tuvo conocimiento de la obra.

Dice el maestro del arte ukiyo-e sobre sí mismo: “a la edad de cinco años tuve la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos; con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la calidad verdadera de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, hierbas o los árboles.”
Agrega en otros escritos menos legibles, y mayormente deteriorados, que “la Ola”, su obra más famosa y copiada, tiene un fundamento fortuito, cuyo acceso al conocimiento de la tragedia se debe al emparentamiento de su juventud y una caminata por las colinas de la montaña sagrada con el deseo de los espíritus de susurrarle algo.

Lo que transcribo es el relato encontrado por Hokusai, hallado en el templo deshabitado de Sisha, en la cara oriental del monte Fuji, que dio origen a la Gran Ola y que llegó a mis manos luego de una desordenada subasta en el barrio japonés de Niri.

“Año de 1745 – Tercer día del cuarto mes.

El humo cubre la bahía.
El puerto de Naha, centro comercial de las islas Ryukyu se encuentra devastado. Los pobladores hablan del espíritu del dragón, el terror marino que se oculta en las profundidades y emerge para devorar cultivos y personas.

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Noro, la sacerdotisa del pueblo ha enviado un emisario al templo sagrado con un solo propósito, encontrar la piedra Sisha con forma de león. La mujer clama urgencia, el enviado monta su caballo y desaparece. La calma es momentánea, la voluntad del demonio, imperturbable.
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Algunos días pasan antes de que el mar se agite. El agua se mueve turbulenta. Algo viene de lo profundo. El lamento de las viudas anuncia a la bestia serpentina. La gran ola rompe contra la tierra. Dos barcas vacías se revuelcan antes de estrellarse contra las piedras del muelle. El infierno se eriza y se arrastra en dirección al poblado. Dos mujeres levantan sus lanzas, tres niños se colocan detrás, el demonio los devora al instante. Un hombre intenta hacerse del arco pero el fuego del dragón lo alcanza.
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Noro se encuentra de pie, sabe que su destino es enfrentar a la bestia. Un caballo cae fatigado, es el emisario que llega con la carga. El cielo ruge, la tierra tiembla. Por primera vez el dragón se inquieta. La voz de la sacerdotisa suena como las melodías del Nionghi.
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El demonio avanza, sus dientes quiebran el aire. Noro dice algo, bendice el elemento de sus manos. Sus ojos pierden el color y deja caer la piedra que en segundos asume la forma del fuego. La bestia se detiene, es la segunda vez que su voluntad se perturba. Una figura emerge de las llamas, los cabellos son dorados y tiene el rugido de lo sagrado.
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La batalla dura poco. El león de fuego ataca el cuello del dragón, brota sangre verde, el fin es inevitable y la bestia muere. Noro vuelve a cantar:

“Donde la bestia cae,
no ha de levantarse ninguna flor,
es el recuerdo de nuestras miserias.”

Dice Hokusai: “a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado el significado más profundo de las cosas, a los 100 habré hecho realmente maravillas y a los 110, cada punto, cada línea, poseerá vida propia, como el dragón, como el león.”

Hay registros de la muerte de Katsushika Hokusai en Uraga, provincia del Oriente, a los 88 años. Nada de esto es absolutamente creíble.

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