Pantallas

La fiesta está en otra parte

A veces, la vida puede sentirse como un constante «casi». La serie española Los años nuevos narra esa sensación y retrata una generación que vive entre la necesidad de huir, la búsqueda neurótica de la falta y la pérdida de los lugares seguros, cuestionándose si todavía quedan en alguna parte realidades mejores. Este ensayo no tiene respuestas, pero sí algunas preguntas incómodas.

Por Magdalena Macías
27 de marzo de 2026

Vivir en una ciudad cosmopolita y efervescente como Madrid puede sentirse como un  constante «casi»: lo mejor siempre está casi por pasar, pero no acá ni ahora, siempre  más tarde o en el bar de al lado. Incluso cuando estamos en un restaurante con la mejor  tortilla o en una fiesta en la que suenan todas las canciones que escuchábamos cuando  teníamos veinte. Esa es, precisamente, la atmósfera que envuelve a Los años nuevos, la serie española codirigida por Rodrigo Sorogoyen, Sara Cano y Paula Fabra: que algo  está por llegar, algo que promete mejorar o al menos cambiar el curso de la historia, una  decisión correcta o una salida, pero siempre en la próxima escena, en el próximo año. 

Ana y Óscar, los protagonistas, no se caracterizan por particularidades excéntricas, ni  grandes traumas o conflictos: son jóvenes universitarios con viviendas (más o menos  dignas), trabajos (más o menos felices), amigos (aparentemente simpáticos).  Deambulan entre los márgenes y los conflictos de una clase media entristecida y  nostálgica, que vive el presente pensando en que va a ser pronto un pasado más a  extrañar. Y precisamente, puede que todo el encanto de la serie radique en esa aparente  simpleza inicial. Los pequeños sonidos, las minucias del sexo, los gestos cotidianos  como oler una leche podrida o lavar los platos, los viajes en ruta y los silencios, hacen  que las escenas parezcan improvisadas y construyen una intimidad reconocible, casi  incómoda. 

Al principio parece que lo único que importa es lo que pasa en el interior de la relación  que está empezando entre ellos dos, pero, cuando termina la euforia de los primeros  besos, las primeras madrugadas escuchando música indie de la mano y cocinando  pasta los domingos, ese entorno que envuelve al otro en una relación, esos personajes  secundarios que al principio parecen difuminados y accesorios, sí que importan. La  amistad, los padres y sus demandas, el contexto social y económico marcado por las  dificultades para alquilar en las ciudades, la búsqueda de trabajo, el consumo de drogas cuando se va de las manos, la decisión o el rechazo (con sus consecuencias) de  maternar y paternar, la tensión entre la búsqueda de la estabilidad y la resistencia a  soltar la rebeldía de la juventud.  

La serie parece decir que en una relación de pareja nunca hay en realidad dos personas, siempre es el resultado de la colisión entre dos mundos. Y que no hay forma de que lo  que compone a esos mundos no empiece a colarse en el interior de nuestras casas, a  tomar voz en lo que decimos, agencia en lo que hacemos y en cada decisión que  concretamos. Por eso, tal vez, salir de ahí no siempre es fácil, porque no implica solo  dejar a la otra persona sino soltar a todos (y todo) lo que viene con ella. Es dejar un discurso, una idea, un deseo, un lenguaje, un potencial, un lugar determinado en una  clase social, un futuro; en lo concreto y en lo simbólico. 

Esa dificultad se condensa en uno de los capítulos centrales: cuando Ana y Oscar  empiezan a notar que su relación no va para más, quedan atrapados en una suerte de  laberinto borgiano. Viajan a pasar año nuevo a Berlín y la mayor parte del capítulo  transcurre en una discoteca, entre MDMA, hardcore, luces rojas y ventilación casi nula.  La sensación de asfixia va en crecimiento; todos los demás parecen disfrutar, menos  ellos. Quieren irse, pero no saben cómo, parece no haber salida.  

De ahí en más, empieza a tomar relevancia algo que ya había aparecido sutilmente al  principio, algo que también insiste con frecuencia en nuestra generación: la sensación  de ahogo, la búsqueda neurótica de la falta y la necesidad de huir de donde se está,  aunque no haya adónde ir, con la esperanza cada vez más difusa de que en otro lado o haciendo otra cosa vamos a estar mejor. De que nos estamos perdiendo algo  maravilloso y de que para conseguirlo solo alcanza con dar el paso, con animarse y salir de la zona de confort

Tal vez sea una reacción esperable por ser hijos de una época y de unos padres que,  en muchos casos, tuvieron que anteponer el deber y el sacrificio en sus trabajos,  matrimonios y estilos de vida. Cada generación parece intentar hacer las cosas mejor  que la anterior, pero en ese salto de página paga el precio de no saber qué hacer con  el deseo. Deseo que no nos llega como orientación sino como carencia, diría Lacan. No  heredamos un camino, sino la exigencia de encontrarlo por nosotros mismos, muchas  veces sin referencias claras. 

Me pregunto si en alguna parte quedarán lugares seguros. Y si es que existen, ¿será  posible llegar solo? ¿Perseguir el deseo propio es sinónimo de cambiar de trabajo, dejar  a tu pareja, mudarte de casa, de barrio, de ciudad, cambiar de continente? ¿Qué pasa  cuando se desmoronan las redes que nos sostienen, las instituciones que nos hacen  sentir parte de algo? Quedarse donde uno está, querer arreglar los baches de lo que  amamos sin revolear todo por el aire cada vez que nos aburrimos, ¿es un fracaso? 

Ya lo dijo Fabián Casas: “Vivimos hostigados por la idea de que hay una fiesta, una gran  fiesta, pero que está siempre sucediendo en otro lado. Les tengo malas noticias, amigos:  la fiesta no está en ningún lado”. 

Hace unos meses, en Buenos Aires, en una presentación de un fanzine, la escritora  Silvina Giaganti dijo que estamos todos bastante rotos últimamente, que el hilo social  está debilitado, que es más probable que implosionemos hacia adentro antes que haya  un estallido social hacia afuera. Y que, aunque uno tenga que cuidar su salud mental y  preservar ciertas distancias, igual necesitamos trama comunitaria. Redes pequeñas,  íntimas, no espectaculares, pero reales. 

En Los años nuevos, Ana y Oscar implosionan varias veces, cada uno por su cuenta.  Cuando se abre el plano y aparecen los amigos, como el viejo lugar conocido al que se  va para buscar un poco de consuelo, vemos también sus propias implosiones: sus  debilidades, el enredo en sus propios conflictos, cansados y desgastados por la  precariedad de la vida cotidiana. Y en cada cambio que hace cada uno por su cuenta se  chocan con la frustración, con un: “ah, qué pena, esto no es lo que esperaba”. No  encuentran alivio en sus decisiones individuales y empiezan a atomizarse. 

A medida que las desilusiones se acumulan uno podría pensar que insistir ya no tiene  sentido, que para qué si todo es más de lo mismo. Y que mejor quedarse adentro, cada  vez más solo, cada vez más aislado, o peor aún: volver una y otra vez a los lugares  donde ya sabemos que no estamos bien, pero por lo menos son conocidos.  

Sea intencional o no, hacia el final de la serie todos los personajes parecen quedar  atrapados en un bucle en el que cada vez es más evidente la pérdida de elección;  sumidos en una suerte de determinismo insoportable. No pueden tomar una decisión  que no sea deprimente (y ya ni hablo de cambiar de trabajo o de pareja sino de elegir  una habitación de hotel con una ventana) y se nos niega a los espectadores el espacio  para decidir si realmente pensamos que Ana es una egoísta y que a Oscar le faltan unos  golpecitos de horno. O si pensamos lo mismo de las partes de Ana y de Oscar que hay  en nosotros mismos.  

Y si uno va confundido, puede sentir que la vida es eso: una fuerza que te toma por  completo y a la que, para bien o para mal, solo es posible resignarse. 

Así va pasando el tiempo, cargado de elecciones, decisiones e insistencias. Y va  creando días, meses, años. Años nuevos, años viejos, años lindos, años feos; años que forman una vida, que se acumulan sobre otros como un yenga y que se sostienen vaya uno a saber cómo.

La pausa

La pausa

Por Máximo Cantón