Artificios
La casa extraña
“Me mudé hace pocos meses”, empieza contando Vanina Montes. Lo que sigue es un ensayo íntimo, a veces casi confesional. Es un texto espacial, sobre cómo el orden de las cosas va formando un diagrama de la vida, un plano de nuestro movimiento sobre el tiempo. Este texto fue escrito en el marco del taller Una Forma que Piensa – Caminos hacia el Ensayo, a cargo de Josefina Rousseaux, en el que se exploran herramientas teórico-prácticas para la redacción de este género.
Por Vanina Montes
04 de agosto de 2025
“Nos sentamos en el piso y comimos nuestra comida. A nuestro alrededor restos de su matrimonio: copas de cristal para agua y para vino, platos de porcelana decorados con oro verdadero en los bordes, platería de verdad. Los estaba regalando, junto con muchas otras cosas de su vida matrimonial. Me dijo que tomara lo que quisiera, pero no quise nada. No podía imaginarme viviendo con nada de eso; todo me hubiera recordado, como le recordaba a ella, el peso del mundo.”
“Lucy”, Jamaica Kincaid
Las plantas se defienden
Me mudé hace pocos meses y fueron llegando las primeras visitas de amigas o de gente con la que trabajo. Encontré a todos apenas interesados en recorrer y observar los detalles de mi nuevo lugar. Algunos simplemente depositaron su cansancio en el sillón que tanto debate interno me llevó ubicarlo en ese rincón pegado a la ventana para que le dé mucha luz. No se les ocurrió moverse de ahí salvo para ir al baño y más tarde para irse. Ni siquiera me preguntaron si podían pasar a ver el resto, lo cual les hubiera llevado dos minutos de reloj teniendo en cuenta las dimensiones del departamento. Insólito. Me llama la atención cuando alguien no se interesa por cómo vive la gente dentro de sus casas. Cuando yo estoy de visita imagino lo afortunado que es quien habita su hogar por tener un ventanal que permite que la luz de la mañana inunde el living, o le pregunto amablemente cómo se lleva con los ruidos que vienen de la calle si la vivienda da al frente, trato de percibir si está cómodo, si ese lugar es lo que esperaba o si, en realidad, está buscando la oportunidad para mudarse. Lo que me une a esa persona pasa a segundo plano cuando hablamos de estas cosas. Puedo estar conversando con alguien de asuntos muy íntimos en una cena con rico vino, manteniendo discusiones tensas, consolando a un amigo, divirtiéndome notablemente y, a la vez, estar pensando de manera compulsiva en todo eso otro.
Si amontonan sus cosas en cualquier lado sintiéndose a gusto con los objetos del día a día al alcance de su mano, o si dedican varios minutos de su tiempo a guardar sus carteras, llaves, folletos que les dieron en la calle antes de entrar, paraguas, mochilas de sus hijos, correa de su mascota, libros, anotadores, anteojos de sol, algún abrigo por si refresca adentro, pantuflas, cigarrillos, paquetes, remedios, en cajones, mesas de luz, placards, para que no estén todos a la vista dando una sensación de sutil desorden.
Hay rincones detrás de las personas.
Cuando veo una foto de alguien en su casa en Instagram, amplío la imagen para ver de cerca las decisiones que tomó ese señor desconocido o esa amiga que hace mucho no veo, ubicando la mesa debajo de una lámpara colgante consiguiendo una determinada luz de hogar, o no interfiriendo en la mezcla de texturas entre la mesa de comer y la mesa ratona y los otros muebles. Me sorprende, también, ver que alguien a quien por alguna razón admiro, tiene detrás de sí un rincón en el que optó por poner adornos impersonales sacados de una revista de decoración o algo por el estilo.
En un libro que leí hace poco, En casa, la periodista y ensayista Mona Chollet, comenta la introducción de Historia ilustrada de la decoración de Mario Praz, en la que divide la humanidad en dos categorías de individuos: los que se preocupan por su marco de vida y los que no: “En este mundo hay gente que es totalmente indiferente a su entorno doméstico” dice Mona, “No le interesan las casas”, dice Mario, y agrega: “Si me dicen: `No te fíes, fulanito hace trampa en las cartas´, no se me mueve un pelo; en cambio, más de una vez palidecí al ver por primera vez el interior de la casa de ciertos amigos que conocía desde hace años.”
Todo lo que conforma una casa: desde la cama hasta el cepillo de dientes, construye un perfil de quien la habita. Colgar una imagen en la pared del living es como gritar a los cuatro vientos que eso nos representa, está cargada de orgullo esa decisión. Mi favorita del momento es una serigrafía en la que hay un piano, un perro mirando hacia un costado, una palmera, un gato arriba de un adorno y otros objetos que no se entiende qué son. Dice “BARRIAL”, todo en dorado. Es elegante, sobria y confusa. Me costó meses decidir qué colgar hasta que la encontré en una feria por el barrio.
—Miren cómo me adora esta chica que me expuso acá ante la mirada de todos— imagino que piensa, pero puede que pronto la mueva a otro sector de esa pared y que, muy probablemente, un día no tan lejano desaparezca.
En la mayoría de las casas que frecuento todo se mantiene en su lugar, hay gente que no siente ningún placer ni necesidad de mover todo, yo por el contrario no puedo dejar de hacerlo. Las cosas que conforman mi casa están destinadas a vagar eternamente.
Transporto mesas, cajoneras, estantes de madera, plantas, el televisor, constantemente. No importa que se trate de un objeto muy pesado ni delicado, todas mis cosas circulan a su pesar. Se me ocurre que a esta altura los vecinos, desde las incontables ventanas a las que da mi balcón en pulmón de manzana, ya deben haber notado estos movimientos. Puede ser entretenido ver a alguien re configurando un lugar una y otra vez, y perturbador también, por lo difícil de comprender cuál es el punto.
En la casa en la que viví antes, había un arbusto de la familia de las suculentas que ocupaba una maceta inmensa y había cobrado dimensiones descontroladas, doblándose hacia abajo, como empezando a caer por su propio peso. No había forma de moverlo, así que me subí a una escalera para cortarle todas las ramas que se estaban viniendo abajo antes de que la maceta se destruyera en una caída. Mientras cortaba algunas de sus partes empecé a torcerme hasta quedar abrazada a su tronco verde y cuando volví a enderezarme porque se me estaba enredando el pelo en las ramas, esto generó que la planta finalmente cayera al piso. Lo que temía sucedió de todas formas. La levanté, con maceta y todo, con una fuerza hasta entonces desconocida. Me quedé varios minutos dolorida y con bronca. Me salió en manos y brazos una especie de erupción que me picaba y ardía, un líquido blanco y espeso había salido de las partes que corté y se me había quedado pegado a la piel.
—Es que las plantas se defienden— dijo mi amiga, Micaela.
Estábamos almorzando en una pizzería. Yo todavía tenía los brazos marcados, colorados, ardientes. Ese líquido, la savia bruta, según lo que había googleado, se había disparado de la planta cuando la estaba manipulando.
—Las plantas perciben el peligro. Como cualquier otro ser vivo— agregó Mica y después cambió de tema. Seguí la conversación en mi cabeza mientras masticaba: ¿se había defendido de mí? ¿Fue así?
Ese arbusto —que había permanecido ahí desde hace años, creciendo hasta haber cobrado ese tamaño— había sido testigo de todos los cambios que yo, impunemente, venía haciendo en el lugar. Y cuando me metí con él, aprovechó para ponerme un freno en nombre de su estabilidad y de la de las plantas vecinas. “Estamos bien así. Pertenecemos a este rincón”, pareció decir, cayendo con dignidad.
Durante meses cuando salía al patio sentía que me miraba con bronca.
Entro al departamento en el que vivo ahora y miro en detalle cada rincón con una dedicación extrema. Esta contemplación me va a llevar a hacer algunos nuevos cambios, otra vez.
Una especie de apuesta
La salida de mi hogar familiar fue errática. Me estaba yendo de la casa en Ballester, en la que mi familia duró muchísimos años teniendo en cuenta que nos habíamos mudado un sin fin de veces antes de llegar ahí. Tenía un poco más de veinte años, ya era una trabajadora del teatro a tiempo completo. Ensayar, estudiar, hacer funciones, dar clases: todo quedaba muy lejos de Ballester. Con el permiso de mi papá, que alquilaba un departamento en Villa Crespo de oficina, hice una división de durlock en la cocina comedor y puse una cama de una plaza y un pequeño placard, libros en un estante, una estufa, un ventilador, algunas imágenes en las paredes y así llegó mi primera casa sola. }
Ese pedacito de espacio dentro de otro espacio ajeno, significaba para mí la posibilidad de hacer las cosas que me gustaban, de dedicarme a mi vocación sin tener que padecer los largos viajes a casa de mis padres. Yo entraba y salía de ahí sin parar: el hogar era un lugar del que simplemente se entraba y se salía. La idea de descansar, comer bien, y estar a gusto en él no se me pasaba por la cabeza. Recuerdo el entusiasmo por esa primera independencia, pero tengo otro recuerdo que permaneció más.
La secretaria de mi papá se llamaba Graciela. Llegaba todas las mañanas a la oficina a la misma hora a la que yo me despertaba para irme al trabajo diurno que tenía en ese tiempo. Semi despierta, después de haber trasnochado por algún ensayo, la escuchaba entrar y dejar sus cosas por ahí. Se acercaba a la cocina, en la que yo estaba abriendo los ojos, y buscaba el agua para el mate o se hacía café. Me saludaba con una voz muy dulce, seguramente sin querer mirar para mi puertita, que nunca logré que cerrara del todo.
Esa cotidianidad me daba pudor. Trataba de ir al baño cuando ella no me viera, para no tener que cruzarla absolutamente todos los días en dos momentos tan opuestos: su vida laboral y mi despertar en casa. Sé que para ella también era un tanto extraño verme cada mañana , si bien mantenía una cordialidad que recuerdo como maternal.
Cuando salía del baño yo siempre estaba lista para salir. Y si me había olvidado de algo, no me importaba; prefería dejar de estar pendientes la una de la otra.
En ese ratito que duraba nuestro encuentro accidental, todos los días de semana, yo era como una habitante extraña, una especie de error dentro de lo que se suponía que era mi nueva casa.
Compartí muchos días con Graciela en ese cotidiano particular, fueron dos años. Las dos hicimos distintos intentos de naturalizar nuestra convivencia, pero nunca experimentamos una genuina relajación.
Alquilar en Buenos Aires es vertiginoso y se hace imposible pensar con tiempo en si se podrá estar a gusto en el futuro hogar. Todo son aproximaciones. Las opciones de encontrar un espacio conveniente, en la zona en la que se necesita vivir y a un valor medianamente posible en relación a lo que se gana son tan pocas que hay que cerrar los ojos y decidir sin dudar. Como un salto al vacío que me hace pensar en la sensación de alguien que se está por ir de viaje y está parado en el aeropuerto esperando ser llamado a embarcar. Viajar es lo que quiere y al fin lo está concretando, pero cuando está haciendo la fila junto a sus pertenencias básicas y de vital importancia, siente de repente una vulnerabilidad que lo empaña todo.
Esa vulnerabilidad, que nos hace sentir niños de nuevo en el momento en el que estamos por hacer algo del mundo adulto, como es mudarse a un nuevo hogar, es un sentimiento con el que pareciera no quedar otra que obligarse a olvidarlo. Ponernos manos a la obra y continuar con las cosas prácticas de la vida. También, ese momento de pérdida de referencia, puede tener un final incierto en el tiempo. Puede instalarse a la par con el resto de las instalaciones materiales que se van haciendo en el espacio que se comienza a habitar.
El PH antiguo del barrio de Almagro, en el que viví durante dos años y medio, era una casa inhóspita: tenía por problemas edilicios, ruidos insoportables que venían de un restaurante pegado al living, fallas eléctricas por conexiones viejas y sin mantenimiento, que hacían que se cortara la luz por días. En invierno, encender la estufa eléctrica se volvía una especie de apuesta: no sabía si iba a dormir en medio de un apagón por un cortocircuito, si ese apagón iba a durar varios días o si nada malo iba a pasar milagrosamente.
Nada de esto significaba una real gravedad, pero era un hogar imprevisible. Nunca estuve segura de si podía albergarme o no. Cada vez que terminaba el día laboral y volvía, experimentaba una sensación desagradable en el cuerpo, un real hueco en el pecho. Era una intrusa en mi propia casa.
Todo en mí estaba intervenido, porque el lugar físico que era mi casa no estaba disponible para que llegue y pueda estar, simplemente estar en él. Lo contrario a lo que se espera de una estructura material cuya función es contener gente adentro.
Estar en tensión con mi casa es algo que no termina nunca, no se suaviza, no tiene matices, no es algo que pueda relativizar. No podía llegar nunca a ese lugar y eso se me volvía una pregunta constante: ¿Puede alguien estar destinado a vagar por ahí sin volver a un lugar de referencia?
Me iba a caminar por mucho tiempo. Miraba casas, puertas, fachadas, entradas de edificios. Y si podía, me quedaba un rato mirando cómo llegaba la gente a su casa. Buscaba alguna excusa para caminar más lento y observar ese momento en el que ponían la llave en la puerta. Me preguntaba si lograban encontrar eso que, se supone, una casa tiene que ser.
“Desensillar”, me decía mi papá al verme llegar, cuando vivíamos en familia, con mi mochila pesada, hambre, y algunas bolsas con cosas en cada brazo.
Si me pregunto tan insistentemente ¿qué es sentirme parte de un hogar? termino por preguntarme su reverso ¿qué es sentirme afuera?
Un paraíso artificial
El espacio al que vuelven las personas que quiero, o las que recién conozco, o incluso al que también vuelvo yo, la casa. La imperiosa necesidad de tener un refugio elegido o natural es una construcción que implica un gran misterio.
Desde siempre me relaciono con personas muy distintas entre sí: en sus deseos, costumbres, anhelos. La variedad de modos de vivir la vida es algo que siempre tuve cerca; para mí, lo natural es no ver un patrón, ni un molde. Pero hubo un momento en que noté algo que me abrió la puerta a nuevos divagues conmigo misma. De repente, todos esos personajes, con sus batallas y sus contradicciones, se mostraban… maduros. Cautos. Pacientes. Una paciencia basada en el acto de sostener. No es que empecé a ver un patrón, sino algo que todos perseguían en común: una variedad de maneras de hacer de algo un lugar propio y familiar al cual volver. Una profesión, una persona, armar familia con alguien, tener un proyecto común y sostenerlo en el nombre del hogar.
Entendí que yo, como todos quienes me rodeaban, iba a formar parte de un hogar, hogar que, de algún modo, ya estaba construyendo. Tenía que ser así. Durante algunos períodos de tiempo, me decía: “¡Listo! Esto es. Este novio, este trabajo, estas rutinas. Acá es. Acá me tengo que quedar.”
Esos momentos se sentían tan provechosos, como una pérdida de tiempo una vez que se esfumaban.
Me sumo a experiencias, vínculos, investigaciones sobre las cosas que considero que vale la pena conocer, vocaciones, siempre con gran entusiasmo. Pero eso de que hay un impulso natural que te lleva a trabajar en la construcción y sostén de un hogar donde sentir la tan valiosa seguridad… no me lo ví venir.
En uno de los libros que releo de vez en cuando, hay algo que dice Eugenio Carutti sobre la idea de pertenecer: “Nuestro centro psicológico, autorreferente y apegado a la fragmentaria interpretación del pasado con la que ha construido su identidad, es siempre demasiado lento y temeroso como para abrirse plenamente a la abundancia de significados y cualidades que los hechos traen”. La historia que hay en las cosas y los vínculos, tiene un peso, habla de crecimientos y aprendizaje. A veces también, esa historia anterior, pierde significado e irrumpe una nueva necesidad, que no es coherente del todo con eso de lo que se venía formando parte.
Las cosas que construyo y que incluso me gustan, me sugieren, casi de inmediato, que no van a ser un refugio.
Quizás tenga talento en moverme en lo imprevisible, y eso me quite el poder provechoso de la constancia. Es probable que yo defienda la idea de generar singularidades y no tanto la de quedarnos identificados con lo que nos da la ilusión de refugio. Quizás eso es lo que defiendo. Lo defiendo, lo sé. Pero hay algo que molesta. Quiero un refugio.
A veces se puede extrañar algo que no tuvimos intención de construir. A veces puede no ser lindo ser una extraña.
Me observo en un espacio determinado, llamado mi casa, acompañada, con proyectos y anhelos laborales que ordenan mis prioridades—, con un mote que me define: ser actriz. Me agarro de estas cosas que forman parte de mi vida para que se me vuelvan identidad. Y cuando ese campo de referencias me contiene dentro de algo, mostrándose como un terreno firme y conocido, aparece la sospecha. Los cimientos del terreno otra vez flojos. La desconfianza asalta con sensaciones desagradables, que vaticinan un destino terrorífico si permanezco ahí. Surgen pensamientos, algún comentario de alguien dicho al pasar —y que yo tengo la mala suerte de escuchar— que me sugieren que si me quedo, me va a acompañar el fantasma de haberme equivocado.
No es del todo cómodo buscar comprensión o debatir sobre esto, porque cuando se piensa así —sobre todo si es un pensamiento recurrente— se lo ve, siento, como un modo improductivo de habitar la vida. Con descuido, con poca gratitud.
La idea de identificarse con un refugio donde se está a salvo, es una empresa perdida para muchos. Creo que formamos una especie de minoría, o que al menos no se habla tanto de las luchas y las conquistas que esta situación nos trae.
En una de mis caminatas, vi desde la vereda de enfrente a un señor de unos sesenta años, tal vez, que estaba por entrar a un edificio pero se frenó. Después miró para abajo, miró a un lado y al otro, y finalmente se sentó en la reja bajita. No hacía nada. O hacía tiempo. Hice tiempo yo también, no tenía excusa a la vista para estar parada en frente de él, asique empecé a jugar con que me de un poco de sol en la cara, para suavizar mi presencia en caso que él la notara. Después llegaron más personas. Bajaban de un auto. Una de esas personas era su hijo, lo supe porque le dijo con un poco de mal humor enmascarado:
—Hola, pa, ¿Qué hacés ahí sentado?—
Él saludó de lejos con una sonrisa amable y se apuró a tocar el timbre del edificio mientras todos se acercaban a la puerta con bolsas de regalos. Quizás estaban yendo al cumpleaños de algún familiar que vivía ahí. Los que llegaron hablaban de cosas entre ellos en un tono familiar. Él todo el tiempo miraba el piso, luego a un lado, al otro y les sonreía apenas. Les abrieron la puerta. Entraron todos rápidamente y él fue el último, a paso lento.
Reconozco en los ojos de desconocidos esa sensación de extrañeza. Quizás un día, en una reunión familiar en la que haya una celebración y se esté fortaleciendo la idea de que se forma parte de algo, suceda que me encuentre con alguien con la mirada perdida, y me acerque. Que no estemos solos. Que siempre es un buen tiempo para juntarse con gente que le guste, pasarla bien, y apreciar su particular situación. O irse, que está bien también.
Me estoy por ir a dormir. Apago los dos veladores que hay en el living: primero uno. Observo cómo la luz tenue del que queda prendido no ilumina como antes, cuando estaba en otro rincón. ¿Será mejor volver a ponerlo donde estaba? Prefiero no hacerlo, mejor descansar. Imposible: desenchufo ese velador rumbo a su nueva posición y me alegra ver que ahora sí está mejor. Lo apago. Aprovecho la oscuridad, que es mi aliada para predisponerme a seguir camino a mi cama y dormir. No mirar. Me acuesto y pienso si alguna vez voy a naturalizar mi casa. Si va a dejar de tomarme por completo esta actividad mental que se enciende y no descansa hasta ver las cosas diferentes, mejores, justas, propias, convenientes, mías.
¿Esto es irme a dormir en mi casa?
También, en determinados momentos del día —o de la noche—, me encuentro de repente estando a gusto en este lugar en el que viviré por un tiempo.
Ese gusto lo produce algo que no sé qué es. No podría especificarlo, es de esas sensaciones que uno querría tener siempre, sin que hiciese falta gran cosa para conseguirlas.
La casa puede volverse un paraíso artificial.
Rezo, en silencio, casi sin buscarlo, esa frase de Mario Praz.
Está lleno de vecinos alrededor. Desde mis ventanas, que dan todas al contrafrente, se ven muchas, muchas otras ventanas. Si miro hacia abajo, desde el balcón, veo dos estacionamientos. Es un quinto piso, así que tengo vecinos abajo y arriba. Es un edificio donde las mascotas son bienvenidas y, con todo esto, la gran mayoría del tiempo, puedo escuchar el silencio.
Hago silencio yo también. La mayor parte del tiempo estoy en silencio pero ahora trato de silenciar a la mente, lo que se pueda.
Intento, cerrando los ojos, mientras estoy sentada en el sillón.
A ver si mis otros sentidos pueden registrar un momento de comunión con este espacio virtual que, por el momento, soy yo.
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