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Jester’s Privilege
La figura del bufón como crítico político. De la corte medieval a Twitter, de Triboulet a Capusotto. ¿La risa es resistencia o neutraliza el cambio? Un ensayo sobre el poder paradójico de quien dice la verdad sin que nadie lo tome en serio.
Por Emilia D’Amico
22 de enero de 2026
I. La licencia de la risa en el poder
Cuenta una anécdota (probablemente apócrifa) que Triboulet, bufón de Francisco I de Francia, golpeó al rey durante una cena. El monarca mandó a matarlo inmediatamente, pero después, quizás por nostalgia de las risas pasadas, quizás por ese capricho que caracteriza a los poderosos, le concedió elegir la forma de su muerte. Triboulet, sin dudar, respondió: «Majestad, elijo morir de viejo.» El rey se rió, lo perdonó, y el bufón siguió burlándose de él durante años.
Esta escena, verdadera o no, nos muestra que el bufón puede decir lo indecible precisamente porque su discurso no se toma en serio. Es el privilegio paradójico del loco. Estar fuera del orden simbólico le permite señalar sus fisuras.
Hoy, ese rol no desapareció, solamente cambió de pilcha. Los tuiteros anónimos, los streamers que «comentan política sin querer», todos son herederos de Triboulet. Pero la pregunta se mantiene. ¿Hasta dónde llega el jester’s privilege? ¿Y qué pasa cuando el rey mismo aprende a hablar como bufón?
II. Genealogía del bufón
Borges solía recordar que toda clasificación es arbitraria, que las taxonomías dicen más sobre quien clasifica que sobre lo clasificado. En función de eso, intentamos trazar una genealogía imposible del bufón, imposible porque el bufón, por definición, se escapa de toda categoría.
En la corte medieval, el bufón ocupaba un espacio liminal. Ni noble ni siervo, ni dentro ni fuera del poder. Will Sommers, bufón de Enrique VIII, podía burlarse de las ejecuciones del rey porque se asumía que un loco no comprende la gravedad de la muerte. Pero, por supuesto, esa era precisamente la inteligencia del bufón.
En Argentina, la genealogía pasa por figuras que todo el mundo recuerda pero pocos analizan. Tato Bores, durante la dictadura, perfeccionó el arte de la crítica oblicua. El silencio forzado, convertido en chiste, revelaba la censura mejor que nombrarla.
Peter Capusotto llevó esto más lejos, hacia un absurdo extremo. Micky Vainilla, Bombita Rodríguez, Pomelo, son personajes grotescos que reflejaban la obscenidad de la realidad argentina mejor que cualquier análisis sociológico. El bufón acá deforma.
Y luego Twitter permitió que cualquiera, desde el anonimato, se burlara del poder. Los memes funcionan como jokers colectivos. Nadie los firma, todos los comparten, y en esa viralidad anónima hay una forma de inmunidad. ¿A quién arrestás por un meme?
III. La mecánica de la inmunidad: por qué el chiste protege
En un capítulo de La broma, de Milan Kundera, el protagonista manda una postal irónica a su novia y termina en un campo de trabajos forzados. El régimen totalitarista no toleraba la ironía porque la ironía introduce distancia, y la distancia es el enemigo de todo totalitarismo. El bufón, entonces, es figura peligrosa precisamente por esa distancia que crea.
«Es solo un chiste» funciona porque introduce ambigüedad semántica. Cuando Dave Chappelle hace un chiste sobre temas delicados, siempre puede retroceder hacia la literalidad del humor. «No estaba haciendo una afirmación política, estaba haciendo reír.» Esta ambigüedad es su poder y su límite. Žižek plantearía que el chiste es la forma en que la ideología se dice a sí misma sin tomar responsabilidad. Es verdad y no-verdad simultáneamente.
IV. El límite del bufón
Dave Chappelle sigue trabajando a pesar de controversias; otros no tuvieron esa suerte. ¿Qué determina quién sobrevive? No hay respuesta clara, porque la lógica de la cancelación es tan arbitraria como la del perdón real en tiempos de Triboulet. La pregunta no es sólo qué determina quién sobrevive, sino dónde se traza hoy la línea de lo irrisible. Ya no la traza el capricho de un monarca, sino un tribunal difuso de sensibilidad pública, algoritmos de plataformas y la economía de la reputación. El límite del bufón ya no es la guillotina sino la indiferencia o la expulsión del circuito.
V. Cuando el poder aprende a reír de sí mismo
¿Qué pasa cuando el poder copta al bufón?
Žižek tiene un concepto para esto: «interpassivity.» Delegamos nuestra crítica en el comediante, quien la expresa por nosotros, y así nos liberamos de la obligación de actuar. El bufón crítica en nuestro lugar; nosotros reímos y nos vamos a dormir tranquilos, sintiendo que hicimos nuestra parte simplemente por haber entendido el chiste. Es la forma más sofisticada de neutralización.
Trump, por ejemplo, fue maestro en esto. Utilizó todas las técnicas del bufón pero desde el poder absoluto. Cuando el presidente de Estados Unidos tuitea obscenidades y luego dice que era sarcasmo, ¿quién queda para burlarse de él? El bufón tradicional queda desarmado porque su rol era decir lo que el poder no podía decir; pero si el poder ya lo dice todo, sin filtro, ¿cuál es la función del bufón?
Cuando el rey se viste de bufón, la distancia irónica colapsa. Ya no hay «afuera» desde donde criticar. Es el triunfo final del cinismo. Todo es chiste, nada es en serio, y por lo tanto nada importa realmente.
VI. Para qué sirve el bufón, entonces?
Hay una lectura optimista, por supuesto. En dictaduras y autoritarismos, el bufón mantiene viva la irreverencia. La risa, en contextos de opresión extrema, no es poca cosa. Pero hay otra lectura, más pesimista, más difícil de refutar. El bufón es anestesia. Convierte el horror en entretenimiento, la tragedia en contenido. Nos reímos de la corrupción, de la desigualdad, del colapso climático, y esa risa nos libera momentáneamente de la angustia, pero también nos libera de la obligación de hacer algo al respecto. El poder no teme al bufón; lo prefiere al revolucionario. Mejor que se rían de nosotros a que nos tomen en serio. Entonces, ¿qué es el bufón? Una figura trágica, quizás. Ve la verdad con más claridad que nadie (por eso puede burlarse tan efectivamente), pero está condenado a decirla en una forma que nadie tomará completamente en serio. Su éxito es su fracaso. Mientras más reímos, menos actuamos.
VII. La última risa
Imagino a Triboulet, siglos después de cachetear al rey, riéndose solo en un teatro vacío. O quizás imagino al rey riéndose con el bufón, no de humillación sino de complicidad.
Escribo esto y me pregunto: ¿qué soy yo, escribiendo sobre bufones en un ensayo que va a leer, con suerte, en círculos que no van a cambiar absolutamente nada? ¿Soy un jester criticando a otros jesters, metiendo una capa más de distancia irónica? ¿O estoy haciendo lo que hacemos siempre: hablar, analizar, teorizar, mientras el mundo se quema afuera?
No tengo respuesta. Pero tengo una última pregunta.
¿Preferís un bufón que te haga reír o un profeta que te obligue a actuar?
La diferencia entre ambos es que el profeta no te permite olvidar lo que escuchaste. El bufón sí.
Y quizás, solo quizás, por eso seguimos eligiendo al bufón.
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