Artificios

Imagen y semejanza de la máquina

¿Qué nos hacen las notificaciones? ¿Qué efectos subjetivos, políticos, estéticos producen esas señales que recibimos a todas horas? Con Kafka y con Mad Men, con McLuhan y Walter Benjamin, este ensayo propone una lectura sociotécnica de la intimidad, la atención y la comunicación, a la luz del celular.

Por Tomás Elsinger
17 de febrero de 2026

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Es de noche y no puedo dormir. Tengo 12 años. Hace poco conseguí, de mis padres, un celular. Mi primer celular.

Está apoyado en el vidrio que cubre el escritorio, junto a la cama. Hace unos minutos envié mensajes de texto a dos amigos, a la chica que me gusta, a una persona preguntando qien sos? 

Debería dormir, pero velo, y espero una respuesta. Espero que vibre.

¿O se habrán dormido ellos? 

¿O ya no le gusto a Victoria?

¿Y mis amigos, no estarán hablando entre ellos? 

Es el año 2006. 

2

Notificación: pulso eléctrico disparado por el actuador de un dispositivo celular, que vibra en una frecuencia de entre 130 hasta 180 hz.

3

Hoy, la notificación es un fenómeno cotidiano. 

Correos electrónicos, alarmas, likes, advertencias, pronósticos climáticos, ofertas, llamadas perdidas, publicaciones compartidas, ofertas bancarias, deudas, matchs de aplicaciones de citas, mensajes. Cada aplicación tiene su forma y su manera de notificarnos.

 Son tantas y tan diversas, tan múltiple es su forma, que hace falta un concepto para pensar su alcance hoy. 

Tendremos que hacer abstracción de su contenido y prestar atención a la notificación como forma. A la forma de la notificación.

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Un primer abordaje. La notificación es una señal, luminosa, sonora, o táctil, que el dispositivo dispara para alertarnos. Por ser discreta y muy extendida, me centraré en la notificación como vibración.

En su sustancia misma, la notificación es ambigua. Es impulso físico, descarga eléctrica, vibración, y sonido. 

Los físicos y los músicos saben que existe un umbral en el que la vibración quiere engendrar un sonido. Un umbral en el que el sonido pierde idealidad y se descompone en vibraciones, en una materialidad táctil. 

En el medio de ambos polos se encuentra la notificación, ni sonido ni textura. 

5

Una experiencia de nuestro tiempo. Sentimos la vibración, clara y distinta, en el bolsillo. 

Llevamos la mano, sacamos el celular y, para nuestra sorpresa, nada, nadie nos requiere. 

Imaginamos.

6

En las primeras décadas del siglo XX, Franz Kafka, el abogado, conoció la forma que el poder tomaba en este nuevo siglo. Heredero de una rica tradición religiosa y mística, judío en Praga, sus ficciones inevitablemente se leen como profecías y visiones de lo que el siglo depararía. 

Si el sujeto kafkiano vive supeditado a fuerzas superiores que no conoce ni comprende, absurdas y arbitrarias, al mismo tiempo místicas y pornográficas; si Joseph K, en El proceso, vive en la eterna postergación de su condena, extraviado en los pasillos de tribunales, y en El castillo, el agrimensor K jamás atraviesa sus muros, ni encuentra a los señores que han requerido sus servicios, nosotros, hoy, vivimos en estado de notificación.  

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De un lado, encontramos la serie kafkiana, jurídica, directiva, constitutiva.

La notificación nos informa sobre hechos ocurridos en el proceso de los que no teníamos conocimiento. Como institución procesal, el derecho intentó regular la notificación como modo por el que los sujetos toman conocimiento de los asuntos que los involucran. 

Como acto, la notificación cumple varias funciones. Informa, interpela, y activa una serie de mecanismos, plazos, obligaciones, prescripciones. Se nos notifica de un mensaje, debemos contestar, cómo debemos contestar una demanda si queremos hacer valer nuestro derecho. Se nos notifica de un nuevo seguidor, o un comentario a una publicación, o una nueva función en la aplicación, debemos probarla.

A diferencia de las notificaciones jurídicas, los procesos a los que remiten estas notificaciones digitales son difusos. No tienen comienzo ni fin, y su único marco es el de la plataforma que dispone los momentos y los modos de la notificación. 

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Por otro lado, la serie orwelliana, conductista, biológica, prehumana o posthumana.

La serie estímulo-respuesta, acto reflejo y gratificación, dispuestos para reforzar el consumo.

Igual que se entrena a los osos para actuar en circos, o como perros a los que se enseña a bajar una palanca para obtener alimento, y no corriente eléctrica, así las notificaciones disparan una respuesta ansiosa, nos aguijonean con una pequeña descarga eléctrica, solo para después aliviarnos con su  mensaje estimulante, la oferta de banco o la información supuestamente útil.

No es extraño que hoy abunden pseudogurús, con su lenguaje basado en la neurociencia, ofreciendo recetas para salir de bucles de dopamina, reestablecer nuestro sistema nervioso, o recuperar algo de atención.  

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Walter Benjamin, en su ensayo sobre Kafka, dice “Si Kafka no llegó a rezar, cosa que no sabemos, hizo el uso más elevado de esa «plegaria natural del alma» de Malebranche: la atención.”

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La atención, dice Herbert Simon, en una conferencia en 1971, es lo opuesto a la información. 

La información consume atención. 

En el pasado, la información era un bien escaso, y su atesoramiento, un valor. Hoy la información es superabundante. Simon dice que mientras más información existe en un sistema, menos atención disponible hay para procesarla.

En esa charla, Simon sugiere a sus interlocutores invertir en el estudio de bancos de datos, sistemas de procesamiento de información, inteligencia artificial.

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La notificación es el cruce de órdenes diferentes.

De un lado, el orden humano de la comunicación, de la norma y de la interpelación, con sus efectos constitutivos de subjetividad. Soy el que contesta el mensaje, el que busca los likes de mi posteo, el ojo que espera ansioso.

Por el otro, el orden pre o posthumano de la habituación.

Ambas tendencias convergen en un punto. Un entrenamiento hacia una nueva forma de atención, dispersa, superficial, impaciente, profundamente irritable. 

El derecho nos aliviaba, la notificación tenía sus días, sus modos, sus formalidades. Hoy, todos nuestros mecanismos perceptivos, sensoriales, cognitivos, están a la merced de la notificación, de la interrupción, la vibración.

 

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En 1964, Marshall Mcluhan presentó esta hipótesis: los medios de comunicación son extensiones tecnológicas del organismo humano.

Cada avance tecnológico es la respuesta a una sobrecarga de estímulos sobre el cuerpo humano, y constituye una extensión de nuestro organismo en el mundo exterior.

La rueda, dice, se inventó cuando los pies no aguantaron. 

El efecto de cada avance tecnológico, sin embargo, es contradictorio. Por un lado, alivia la tensión del órgano sobrecargado. Por otro, posibilita un nuevo incremento de estímulos. 

La rueda posibilitó mover más bienes en menos tiempo, con menos esfuerzo. Esto generó una nueva sobrecarga en nuestro organismo. Se ha formado un bucle de retroalimentación. Entonces buscamos un nuevo avance tecnológico, que alivie la nueva tensión inducida por la tecnología. 

La implementación de un nuevo medio de comunicación, -es decir, una  extensión en el organismo humano (podemos pensar en el teléfono, el telégrafo, el alfabeto, o la internet)- nos obliga a adaptarnos al medio, a reorganizar nuestros sentidos para obtener un nuevo balance. El uso exacerbado de un sentido, exigido por un medio, conduce a una nueva gestalt, una nueva forma total de estar en el mundo.

La saturación de nuevas tecnologías, dice Mcluhan, lleva a un estado de anestesia, de insensibilidad de los órganos afectados al nuevo balance. Bombardeados por estímulos cada vez mayores, se vuelven insensibles. Esta apatía, este entumecimiento, este estado generalizado de anestesia, eran para él las marcas de su época.

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Un caso de ficción dramatiza los efectos desestabilizantes que la tecnología tiene en la psiquis.

Es la serie Mad men. Última temporada. Año 1969. La agencia de publicidad sufre una transformación radical. Llega la primera computadora. 

En un mundo dominado por tecnologías predigitales, su llegada produce desconcierto. Se trata de la mítica IBM System/360. Lo primero que llama la atención es el tamaño. A los empleados se les informa que la computadora tomará el lugar de lo que era la sala de almuerzos.

Michael Ginsberg, el último creativo en ingresar a la firma, manifiesta aprehensión. Busca contactar a su jefa. Le preocupa que se trate de un aparato que pueda utilizarse para la manipulación de las personas. Piensa que está transmitiendo señales. Finalmente, el personaje encuentra la solución. Se amputa la tetilla y se la entrega a su jefa, asegurando que de esa manera está libre de la influencia de la máquina. Ha removido la válvula. 

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Marshall Mcluhan sintetizó sus reflexiones en torno a los medios de comunicación con la sentencia “el medio es el mensaje”.

 Con esto quería decir que la forma en que recibimos cualquier contenido o información es más potente y formativa que el mensaje. 

No importa si leemos ciencia ficción, novela romántica, o literatura modernista, lo que cuenta es el entrenamiento en el medio alfabético, el hábito que nos formamos de decodificar historias lineal y secuencialmente, mediante sucesiones de palabras. 

Tampoco importa si vemos canales informativos, de cocina o deportivos, lo que importa es que  aprendemos a ver imágenes desplegadas en forma de mosaico sobre una pantalla, con una parte de gráfica alfabética, divisiones en forma de columnas y zócalos, y una dinámica de ruptura y continuidad entre las imágenes. 

Educados por un contenido, nos convertimos en expertos en el medio. Y ese aprendizaje es más profundo e inconsciente que las recetas de cocina, los eventos del día, o los resultados deportivos de la fecha.

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Estaba en la cocina. Preparaba el desayuno cuando la sentí. Entre el paquete de yerba y lo que quedaba del café, entre la sal y la pimienta, el celular, que reproducía un programa de radio-streaming, vibró. No hubo reflexión entre la vibración y mi mano, que soltó el cuchillo y la manteca, para revisar el celular.

Para mi sorpresa, no había llegado ninguna notificación, ningún aviso en la pantalla. 

Volví a sentir, entonces, el sonido y la vibración, y en el programa uno de los locutores se disculpó. Había olvidado silenciar su celular. 

Lo que había recibido, entonces, no era una notificación sino la reproducción de una notificación, a través de los micrófonos del programa de radio.

La falsa notificación me dejó una sensación extraña. ¿Cómo era posible que hubiera confundido un sonido de la radio con uno del mundo real, de mi entorno inmediato? 

El efecto fue similar al de comprobar que una imagen a la que venimos atribuyendo solidez, realidad y peso, se desvanece cuando despertamos del sueño.

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Cada nueva tecnología exige de nuestro aparato psíquico una nueva reestructuración, un nuevo balance sensorial y una nueva velocidad de coordinación. Por eso, los niños y los adolescentes son quienes más rápidamente se adaptan. 

En el caso de las nuevas tecnologías, su enorme capacidad de atraer nuestra atención y concentrarla en sus diseños termina produciendo un desplazamiento del sentido de la realidad.

Durante la pandemia se hizo evidente que un mundo podía seguir funcionando a través de las pantallas. Lo real dejó de ser la copresencia compartida con otros seres humanos. Para algunas personas y durante un tiempo, el mundo de representaciones digitales se volvió la mediación necesaria para la vida social. Se hizo más real.

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Mcluhan, vislumbrando los orígenes de las tecnologías digitales, impulsadas por los sistemas eléctricos, anticipó un mundo unificado. Una inmensa aldea global conectada, en donde la fragmentación progresiva se resolvería, en una suerte de  big crunch informático, contrapunto al big bang del desarrollo tecnológico.

Por un lado, los medios de comunicación de nuestra era digital han profundizado la segmentación y fragmentación de los contenidos. Hoy, organizados por inteligencias algorítmicas, los celulares nos ofrecen una versión curada, modelada a nuestros intereses y extremadamente adictiva de la realidad. 

Sin embargo, el medio es el mensaje. 

Con mayor intensidad que a las informaciones segmentadas y parcializadas a las que accedemos, estamos siendo expuestos a sistemas de procesamiento de la información que nos entrenan para un nuevo mundo: velocidad extrema, ruptura de contextos, invasión de los medios de comunicación a todas las áreas de la vida.

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La notificación, como la forma mediante la cual se materializa la ruptura de nuestra atención, su desvío y distracción, se revela como la forma de habituación esencial para el nuevo mundo. Como forma simbólica, representa en la vida cotidiana un retorno a un orden prelegal y prehistórico. 

No es un orden histórico porque el futuro no aparece como imagen ni objetivo de nuestra atención, ni la memoria como tensión desde la que proyectarnos. Inmersos en la notificación, no tiene sentido preguntarnos sobre la intención individual de nuestra voluntad. El dispositivo mismo supone la instrumentalización de nuestra identidad individual para la alimentación del sistema. 

 ¿Elegimos pasar un montón de horas conectados a pantallas?

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Una experiencia de nuestro tiempo. 

Sentimos la vibración, clara y distinta, en el bolsillo. Llevamos la mano, y, para nuestra sorpresa, nada. El celular no estaba ahí.

Imaginamos.

20

Es el año 1938. Benjamin, exiliado en París, escribe a Scholem, estudioso de la mística judía. Vienen sosteniendo una correspondencia durante diez años, y en los últimos, Kafka es un tema recurrente. 

Ante la situación política, el tono de las cartas se vuelve desesperante. Benjamin pierde algunos modales.  Le dice a Scholem “La obra de Kafka es una elipse cuyos focos, muy alejados entre sí, están determinados por la experiencia mística (…) de un lado; del otro, por la experiencia del hombre moderno de la gran ciudad. (…) Hablo por un lado del ciudadano moderno, que se sabe a merced de un aparato de funcionarios de dimensiones incalculables, cuya función está dirigida por instancias que permanecen imprecisas para los órganos ejecutores mismos (…) [E]sta realidad es apenas aún experimentable para el individuo y (…) el mundo a menudo tan alegre y entrelazado de ángeles de Kafka es el exacto complemento de su época, que se apresta a eliminar a los habitantes de este planeta en masas considerables. La experiencia que corresponde a la de Kafka como hombre individual es probablemente esperable para las grandes masas en ocasión de su eliminación.»

21

Es de noche y no puedo dormir. Tengo 12 años. Hace poco conseguí, de mis padres, un celular. Mi primer celular.

Está apoyado en el vidrio que cubre el escritorio, junto a la cama. Hace unos minutos envié mensajes de texto a dos amigos, a la chica que me gusta, a un completo desconocido. 

Debería dormir, pero velo, y espero una respuesta.

Hasta que el celular vibra. 

Rompe el silencio temblando contra el vidrio.

22 – Coda

Benedict Singleton, en su texto (Notes Towards) Speculative Design dice que las trampas funcionan como una imagen doble: imagen del animal que caerá en ellas, por un lado, pero también imagen del humano que la diseñó. 

El anzuelo y la carnada simulan el entorno del pez, y también reflejan la certeza humana en la fuerza del hambre. En la tanza, y la caña, está, obviamente, la mano.