Música
Hozier, el último romántico
Este ensayo es una oda a Andrew Hozier-Byrne, más conocido por su primer apellido. Hozier es un cantautor que combina tradiciones del soul, el blues y el folklore irlandés en canciones que hablan de un amor que trasciende la muerte, un romance sin límites.
Por Sol Arri
20 de enero de 2026
El célebre e incomprendido poeta contemporáneo Carlos Baute dijo, en su magnum opus, “Mi corazón está colgando en tus manos […] Marta, yo te digo, me tienes en tus manos”; cuando escuché esa canción por primera vez, a mis ocho años y en una casa donde se reproducía como consumo irónico, se terminó convirtiendo en la canción de karaoke con mis primas, aquella que cantábamos en dueto o de a tres, intercalando las voces como hacíamos con Pimpinela o High School Musical. En algún momento de nostalgia, escuchando nuevamente esas canciones, las expresiones que en su momento habían parecido el pico máximo de romance, el Ideal Platónico del Amor, no sobrevivieron a la prueba del paso del tiempo; aún así, en comparación al léxico del mundo del romance adolescente que había logrado construir, parecían estar un escalón por encima. Hoy, varios años más tarde, soy esa mujer nacida en la era equivocada: una mujer que tiene el corazón en las manos y pareciera ser que lo máximo a lo que puede aspirar es al corazón en la punta del dedo cuando recibe un like en una historia de Instagram.
En la época de lo efímero, enamorarse parece ser un esfuerzo que no vale la pena; ¿para qué, si tenemos cientos de personas al alcance de la mano, al alcance de un click? Como ateos del amor, usamos el nombre de Cupido en vano para buscar a la población indie de la ciudad en OkCupid, o esperamos encontrar esa yesca que evoque la chispa para encender el fuego de la pasión en Tinder. Los románticos somos esa cepa extinta, el eslabón perdido de la evolución que busca hacer de las migajas un budín de pan; en este mundo tan lobotomizado, ¿hay alguien que siga creyendo en la posibilidad del amor?
Tal vez sea exagerado afirmarlo de esta manera, pero me atrevería a decir que queda un último exponente, un poeta que, como tocado por la mano de Dios, tiene el deber, el designio divino, de restablecer el romance en la Tierra: el cantante y compositor Andrew Hozier-Byrne, más conocido por su primer apellido. Me voy a tomar la libertad de hacerlo de igual manera, en nombre y reivindicación de la intensidad que este artista busca restaurar en el mundo, y, espero, respaldada por el resto de esta disertación.
La vida por la gorda
Hay un meme que circula por distintos foros de Internet que clasifica a los tres discos de Hozier, coloquialmente, de la siguiente manera: “gay, horny, sad” (en orden de lanzamiento: Hozier, Wasteland, Baby! y Unreal Unearth). Por fuera de esas caracterizaciones, creo que hay algo de trasfondo que une a los tres discos y que atraviesa toda la obra del cantautor irlandés, un concepto que no tiene traducción exacta al castellano pero engloba las emociones que suscitan las letras y melodías: el pining, cuya definición ensayaría como “la tristeza que uno siente al observar el ser amado a una cierta distancia”, algo similar al anhelo, la nostalgia o la añoranza pero más. Este sentir, queda claro, sólo puede tener lugar en una situación muy puntual: la etapa del enamoramiento. El enamoramiento, contrario al amor, es esa primera tierna etapa, la inexplicable, en la que no tenemos ningún tipo de poder de decisión: no se sabe si es correspondido, no queda claro del todo qué es lo que uno siente, pero el sentimiento está ahí, ocupando nuestra mente todo el día. Frente a todas las dudas que eso genera (analógicamente representadas por el deshojar de una margarita, tal vez; hoy, por el incesante juego del chamuyo con likes en las historias y canciones estratégicamente publicadas para buscar iniciar una conversación), no queda otra opción más que observar de lejos, suspirando, imaginando todos los futuros posibles si ese amor llegara a concretarse.
Hozier explora estos temas y profundiza en ellos, buscando siempre, creo yo, las palabras para describir ese indescifrable sentir que implica amar o enamorarse, y, además, en las canciones en las que ya habla de un amor concretado o recíproco, con la intensidad de alguien que ama con el corazón en las manos; en su canción “First Light”, por ejemplo, habla de un amor tan intenso que su amada es como la primera luz del día: todo lo vivido previo a ella parece palidecer en comparación.
En su ensayo “Océanos de tiempo”, Ofelia Meza teoriza sobre el resurgimiento de la literatura de vampiros en base a la puesta en valor nuevamente del gótico como estética. Podría tranquilamente trazar la comparación Hozier-vampiro, siendo que tiene muchas canciones donde habla del amor trascendiendo la muerte: en “Work Song” canta “No grave can hold my body down / I’ll crawl home to her” (“Ninguna tumba podrá contener mi cuerpo / Voy a arrastrarme de vuelta a sus brazos”), así como en “In A Week” construye toda la canción a partir de la premisa de que está enterrado junto a su ser amado y habla desde abajo de la tierra; reconozco, también, que las letras de estas canciones podrían referirse a un zombie así que, por el bien de este ensayo y su romantización, voy a evitar esta ramificación (entiendo y adhiero al movimiento del monsterfucking, pero si busco en estas palabras devolverle un poco de romance al mundo, difícil será la tarea si toca imaginarnos a nuestro ser amado con el cerebro expuesto, el cuerpo cubierto de pústulas y la incapacidad total de producir una oración coherente). Hay, sin embargo, algo que me interesa rescatar de la caracterización de Meza: propone el “imperativo de la desafección” como forma de calificar esta época, además de señalar que:
En la pasión del vampiro el tiempo se detiene, se vuelve táctil y espeso. Es lo contrario a la productividad y a la compulsión. La pasión del vampiro presupone que este no nos pertenece. El tiempo, si quiere, puede dar la sensación de no pasar o de pasar muy rápido. Quizás la temporalidad vampírica sea la más parecida al tiempo amoroso. Obsesivos, amantes, estos seres de la noche deambulan por la eternidad de los placeres porque no tienen la misericordia de morir.
Ser romántico hoy en día es contracultural. Amar es perder el tiempo, ¿no? ¿Qué ganancia obtengo del amor? ¿Qué gano yo gastando tiempo en otro? Son preguntas que a mí, particularmente, me revuelven el estómago; creería que a Hozier también.
Podría ensayar múltiples respuestas a la pregunta del porqué hoy nadie quiere enamorarse; una de las reflexiones que pude elaborar mientras escribía estas páginas surgió a partir de la lectura de Historias de amor (1987) de Julia Kristeva, quien habla del mito de Narciso y llama al (fallido) romance de Eco y Narciso el “vértigo del amor sin otro objeto que un espejismo” (2023:90). Es difícil concebir hoy, con esta tendencia tan generalizada al egocentrismo falsamente promulgado como trabajar en uno mismo, que alguien esté del otro lado dispuesto a entregarse sin esperar nada a cambio, sin que eso le suponga más beneficio que el de sentir y atravesar ese estado de amor. Ahí entra, creo yo, lo revolucionario de apostar por el romance en estas últimas décadas: sacar el amor del tiempo de la productividad.
En las canciones de Hozier se habla de amar incluso después de la muerte, del ideal del amor hecho experiencia, de dejar consumir la vida por pensar en el ser amado; es el Narciso inverso, el Narciso consumado. Habla incluso del amor en el fin del mundo, sentimiento ya expresado por Raúl Zurita cuando escribió (en “Cuatro brevísimos ensayos sobre el amor”) “Todo amor es urgente porque nos vamos a morir”: “And the day that we’ll watch the death of the sun / That the cloud and the cold and those jeans you have on / Then you’ll gaze unafraid as they sob from the city roofs // Wasteland, baby / I’m in love with you” (De la canción “Wasteland, Baby!”: “Y el día que veamos la muerte del sol / y las nubes y el frío y esos jeans que tenés puestos / vas a mirar sin miedo a todos los que lloran en las azoteas // En este páramo arrasado / estoy enamorado de vos”). Es, entonces, un amor que desafía a los tiempos que corren, e incluso a los que pasaron y los que vendrán; un amor que no juzga ni pregunta más allá de lo que se ve y se demuestra (“I will not ask you where you came from / I will not ask you, neither should you // Honey just put your sweet lips on my lips / We should just kiss like real people do”; de la canción “Like Real People Do”, que se traduce como “No te voy a preguntar de dónde venís / No te lo voy a preguntar y vos tampoco deberías // Mi amor, sólo poné tus labios sobre los míos / deberíamos besarnos como lo hace la gente de verdad”), un amor que nunca se apaga (“Do you know, I could break beneath the weight / Of the goodness, love, I still carry for you? / That I’d walk so far just to take / The injury of finally knowing you”, de “Unknown / Nth”, cuya versión en español se lee como “¿Sabías que podría romperme bajo el peso / de todo el amor y la bondad que todavía cargo por vos? / ¿Que caminaría la distancia necesaria para sufrir / las heridas por finalmente conocerte?”). El amor en el universo Hozier es, entonces, el principio rector; no en un sentido naive de “el amor todo lo cura”, sino más bien como una verdad absoluta, como el centro mismo de toda la experiencia humana: al cantautor irlandés, hijo de su tiempo, no le es ajena la pregunta del porqué del amor (en su canción “Why Would You Be Loved” se pregunta por qué amar cuando es finito, cuando depende de una confianza que puede romperse fácilmente, cuando darle el todo puede no ser suficiente), pero aún con sus metáforas lúgubres, sus miedos más oscuros en cada una de sus canciones, el amor sigue siendo esperanza y motor de vida: “All Things End”, por ejemplo, es una proclama que grita que vale la pena apostar por el amor a pesar de que existe la posibilidad de que esa relación no dure para siempre.
Andrew Hozier-Byrne es el vampiro gótico que desafía al tiempo moderno. Es quien no le huye al anhelo y está dispuesto a gastar su tiempo (aunque yo diría, en realidad, usar su tiempo) en el simple acto de amar. Es un amante a quien la muerte no puede detener, tal como canta en “My Love Will Never Die”; me pregunto yo, ¿habrá algo más romántico que prometer un amor que no morirá incluso cuando el propio cuerpo lo haga? ¿No es esa la forma final del pining: cuando se borra la línea entre la vida y la muerte y se desconocen las leyes que rigen al mundo porque lo que sentimos es incluso más fuerte que eso?
Bendito tú eres entre todas las mujeres
A diferentes escalas y sin ánimos de comparar las bases identitarias de los fanáticos de cada artista, con Hozier pasa algo similar que con los redondos: ir a verlos es como ir a misa. Tuve la fortuna de poder asistir a espectáculos de ambos y corroborar que hay algo profundamente litúrgico en los dos actos; en el de Hozier, puntualmente, se da algo particular a partir de la comunión entre las letras, las melodías, el público y el artista. Y es que la carrera del cantante irlandés comenzó con su primera (y al día de hoy, probablemente más conocida) canción, Take Me To Church (“Llevame a la iglesia”): una canción plagada de imágenes religiosas que es acompañada por un video donde se muestra la historia de dos chicos jóvenes que son perseguidos y separados por su orientación sexual. Esta canción, que salió en 2014 en respuesta a las políticas anti-LGBT impulsadas por Rusia, se convirtió en un himno y una puerta de entrada al mundo de Hozier.
No es nueva la tangente religión-amor, religión-erótica, pero sí es novedoso, con la creciente secularización de las sociedades modernas, ver estos aspectos estudiados en el arte de forma más explícita, sin tanto miedo a la cancelación o las amenas reacciones del estilo “arderás en el infierno”. En la poética de Hozier hay una recurrente aparición de imágenes y metáforas de distintas tradiciones religiosas y mitológicas; el cantautor las utiliza, sin embargo, de formas distintas: mientras que todo lo relacionado a las mitologías populares se utiliza como forma de enaltecer lo romántico, lo relacionado a las religiones de masas se toma desde una perspectiva más pesimista y gira en torno a la imposibilidad del amor (siendo uno de sus ejemplos más claros la canción “Foreigner’s God”).
En su ensayo El amor romántico, Velázquez Torres expone la historia de las distintas concepciones del amor romántico e identifica como raíz fundante del “amor occidental” las creencias del cristianismo, religión que caracteriza al amor como paciente y bondadoso (1 Corintios 13:4-8a), pero que también incluye los componentes de sacrificio y dolor (una noción antes acuñada por los griegos, identificada como agape); la influencia de estas doctrinas religiosas, particularmente la de La Iglesia, ha funcionado siempre en las sociedades como guía y forma de control, como brújula moral que le indicaba a todos los sufrientes que les correspondían las miserias en vida para poder acceder al Cielo en muerte y finalmente encontrar la paz, fruto de su esfuerzo, trabajo y sacrificio. En su noción de que el amor no se extingue, por fuera de Dios, hay también otro componente de lo Divino, idea repetida en varias otras culturas; por ejemplo, en El banquete de Platón, un texto que data entre los años 385 y 370 a. C., se identifica al amor como una divinidad, un dios. Ya ahí se exponía que Eros, El Amor, era un dios prestigioso y admirable especialmente por su ancianidad. El amor, entonces, no sólo es un dios para los filósofos griegos, sino que es el más antiguo de todos ellos.
En una entrevista con Entertainment Weekly en 2019, Hozier habla de su canción “Be”, perteneciente a su segundo disco, particularmente de los versos “Be like the love that discovered the sin / that freed the first man / and will do so again” (“Sé como el amor que descubrió el pecado / que liberó al primer hombre / y lo hará de nuevo”); explica que se trata del mito del Jardín de Edén y el pecado original, pero más específicamente, de dos personas a las que se les dice qué no hacer, y en esa desobediencia construyen un acto de amor que va contra un “poder más grande que ellos” y por eso son rechazados. Dice Hozier que decide “ver un acto de liberación y no de pecado en sus acciones. Un acto vital de protesta”. En varias otras de sus canciones deja entrever su acto de rebeldía contra las doctrinas que rechazan el pecado (en “Nobody”: “I’d be appalled if I saw you ever try to be a saint / I wouldn’t fall for someone I thought couldn’t misbehave”, o “Me ofendería si alguna vez te viera intentar ser una santa / no me enamoraría de alguien que no pudiera portarse mal”; en “Moment’s Silence / Common Tongue”: “Like a heathen clung to the homily / Let the reason come on the common tongue of you loving me”, cuya versión en español es “Como un pagano aferrado a la homilía / que la razón venga en la lengua común de tu amor” –sí, esta canción hace referencia al cunnilingus como método de protesta contra la doctrina del pecado–, por nombrar dos ejemplos) y, en cambio, utiliza metáforas de divinidades de otras tradiciones para enaltecer lo romántico.
Reiterando: Hozier busca contraponer esta visión histórica desde el enamoramiento; con el pining como herramienta, se vale de distintas mitologías populares para hacer un revisionismo del marco histórico de las concepciones clásicas del amor.
Frente a la imposibilidad que significa el amor dentro de la doctrina religiosa (contradictoriamente, dentro de su misma base de fans, el cantautor es muchas veces representado como Jesús: a pesar de haberle dedicado parte de su obra a combatir esas creencias religiosas, es innegable su parecido con las pinturas y dibujos que retratan al hijo de Dios), Hozier reemplaza esa noción con la de enamorarse, además de valerse de otras mitologías, y le da a sus oyentes otra cosa, mucho más grande que ellos, en lo que creer. Su último álbum, sin ir más lejos, está construido alrededor de los nueve círculos del infierno de Dante Alighieri, poema que gira en torno a la mitología griega; en él, tanto como en su segundo álbum, tiene algunas canciones insignia para analizar este punto: “I, Carrion (Icarian)” utiliza el mito de Dédalo e Ícaro para metaforizar la experiencia de enamorarse a partir de la figura mitológica de este segundo, conocido por “volar demasiado cerca del sol”, partiendo de la misma expresión en inglés para esa experiencia (fall in love, traducido correctamente como “enamorarse” pero literalmente como caerse en el amor): “And though I burn, how could I fall / When I am lifted by every word you say to me? […] We’ll float away, but if we fall / I only pray, don’t fall away from me” (“Y aunque me quemo, ¿cómo podría caer / si me elevo con cada palabra que me decís? […] Vamos a flotar, pero si caemos / sólo ruego que no te caigas lejos de mí”). En Wasteland, Baby! la canción que mejor ilustra mi punto es “Talk”, cuya primera estrofa en su enteridad está dedicada al mito de Orfeo y Eurídice; en ella, Hozier se posiciona como el devotee, el devoto de su amada, y construye toda una fantasía que lo deja de rodillas y a merced de su objeto de adoración, que toma la forma de Eurídice. Se encarna, siempre desde la figura de Orfeo, como el último jirón de verdad en el mito perdido del amor verdadero.
A pesar de estas intensas declamaciones, el estribillo de la canción deja algo en claro: si bien para él todo eso es verdad, dice todas esas “cosas dulces” para no ser muy explícito de entrada con sus intenciones, las otras, las que tienen que ver con satisfacer una necesidad de la carne. Si bien ama, adora, venera, también desea; no ve al amor como algo puro y virginal como ha sido mandato de la Iglesia. El amor romántico, intenso, puede y debe contener al deseo carnal: y es con esa noción que construye también su discografía. Acá no hablamos ni de putas ni de santas: hablamos de todo eso a la vez.
Dame fuego de tu amor
Acá está, creo yo, el centro de la cuestión hozeriana: el deseo como leitmotiv. El tema del deseo no sólo ronda a todas sus canciones (es, como diría Foucault, no lo que dice en sus canciones, sino más bien lo que quiere decir), sino que es el eje que hace comulgar tanto el tratamiento de los motivos mitológicos contrapuestos a los religiosos como su planteo por oposición del enamoramiento al amor tal como es clásicamente concebido.
Mucho podría decirse del deseo en su concepción histórica; volviendo a la Biblia, por ejemplo (que es, al final del día, el texto de mayor influencia en la historia de la humanidad), esta palabra siempre se trata con una connotación negativa, atada de forma intrínseca al pecado de la carne. El deseo es contrario a la voluntad de Dios y generalmente asociado a la lujuria: el deseo es, si lo definimos por su contrario, el más humano de los sentires. Las ciudades de Sodoma y Gomorra, conocidas por haber sucumbido al deseo de la carne, fueron destruidas por Dios mediante el uso del fuego. Algo de esa lujuria se debe haber impregnado en las llamas, porque es desde ese entonces que la forma más común de la metaforización del deseo es el uso del fuego. La pasión es roja, el fuego todo lo consume, su humo nubla los sentidos: su prueba más definitiva en la modernidad es el emoji del corazón sucumbido al fuego (❤️🔥) que se utiliza siempre para hablar de lo que a cada quien le apasiona; frente a esta irrefutable prueba, no queda otra opción más que aceptar esta afirmación.
Así como los elementos del agua en Hozier representan movimiento, sensualidad y libertad, las menciones al fuego y metáforas relacionadas expresan la pasión y el deseo: no sólo entre las personas que conforman una pareja, sino frente al resto del mundo; el fuego funciona como el elemento que los abraza y abrasa todo lo demás. Sin embargo, por supuesto, le agrega un factor novedoso a esa caracterización: utiliza también el fuego como metáfora para hablar del enamoramiento, del amor, y de la comunión del sentir entre el cuerpo y el alma, que al final del día, no pueden extrapolarse el uno del otro. Mientras que, históricamente y en más de una cultura, el amor es tomado como la forma más pura del sentimiento, Hozier deja entrever algo distinto: amar y desear pueden (y, a mi juicio, deben) ir de la mano. Particularmente, plantea esta dicotomía con el fuego como metáfora central: abrazar/abrasar, el fuego como una fuerza que protege a los amados del mundo externo y los mantiene abrigados en su mismo centro.
El psicoanálisis introdujo un concepto que revolucionó la teoría sexual y feminista: el Madonna-whore complex. Esta teoría, acuñada por Freud, establece que los hombres pueden ver a las mujeres de dos maneras: como santas (madonnas) o como putas (whores); asimismo, plantea que un hombre en una relación deja de ver a su pareja como objeto sexual, entronizándola en una especie de Santa Virgen, y que desean solamente a las mujeres que pueden degradar, que no son de las cuales se terminan enamorando. Con este planteo, el deseo y el amor no pueden nunca coexistir. Ya que no puedo aportar nada a las teóricas feministas que han hablado extensamente sobre lo nocivo de esta teoría, y de forma mucho más elocuente e informada de lo que podría desarrollar yo misma, me limito a decir: qué depresión atravesar así el amor.
¿Qué es lo que hace Hozier, entonces, para reunificar estos conceptos? Lo incendia todo. Empieza a construir su entramado de imágenes desde la canción “Dinner and Diatribes” en su segundo álbum, en principio con referencias directas al Infierno (“I’d suffer Hell if you’d tell me / What you’d do to me tonight”; podría interpretarse tanto como que sufriría si se enterara lo que su amada planea hacerle esa noche, o bien que estaría dispuesto a atravesar el Infierno mismo para que su amada se lo cuente); toda la seguidilla de canciones que viene después (incluyendo las canciones, en orden, de su tercer disco), profundiza en estos conceptos. La canción “Would That I”, inmediatamente posterior, está construida enteramente en base al efecto del fuego en un árbol: personifica a su amada como distintos tipos de árboles y cómo, para poder hacer fuego, es necesario cortar las ramas. Podría citar la canción entera, pero me voy a limitar a estos versos ilustrativos: “With the roar of the fire, my heart rose to its feet / Like the ashes of ash I saw rise in the heat / Settle soft and as pure as snow / I fell in love with the fire long ago” (“Con el aullido del fuego, mi corazón estalló / como los restos de las cenizas que vi elevarse con el calor / caer puras como la nieve / me enamoré del fuego hace mucho tiempo”), o, en el mismo sentido, “So in awe, there I stood as you licked off the grain / Though I’ve handled the wood, I still worship the flame” (“Tan embelesado te observé mientras consumías la tierra / aunque trabajo con la madera, aún así adoro la llama”); el fuego, tratado como algo abrasador y destructor, convertido en una potencia creadora. Su mismo estribillo deja en claro que no sólo quiere observar el fuego, quiere unirse a él, quiere dejarse abrasar por las llamas y sucumbir no sólo a la pasión del fuego, sino a su tierno calor.
En este mismo sentido, aunque con menos ternura, cierra su segundo álbum con “NFWMB” (“Nothing Fucks With My Baby”, algo así como “Nadie se atreva a tocar a mi beba”); es una canción en la que revierte los roles y se convierte en un arma para su amada, que de tan fuerte no necesita que la protejan, pero aún así él se pone a disposición para hacerlo. “If I was born as a blackthorn tree / I’d wanna be felled by you / Held by you / Fuel the pyre of your enemies // Ain’t it warming you, the world gone up in flames? / Ain’t it the life of you, your lighting of the blaze?” (“Si hubiera nacido como un espino negro / querría ser talado por vos / sostenido por vos / alimentar las piras de tus enemigos // ¿No te calienta el mundo mientras arde? / ¿No te da vida hacer arder?”): nuevamente, el fuego es utilizado no sólo para demostrar la pasión que siente quien canta por su ser amado y metaforizar cómo quemaría todo por verla bien, sino también el otro lado, el que trae calidez aún en el incendio.
Finalmente llegamos a Unreal Unearth, donde mejor se ven aplicados estos motivos, empezando por su tema, el más obvio: el descenso por los nueve círculos del Infierno. La dicotomía abrazar/abrasar sigue presente a lo largo de su álbum (por ejemplo, en “Hymn to Virgil”), pero la canción más importante para hablar sobre la comunión cuerpo/alma, amor/deseo, a mi gusto, es “Francesca”; en ella, referencia la historia de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta, cuñados atrapados en el segundo círculo del Infierno, el de la lujuria. En el Canto V de la Divina Comedia, Dante le pregunta a Francesca qué provocó ese “turbio deseo sin retiro” que los hizo pecar; su respuesta solamente explica que se besaron luego de estar leyendo juntos y automáticamente cayeron muertos. En la canción de Hozier, él decide darle voz a Paolo, quien no la tiene en la obra original, para escuchar su propia perspectiva de esta historia: lo que termina logrando es purgar su historia de la visión moralista y poder observarla bajo una nueva luz, viendo el “pecado” en realidad como un acto de amor. La canción empieza estableciendo desde los primeros versos que la suya es una historia de amor, no solamente de lujuria, y, luego, su estribillo deja muy en claro los sentimientos de Paolo: “If someone asked me at the end / I’ll tell them put me back in it / Darling, I would do it again / If I could hold you for a minute / Darling, I’d go through it again” (“Si alguien me lo preguntara al final / le diría que me vuelvan a meter ahí / Mi amor, lo haría todo de nuevo / si pudiera sostenerte por un minuto / mi amor, lo atravesaría de nuevo”), donde el pronombre it hace referencia tanto a la situación de ellos en vida (su amor prohibido), como a su situación en muerte (it como el Infierno). Acá yace la prueba clara de que el amor y la pasión van de la mano y son las dos caras de la misma moneda: si bien el primer encuentro de estos dos desafortunados amantes se dio en un “arrebato de pasión”, la realidad es que fue un encuentro producto del amor. No pueden separarse ambos: como dice en sus estrofas finales “I would not change it each time / Heaven is not fit to house a love / Like you and I” (“No lo cambiaría nunca / El Cielo no está preparado / para albergar un amor como el nuestro”). Su amor, manchado por los prejuicios de otros, mal clasificado como lujurioso cuando en realidad es simplemente amor, a secas, no será bien recibido en el Cielo; tendrán, entonces, que buscarse en el Infierno, entre el fuego que todo lo abrasa, y encontrar el calor en su centro para seguir amándose incluso en la muerte.
Uno de los disertantes en El banquete, al expresarse sobre el amor, dice que “[…] el Eros de Afrodita Pandemo es, en verdad, vulgar […] Éste es el amor con el que aman los hombres ordinarios […] aman en ellos más sus cuerpos que sus almas […]” (2006:27); me pregunto yo, ¿acaso no somos todos los seres humanos vulgares? Si Dios es lo Divino y nosotros somos solamente sus creaciones en la Tierra, ¿por qué no deberíamos serlo? El amor es ordinario porque el amor es humano: no es una concepción teórica, no es un Ideal alejado de la humanidad: es el sentimiento que atraviesa el corazón, la mente y la carne y le da sentido a lo que hacemos. Si hoy da miedo enamorarse y nadie se anima a hacerlo, es porque vivimos inmersos en un mundo que nos empuja cada vez más a estar en soledad, a cuidar solamente lo nuestro, a no dar nada sin esperar una recompensa a cambio. Sin ánimos de sonar anticuada ni ponerme como mi abuelo cuando me decía “en mis tiempos esto era distinto”, me niego a creer que ésta tenga que ser la única forma de relacionarse en estos tiempos. Me niego a creer que ya no podemos tener grandes historias de amor, que nadie está dispuesto a morir de amor (más allá de las pintadas porteñas que rezan “morite de amor, cagón”, y similares, que son más consignas vacías que otra cosa): que un Romeo hoy soportaría vivir sin su Julieta (aunque, siendo honesta, sí hay algo que podría haber torcido el rumbo de esa tragedia si sucediera en el siglo XXI: hubiera bastado contactarse por Telegram, o una cuenta falsa de Instagram, sin tener que literalmente morir de amor), que hoy una chica no se pararía frente a un chico pidiéndole que la ame. No creo que haya una receta precisa para volver a infundir el valor de enamorarse y amar en el mundo: sí creo que hay que buscar la manera de hacerlo, porque el amor es lo que nos mantiene cuerdos, aunque a veces nos desespere, y lo que nos ayuda a hacerle frente a una realidad que es cada vez más cruda y hostil.
Gracias, Hozier, por al menos intentar buscarle una respuesta a ese imperativo de la desafección, al mal que acecha a nuestras generaciones y nos impide sucumbir al fuego por el miedo a quemarnos. Yo, por mi parte, responderé como una evangelizadora de tu música y de todo lo que tenga que ver con intentar devolver un poco de pasión al mundo (aunque, en cuanto termine de escribir estas líneas, vuelva a conectarme a Tinder: las revoluciones no suceden de un día para el otro).
Ruido Criollo #16: Sofía de Ciervo
Por Máximo Cantón
Imágenes retro (reproduciéndose sin fin)
Por Mila Mondello
365 party girl
Por Matías Cruz


