ARTIFICIOS
“Los colosos de Fiorito” |
El Malacara vs. el Pibe de Oro
Relatos y ficciones de lxs colosos del suelo argentino. Titanes de arcilla, marrones y orilleros. Gauchos, cumbiancherxs, futbolerxs y cuarteterxs. Gilda, Maradona, el Gauchito Gil, La difunta Correa, el Potro. Cada 15 días, un episodio de colección sobre nuestros héroes y heroínas, argentinxs e inmortales.
Por Mati Segreti
15/06/2021
Sombra terrible del barrio, voy a evocarte para contar la historia. Malacara, “El Malacara”, hijo y hermano como cualquier otro, de estirpe marrón y orillera, nacido en el hospital Eva Perón, costumbre de los sin dicha. El apodo no fue circunstancial, un estigma de fuego, como si una espada hubiera tajeado la expresión para siempre. Su primo, el mayor, había reemplazado el nombre por el alias. Todo la villa estaba de acuerdo, no había mejor mote que el Malacara. Cómo se moldeó esa mueca a tan temprana edad es un misterio, como tantos otros que acechan la razón y la desprecian.
Una habilidad lo distinguía: sabía lastimar. Petiso de espalda ancha, codo astuto y filoso, un homenaje al facón de Fierro, buscaba las narices contrarias con la precisión de los cirujanos y la fuerza de los gigantes. Palabras cortas y directas, las usaba en los córners para condenar a los delanteros que hacían gala de alguna postura semejante a la del guapo: “te voy a bajar los dientes”, ofrecía su expertise corrosiva a los aires y a Cronos, el primer titán de la guerra y el fútbol.
Se venían fichando, es que al Pibe de Oro, el semidiós de arcilla, ya lo conocían todos y al Malacara también. Uno por la gracia con que eludía la belleza del deporte y se asemejaba a los matarifes de antaño, el otro por su estilo pícaro y la promesa crota de habitar un sueño cada vez que el dibujo de sus piernas cerraba la obra en un gol.
Ambos necesarios como antagonistas de un mito. Ambos leyendas de un piberío que se reproducía en cada potrero de la inmensa porción de tierra que llamamos Patria.
Los viejos cuentan que mirar al Pibe de Oro era como estar de asueto momentáneo, una jubilación adelantada, un descanso de la miseria. Los viejos cuentan también que el Malacara cambió una tarde.
Lo intempestivo no se anuncia, como un huracán que nace sin tormenta. El domingo a las tres, dos equipos estaban en la canchita. Los pibes grandes todavía no habían llegado, así que los más pendejos se desplazaban con la tranquilidad de la tierra sin dominio, entre yuyos y piedritas de ese campo irregular que iba a ser testigo de la batalla. Un equipo contaba con el Malacara, el otro con el Pibe de Oro.
La disputa arrancó pareja. Ambos equipos demostraron sabiduría y destreza, oficio y entrega. Pasando los cinco minutos, las dos figuras aún no se habían encontrado. Tampoco se buscaban porque eso era faltarle el respeto al destino. Sabían, como saben todas las personas que trascienden el momento, que no hace falta convocar al azar, su cruce era inevitable y estaba grabado en el vértigo del futuro. Los minutos avanzaban, las jugadas se sucedían, a veces brillaban con el resplandor de sus presencias. El duelo se postergaba con una naturalidad irritante. Los espectadores, que eran pocos pero sapientes del acontecimiento al que asistían, formulaban alguna expectativa. La medida era simétrica, una mitad apostaba en favor del Malacara, la otra por el Pibe de Oro. Hector y Aquiles, Paris y Menelao, Horacios y Curacios, Quiroga y el Manco Paz, Samid – Viale, cada tanto las fuerzas cósmicas nos regalan desafíos materiales, choques metafísicos corporizados en la humanidad. Dijo o dicen que dijo Borges, “el universo espera, inagotable, invitador”:
Cero a cero, diez minutos y el primer córner. Oportunidad para demostrar que se equivocan aquellos que hablan de un horizonte que se aleja llamado utopía. Un córner es el horizonte y es también el destino. El Malacara se le acercó al Pibe de Oro para trabajar sobre su espíritu, para derrumbar la fortaleza de sus gambetas con el terror de las palabras. Se le había ocurrido una amenaza, una frase cáustica para demoler la confianza del Pibe. Se aproximó como lo hacen las bestias, con el silencio de la muerte y la densidad de una tormenta. Se le puso al lado, y su boca empezó a escupir en tono mafioso una primera oración. El Pibe de Oro lo miró, el Malacara habló: “Te voy a hacer mier..”, pero una primereada del Pibe con forma de manotazo, se estampó en su boca sorpresivamente. Sin poder terminar el hechizo de guerrero, un hilo escarlata brotó en cascada hacia la tierra siempre sedienta. El golpe le advirtió su lugar en el combate, primer encuentro y el Pibe de Oro ordenó la estrella. La pelota se elevó desde el córner y un frentazo de la cabeza enrulada abrió el marcador. El cebollita se abrazó con sus aliados y el otro quedó escupiendo broncas en su área. Asombrado emprendió su derrotero.
Los reproches no tardaron en llegar. Los ojos del Malacara adoptaron un color ceniza, que no es otro que la mixtura entre furia y resignación.
El partido continuó, el equipo del Pibe de Oro ganó ajustadamente, pero la contienda personal entre los “Bárbaros” devino en humillación para el Malacara.
Años después, en un taller mecánico la tarde cae sin sorpresa, el sol se desploma sobre la rutina del trabajo fatigoso. Un televisor color reproduce la batalla campal entre la escuadra catalán del Barcelona y su rival El Aleti. Indignado el periodista reprocha la actitud del jugador Maradona, por sus golpes precisos y sin contemplación a los contrarios. El micrófono es su pedestal, habla de decencia y que un jugador de esa envergadura no puede comportarse de esa manera, dice “verguenza”. El Malacara deja por un rato sus herramientas, reconoce en la tele al héroe astuto, combatiente inmortal de cabellera enrulada y zurdita endemoniada. Se limpia la grasa en su overol y sonríe. La reconciliación llega, primero con el otro y luego con uno mismo. En el perdón hay una pena que se diluye y se parece al alma.
El Malacara señala la tele, la boca grande en regocijo muestra los dientes sin filo, paletas anchas que contagian la risa, mira a sus compañeros y les dice: ustedes no saben, pero yo también cobré.
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