Internacional

Federación vs imperio

Si bien Estados Unidos logró sostener un dominio global bajo una lógica de reglas, hoy su retórica cambia. Con Trump a la cabeza, busca redefinir una estrategia global que reafirme su poder imperial. Esta nota de pantera analiza su política exterior y la posiblidad del fin al consenso pluralista.

Por Augusto Villarreal
04 de marzo de 2025

“Estados Unidos es un imperio de pincel puntillista.”

Bill Rankin en “After the Map: Cartography, Navigation, and the Transformation of Territory in the Twentieth Century”

Hay muchas diferencias palpables entre Star Trek y Star Wars. Me quiero detener en una, tan crucial como fácil de pasar por alto: mientras el universo de Star Trek es gobernado por una federación, al de Star Wars (en la trilogía original) lo controla un imperio. Aun así, en ambos casos la idea de una estructura imperial tiene connotaciones decididamente negativas. En Star Trek las civilizaciones violentas suelen preferir este modelo político y en Star Wars el Imperio es directamente el antagonista. En resumidas cuentas, el Imperio es algo malo. Es fácil ver de dónde viene esta caracterización en productos culturales norteamericanos de los 70, con más de 40 años de un EE. UU. encabezando el esfuerzo compartido por el bloque occidental de establecer una lógica federativa para las relaciones del sistema mundo. La fundación de la ONU en los casi 50 es sin duda el logro más alto de este objetivo político. La URSS, por otro lado, no pasaría más de 10 años antes de ser calificada como el “Evil empire” por Ronald Reagan. El antagonismo es claro, la libertad asociativa de origen cultural y económico de Occidente vs. la impuesta anexión imperial soviética, un clivaje anclado en sentidos comunes construidos durante todo el siglo. Unos sentidos hoy ya en completo desuso. Porque de todas las cuestiones que el siglo XXI está poniendo sobre la mesa, vamos a detenernos en una en concreto: la fantasía imperial que de a poco se filtra sobre los discursos de los líderes estadounidenses y que da cuenta de un lento pero conciso cambio de paradigma. Nuestra hipótesis, entonces, es clara: la pregunta del siglo XXI es si Federación o Imperio. Veamos por qué.

Empecemos por abajo: EE. UU. ya es un imperio. En su libro “How to Hide an Empire: A History of the Greater United States”, Daniel Immerwahr detalla no solo la rica historia de anexión, invasión y ocupación norteamericana en el mundo, sino también la conformación de un sistema de vasallaje global que aúna dentro de sí desde territorio filipino hasta Puerto Rico. Es decir, desde el aspecto meramente formal y por su propia estructura político-administrativa, EE. UU. es un Imperio. Pero la cosa va más allá. Incluso desde el idealismo de Woodrow Wilson y su fe en los organismos internacionales, EE. UU. se aseguró de las válvulas necesarias para sortear los obstáculos que ellos mismos imponen, con herramientas como el veto en el Consejo de Seguridad de la ONU o la imposición de su moneda en el joven Banco Mundial. De nuevo: los Estados Unidos siempre sostuvieron un control de, como mínimo, estilo imperial sobre gran parte del globo, donde priman siempre sus intereses nacionales sobre el resto. Immerwahr cuenta una anécdota muy ilustrativa: en el esfuerzo por normalizar la producción mundial bajo estándares norteamericanos, aparecen las normas ISO que ayudan a homologar procesos productivos y normas. EE. UU. establece, por ejemplo, el estándar del tráfico: cómo conducir, el color de los semáforos y las señales de tránsito son un legado yankee. Una de esas señales fue utilizar un octógono amarillo con la palabra STOP para la señal de pare, cosa que el mundo homologa tras 1956. Pero menos de 3 años después, EE. UU. cambia el amarillo por el rojo. La señal que conocemos todos. Contradiciendo su propia regla, el nuevo formato se termina homologando igual. Si bien esto es un detalle, da cuenta de la big picture: reglas, pero para el resto. Eso es un imperio. Esto se contradice, desde el aspecto formal, con su retórica que sostiene un sistema mundo “regido por reglas” y que resalta el valor de los organismos multilaterales para regular las relaciones entre Estados. ¿En qué quedamos?

Lo más correcto sería declarar que más que un mero imperialismo, EE. UU. conforma desde el siglo XX un neo-imperialismo de características muy particulares. Como desarrolla el gran Toni Negri, “los binarios que definen el conflicto imperial moderno se han desdibujado”, y lo que el autor llama Imperio no es un Estado imperial al estilo romano, sino un conjunto de organismos y reglas internacionales unidas bajo una misma lógica de mando. Una que sigue teniendo su motor y eje ordenador en las estructuras políticas impuestas por EE. UU., pero que encuentra niveles altamente flexibles de operación. Es decir, el mundo está regido por un imperio, pero uno simbiótico y multifacético. Esta tesis está relativamente confirmada por la consolidación del sistema mundo basado en bloques regionales como la Unión Europea y el MERCOSUR, estructuras intermedias de origen económico que sirven como reguladoras de los intereses nacionales regionales con el Imperio y su despliegue de necesidades económicas.

Ahora, todo esto era relativamente válido en la primera década del siglo XXI. Pero desde el 2001, la invasión a Iraq en 2003 y hasta hoy, ese sistema está en clara decadencia y reconfiguración. La debilidad de los bloques regionales (con un MERCOSUR paralizado y una ASEAN con tensiones crecientes), la emergencia de conflictos como la guerra en Ucrania, la invasión a Gaza o la guerra en Armenia y la aparición de la ultraderecha como actor político internacional con una agenda disruptiva están mostrando los límites del Imperio para gestionar problemas económicos, políticos, sociales y, ahora también, ambientales. Se está configurando, en medio de un mundo de creciente multipolaridad, una nueva etapa del Imperio que está abriendo su perspectiva de control.

Estar en las puertas de la segunda presidencia de Trump parecen darnos las pistas de este proceso. El fracaso de la política internacional Bidenista también. Como comenta Mitnik, la imagen que marcaron estos 4 años fue de desorden y caos. EEUU debate hace años su rol en el mundo. Trump parece decidido a darle uno. Señales como el cuestionamiento de la soberanía Canadiense (invitándolos a formar parte del país, incluso), cambio del nombre de “Golfo de México” a “Golfo de América” y una avanzada sobre la titularidad de Groenlandia (que entra en abierta tensión con la Unión Europea) son señales, superficiales pero claras, de que EEUU quiere reconfigurar su titularidad imperial. Immerwahr en su obra resalta los constantes problemas legales y políticos de adquirir nuevos estados al estilo anexión, razón por la cual la categoría jurídica de “territorios” hizo de punto intermedio para que hoy existan cosas como Guantánamo. ¿Porque Trump habla tan ligero sobre algo que sabe que no puede hacer? La respuesta está en el panorama más amplio. EEUU quiere reafirmar su poder imperial. Busca hacerlo cambiando la retórica multilateralista demócrata por el palo y el garrote. Como hizo con Colombia, busca presionar y generar un temor que se traduzca en obediencia de otros países. Está negociando a la fuerza con toda su zona de influencia a los gritos, mostrando que puede hacer y hasta dónde está dispuesto a llegar. Y en el camino, se lleva puesto el consenso pluralista que, a los tumbos y con hipocresías insostenibles, buscaban sostener los demócratas. 

Esta reconfiguración de la política exterior parece ir a fondo no solo contra el consenso pluralista, sino también con la agenda de derechos humanos. La defensa de los DDHH y la democracia no son solo un eje histórico del bloque occidental, sino algo asumido como parte de la propia genética norteamericana. Desde “Democracia en América” de Tocqueville hasta el “sueño americano” y la “lucha contra el comunismo”, la política exterior yankee siempre resaltó estos valores como elementos centrales para la comunidad de países que busca liderar. Una defensa que siempre vivió entre grandes tensiones y contradicciones, como el plan cóndor o crímenes de guerra en medio oriente, pero cuyo núcleo nunca estuvo en peligro de ser desplazado. Hasta ahora. Lo que empezó como una preocupación con la inmigracion en la plataforma de Trump y llegó a un plan para reforzar el muro fronterizo con México, hoy, en plena revitalización imperial, se vuelve algo mucho más oscuro: Trump anuncia la deportación de inmigrantes ilegales a Guantánamo, una de sus bases extra-territoriales, calificando de “peligrosos criminales” a un grupo humano que puede alcanzar los 11 millones de personas en el país. La polémica elección de Guantánamo no es casual. La base en Cuba es, como explica Immerwahr, el núcleo de la contradicción imperial norteamericana. Tierra usurpada a Cuba, sostenida de manera ilegal y que bajo la categoría de “territorio” permite un gris donde se puede saltar por encima la ley para torturar y negar habeas corpus y derechos legales a detenidos. Utilizada bajo el contexto de la guerra contra el terrorismo, hoy ilustra una renuncia total al compromiso con los DDHH y una reconfiguracion de las posibilidades de accion del imperio de los estados unidos. Arrancando así su segunda presidencia, Trump nos da la pista de por qué será mucho más determinante que la primera: está definiendo y disputando cómo seran las reglas del imperio norteamericano. 

Esto nos trae al principio. ¿Entonces el federalismo y la idea de federación mundial, conceptos claves para las relaciones internacionales del siglo XX, están perdidos? Nos quedan varios años para descubrir eso, pero creo que no. 

Que EEUU no haya utilizado el modelo de imperio de los británicos o los alemanes no fue un acto de pura bondad. Eligieron un tipo de control no formal, que asegura altas cuotas de autonomía, porque en la incipiente globalización, el control económico es más eficiente. Incluso con sus problemas (Japón compitiendo por sus mismos mercados en los 80, por ejemplo), el flujo de recursos a la metropolis via supremacía económica y la insoslayable superioridad militar fueron y son más que suficientes para asegurar control global. El “garrote” de China viene siendo este tipo de capacidad que emana de la supremacía económica, y ellos tampoco lo hacen por bondad: es la mejor forma de tener penetración profunda en sociedades dispares entre sí sin generar fricciones insalvables. Fricciones que, en última instancia, terminan por debilitar los proyectos imperiales. Pistas de este fenómeno pueden verse en las reacciones de los vecinos territoriales y aliados del imperio norteamericano: desconfianzas e incertidumbres que pueden llevarlos a alejarse de su proyecto global. No podemos evitar que haya países más fuertes que otros, pero si podemos dar espacios para que las fricciones se minimicen y los escenarios violentos no sean viables ni deseables. Un segundo mundo multipolar con herramientas federativas podría emerger fácilmente si el intento imperialista norteameticano falla. Todas cosas que aún quedan por ver.