ENEMIGOS DIGNOS | ALÍ VS. FRAZIER: UNA PELEA POR LA BELLEZA
De las tres míticas peleas en las que se encontraron Joe Frazier y Muhammed Alí, el triunfador por haber ganado dos de tres fue Alí, pero esas peleas nunca fueron por la fuerza, ni la velocidad, ni la técnica. La verdadera pelea entre Alí y Frazier fue por la belleza.
Aunque la primera contienda en la que se encontraron cuerpo a cuerpo fue el 8 de Marzo de 1971, el evento que motivó el triunfo de Fraizer y que movilizó cada músculo de su cuerpo para consagrar esa victoria, sucedió sesenta y ocho días antes. Frazier y Alí se cruzaron en la conferencia de prensa para anunciar la fecha del evento. Antes de eso, Alí venía de ser campeón de pesos pesados en el 67 y el título se lo habían retirado después de haberse negado públicamente a ir a la guerra de Vietnam. Entonces Alí no solo era una celebridad, sino que ese, junto con sus elocuentes discursos públicos y la ferocidad con la que hablaba del racismo estructural de Estados Unidos, también le habían dado la legitimidad de ser una figura afrodescendiente rebelde: una voz crítica, que hablaba con propiedad y rabia sobre cómo el gobierno mandaba a la comunidad negra a morir en la guerra.
En sus años de ausencia, Frazier había conquistado el título que, de alguna manera, le pertenecía a Alí, y, quizás por culpa o por genuino espíritu de competencia, había sido el mismo Frazier quien había ayudado a Alí a recuperar la licencia para boxear de nuevo. Ambos hombres se sentaron en una mesa larga rodeados de micrófonos y de gente. Empezaron a chicanearse en esa primera antesala del boxeo donde se miden las palabras que tienen para decirse los contendores. Separados únicamente por un hombrecito, la performance de espectáculo empieza a tomar un tono más tenso, más real entre ambos. Alí, como siempre, es el que da el golpe inaugural más doloroso al decirle a Frazier que es “un negro servil a los blancos. Un “tío Tom”, «un esclavo sumiso que trabaja para el enemigo de ambos”. Frazier se ve afectado, hay un vestigio de desconcierto que solo se puede captar si se mira con mucha atención el video. De repente siente que un amigo, un rival, no diría algo así de cruel, y de repente también siente que no tiene palabras para defenderse. Entonces trata de chapotear con un ataque igual de íntimo, porque esto, para él mucho más que para Alí, se ha vuelto personal. Le dice que nunca hizo nada por él cuando era un chico negro y pobre. «Nunca hiciste nada por mí y ahora te estoy ayudando”. Un halo de tristeza ensombrece la cara de Frazier. Se siente traicionado, abatido y sorprendido, pero sobre todo siente que Alí no es más ni su hermano ni su amigo.
El boxeador recién devuelto a la vida está peleando. Está a sus anchas en el vasto reino de las palabras y, sin recato y con mucha crueldad, lanza la piña más dolorosa de toda esa conferencia de prensa, de toda la pelea y quizás de toda su relación: “Él es muy feo para ser campeón del mundo”. Frazier gana la contienda del 8 de marzo 71, motivado por ira y también por redención, pero la otra, la pública, la que los enfrentaba a los dos como sujetos fuera del ring, la había perdido hace tiempo.
¿Cómo podría haberse sentido ante esas declaraciones? El chiste de Alí le duele tanto, lo afecta tan profundamente, que George Foreman dijo muchos años después que Frazier era como esos hijos sensibles que no se bancan los chistes de los hermanos, y que los lastiman de verdad. Y ¿cómo podría ser de otra forma? Alí le ataca donde él no puede defenderse, y crea una narrativa sobre su fealdad que solo es real porque él la inventa. Idea para él una estética, que es al mismo tiempo una ética y una moral. Él es el inteligente muchacho veloz, que sabe y puede ser rebelde. Él pertenece al mundo de los que defienden y liberan a los demás, de los memorables. La existencia de Alí, de su ser completamente hermoso, con rasgos suaves, perfectamente estilizado, brutalmente brillante, hace que Frazier luzca precario e insuficiente. ¿No es la belleza también bondad? ¿No hace esto imaginar a Alí bueno y a Frazier Malo? La incapacidad para levantar la voz (literalmente la voz, de un Frazier muchísimo menos elocuente) de la que lo acusa Alí lo hace ver como un traidor: como un esclavo. No se me ocurre nada más doloroso que decirle a otra persona, sobretodo a otra que es buena, muy buena, en lo que hace, que de repente ya no es suficiente. Alí es un hombre completo y Frazier solo es un buen boxeador.
El desconcierto de Frazier ante ese artilugio dura para siempre. La frustración descomunal de que hay una realidad en la que él no puede mejorar, enfrentarse con esa verdad. ¿Se habría sentido feo antes de eso? ¿Habrá salido de esa conferencia el mismísimo Joe Frazier, campeón de pesos pesados del 71 a mirarse en el espejo? ¿Habrá ido a comparar su nariz, el color de su piel y se habrá sentido desconsolado? ¿Habrá entendido Frazier que aún si peleaba bien, muy bien, mucho mejor, nunca sería locuaz y hermoso? ¿Habrá notado ahí mismo que la belleza es un sistema injusto, arbitrario e irreparable? La respuesta a esa acusación de Alí es apenas humana. Frazier busca criterios objetivos para demostrarle que él también puede competir en el mercado del deseo, porque toda acusación de fealdad oculta una implícita condena a la soledad que nunca conocerán los bellos. Entonces Frazier dice un día “Ali seguía y seguía diciéndome que era un hombre feo. Pero la verdad es que nunca pensé que yo fuera un hombre más feo que él. Tengo once hijos. Alguien pensó que yo era simpático”. No será hermoso como él, pero al menos no está solo.
Tienen una segunda disputa que es apenas una antesala a la pelea de todos los tiempos. Evento hermoso, trágico y épico si los hay: la pelea en Manila. “Thrilla in Manila”, el 1 de octubre de 1975. Debe ser, sin temor a equivocarme, la disputa más bella y honorable que vimos y que vamos a ver alguna vez. Esos dos cuerpos totalmente transpirados, tan cerca, sus cabezas se juntan en una danza violenta y reposan su cansancio sobre el otro, están tan juntos que pueden oírse respirar. La ferocidad en cada músculo, la velocidad de sus pies, la determinación de sus voluntades. La pelea dura los 14 rounds más intensos que se escribieron en la historia del boxeo. Lo mágico de esto no es que están dispuestos a matarse -porque no lo están- es que están dispuestos a morir. No se trata de lastimarse, se trata del imposible ejercicio de la resistencia de la mente. De resistir ante el peso del cuerpo propio y su inercia de dejarse caer: de escapar al paso del tiempo. Antes de comenzar el 15 round, Alí en su esquina trata de arrancarse los guantes con los dientes. Está tan vencido que casi se mordisquea las muñecas, pero Angelo Dundee le pide que espere a que suene la campana. Y suena. La esquina de Frazier para la pelea y Alí gana porque es el último hombre en pie.
En el careo previo a la Trilla in Manila, Muhammed Alí dice cosas horribles de Frazier. Como el más ágil de los púgiles, sabe pegar en una herida que él mismo abrió: “Joe Frazier debería donar su cara al fondo Vida Salvaje. Él es tan feo, que los hombres ciegos voltean al otro lado. La lágrimas huyen hacia la parte trasera de la cabeza. Feo, feo, feo. Puedes olerlo desde otro país. ¿Qué pensará la gente de Manila? ¿Que los hermanos negros son animales? Ignorante. Estúpido. Feo y oloroso.” Nadie es más atinado para lastimar que quien usa la carencia ajena para hacer daño.
Los dos protagonizaron un evento de extrema belleza. Alí diría dos cosas muy importantes tiempo después: que nunca pudo volver a ver la pelea porque siente que nunca estuvo tan cerca de morir, y que sentía mucho que Joe Frazier estuviera enojado con él, que sentía haberlo lastimado, no con sus puños, con sus dichos. “Joe Frazier es un buen hombre y no podría haber hecho lo que hice sin él, y él no pudo haber hecho lo que hizo sin mí. Y si Dios alguna vez me manda a una guerra santa, elegiría a Joe Frazier peleando a mi lado.”
Por su parte, en el documental de Pete Mccormick en homenaje a Alí, un Frazier grande, golpeado por los años y las piñas, recuerda lo mucho que todas esas declaraciones lo hicieron sufrir, pero también lo enorme que fue Alí. Le desea lo mejor. Y llora. Lágrimas gordas caen de sus ojos cansados, porque él no es el más bello, pero eso ya no importa.
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