Artificios

El chico que quería morir de hambre

¿Ser escritor siempre equivale a morirse de hambre? A partir de ese prejuicio, este ensayo explora la literatura como industria, como forma de trabajo, como ámbito de producción y espacio de circulación. Entre Fisher y Coelho, Pavese y los foros de piratería, este texto se pregunta por el sentido del copyright en el siglo XXI.

Por Eduardo Savino
03 de febrero de 2026

…solo la irritabilidad provocada por el ayuno —algo no muy fácil de comprender por personas bien alimentadas— hacía perdonable el comportamiento del artista del hambre.

Franz Kafka, “Un artista del hambre”

Hacia el final de la adolescencia, después de haberlo meditado, o quizás, más bien, por un impulso desatado por la pasión que le generó la lectura de un clásico o por haber escrito sus primeros textos y tener la idea, errónea a todas luces, de que sus primeros textos son buenos, el chico le dice al mundo: quiero ser escritor. Y el mundo le responde: te vas a morir de hambre.

No sabe por qué, pero el chico igual decide seguir con su plan, aun sabiendo que morirse de hambre no solo es una posibilidad, sino la posibilidad más concreta. Lo que mueve al chico a ser escritor, y esto lo tiene muy claro, no es el dinero. Y cuando le dice al mundo que a él no le importa ser un autor de best-sellers, y que lo que le preocupa es escribir algo que valga la pena ser leído, el mundo lo mira como si fuera un idiota. Pero el mundo no le dice idiota; le dice romántico o jipi.

En la misma época, y también antes y después, el chico consume artefactos culturales, al decir de Eduardo Halfon, como un poseso: discos, películas, videojuegos y libros. La primera vez que el chico fue a la que, muchos años más tarde, y sin que él lo supiera en ese momento, sería su facultad, lo hizo de la mano de su cuñado, el Geógrafo. El Geógrafo, además de los mapas, que al chico no le interesaban, amaba las bandas de rock, algo que sí compartían. En los pasillos de la facultad, desplegados en el suelo o en mesitas improvisadas, algunos vendedores ofrecían sus productos, y de ese paseo el chico volvió a su casa con un CD en un sobre blanco que en simple Times New Roman y en absolutas mayúsculas anunciaba el contenido: la discografía completa de System of a Down en mp3. Debe haber salido, supongamos, unos cinco pesos, entre uno y dos dólares; difícilmente podría decirse, al menos en el caso de estos vendedores, que estuvieran participando de la piratería en función del lucro: apenas debía quedarles suficiente, al final del día, para llevar a su casa.

Es posible que, al momento de tomar la decisión de ser escritor, el chico tenga un concepto idealizado de lo que eso significa, porque no conoce todavía a ningún escritor, y lo más cercano que tiene, además de algunas entrevistas o artículos biográficos de hombres y mujeres ya muertos, es la representación en películas de la figura de un hombre o una mujer que se la pasa frente al escritorio luchando con fantasmas, y a quien en ningún momento ve salir de su casa para ir, por ejemplo, a una oficina, o cuyo único diálogo en torno al dinero es aquel que mantiene con su editor, en términos de anticipos y regalías.

Y sin duda no colabora el hecho de que, cuando revisa los textos de solapa de los libros que le gustan, no se mencionan, en general, otras actividades que la escritura, la traducción o la docencia. Pero cuando el chico ingresa en la universidad y empieza a participar de lecturas, charlas y ferias, y conoce a escritores de la vida real, lo sorprende encontrarse con que todos ellos hacen otras cosas: trabajan en marketing o publicidad, hacen prensa para editoriales, corrigen textos de otros o directamente ejercen actividades que nada tienen que ver con la escritura. Ninguno de esos escritores pasa de seis a ocho horas en su casa escribiendo, y mucho menos hace dinero con las ventas de sus libros; incluso en la mayoría de los casos en los que sí hacen algún dinero con eso, la suma es despreciable. Y entonces el chico se pregunta: ¿qué es lo que hacen los escritores para no morir de hambre? ¿De qué viven los escritores si no es de la literatura que producen?

Porque de lo que el chico también se entera, cuando da sus primeros pasos en el mundo editorial, es que la mayoría de los escritores a los que va conociendo publican en editoriales independientes, y que ni siquiera los editores de la mayoría de esas editoriales se ganan la vida con eso.

*

if people lose their incentive to make music

because they’re not making money off of it,

they’re not musicians, they’re business people.

Ian MacKaye

Nunca pensé que iba a estar más cerca ideológicamente de un escritor como Paulo Coelho que de muchos escritores y escritoras a quienes admiro. No leí nada de Coelho, y es por no haberlo leído que no me atrevo a decir nada sobre su obra, a pesar de los chistes que se hacen sobre sus deficiencias y de que su nombre ya es, a esta altura, sinónimo de mala literatura.

Sin embargo, mal escritor o no, Coelho, nacido en 1947, hizo una buena lectura acerca de la circulación libre de textos en internet; además, fue un adelantado: en 1999, después de tener ventas bajísimas de su libro El alquimista en Rusia, que además atravesaba una crisis de escasez de papel, y tras la cancelación del contrato con su editor ruso, encontró en internet una versión de su libro en ese idioma y decidió publicarla en su propia web. Un año después, la crisis se resolvió, Coelho encontró otro editor y el libro vendió diez mil copias. Dos años después, cien mil copias. Tres años después, un millón. No hizo publicidad. No hizo giras. Él, en su blog, asegura que todo fue gracias a que los lectores rusos pudieron acceder al texto antes de comprar el libro. “Es cierto”, dice. “Soy rico. ¿Pero fue el deseo de hacer dinero lo que me llevó a escribir? No. Mi familia y mis profesores me dijeron que no podría subsistir con la escritura. (…) Si el dinero fuera el motivo, podría haber dejado de escribir hace años y me habría ahorrado el tener que aguantarme las reseñas invariablemente negativas”.

En la primera de las quince clases en que iba a consistir el último seminario que dio Mark Fisher, les propuso a sus estudiantes una serie de lecturas orientadas a un objetivo: imaginar una forma de organizar el mundo después del capitalismo; para él, esto es lo mismo que decir el mundo después del trabajo. La Economía, dice, como estructura única, monolítica, es una falacia: existen las economías, lo que quiere decir que hay otras formas de trabajo además del trabajo asalariado, e incluye en la lista el trabajo realizado “en las escuelas, en la calle, en los barrios, en las familias, trabajo no remunerado, tiempo entre amigos”, y sobre todo quiere decir que hay otras formas de poner a circular bienes y servicios, además de motivaciones distintas de la remuneración para hacer cosas, si es que queremos quedarnos tranquilos con una definición provisoria de trabajo: cosa que es resultado de la actividad humana; pero antes de celebrar el fin del debate acerca de si la literatura es o no un trabajo en favor de quienes se consideran “trabajadores de la palabra” o “escritores profesionales”, sería bueno advertir también las otras acepciones de trabajo: esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza, en contraposición a capital; dificultad, impedimento o perjuicio; penalidad, molestia, tormento o suceso infeliz; estrechez, miseria y pobreza o necesidad con que se pasa la vida.

*

No toda escritura es, por definición, privada. 

Pero sí toda literatura es, por definición, pública.

Eric Schierloh, La escritura aumentada

En esas noches largas de la adolescencia, encerrado en su cuarto, armado de un paquete de cigarrillos y un insomnio crónico, el chico llena el escritorio de su computadora con carpetas llenas, a su vez, de archivos comprimidos que contienen otros archivos, en formatos tan variados como mp3, m4a, wav o wma, a fin de cuentas, combinaciones de unos y ceros, esas fuerzas misteriosas llamadas bytes, que encierran, con una magia y un misterio que la ciencia nunca alcanza a explicar de manera exhaustiva, sonidos grabados por humanos.

Entre todas esas carpetas se pueden encontrar archivos que representan la música de clásicos como Led Zeppelin o John Coltrane, pero también de bandas desconocidas por la inmensa mayoría de la población mundial, como Psychedelic Horseshit, Reynols y The Peronists. En otras carpetas, hay también películas y una novela, Plástico cruel, de José Sbarra, que el chico lee de corrido una tarde, en la pantalla de su computadora, desde un archivo PDF. Es la primera vez que lee un “libro” entero en la computadora; hasta ese momento, sus lecturas digitales se limitaban a Wikipedia o a otros sitios sin ánimo de lucro que publican poesía y donde lee por primera vez a Girri, a Ibarbourou, a Yeats.

Tiempo después, el chico hace otro descubrimiento. Hablar de descubrimientos en el arte genera a veces cierta resistencia, tal vez por el peso negativo que la noción de descubrimiento tiene para América; cuando se dice que alguien descubrió a otro como escritor, no es del todo equivocado percibir un sabor paternalista, porque se da a entender que, si A no hubiera señalado a B, B no habría llegado a ser lo que fue. Me refiero, en el caso del chico, a otro tipo de descubrimientos: el descubrimiento personal, para el que aplicarían varias acepciones de la palabra: manifestar, hacer patente; destapar lo que está tapado o cubierto; hallar lo que estaba ignorado o escondido; registrar o alcanzar a ver. Cualquiera de estos significados evoca un sentimiento particular, en el que la maravilla cede de inmediato a la estupefacción, ¿cómo puede ser que no lo haya leído o escuchado antes?, ¿cómo es posible que esto, esto que me habla a mí, no haya estado frente a mí todo este tiempo o, si lo estuvo, cómo es que no le presté la atención que me demandaba?, y esa estupefacción también queda de lado cuando la desplazan la absorción, la obsesión, la predicación.

El chico descubre un sitio: bearparade.com. El diseño combina colores muy saturados, a veces plenos, con otros pasteles o más tenues, y fondos amplios con ilustraciones vectorizadas de animales, estrellas, plantas y otras figuras de la naturaleza; la fuente principal es una serif clásica; en la única sección que explica algo, dice que Bear Parade presenta “publicaciones electrónicas de poesía y narrativa breve, y es gratis para todos”. Algunos de los nombres que aparecen en la página principal son bien conocidos para quienes estén familiarizados con la alt lit estadounidense: Tao Lin y Noah Cicero. Algunos de los textos que aparecen, además, existen en el mundo físico, en forma de libro. Today The Sky is Blue and White with Bright Blue Spots and a Small Pale Moon and I Will Destroy Our Relationship Today, de Tao Lin, es uno de ellos, y el chico, además de leerlo varias veces en Bear Parade, cuando tiene la oportunidad, porque conseguirlo no es fácil, ya que la única edición argentina se hizo muchos años atrás y está descatalogada, y como no se trata de un autor de moda, y como la alt lit tampoco está de moda para cuando el chico la descubre, cuando tiene la oportunidad, decía, el chico, entonces, lo compra.

El chico cree que sería bueno, y que además sería fácil y barato, robar la idea de Bear Parade y hacer lo mismo pero en español.

La desesperación que tiene el chico es por que lo lean. Se pasa meses y años ideando y ensayando métodos, uno más impráctico o arcaico o delirante que el otro, para poner a circular sus textos sin tener que pasar por el proceso descorazonador de enviarlos a concursos y editoriales; a pesar de lo descorazonador del proceso, el chico lo hace, y sus textos se publican en revistas digitales e impresas, y en algún momento una o dos editoriales le responden los correos con entusiasmo. Pero el chico está enfermo de la enfermedad de la época: la inmediatez. Y a pesar de las revistas y los libros, la desesperación del chico por ser leído no se agota, quizás en parte porque sus libros se mueven poco, es decir, se venden poco, es decir, los leen pocas personas.

*

I don’t think of it as a career, I think of it as something that just has to come out. (…) I don’t think Nina Simone was like, maybe I’ll be a doctor or maybe I’ll be a musician. I don’t think that happened, it was just something that had to come out of her.

Ian MacKaye

El lema de los foros sobre piratería dice: “If buying isn’t owning, piracy isn’t stealing”. La idea de que comprar no equivalga a poseer se refiere a que, cuando uno paga por ciertos bienes digitales, como software de diseño o videojuegos, en realidad está pagando por una licencia; incluso en los casos de licencias “de por vida”, las empresas pueden decidir descontinuar sus productos en cualquier momento sin tener que responder por ello ante la ley ni, mucho menos, ante los usuarios. Tampoco se compran las series y películas que se miran por streaming, porque se aplica el mismo sistema de licencias, y cuando una plataforma decide descatalogar un contenido, ¿qué opciones tiene el usuario?

Hay algo que a mí me parece demasiado obvio. La libre circulación de literatura, más que golpear a los escritores consagrados, abre posibilidades para los escritores ignotos. Es más difícil que alguien compre un libro de un escritor al que no conoce o del que tiene pocas referencias. El valor económico de la literatura no viene dado ni es medible en relación con los costos físicos de producción de un libro, porque imprimir cien copias de un libro de un grupo editorial cuesta lo mismo que imprimir la misma cantidad de copias de un libro de una editorial independiente; un libro, en librerías, cuesta por lo que vale el nombre de su autor, y ese valor, además de tener un tope necesario, no tiene que ver con la calidad literaria, para la cual tampoco hay un único sistema de valoración, y que fluctúa según las épocas y lugares. 

Y además, ¿a quién pertenece un texto? Es clara la diferencia que establece Eric Schierloh, escritor y referente de la edición artesanal en Argentina: un libro es un objeto físico, una cosa producida a través del trabajo manual, que supone una cantidad de saberes técnicos y manipulación de materias primas, e implica otros costos como los asociados al transporte. Un texto, por otro lado, es intangible. La materialidad del lenguaje es sonora y visual; no se pueden tocar las palabras, de la misma manera que no se puede tocar el Adobe Premiere o el Mortal Kombat (pero sí se puede tocar el cartucho, el bluray, la cosa física que contiene al Mortal Kombat). 

*

El ocio, Catulo, te resulta molesto,

en el ocio te enardeces y en exceso te exaltas:

el ocio ya antes ha destruido a reyes

y a ciudades dichosas.

Catulo, poema 51

Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte en nada.

Hesíodo, Trabajos y días

 

Existe todo un campo semántico del trabajo que los escritores usamos para referirnos a distintos procesos y formas implicados en lo que hacemos: obra, taller, oficio, clínica, proyecto, work in progress. El trabajo implica un esfuerzo y es ahí donde se distingue del ocio; es habitual escuchar en los últimos años referirse a cuestiones importantes de la vida, felices pero también, por momentos, extenuantes, como trabajos: la maternidad o paternidad, la amistad, el amor.

¿Habrá sido Pavese el escritor más acechado por el trabajo? La palabra lavoro y sus derivados proliferan insoportables como hormigas en su obra: Trabajar cansa, El oficio de vivir y, entre otros, un poema del que me aprendí un fragmento en italiano a fuerza de repetirlo muchas veces mientras intentaba traducirlo sabiendo poco y nada del idioma: Il lavoro / (l’uomo solo non può non pensare al lavoro) / ridiventa l’antico destino che é bello soffrire / per poterci pensare. Voy a hacer el esfuerzo de mejorar mi traducción de hace unos años: “El trabajo / (el hombre solo no puede no pensar en el trabajo) / vuelve a ser ese antiguo destino que es lindo sufrir / para poder pensar en él”. Hace muchos años vi una foto de un hombre, con pinta de ricotero viejo, que tenía una remera con la leyenda: “Trabajar no es un derecho, es una mierda”. Antes pensaba así. Trabajar me parecía una mierda. Trabajar me alejaba de las cosas que quería hacer; por ejemplo, leer y escribir. Escribir no era, para mí, un trabajo, pero tampoco un hobby. La asociación entre escritura y ocio le bajaba el precio a la escritura. Ahora me di cuenta de que lo que no me gustaba no era trabajar, sino trabajar en cosas que no me importaban, no me estimulaban, no me ponían a prueba. Sobre todo, lo que no me gustaba era poner mi tiempo a disposición de otro.

Pero cuando digo esto, es decir, que trabajar ya no me desagrada tanto, me refiero, más bien, a que ahora trabajo por mi cuenta en actividades que me interesan y en las que puedo poner en juego un conocimiento y una técnica, entre otras cosas; por ejemplo, la corrección, la edición y los talleres de lectura y escritura. No me pasa lo mismo con las horas que dedico, esté o no delante de la computadora, a mi proyecto literario; algo de eso me pide quedarse en la tercera vía que se abre entre trabajo y ocio. Porque el trabajo, lo que en la vida cotidiana llamamos trabajo, la vida que compartimos con todas las personas a quienes la literatura no les importa, es algo que se elige por la necesidad de subsistir; para Fisher, que evoca también a David Greaber y su libro Trabajos de mierda, es lógico que muchas personas prefieran cobrar un subsidio antes que trabajar.

Una postura cercana a esa es la de Daniel Durand, poeta y, como Schierloh, editor artesanal:

SIEMPRE FUI UN HARAGÁN

muchos años de mi vida no hice nada, 

no hice nada en en 2012 

nada en 2013 ni catorce. 

Activé en 2015 y me fui a la mierda 

a no hacer nada 

todo 2015 2016 2017 y 2018 

al otro lado del planeta. 

No hice nada desde 2004 a 2007. 

No hice nada en 2018.

Siempre algo hice, 

hice algo para no hacer nada. 

Escribo poesía 

porque es lo más cercano a no hacer nada.

 

El refrán “Trabajá de lo que te gusta y no trabajarás un solo día de tu vida” exhibe una paradoja, y Durand le da la vuelta: el objetivo último es no trabajar; para lograrlo, el camino que propone el refrán es convertir lo que te gusta (el ocio) en trabajo. El refrán se muerde la cola. No hay escapatoria. Nuestra época hizo de ese uróboros su ley, pero la formulación es un engendro espanglish: “Monetizá tu hobby”.

Si los escritores tuviéramos que vivir de lo que escribimos, tendríamos que publicar con mucha regularidad. ¿Cómo habría hecho Joyce, que tardó siete años en escribir el Ulises, si solo hubiera obtenido el sustento de los libros que publicaba? ¿Como habría hecho Laiseca con Los Sorias? ¿Qué pasaría durante los cuatro años que me lleva escribir una novela? ¿Tengo que mantenerme con becas? ¿Quién me va a dar una beca? ¿De qué depende que me la den? Se podría decir que para obtener un trabajo de ingeniero informático, además del conocimiento y la experiencia, también entran en juego otros factores, como las habilidades sociales y los contactos. ¿Pero no hay algo inherente a la tarea artística mucho más esquivo? ¿Cómo se decide quién recibe una beca y quién no, y quiénes forman parte del jurado que toma esas decisiones y por qué están ahí?

De todas formas, por más que me atraigan los punks autogestivos y los poetas del hambre, y aunque no me hago demasiado problema cuando me toca vivir más frugalmente, me abruma el dinero cuando falta, me gusta comer bien aunque sea en casa, y comprarme libros y salir de vez en cuando. Otro poeta, que vivió durante muchos años, y muy bien, solo de dar talleres de poesía, lo resumió con sinceridad: “Yo no quería ser un jipi”. Yo tampoco quiero ser un jipi. Y aun así me resisto a esa fantasía del escritor como una persona que solo se dedica a leer, pensar y escribir algunas horas por día y después publica lo que escribió y con las ventas de eso puede pagarse el sustento. Pero también es poco inteligente y, sobre todo, muy pobre espiritualmente pensar que el arte no es fundamental; lo que no es, y eso deberíamos tenerlo claro, es necesario en términos de subsistencia: la comprobación está, de nuevo, en esa inmensa mayoría que vive no solo prescindiendo de la literatura, sino del arte, incluso si esa vida nos parece, a quienes dedicamos nuestra vida al arte, más pobre, más chata o más aburrida. Y también es verdad que, si nos sinceráramos respecto de la escala de la importancia social o de la justificación existencial de los distintos trabajos o actividades que ejerce la humanidad, muy por debajo del arte estaría el Mal: los trabajos vinculados al marketing.

*

Durante un tiempo la Crítica acompaña a la Obra, luego la Crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. (…) Luego la Crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. (…) Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres.

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes

Coelho milita contra el copyright desde hace años, y sobre todo ataca la idea de que la piratería empobrece a los artistas. “Cada vez que veo el mensaje de ‘esta canción fue eliminada por el artista’ me pregunto: ¿no entienden que, si escucho una canción y me gusta, lo más probable es que compre el CD? Parece que no”. Y sigue: “Es muy difícil leer un libro en la computadora. La gente imprime sus propias copias, pero si les gusta el libro, después de leer treinta o cuarenta páginas, van y lo compran”. Y tal vez lo más increíble de todo esto es lo cerca que está Coelho no solo de figuras punk como Schierloh, sino de Borges; Borges soñó una biblioteca infinita y, pasando por Valéry, una historia de la literatura que prescindiera de los nombres de los autores; esa biblioteca está en internet y es de libre acceso. Última de Coelho: “Se acabaron esos tiempos en los que cada idea tenía dueño. Primero, porque todo lo que hacemos es reciclar los mismos cuatro temas: una historia de amor entre dos personas, un triángulo amoroso, la disputa por el poder, la historia de un viaje. Segundo, porque todo lo que quieren los escritores es que los lean, sea en el diario, en un blog, en un panfleto o en la pared”.

*

I guess the bottom line, for me, lies in the answer to this question: would they have done it if there was no money involved? Would they have played together if they weren’t being paid? And if the answer is no then I’m probably not interested.

Ian MacKaye

El chico piensa en todas estas cosas; no puede encontrar una respuesta del todo clara o contundente, y cada hilo del que tira abre múltiples caminos; nada está fijo; no hay una respuesta de talle único.

El chico vuelve a una pregunta de manera incesante. ¿O es la pregunta la que vuelve, y el chico la recibe primero agobiado y después, con el paso de los meses y los años, cada vez que llega, se siente, si bien no más preparado, sí tal vez menos sorprendido por su retorno? La pregunta, en su formulación, es simple: ¿por qué escribo? El chico no confía en ningún escritor que no se haga esa pregunta con cierta regularidad, que no haya desesperado alguna vez frente a ese problema tan íntimo y, al mismo tiempo, tan inexplicable para quien piensa que se escribe simplemente por disfrute. Si no se arrima, al menos una vez en la vida, la mirada al vacío para espiar qué hay allá abajo, piensa el chico, es muy difícil escribir (y vivir) con sinceridad. Y a pesar de que, dado a elegir entre la literatura y la vida, a diferencia de Pizarnik o de Kafka, el chico elegiría la vida, también está dispuesto a resignar un poco de vida con tal de producir una literatura que no sea mediocre.

El chico está dispuesto a morir de hambre, aunque sea por momentos, aunque sea un rato o aunque el hambre devore solo algunas partes y no la vida entera; sabe pocas cosas, muy pocas cosas, pero sabe que el hambre y la pregunta, la unión entre el hambre y la pregunta es indisoluble, insalvable, indestructible. El hambre y la pregunta dominan al chico, y el chico se deja dominar; tiene que mantenerse vivo para que eso pase, para que el hambre y la pregunta tengan dónde manifestarse; el chico intuye que ese hambre, a diferencia de la que puede resolverse con actividades que produzcan dinero para comprar comida, nunca termina de calmarse; puede estar momentáneamente en fuga, pero nunca se va; tal vez se esconde, pero nunca se va, y ese es el motor: la pregunta, el hambre, un hambre que algunos, tal vez más equivocados que el chico, tal vez menos equivocados, esperan aplacar metiéndole más y más dinero, más y más trabajo, y ese hambre, como el del artista del cuento de Kafka, los vuelve feroces, incluso agresivos, para con el mundo y consigo mismos, y se olvidan de que fueron ellos quienes eligieron el hambre, y entonces la carrera se vuelve despiadada y sangrienta y a veces el precio por ese hambre que no se aplaca ni con respuestas ni con muchísimo dinero lo pagan pobres idiotas que lo único que quieren es leer un libro.

El chico que quería morir de hambre es uno de esos pobres idiotas.