Artificios

Cómo formar comunidad

¿Cómo creamos los sentimientos de pertenencia? Este ensayo recorre obras de la literatura, el cine, el teatro y la música contemporáneas cargadas de encuentros, imaginación política y narrativas que revelan un horizonte de posibilidades para contestar esa pregunta desde nuestra época.

Por Salvador Doldan
07 de octubre de 2025

La cultura de una época comprende consumos pero también comportamientos, valores, identidades, sentimientos de pertenencia. Esto último es justamente lo que nos está costando percibir en nuestra era. Predominan la incertidumbre, dudas existenciales, trabajos precarios, falta de oportunidades. Necesitamosencuentros, imaginación política, nuevas narrativas, un horizonte de posibilidades. Que las hay en algún lado, las hay, pero descubrirlas es la tarea. Lo que sigue son algunos intentos de respuesta.

En la era del capitalismo tecnológico, no pensamos ni tenemos tiempo para analizar lo que nos pasa porque nuestro tiempo de ocio es la mercancía. Todo es cuestionable, todo es inestable, todo es precario y provisorio, la pregunta es, ¿qué es lo que queda? Nuestras sociedades cada vez más padecen a diario una apatía en lo político, violencias discursivas, abruptos desórdenes psicológicos, un desamparo en lo social y vincular. Pasamos de ver youtubers y tiktokers a traders o consejeros financieros que impulsan la ludopatía temprana. El emprendedorismo individual prevalece en las redes por sobre los proyectos colaborativos. Googleamos sin cuestionar los sesgos que hacen que nuestras búsquedas estén previamente encaminadas. Buscamos vínculos matcheables con una lista de requisitos, pero no encontramos un otrx complementario que aporte algo nuevo a lo ya experimentado. Nos relacionamos con usuarios de toda la aldea global pero no interactuamos con personas que viven a un hogar de distancia. El mercado digital pide formar data analyst o content writers cuando no epistemólogos que ayuden a pensar hacia dónde pueden dirigirse los algoritmos o hacia dónde necesitamos que vayan. 

En estos últimos años, en Argentina, la cultura de la cancelación nos llevó a la de la autocensura que la pandemia nos arrastró a un fuerte repliegue interno. Nuestros consumos culturales pasaron por el “fingir demencia” compartiendo memes, maratoneando series y scrolleando al infinito. Las playlist que escuchamos se volvieron eclécticas, en modo aleatorio, sin más sentido que poner algo de fondo. Los recitales se volvieron meramente experiencias, donde la música, es un complemento y el registro permanente, la constante.

El tecno-optimismo de que las redes nos iban a permitir conectarnos como nunca posibilitó un desplazamiento de significado que nos terminó alejando de las personas, nos encerró en nosotros mismos, en nuestros miedos, frustraciones, ansiedades, angustias. Las ventanas al exterior se transformaron en las pantallas de nuestros smartphones. Dejamos el contenido a otrxs que no conocemos y que sólo buscan vender (se). Los proyectos de vida individuales no identificaron problemas comunes o generacionales. 

Las llamadas “comunidades” digitales crearon burbujas donde la comparación y la validación se volvieron las normas de convivencia que intoxicaron nuestras mentes. La discusión pública que propiciaban dejaron un reguero de pólvora que estalló con la descalificación, el miedo y el anonimato expresado en la multiplicación de trolls. La violencia discursiva se afianzo en el espacio digital y se asomó al espacio público.  Los mayores casos de ansiedad, depresión, el FOMO y la nomofobia son enfermedades peligrosas poco abordadas como otras conocidas adicciones y que deben poder ser comprendidas para entender cómo y por qué sentimos lo que sentimos. 

Hay una batalla cultural por los significados. Cansa explicar conceptos que pensábamos hartamente comprendidos pero también sucede que hoy, para muchas personas, ciertas palabras perdieron su sentido, cuando no fueron vaciadas del mismo. Resignificarlas, es parte de esa disputa. Como también lo es recuperar el espacio público, las instituciones, las agrupaciones sociales, los movimientos autogestivos. Poder dar conversaciones en nuestros grupos de pertenencia, con nuestras familias, con nuestros colegas. 

No basta con recuperar la palabra si no podemos recuperar el sentido de comunidad, de compartir, de estar con otros y para otros. De escucharnos, de acompañarnos, de reunirnos, de debatir y pensar otras salidas posibles. Siempre me pregunto cómo acompañar a alguien que está pasando por un mal momento, a veces no hay nada que hacer ni decir, sólo estar. Pero también ayudar a esas personas a conectar con otros lugares, realidades, experiencias colectivas que les permitan salir de sí mismos. Que lo colectivo en lo cultural vuelva a ser objeto y sujeto. Lo que siguen son tres intentos de respuesta para seguir pensando otras.

I

Creo que los libros ofrecen una experiencia que no se limita a su lectura, nos abren mundos nuevos, apelan a la imaginación, a la curiosidad y a distintas formas de leer el mundo en el que vivimos. Los hay para todas las edades y preferencias. Son objetos con una fuerte impronta estética que invitan a guardarlos, mostrarlos, tocarlos, olerlos, interactuar con ellos, desafiando los paradigmas de la digitalización. Son un regalo que se puede leer muchas veces, duran toda la vida y trascienden generaciones, conectándonos con otrxs. Son disparadores de debates y reflexiones, nos forman, entretienen, crean conversaciones y vínculos. Hoy proliferan clubes de lecturas que fomentan un espacio de encuentro en el que, a veces, la lectura es sólo una excusa para juntarnos. 

En Otoño, la novela de la escritora escocesa Ali Smith que forma parte de su cuarteto estacional, la protagonista de la historia es Elisabeth, una docente precarizada que frustrada por las consecuencias sociales del Brexit se encuentra en un asilo de ancianos a Daniel, su viejo amigo a quien le lee todas las semanas para escapar del atascamiento mental que la rodea.

“Elisabeth había acercado una silla al pasillo. Había cerrado la puerta de la habitación. Había abierto el libro. Había empezado a leer desde el principio, en voz alta y suave (…) Las palabras habían actuado como un hechizo. Habían sido una liberación. Habían logrado que los acontecimientos se mantuvieran a una distancia prudencial. Era magia ¿Quién necesita un pasaporte? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué soy? Estoy leyendo.”

En la Biblioteca Popular Sudestada de Vicente López, un lugar que además de ser una biblioteca llena de libros (una de las tantas que existen en nuestro país, fruto de una política cultural exitosa desde la presidencia de Sarmiento) es también un pequeño espacio cultural que se resignifica colectivamente porque se realizan talleres y actividades abiertas a la comunidad. Organizan un cálido ciclo de conciertos (un tiny desk barrial) en donde pude ver a Pedro Rossi, un joven guitarrista que mientras tocaba, hablaba de la necesidad de generar y compartir estos espacios de encuentro, de canto, de reunión, de reflexión, de comunidad. Un lugar de calidad para disfrutar entre libros. Para celebrar, para abrazarnos colectivamente, para buscarnos entre otrxs y reencontrarnos con nosotrxs mismxs. 

II

Hay una obra que vi hace un tiempo que se llama Personas, lugares y cosas. En ella, Emma es una actriz en recuperación por su adicción. La obra original estrenada en Broadway en 2015 fue creada por Duncan Macmillan para generar consciencia de que las muertes por adicción en Inglaterra superaban a las de accidentes de tránsito. Durante más de dos horas, la pieza tiene un papel protagónico super performático que se mete en la cabeza de Emma, sus emociones, sus conductas y las múltiples formas de abordar un proceso de recuperación, donde el problema a veces no es unx, sino todo lo demás.

La puesta en escena tiene varios componentes que la hacen inmersiva: hay tres filas de público atrás del escenario que hacen de escenografía invisible y hasta un intervalo donde por 10 minutos invitan a la gente a subirse y bailar con los actores como si estuvieran en una rave electrónica. El cambio de enfoque es constante: pasamos de ver una coreografía con las múltiples Emmas sufriendo el encierro de su habitación, a las conversaciones filosóficas con la psiquiatra y la famosa ronda de internos donde se plantea si ese proceso realmente funciona, si la verdad importa, si su adicción es reversible, si ella es quién dice ser.

Hace poco se estrenó The Outrun, película protagonizada por Saoirse Ronan, basada en las memorias de la escritora y periodista escocesa Amy Liptrot y dirigida por la directora y guionista alemana Nora Fingscheidt, que cuenta la historia de Rona, una joven que vuelve a las islas Orcadas, donde creció, en el norte de Escocia, a recuperarse de alcoholismo.  Es increíble viajar visualmente al paisaje de las islas Orcadas, así como también poder transitar el viaje interior que hace Rona para superar su adicción, huyendo al lugar más remoto de Escocia para poder reencontrarse a si misma. 

Tanto Rona como Emma saben que su intención de recuperarse no lo es todo, ambas se internan voluntariamente, padecen los programas de recuperación en la que muchas veces fingen ser quienes no son. “Extraño lo que me hace sentir el alcohol”, confiesa Rona. “No somos defectuosos, el mundo se fue a la mierda” retruca Emma a las instituciones que la buscan controlar. Es que ambas experiencias muestran lo complejo que es resolver, no las adicciones, sino los traumas y los problemas sociales que nos llevan a ellas y que muchas veces no dependen de la sola voluntad de unx. 

El nombre de la obra viene de la teoría de que un adicto debe poder desprenderse de los lugares donde el consumo tiene espacio, de los objetos que nos remiten a ellos y de las personas que nos acercan a esas experiencias pero que termina enfocando a la víctima y olvidando el resto. Las recaídas, que ambas tienen cada vez, las mentiras que (se) dicen, la culpa y la vergüenza que sienten son el reflejo de las frustraciones por no encontrar un lugar en la sociedad que las repele permanentemente, las agota, las abruma, las frustra.

En la obra, Emma logra después de mucho esfuerzo llevar la internación, allí donde el tiempo se detiene, la realidad se aleja, los procesos se enlentecen. Sin embargo, el desafío de volver al mundo la aterra, la posible pérdida de control la bloquea. Para eso, depende de cómo la reciban sus padres cuando vuelva a casa. Una de las mejores y más emotivas escenas de la película sucede cuando el exilio voluntario de Rona se funde con la naturaleza de las Orcadas en una danza que las ata poéticamente. Es que en ese paisaje que parece distante, salvaje, cruel, ingobernable igual que su adicción, va encontrando su cauce cuando acepta su propia naturaleza y se deja llevar por lo nuevo, lo incierto, lo sorpresivo. Es en ese punto cuando se revela que las familias que tenemos, las amistades que tejemos, los vínculos que forjamos, las redes que construimos, la red que elegimos habitar es la que nos sostiene y empuja para no volver a caer.

Quizás lo que todxs necesitamos, al fin y al cabo, es alguien que nos entienda y escuche en un mundo que se transforma tan rápido que nos sentimos solxs, perdidos, incomprendidxs. Como si buscáramos una especie de sensibilidad, de emotividad en otro lado que no sea humanidad. La pregunta es, ¿existe eso? ¿O será que la perdimos y no podemos encontrarla? Si no logramos conectarnos con otrxs, ¿con qué nos podemos conectar? La respuesta puede estar más cerca de lo que pensamos. 

El italiano Stefano Mancuso es un neurobiólogo vegetal. A diferencia de la rama humana de esta ciencia, no estudia el cerebro humano, sino la inteligencia de las plantas. Poco se sabía de esto hasta que publicó Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetalel libro que reveló que la vegetación no es sólo un ser vivo sino que también comprende seres sensibles (incluso más que los animales), sociales y hasta móviles. Poseen 15 sentidos (los 5 que conocemos más otros como calcular la gravedad o los campos electromagnéticos). Como comprobamos en la pandemia, pueden avanzar sobre zonas inhóspitas, hostiles o remotas. Migran a través de miles de kilómetros. Son conscientes de su entorno, no actúan solas, sino en grupo, se comunican, cooperan entre sí y resuelven problemas. Y siempre estuvieron ahí nomás, a la vista de todxs.

No sabemos aún si las plantas escuchan, pero alguien una vez creyó que sí. En 1976, a Mort Garson, compositor conocido por hacer, entre otras canciones, una que popularizaría Amy Winehouse, se le ocurrió hacer un álbum conceptual para que escuchen las plantas: Plantasia. Originalmente se regalaba con la compra en el vivero Mother Earth de Los Ángeles y, si bien no fue un éxito, sentó las bases para la música electrónica y el ambient. Se había inspirado en un libro reciente, La vida extraordinaria de las plantas que fue acusado de pseudocientífico pero contaba muchas de las hipótesis que Mancuso demostraría años después. Así que quien les dice si, en unos años, no descubramos que nos puedan escuchar a nosotrxs.

https://open.spotify.com/intl-es/album/0NJRPgK15C8qoLuQv1hChv?si=qUXHLgU4SX64M3Onjb5nNg 

III