Urbe
Ciudad viva
Esta nota analiza las grandes ciudades del siglo XXI a partir de la obra de Jane Jacobs: identidad, seguridad, confianza y uso del espacio público, todos componentes que pueden hacer de cualquier urbe una ciudad más viva. ¿Hay algo más allá de la hipervigilancia para la seguridad de nuestros barrios?
Por Micaela Alcalde
21 de julio de 2023
Cuando menos lo esperamos, las ideas del pasado se encuentran en el presente y nos plantean un desafío a futuro. En época electoral, las propuestas de los candidatos a través de sus plataformas muestran que la agenda no puede ser otra más que urbana. Algunos slogans referidos a la hipervigilancia: cámaras en el subte, avanzar con el patrullaje en moto e identificadores de rostro nos hacen pensar en distopías típicas de la década del 80, donde había que recuperar el “orden urbano”. Sin embargo, la discusión sobre estas ideas ya era eje central en los debates urbanos de la década del 60.
Sólo hace falta revisar el aporte de Jane Jacobs: una teórica y activista urbanista conocida por su ensayo “Muerte y vida en las grandes ciudades americanas” (norteamericanas). En este libro la autora es muy crítica a los proyectos de regeneración urbana de la década del 50 acusándolos de matar la vitalidad de las ciudades. Para ello, presentó un estudio detallado de los elementos que componen a una ciudad “viva”. ¿Qué tiene para enseñaros después de 62 años? Algunos apuntes sobre el derecho a vivir en ciudades vibrantes: una apuesta a futuro a la que no nos vamos a resignar.
Dónde estamos hoy
Podemos ver una constante en las ciudades del siglo XXI: múltiples territorios urbanizados definidos por la segregación funcional, la dispersión y la desaparición de la complejidad urbana. Muchos teóricos y académicos, han contado y militado los beneficios de la ciudad compacta: aquella que genera espacios de sociabilidad, dotadas de infraestructura básica y de transporte, que propicia el encuentro entre personas. Aún así, a lo largo de los años se siguen creando fragmentos de territorios aislados. Por poner un ejemplo, a las casas de los barrios cerrados las une el desprecio por la convivencia en la calle, un lugar de encuentro, como así también el abuso del automóvil privado que conectan lugares o “no lugares”, como shoppings o centros comerciales.
Por otro lado, muchos gobiernos asumen que los proyectos urbanos son netamente inmobiliarios, aquellos espacios públicos de calidad son más bien espacios destinados al consumo más que a su uso en comunidad. Caminar y encontrarse las mismas cadenas comerciales que hacen ver a cada barrio cada vez más parecido a otro: una homogeneidad inusitada. Además, requieren de la vigilancia continua con el fin de clasificar qué es deseable y qué no, en realidad, quién es deseable y quién no debería transitar esos espacios: desde ya que nada tiene que ver con expresiones de una ciudad más popular. Y qué decir del automóvil: el nuevo enemigo y el protagonista de todos los fracasos urbanos. Sin embargo, nunca nos preguntamos si es un villano, o si es la consecuencia de un tipo de planificación a la que se le dió demasiado lugar. La paradoja de planificar espacios que son, justamente, “no lugares”.
Los componentes de una ciudad viva
Jane Jacobs comienza su libro “Muerte y Vida en las grandes ciudades”, contando cuáles son los peculiares elementos que componen nuestra naturaleza urbana. Lo primero que nos viene a la mente al pensar en la ciudad son sus calles, sus órganos más vitales. Cuando decimos “esta ciudad es una jungla” es que queremos decir que nos sentimos inseguros. Pero, ¿De qué inseguridad hablamos? No tiene que ver con la presencia de policía o la relación de esta con barrios “bajos”, aquellos que tienen una renta baja. Sino con la certeza de sentirse seguro entre desconocidos, no automáticamente amenazados por ellos. Este es el primer atributo clave de cualquier distrito urbano. Para garantizar la seguridad no es necesaria mucha policía: la paz puede existir gracias a una red de controles y reflejos voluntarios y reforzada por la propia gente.
Principalmente, no podemos garantizar la seguridad de la población alineándose en barrios residenciales fuera de la ciudad compacta. Desparramar una ciudad de manera fragmentada, con usos diferenciados y alejados, no garantiza la seguridad, la aniquila. Para que todos reforcemos esta vigilancia positiva, necesitamos planificar la ciudad con mixtura de usos: los mejores cuidadores del espacio público son los comerciantes, aquellos que trabajan la ciudad, los que salen a cenar, en definitiva, para estar seguros tenemos que vivir el espacio público.
El segundo atributo de todo distrito urbano debe ser el contacto en la calle. Lo importante, como dijimos, de las calles o aceras, es que son públicas. Y para llevarlo a cabo necesitamos de la confianza de todos los que las transcurrimos. No estamos hablando de la concepción ingenua de confiar ciegamente en el otro, sino de las consecuencias de vivir “juntos” entre desconocidos. Sentarnos en un banco, pasear el perro y hablar con el vecino, ver a un bebe recorrer la plaza, el quiosquero de la esquina que habla con el comerciante de al lado, los debates sobre partidos de fútbol. Todas estas acciones que nos parecen comunes, del día a día, son las que conforman la identidad pública, una red de respeto público y confianza.
Como tercera característica, es fundamental que las calles se llenen de niños. Jane Jacobs demuestra en el presente libro que el mejor uso del espacio público infantil se hace en aquellas calles donde la niñez juega y los adultos vigilan, no en urbanizaciones cerradas especialmente diseñadas para infantes. ¿Por qué la calle pública y no otro lugar, incluso parques? Porque al margen de tener un espacio con juegos, lo que necesitamos es que la calle sea un centro de operación exterior, donde los niños comienzan a toparse con la vida real, donde pueden ensayarla desde la creatividad y las relaciones interpersonales.
Finalmente, el catálogo de componentes urbanos termina con el concepto de barrio. Pero no cualquier idea, sino aquel elemento geográfico que puede dialogar con las posibilidades de una ciudad. El barrio “en si” no tiene sentido como unidad autosuficiente según el modelo de los “pueblos” en un contexto urbano. Sus cualidades no pueden ir en contra de la fluidez y movilidad de las funciones de la ciudad, ya que al hacerlo puede debilitarla. La gracia de una ciudad es la amplitud y la riqueza de sus posibilidades, que pueda reunir personas de diferentes colectividades, cualquiera sea su pertenencia política, administrativa, o comunitaria.
Por lo tanto, cualquier urbanización física debería apuntar a los siguientes objetivos: primero, promover calles interesantes y animadas, calles que nunca duermen. Segundo, hacer del tejido de esas calles de una manera lo más posible a una red continua de las dimensiones y poder de una sub-ciudad. Tercero, hacer que los parques, plazas y edificios públicos formen parte del tejido callejero, que los parques, plazas y edificios públicos intensifiquen y aglutinen aún más la diversidad y multiplicidad de usos del tejido. Para ello es necesario evitar a toda costa la creación de “islas”, vecindades aisladas con zonificación exclusiva.
Cualquier semejanza con la realidad, no es pura coincidencia
El legado de Jane Jacobs sigue intacto al pasar los años, a pesar de ser una simple ama de casa, como decían los planificadores “profesionales” de la época. Sus argumentos estaban basados en la observación de la vida en entornos urbanos y el reinado de la niñez como prioridad en la ciudad. Su activismo logró vencer a Robert Moses, funcionario neoyorquino, en un proyecto de autopista y preservar el parque Washington Square para la comunidad. Hoy podemos leerla también en las propuestas de Francesco Tonucci sobre el protagonismo de la niñez en las ciudades o en cada urbanista especialista en transporte militando por “la ciudad de los 15 minutos”. Pero también podemos verla en nuestro deseos para pensar y concretar una ciudad más humana. Sólo así podremos pensar barrios más seguros, fuera de los juicios que nos vuelven amenazantes entre vecinos, valorando los barrios por sus amenidades y particularidades más allá de su valor de renta.
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