Literatura

Almafuerte: medicina contra la apatía

La poesía de Pedro Bonifacio Palacios (Almafuerte) es florida, tosca, exagerada y poco sutil. Pero en muchos de sus versos puede estar algo del impulso que se necesita en un presente descorazonado.

Por Elías Fernández Casella
25 de julio de 2025

Las palabras que siguen son toscas, desbordadas y poco sutiles porque funcionan así también como homenaje al poeta del que voy a hablar: en un presente de apatía y cinismo, cada vez me agarra más por sorpresa la ilusión de que se cumpla la declamación de Rosa Luxemburgo, de que una revolución surja justo después del minuto en que se la considera más inverosímil.

Y con un movimiento político fragmentado, sumido en personalismos de 30 mil seguidores en Instagram, a veces parece que sólo se puede reconstruir alguna llama disruptiva desde el arte. Pero no cualquier arte, sino aquel que venga del barro. Aquella voluntad creativa, esa carga kamikaze de lo inútil que emociona porque es un grito de vida desde el más vacío de los mundos, la mirada desde la alcantarilla que se puede traducir en una esperanza que solo tiene sentido porque anda en busca de lo bello sin mirar para los costados.

Cuando no se encuentra una respuesta en el “para qué”, a menudo se puede resolver con una marcha hacia delante, cuando menos llevando un cuerpo maltrecho, no importa de qué edad, no importa que sea un cuerpo íntimo, individual, un pequeño grupo, una emoción cultural para el organismo social enfermo de apatía y obsesión por el lucro y el onanismo.

Hay algo conmovedor en intérpretes viejos que se despiden del mundo con una obra autoconsciente. Cuando Johnny Cash se apropió de “Hurt”, el tema de Nine Inch Nails, le agregó la cuota indefinible de cansancio que Trent Reznor, con toda su autoconmiseración jamás hubiera podido extraer de su experiencia personal. Cash lo canta con dulzura, con encono. Lo canta con descontento. Con algo de bronca masticada. Pero jamás con apatía. Johnny Cash está vivo. Igual que el cuerpo nonagenario de Osvaldo Bayer, o el camino que María Moreno hace desde el ACV de 2021 que paraliza su lado derecho, el que contiene la mano que usa para escribir, hasta el momento en que vuelve a publicar, explorando su propia nueva forma de habitar el cuerpo.

No puedo evitar pensar en el Charly García de los 90’s y tempranos 2000, inserto en la banalidad y el exceso, cuya declaración más sincera se escucha en el grito desgarrado sobre un acorde suspendido que dice “yo me quiero morir, no aguanto más estar así”. En Patricia Highsmith escribiendo desde las sombras por un lado a un personaje masculino que, dicen, era un alter ego de sí misma y por otro lado la primera novela de la literatura norteamericana canónica en la que una pareja lésbica tiene un final feliz. O en el documental Varda por Agnès con el que la francesa se retiró dejando en el auto-homenaje propias imágenes para hablar sobre sí. Y, por supuesto, en el concierto despedida de Ozzy Osbourne, cantando Paranoid y pidiendo al público que go fucking crazy dos semanas antes de su muerte.

Y sin embargo, la apatía. Las pasiones tristes de las que habla François Dubet. El descontento humano, la hostilidad introyectada. Una literatura obsesionada con el yo y el ahora buscando algo que decir en el minuto a minuto para desaparecer en el caudal de la información y la anécdota olvidable.

“El Víctor Hugo argentino”

Cuando pensamos en poetas nacionales de la Argentina, a muchos se les viene a la mente Leopoldo Lugones. Al fin y al cabo, en nuestro país el día del Escritor recuerda su nacimiento, dejando de lado el recorrido ideológico que lo llevó de ser un declarado socialista a participar como cimentador ideológico del golpe del 30 (o tal vez precisamente por eso).

Pero antes de esos años álgidos en los que los primeros alzamientos de una masa obrera en formación iban a levantarse con el primer gobierno de clase media surgido del voto más o menos democrático, entre el 17 y el 29, en esos años que recordamos como “la generación del 80”, la que a finales del siglo XIX, cuando la nación se formaba a los ponchazos entre tierras indígenas repartidas a los capitanes del genocidio y oleadas de inmigrantes que desilusionaban a los hombres a cargo del país, se escuchó una voz con ganas de polemizar hasta el último momento, un poeta que tal vez ganó más notoriedad por terco que por escribir bonito: el maestro de escuela, periodista, escritor y en algún momento funcionario Pedro Bonifacio Palacios, más conocido como “Almafuerte”.

Si algo definió la vida de Palacios es que parece haberse peleado con cada cual y cada quién se le cruzara. Su poesía es exagerada y muy poco delicada. Con la voz de un profeta del dolor que hablaba de los desposeídos como “la chusma de mis amores”. Un tipo nacido en San Justo, de cuna humilde, que perdió a la madre a los cinco años y que fue abandonado por el padre a los pocos días, un autodidacta que se crió leyendo lo único que tenía a mano (la Biblia), y que se fue abriendo de a poco a las letras y otras artes del modo autodidacta.

Pesimista, apóstol de un sentimiento moral, contrario al gobierno nacional, cuyas crónicas más de una vez le molestaron sobremanera a las autoridades locales, efusivo, sanguíneo y lamentablemente misógino hasta el hartazgo, se ganó la vida durante varias años como periodista y como maestro de escuela, hasta que con la excusa de ejercer la docencia sin título habilitante, y con el encono hacia quien le pegaba constantemente a las autoridades con sus artículos de provincia -más específicamente a Sarmiento- lo terminan echando de la escuela donde trabajaba.

Almafuerte no tenía per se una simpatía partidaria. En una yunta de perros, sería el que se la pasa correteando alrededor chumbándole a los demás. ¿Para ir a dónde? Ni idea, pero para moverse hacia el próximo cacho de carne. Si bien es fatalista, hipermoral y está munida de dolencias, su poesía básicamente dice que los pobres tienen que esforzarse mucho más porque los “nobles” son una manga de hijos de puta. La redención del pobre estaba en su voluntad, y esa voluntad estaba cubierta de barro.

Pero hay una sutil diferencia (que cambia todo por completo) entre valorar el trabajo desde la óptica de los trabajadores y valorarlo desde la óptica del empresario. Para Almafuerte el dolor y el sacrificio es una maldición, y quienes la sufren pueden ser los gestores del futuro:

“¡Levántate holgazán!…¿ves el conjunto?,

la gloriosa verdad de las estrellas,

pues sabe que sin ti, sombra, trasunto,

dejarían de andar y de ser bellas;

¡porque basta que ceda un solo punto,

para verlas caer a todas ellas!…

¡Levántate holgazán: vibre tu pulpa,

peligra el universo por tu culpa!”

 

(…)

 

Naciste en el peldaño de una escala,

no en el seno confuso de una nube;

con el cetro en las manos, o la pala

pero raudo y audaz como un querube;

si no son los peldaños es el ala

que te despierta y que te grita: ¡sube!…

¡sube sin timidez, no te abandones;

si te asusta volar, hay escalones!

En Odio la resiliencia, el italiano Diego Fusaro, hinchado las pelotas, dice lo que muchos pensamos sobre “la mística del aguante”: mantener ante todo una actitud positiva para seguir adelante sin cuestionar las condiciones de nuestras vidas y afrontar la existencia tal como viene termina promoviendo una cultura de la resignación en la que nuestro mayor valor es ser maleables para superar las desgracias y adaptarnos a lo que el mercado laboral (y el otro, más esotérico) requiere de nosotros, todo matizado con pequeñas historias de éxito.

Y uno podría pensar que en versos como

“Yantar bien, dormir bien, es lo de menos;

pero soñar lo menos es afrenta;

no es digno del dolor romper los frenos

tan solo por la vianda suculenta;

delante de un redil de vientres llenos

¡prefiero yo la humanidad hambrienta!…

sueñan los grandes monstruos directrices

en un mundo bestial…¡sin infelices!»

hay una glorificación del sacrificio que conviene al explotador. Si se lee de esta manera es porque nos hemos acostumbrado a un sacrificio individual, a un tipo de trabajo desconectado del entramado social. En “Como los bueyes”, se hermana con el laburante de esta manera: 

Ser bueno, en mi sentir, es lo más llano

y concilia deber, altruismo y gusto:

con el que pasa lejos, casi adusto,

con el que viene a mi, tierno y humano.

Hallo razón al triste y al insano,

mal que reviente mi pensar robusto;

y en vez de andar buscando lo más justo

hago yunta con otro y soy su hermano.

Sin meterme a Moisés de nuevas leyes,

doy al que pide pan, pan y puchero;

y el honor de salvar al mundo entero

se lo dejo a los genios y a los reyes:

Hago, vuelvo a decir, como los bueyes,

mutualidad de yunta y compañero.

Es un sentimiento hermoso cuando lo vemos desde un presente donde lo más parecido a una pasión que no sea triste es la ironía. Un momento en que se siente tan patente el fin del mundo que no hay otra cosa más que la apatía. Almafuerte escribía en una época donde el positivismo todavía prometía el progreso indefinido, bajo los objetivos de un grupo que tenía claro lo que quería: tecnología, democracia liberal, expansionismo territorial. Construir, construir, sobre las espaldas de los trabajadores. Su poesía dice otra cosa: acá está todo mal. Pero los últimos serán los primeros, y esas lecturas de la Biblia, luego reversionadas por un escepticismo profundamente laico que sin embargo quedó teñido con la retórica del profeta, lo consolidaron como el poeta vitalista dolido que hasta el último de sus días no soltó prenda moral, como perro de presa.

 “Trémulo de pavor piénsate bravo y arremete feroz, ya malherido”

El destino que se ve en su poesía es violento, es fatal, pero por lo menos está vivo. Su sensualidad aparece en la ternura que expresa donde hay naturaleza, o en el lamento por sentirse un viejo choto frente a una chica linda (que, una vez más, no nos olvidemos de que dibuja a las mujeres como a sujetos absolutamente vacíos de voluntad. Su optimismo está encarnado en los discursos y poemas que dedica a las comunidades de inmigrantes.

Su brújula moral estuvo siempre por encima de las preferencias partidarias. No era precisamente un anarquista, y de hecho dio un dolido discurso tras la muerte del coronel Ramón Falcón. Su elegía tras la muerte de Mitre fue famosamente recordada, y le pidieron incluso que la repitiera años más tarde en un homenaje hecho en el Teatro Odeón. Tuvo un acercamiento con la Unidad Cívica primero, luego militó en el Partido Bonaerense, pero su actividad política la desarrolló desde el lugar más individualista sin que eso le reste el sentir solidario. Si Rubén Darío lo comparó con Víctor Hugo no fue por una mera comparación temática o estética, sino porque además Palacios adoptó a cinco pibes para compartirles en sus últimos años los pocos trastos y pesos que tenía.

El final del siglo XIX fue precisamente una época bastante visceral para los debates en la Argentina. Todavía daban vuelta los resabios de ese optimismo trágico con el que la clase dirigente se frotaba la panza tras la batalla de Caseros, y los principales personajes de este grupo estaban muy interesados en crear el canon sobre el que contar qué había pasado en el país, como se había conformado, desde cuándo, quiénes éramos y hacia dónde íbamos. Almafuerte clavó su ancla moral en las clases populares y desde ahí bombardeó con máximas apostólicas al hombre común. Lo que pasaba alrededor no importaba demasiado. Pero bien sabemos que ese primer esbozo de autoconciencia de clase es necesario para la organización.

Un poco de Fierro, un poco de Viejo Vizcacha

Lo más recordado de Almafuerte son los dos primeros poemas de sus “Siete sonetos medicinales”. Si uno lee más allá del segundo se encuentra con

¡MOLTO PIU AVANTI!

Los que vierten sus lágrimas amantes

sobre las penas que no son sus penas;

los que olvidan el son de sus cadenas

para limar las de los otros antes;

Los que van por el mundo delirantes

repartiendo su amor a manos llenas,

caen, bajo el peso de sus obras buenas,

sucios, enfermos, trágicos,… ¡sobrantes!

¡Ah! ¡Nunca quieras remediar entuertos!

¡nunca sigas impulsos compasivos!

¡ten los garfios del Odio siempre activos

los ojos del juez siempre despiertos!

¡Y al echarte en la caja de los muertos,

menosprecia los llantos de los vivos!

Como esa estrofa, con un contenido más parecido a los consejos que da “El viejo vizcacha”, un personaje que en “La vuelta de Martín Fierro” tira una serie de máximas prácticas y poco éticas pero necesarias para sobrevivir en la hostilidad del siglo XIX gauchesco, la poesía de Almafuerte tiene varias. Es la mentada viveza criolla, que al mismo tiempo uno podría ver como lo que De Certeau llama “las tácticas de los débiles”, esas puestas en práctica que los sectores subalternos hacen utilizando las herramientas del orden imperante, con variaciones creativas y plurales que distorsionan el orden social a su favor.

El problema es que esa viveza criolla se está usando para beneficiar al capital. Una de las mayores voluntades de poder del pueblo Argentino parece haber sido cedida para su autodestrucción. La intransigencia en la política era algo que la sociedad argentina pedía hace rato. Frente a un “no-gobierno” como el de Fernández, la ruptura radical del orden establecido a través de los propios mecanismos de la democracia liberal era una opción más que plausible. Es que la apatía no solo es contagiosa, sino que es agotadora. La angustia es más sincera, pero la furia es preferible a morirse de tristeza. No tener nada que hacer ni un futuro al que aspirar carcome el día a día. Cuando hablamos de “fingir demencia”, ¿lo hacemos en pos de mantenernos aislados por completo de la aburridísima muerte o de distraernos hasta que las condiciones de vida mejoren en forma mágica?

¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo, tu cabeza!

Con tres laburos encima, alquileres por las nubes, un formato de producción que disciplina cada vez más a través del cansancio, la repetición y el vacío de sentido, las acciones artísticas, políticas o incluso humanas suenan agotadoras y -la puta madre- hasta ridículas. Muchos recordamos el sacrificio de los mártires revolucionarios con cautela, por el pavor de que la próxima acción ya no se transforme en remera, sino en meme.

Una pequeña digresión antes del final: parece haber en varias ficciones japonesas contemporáneas un tropo que no solo habla de la muerte y la resurrección en este mundo sin pasar por ningún lugar supraterrenal, sino también de una humanidad que pierde su llama o que pierde una fuerza vital llegada del cosmos y que no por eso muere de inmediato sino que flaquea, se denigra, incluso enloquece. La vemos en videojuegos como el clásico de culto “Golden Sun” o la aclamadísima saga “Dark Souls”. Lo vemos en Neon Genesis Evangelion, con el agregado de que la trama acompaña el proceso de autopercepción de los personajes principales, las dificultades humanas para habitar sus vínculos y ser una persona.

En ambos casos, ese fuego sagrado no sólo provoca la gloria del arte, las ciencias y la filosofía, sino también la violencia y la codicia. Pero negar la historia de cómo tenemos tensiones con otros es negar el ser humano. Donde hay cuerpo, donde hay necesidad de mantenerlo vivo, donde hay contacto, hay conflicto. El meme “Press F to pay respects”, sacado del videojuego belicista y llorosamente estadounidense “Call of Duty” en el que el jugador tiene que presionar esa tecla para rendir homenaje a un soldado que está en un ataúd es una acción que va más allá del chiste viral. Es un ejemplo de lo performático y virtuales que son las acciones que abundan hoy, hechos y situaciones que enseguida nos llevan a otra cosa. Nada de rumiar sobre un futuro mejor, nada de romperse los ojos mirando una rosa. Nada de luchas obsesivas hasta la tercera edad, de esa revolución imposible que siempre llevó encima Osvaldo Bayer.

Entre Almafuerte y la retórica intransigente que hoy sobrevive pasaron años, movimientos, mucha tinta, mucha sangre. Bombas, cantos, días históricos de alegría y miedo. No hay por qué encolumnarse tras él y su poesía errática, cuyo contenido es tintura madre de los tangos más fatalistas. Pero un poeta tiene derecho a ser recordado por sus mejores versos, y un cultor de la vida y la humanidad siempre está a tiempo de recordarnos que resistir con la tozudez de un burro es mucho mejor que adaptarse a cualquier brocado que convenga: 

¡AVANTI!

Si te postran diez veces, te levantas

otras diez, otras cien, otras quinientas:

no han de ser tus caídas tan violentas

ni tampoco, por ley, han de ser tantas.

Con el hambre genial con que las plantas

asimilan el humus avarientas,

deglutiendo el rencor de las afrentas

se formaron los santos y las santas.

Obsesión casi asnal, para ser fuerte,

nada más necesita la criatura,

y en cualquier infeliz se me figura

que se mellan los garfios de la suerte…

¡Todos los incurables tienen cura

cinco segundos antes de su muerte!

 

¡PIU AVANTI!

No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora…

Que muerda y vocifere vengadora,

ya rodando en el polvo, tu cabeza!