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DISRUMPIR UN ETHOS
Vivimos en una era de individualismo extremo, dice Gabriel Baggio. La pregunta es si podemos transformarlo, disrumpirlo, convertirlo en otra cosa. A partir de autores contemporáneos como Éric Sadin y Mark Alizart, este ensayo se pregunta cómo se estructura un a sociedad individualista y qué alternativas podemos oponerle. ¿Se puede construir com unidad de forma descentralizada?
Por Gabriel Baggio
10 de abril de 2024
Buena parte de la literatura ensayística de esta época se preocupa (con razón) por el individualismo extremo que conforma no ya el imaginario social sino la arquitectura propia de nuestro pensamiento y espiritualidad. Hay distintas interpretaciones al respecto, pero en líneas generales todas suelen coincidir en dos puntos fundamentales: tiene implicaciones peligrosas y está cada vez más arraigado.
Podría extenderme en una caracterización profunda sobre esto, pero esa empresa ya fue llevada adelante por otras plumas que nos dieron herramientas importantes para pensarlo, y sería repetir una y otra vez lo mismo. Una de estas voces es la del francés Eric Sadin y su desarrollo acerca del ethos individualista.
1. El ethos individualista y la negación del otro: breve lectura de Eric Sadin.
Hablar de ethos es hablar de identidad, de costumbre, de personalidad, de todo aquello que en la sociología se engloba en conceptos como habitus o similares. Es la forma de ser y de configurar una conducta tanto mental como socialmente. En este marco el individualismo adquiere una particularidad que parece paradójica, pero no lo es: no constituye un aspecto de la identidad de cada sujeto, sino del colectivo. Esta es una comunidad fuertemente individualista, y a raíz de ello nos configuramos nosotros, que reproducimos conductas y formas de vivir que la retroalimentan.
Que todo el conjunto social esté hoy atravesado por una lógica del yo absolutista no es algo que haya nacido de un repollo en el Siglo XXI. Siguiendo a Sadin, hay una línea histórica que va desde la promesa de la ilustración emancipadora de los Siglos XVI y XVII hasta el disgregamiento de la sociedad actual. Hoy se observa en mecanismos psicológicos tanto desde lo publicitario (la i como identidad del producto tecnológico más deseado masivamente) o lo técnico (la autosuficiencia en tareas que antes requerían colaboración, como el sacarse una selfie) que van en ese sentido. El marketing, gran maquinaria de utilizar la ideología del momento para maximizar beneficios, basa muchas campañas en el mérito, el esfuerzo y la excepcionalidad de cada una de las personas sobre el conjunto.
Leyendo La era del individuo tirano podemos encontrar algunas puntas que me parecen interesantes para pensar hasta qué punto el ethos individualista se volvió parte de la arquitectura psíquica de la humanidad. La primera es la mencionada selfie: en el capítulo que le dedica a esta práctica describe cómo la cámara frontal nos permite olvidarnos de la necesidad de cooperar con un otro para sacarnos una foto, además de involucrarnos en una lógica de tomar imágenes a gusto y piacere (para usar la jerga del tipo de servicios sobre el que voy a detenerme más adelante, on-demand):
“El aparato nos dio la impresión de no depender sino de nosotros mismos, además de ofrecernos la ocasión de ver las imágenes sin demora, (…) multiplicar las tomas a voluntad, seleccionarlas o suprimir algunas con un simple gesto.”
Si bien este ejemplo está basado en una nimiedad, y claramente no somos nazis ni egoístas insalvables por sacarnos una selfie, sí me parece interesante la manera en que la técnica va generando mecanismos que permiten al individuo prescindir del otro y centralizarse en sí mismo (¿descentralizar tareas?). Mucho más eficiente, sí, pero por ejemplo si estás de viaje en otro país perdés el mínimo momento de interacción con un local que te permite quizá tener una charla e involucrarte un poco más en el lugar que te rodea. Trade-off, o Dios te da y Dios te quita.
Luego está la otra parte, más orientada al momento posterior a la toma de la foto: tenemos más de mil imágenes de nosotros mismos en nuestros dispositivos. Si en la cámara clásica la centralidad está puesta en el entorno, la incorporación de la cámara frontal pone el foco en el individuo que la utiliza. Esta sobreexposición a uno mismo y a la facilidad de conseguir una imágen por cuenta propia termina tomando forma de negación de la otredad, que a la larga acaba transformándose en otra cosa más abarcativa.
Pensemos, por ejemplo, en personas que se sienten consagradas a lo colectivo pero que su forma de comunicar está atravesada por el ethos del que venimos hablando: ¿cuántos legisladores hay cuya estrategia de acercamiento a sus representados es un tiktok o un reel donde se los enfoca a ellos hablando desde un ángulo favorable y a sus representados mirando con admiración?
Si esa estrategia busca divulgar discusiones políticas claras y concretas o poner algún tema particular en agenda no me parece mal. El problema es, por ejemplo, que recuerdo el video de una legisladora que consistía en repetir consignas que bien podríamos encontrar en un flyer de centro de estudiantes o, peor, el de una diputada a la que le regalaron en su despacho una remera con una frase suya (!) No hay, considero, maldad ni animosidad en ello, pero ciertamente se cuentan con los dedos de una mano los casos en los que el uso de reels y tiktoks se da acompañado de planteos políticos reales.
Ahora bien, sacando casos aislados y estéticos, ¿qué impacto concreto tiene en la forma de organización social este individualismo de época?
2. El ethos individualista puesto en práctica: UberEconomy.
Es casi un axioma que una de las principales formas en que se organiza una sociedad es en función del ordenamiento de los distintos actores y variables en el mundo del trabajo. En este punto surge, con distintos significantes como economía colaborativa o UberEconomy, el capitalismo de plataformas. Este modo de producción orientado a servicios propulsó una desregulación violenta de algunos sectores de la vida económica mediante aplicaciones como Uber, Glovo o Rappi.
La expresión del individualismo en la economía de plataformas es llevada al extremo: son organizaciones en las que se vinculan principalmente dos actores humanos: un usuario que solicita un servicio (generalmente transporte de pasajeros y reparto de comida) y un colaborador de la app que provee ese servicio. El intermediario entre ellos es un actante no-humano que los conecta: la aplicación en sí. (En algunos casos se agrega el comerciante como actor, pero la lógica se mantiene).
El trade-off que hacen es básicamente la comodidad de la desregulación por los peligros de la misma. Para el consumidor a priori no hay problemas: simplemente abre la aplicación, elige su destino o su cena, solicita el servicio y sigue con su vida. Por su parte, el “socio” o “colaborador” tiene la posibilidad de comenzar a desarrollar su actividad de forma casi instantánea, y en teoría puede elegir sus horarios y jornadas laborales. En los hechos, suelen terminar expuestos a jornadas leoninas y poca o nula protección laboral. Además, al ser puntuados de acuerdo a su servicio, se les agrega otra capa de desprotección para con la empresa: todo queda registrado y si tenés baja puntuación vas a hacer menos plata.
El intercambio es absolutamente individual, y mediante la plataforma tenemos la “oportunidad” de despersonalizar y ejercer la negación del otro. Ya no entablamos una relación telefónica o personal con un local de comida, no existe el “voy a tal lugar porque me cae bien la gente”, o “voy a comprarle a tal para bancarlo porque quiero que al comercio de barrio le vaya bien”, de hecho el poder pedir algo sin salir de la casa siquiera para averiguar dónde está el local o buscar su número de teléfono nos aísla de la primera comunidad, que es nuestro barrio.
Si bien se puede hacer una especie de shut-down y evadir su uso, la eficiencia y comodidad de su funcionamiento oficia de “trampa” para evitarlo. El usuario no gana nada tangible ni inmediato al no usar las aplicaciones, a lo sumo se ahorra el costo del envío que suele ser simbólico. El comercio, en cambio, si bien tiene la posibilidad de no registrarse en la plataforma, se expone a perder potenciales clientes. Por si fuera poco, es un sistema cerrado en tanto impone las reglas, y las distintas aplicaciones tienen en esencia el mismo funcionamiento.
3. ¿Se puede disrumpir el individualismo?
La “trampa” de la economía de plataformas y del sistema de aplicaciones de servicios no es únicamente aplicable en términos micro sino que también se observa en cuestiones más generales. La época del realismo capitalista tiene la habilidad de mostrarse como definitiva, todo intento de pensar algo por fuera de un sistema depredador, individualista y tendiente a un colapso entrópico parece estéril.
A pesar de esto, la Historia muestra algunos momentos en los que configuraciones aparentemente sólidas fueron puestas en cuestionamiento al ser utilizadas sus herramientas con otro sentido.
Pienso en dos ejemplos bastante claros al respecto, uno político y otro económico: las Revoluciones Liberales que depusieron al Antiguo Régimen no abolieron el Estado sino que construyeron otro mucho más complejo y enrevesado, pero con participación política de las mayorías. Luego, el comunismo no destruyó el modo de producción capitalista, sino que los soviéticos adoptaron al fordismo y al taylorismo para ponerlos al servicio de una política fundamentalmente comunitaria.
En los dos ejemplos anteriores vemos cómo una institución tan estática como el Estado vio su sentido modificado, y cómo un modo de organización el trabajo evidentemente pensado para el capitalismo se puso al servicio de otro sistema. Si bien la herramienta tiene una dirección original para la que es creada, ésta puede ser cambiada, se puede disrumpir.
Ahora bien, ¿se puede hacer que el modo de ser individualista esté al servicio de una noción de comunidad? En principio no, pero sí tiendo a creer que uno de sus principales activos puede ser utilizado para gobernarlo o combatirlo: hablo de la descentralización.
Me gusta acudir a las definiciones de Wikipedia principalmente porque funcionan más allá de ser muchas veces imprecisas e insuficientes. Lo hacen en el sentido de que son consultadas por una mayoría de la población, y por esto tienen un peso cultural/significante alto. En el caso de descentralización, el portal lo define de la siguiente manera: “proceso de dispersar funciones, poderes, personas o cosas fuera de una ubicación o autoridad central”.
Tomando esta definición para descentralización, la relación con una ética individualista parece ser obvia y lineal: cuanto más descentralizada una sociedad, más funcional al individuo, menos sentido de comunidad. Como contraparte, para generar esto último habría que centralizar en una autoridad, liderazgo o institución. Con esta lógica, la economía de plataformas, internet y, por supuesto, tecnologías más recientes como la blockchain deberían ser vectores unívocos del individualismo, y toda aspiración comunitaria debería ser vertical y (probablemente) autoritaria.
O no. Como siempre, es más complejo y las cosas no son realmente tan lineales.
4. ¿Podemos crear comunidad de forma descentralizada?
En su Criptocomunismo, el filósofo inglés Mark Alizart ensayó una hipótesis más que interesante: que Bitcoin, en tanto tecnología creada buscando un fin tan ambicioso como eliminar al Estado como mediador económico y garantizar la propiedad privada en su expresión más absoluta, puede devenir en un orden teológico-político basado en el consenso descentralizado y en la fe. Para esto se apoya fundamentalmente en dos procesos que tuvieron destinos relativamente similares: la Reforma Protestante y las Revoluciones Liberales.
Desde ya que la hipótesis de Alizart tiene muchas más capas de las que puedo resumir en un párrafo breve. Sin embargo, me quiero quedar con el corazón de la misma. Ahora bien, ¿qué es esta otra cosa en la que se puede convertir Bitcoin a pesar de estar construido con una base fuertemente libertaria?
Si Bitcoin funciona gracias a la confianza de los usuarios de la red, y esta confianza es la garantía de la propiedad de cada uno; si es cierto que están todos de acuerdo con el estado contable actual de la blockchain, Bitcoin puede funcionar como un generador de consenso descentralizado.
Bitcoin permite que haya acuerdo entre un argentino, un sueco y un filipino acerca de un estado contable por fuera de los Estados, con sus propias reglas iguales para todos ellos. Esto genera un ecosistema donde habitan y se relacionan monetariamente, algo parecido a una comunidad. Descentralizada, virtual, pero comunidad al fin.
Podemos estar de acuerdo o no, y en lo personal me resulta una hipótesis optimista por demás (aunque no descartable), pero sí creo que hay un valor en ella, y es que si la descentralización de Bitcoin, un proyecto tan radicalmente libertario, puede generar otra cosa, proyectos con otro origen tienen aún más potencialidad de crear sentimiento de comunidad. Veamos ejemplos.
En el año 2001 fue creado el protocolo BitTorrent que, sin entrar en tecnicismos, se utiliza para hacer intercambios de información p2p (peer-to-peer, el mismo tipo de intercambio que se realiza en las criptomonedas) de forma que los archivos se envían y reciben en forma simultánea, construyendo una red entre los usuarios que intercambian archivos mientras la alimentan y consolidan. Para que la red funcione, quienes participan de ella tienen que dejar esos archivos disponibles para alimentarla (seeds).
Con el tiempo, este protocolo ofició de actante mediador entre usuarios de manera tal que se terminaron creando comunidades, foros y buscadores de Torrents como ThePirateBay (toda una institución, si me preguntan). En cada una de estas comunidades o foros se constituye otro consenso descentralizado con la salvedad de que, a diferencia de Bitcoin, no se basa en el resguardo de la propiedad privada sino en la solidaridad entre pares de compartir información y democratizar el acceso a la red.
No quiero pasar de este tema sin mencionar otros dos casos sobre los que no me alcanzan las líneas para pormenorizar pero que merecen un ensayo aparte: Wikipedia y Sci-Hub. Bajo la premisa Free Encyclopedia y Knowledge belongs to all mankind, el primer caso constituye una verdadera comunidad dedicada a divulgar conocimiento y generar un espacio de consulta relativamente confiable y el segundo directamente en abrir las puertas del sistema científico y sus publicaciones a poblaciones que no tengan la posibilidad de pagar las ridículas tasas de acceso a repositorios y revistas.
Disrumpir el ethos individualista de la descentralización implica necesariamente descentralizar el humanismo y la generación de comunidad. Urge que los movimientos políticos progresistas, humanistas, de izquierdas o nacionalistas comprendan esto si quieren sobrevivir en el Siglo XXI. Actualmente sufren de una lógica top-down de conducción muy marcada, que debe dar lugar a formas menos centralizadas de construir comunidad. Hay herramientas, y ya hay también algunos resultados.
Así como los comunistas de principios del Siglo XX le encontraron la vuelta para resignificar instrumentos del capitalismo, los sectores que hoy quieran crear un sentido de comunidad no deben temerle a que este sentido salga de lugares que le escapen al control. Va a existir cada vez menos obediencia orgánica, y no por eso los aportes serán menos valiosos (ejemplo clarísimo de esto es lo que un forista hizo cuando se intentó cerrar la plataforma educ.ar).
Está claro que la descentralización es un arma de doble filo, ya que se corre el riesgo de caer en la individuación de la que habla Sadin, pero si partimos de la premisa de que ese ethos ya está entre nosotros, ¿por qué no soñar con usar sus producciones y herramientas en pos de un sentido de comunidad?
No estás scrolleando bien
Por Alejo Bernhardt
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Por Santiago Mitnik
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