Tecnología

Algunas coordenadas para pensar el algoritmo

Por Francisco Calatayud
03 de octubre de 2023

Más o menos, cada 20 o 30 minutos, agarro el teléfono y abro Instagram, Twitter o Youtube. No tengo Tiktok, porque estoy seguro de que de tenerlo, lo sumaría a esa lista. Cuando cumplo con esta rutina, creería estar en busca de algo muy concreto: entretenerme. Cada aplicación cuenta con un mecanismo automático que nos ayuda a lograr este objetivo, su algoritmo. Creo que todos sabemos de qué se trata: se nos presenta contenido, siempre medianamente nuevo, relacionado a lo que la aplicación sabe sobre nuestros intereses. El mecanismo es muy simple. Hace poco empecé a ver “Mindhunter” en Netflix, y como por arte de magia Twitter me muestra hilos sobre la serie, y Youtube videos sobre su director, David Fincher. Claramente consumo ese contenido, ya que de verdad me interesa lo que propone, y suelo utilizar al algoritmo más bien como una herramienta. Se sabe que uno puede, en cierta forma, domesticarlo, y enseñarle qué cosas nos gustaría que nos muestre mediante likes, compartidas, y búsquedas relacionadas. Hace poco tuve que pensar un regalo para mi novia, y para recibir una ayuda estuve un par de días mirando marcas de ropa en Instagram, hablando en sus chats sobre eso y entrando a las publicidades que, consecuentemente, la aplicación me empezó a mostrar. Funcionó, así como cuando decidí que me gustaría saber más sobre urbanismo y empecé a likear videos sobre eso en Youtube. Ahora tengo una buena base de tres o cuatro canales que hablan al respecto.

Pero muchas veces podría decirse que nosotros nos convertimos en los usados. Por más que haga un uso consciente de la herramienta, es muy fácil que se salga de control. Hace poco estuve un rato mirando reels en Instagram de ski y snowboard, y tuve que esperar un buen tiempo para que la aplicación se olvide de ese dato y deje de mostrarme exclusivamente contenido relacionado a eso. Además, se conocen muchos casos de publicidad, propaganda política y hasta teorías conspirativas que se aprovechan especialmente de la permeabilidad que tenemos frente al algoritmo. Creemos estar 100% al mando cuando se trata de las redes, pero la realidad es que es muy difícil comprender bien el mecanismo que está detrás de ellas, y ni hablar sobre los poderes que se encargan de manejarlas. Es por esto que creo que es muy importante que desde la filosofía se pueda empezar a pensar en estos temas, no ya desde la academia solamente, sino desde la charla cotidiana, la discusión y la reflexión con amigos. Aquí va un humilde intento.

Algoritmo y martillazos

Desde la Grecia Antigua, pero principalmente desde la Ilustración Moderna, la filosofía ha sido siempre un llamado a pensar por sí mismo. Incluso antes, pero cerca, Rene Descartes criticó la prevención y la precipitación como las razones por las que los hombres no piensan por sí mismos, y se dejan llevar por prejuicios o por los pensamientos de otros. Kant supo explicarlo con su sapere aude, “atrévete a saber” proclamó el alemán, alentando al pueblo a alcanzar la “mayoría de edad de la razón”, abogando por la ilustración de una sociedad que todavía estaba en vías de, y que se creía que empezaba a despertar. Luego de muchas revoluciones, (políticas, sociales, económicas) fue otro el filósofo que nos instó a no arrodillarnos ante conceptos muertos: Friedrich Nietzsche.

Es conocida la figura del “ultrahombre” nietzscheano. En general, se cree que con esto se refiere a la superación del hombre por el hombre, de un sujeto que crea su propia realidad negando los valores morales establecidos por las instituciones, y que es entonces en la afirmación de la propia realidad creada individualmente donde hay que apoyarse. Pero esta interpretación (ejemplificada muy bien por la película Fight Club) no tiene en cuenta otro concepto clave de la filosofía crítica del alemán: el “entre”. Este es un pensamiento tensional, siempre. Con la “filosofía a martillazos”, Nietzsche no propone un no que muera en la negación, en la desesperación, sino que justamente describe a este pesimismo nihilista como “decadente”, ya que nos lleva a la quietud, a la resignación. En cambio, siempre dice que no para después poder decir que sí. Pero este sí, para no caer en lo que él llama egiptipticismo, donde los conceptos pasan a ser momias a las que veneramos -como pasa por ejemplo en las religiones-, debe pensarse desde la ficción del eterno retorno. Este (anti)dogma establece que hay que aceptar el instante presente, como si fuese a repetirse eternamente. “Si este instante ha de volver, debería vivirlo de la mejor manera posible”. Esto generaría un deseo de que el mismo se repita, haciendo al instante querido y por tanto, cambiándolo. Es entonces que la regla se niega a sí misma, ya que al hacer imposible la repetición, lo que se afirma en ese instante no es más que la conciencia de la realidad en tensión, siempre vetusta, nunca acabada. El ultrahombre es entonces aquel que afirma las cosas aun sabiendo que están, por definición, ya negadas, pero que por eso no teme a vivir en el constante juego de fuerzas en tensión que da lugar a la vida, en el entre, ni en la necesidad ni en el puro azar. Pero, ¿qué puede decirnos esto sobre el algoritmo?

Bueno, la interpretación puede ir para los dos lados. Podríamos pensar que, al proponernos algo que está siempre relacionado con lo que ya sabemos que nos gusta, las aplicaciones nos obligan a la afirmación de lo mismo por lo mismo. No hay verdadera novedad en el contenido, no hay azar. Hay una suerte de necesidad, que nos deja acomodarnos y asegurarnos de que no nos vamos a aburrir pero tampoco sorprender. Desde este punto de vista, el algoritmo sería un obstáculo para nuestra independencia, y sería solo una palmadita en la espalda para la realidad ya establecida.

Por otro lado, ¿qué es la realidad, la vida cotidiana, sino una repetición de lo mismo? ¿Tenemos otra decisión más que la de elegir, más o menos, por donde pasará nuestra rutina? La actitud intempestiva que propone Nietzsche no es una de constante novedad ni de negación de la regularidad, sino que es más bien una postura frente a lo que, de hecho, se repite constantemente. ¿No sería entonces el algoritmo un espacio donde ejercitar esa postura? Encontrar novedad en un tópico visto mil veces, tener la capacidad de negar lo que antes creías que te entretenía, cambiar el rumbo de tu algoritmo, producir un espacio intersubjetivo donde tenemos, por lo menos, la ilusión de una libertad y de un “nosotros” global, que no te deja ser indiferente a las posturas de otrxs y permite, a priori, una alternativa a los medios hegemónicos que bajan línea y estructuran. De esta manera, la relación con el algoritmo plantea cierto tipo de libertad, -aunque pueda ser muy fácilmente discutida-, y por ende, cierto tipo de compromiso.

Algoritmo y libertad

Estas dos palabras me acercan al pensamiento de otro filósofo, más cercano a nuestros tiempos: Jean Paul Sartre. En líneas generales, su pensamiento existencialista se puede resumir con la siguiente frase: “la existencia precede a la esencia”. Un artesano, cuando crea una herramienta, le da siempre un propósito. Si un carpintero hace una silla, por más que pueda usarse para diferentes cosas, como por ejemplo revolearse por el aire en una asamblea, la hace para que la gente se siente sobre ella, y es muy difícil concebir algo que sea creado por nosotros sin una utilidad definida. Por eso, una vez eliminada la idea de Dios como creador de los hombres, estos quedan sin propósito. O por lo menos, sin propósito a priori. Es por ello que lo único inevitable para el hombre es elegir. El genio de un artista está en su obra, y la esencia de un hombre en sus actos. Decidir ignorar la responsabilidad es lo único que puede ser juzgado como “mala fe”, como cobardía. Asumir el compromiso del proyecto humano es lo único que puede salvar al hombre del hombre, y no dejarlo caer en la desesperación y el desamparo que implica estar solo frente a un mundo sin sentido, que tiene como único fin un cajón bajo tierra. Lo que produce la quietud, la inacción, es la cobardía frente a esa libertad, libertad que nos condena a caminar por la cornisa con la absoluta responsabilidad de avanzar rectamente para no caer al abismo, obligándonos a mirar con cuidado nuestros pies y tener siempre presente la oscura nada que hay por debajo. Esperanzador para algunos, terrorífico para otros, la filosofía de Sartre nos plantea también otro marco sobre el cual pensar nuestra relación con el algoritmo.

Primero la interpretación más obvia. Olvidarnos de nosotros, entregarnos al dominio total de las fuerzas que están detrás de las aplicaciones y que no hacen más que usarnos para hacerse todavía más poderosos, esclavizándonos y obligándonos a chequear cada 20 minutos el teléfono para recibir un shock de dopamina que nos permita seguir funcionando, aunque cada vez con menos capacidad de concentrarnos, no pareciera permitirnos mucho compromiso ni mucha responsabilidad. Dejarnos influenciar constantemente por el contenido que consumimos pareciera no hacer más que quitarnos poder de decisión, y por ende libertad. Entretenernos siempre con los mismos challenges, memes y formatos de twitter es un poco lo contrario a proyectarnos como humanos a un futuro incierto. Pareciera más bien que estamos encajando en un molde prearmado de humanidad, que todos compartimos pero que ninguno elige verdaderamente, sin hacernos cargo. Pero cuidado, porque creo que queda también otra interpretación.

Sartre dice explícitamente que no elegir también es elegir, y que lo único que está “mal” sería esconder esa no elección como moral superior, determinismo, o cualquier otra fuerza mayor que me impida la libertad. Pero entonces ¿está mal no elegir? ¿Qué problema hay si, tan solo por un rato, un par de veces al día, decido abandonarme? La libertad hipertrofiada del hombre en la posmodernidad, la oferta ilimitada de contenido, de productos de consumo, cultural y material, nos pone frente a una posición que solo profundiza el rol del sujeto en la modernidad. El hombre cuenta con el mundo de los objetos para hacer algo con ellos. Primero, los prefigura al conocerlos, acomodándolos a sus esquemas ya existentes, y luego, teniéndolos ya racionalizados y dominados, los transforma y usa a voluntad. Este panorama, discutible en muchos sentidos, aprovechable en tantos otros, es, por lo pronto, fatigante.

Algoritmo y angustia

Yo, por ejemplo, decidí dejar de estudiar abogacía, una carrera quizás más estandarizada, más fácil de hacer sin necesidad de hacerme tan responsable de mi futuro, para estudiar filosofía, donde pareciera no haber un camino seguro y todo lo que pase con mi carrera depende exclusivamente de mí y de que se me pueda ocurrir. Sin lugar a dudas me encanta, y en general todo lo que se siente más propio, único, viene acompañado de una satisfacción especial, una adrenalina frente al desafío y una sensación de conexión conmigo mismo. Pero toda decisión, diría Sartre siguiendo a Kierkegaard, viene acompañada de angustia. Elegir algo significa siempre no elegir otra cosa, y el miedo a equivocarse es seguramente correlativo a qué tan propia o “jugada” sea la decisión que se tome. En mi caso, muchas veces esto me deja cansado. Frecuentemente pienso en que tanto más fácil seria todo si no hubiese dejado la Facultad de Derecho, y me imagino de saco y corbata llegando a una oficina a ser no-tan-feliz como podría serlo en otro lado, pero con la reconfortante certeza de que podría ser más feliz en otro lado, cómodo, victimizándome. Esto es solo un ejemplo, pero que se expande a cualquier ámbito: desde poder elegir tu vocación, religión, sexualidad, estilo de vida, ideología política, etc. Nos vemos frente a cada vez más opciones, frente a una libertad cada vez mayor, sin precedentes y sin referencia en las generaciones pasadas. Es lógico que Sartre, en su defensa a la libertad del hombre frente a su nula esencia, no haya podido tener en cuenta las condiciones materiales que nos encontramos ahora, en 2023, necesitando escondernos un poco de las decisiones. ¿Pero qué pasa cuando la libertad irrestricta se convierte en la norma?

Desde que los videojuegos son parte de la industria cultural, muchos conceptos salidos de ellos se utilizan para referirse a situaciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, los de main character y NPC. El primero se explica solo. El segundo significa “personaje no jugable” (por sus siglas en inglés), y se refiere a los avatares que rellenan el espacio, como los transeúntes en un juego de mundo abierto o los acompañantes del personaje principal. Estos, a veces, le proveen misiones o desafíos al protagonista, pero está claro que solo son funcionales a su historia, y su aparición sólo cobra sentido en tanto interactúan con él. Bueno, por más que esté claro que todos queramos ser los protagonistas de nuestra propia historia, y, en cierto punto, el centro del mundo, creo que no está mal querer, de vez en cuando, ser simplemente uno más.  En un mundo ya sin religión, sin Dios, y con cada vez menos mandatos, encontrar un remanso para el yo puede ser muy reconfortante. Entenderse humilde, parte de algo más grande, que no depende de uno y para lo que solo hace falta mostrarse con las palmas de las manos mirando hacia arriba, listo para recibir, sin más. Olvidado quedó el canto que rezaba que el Señor es mi pastor, nada me puede faltar, y ya sin pastor y sin ovejas la única posibilidad de hacer algo con la tierra es trabajarla, la única vida que existe es la vivida, y el único acto que vale es el que se hace.

Sobre si esto es deseable o no prefiero no decir nada, pero creo totalmente necesario para nuestra generación empezar a, por lo menos, decir algo. Estas líneas no buscan de ninguna manera hacer una apología del consumismo informático que nos propone el sistema con el que funcionan las redes sociales, ni tampoco pretendo un análisis acabado del efecto que tiene sobre nuestras vidas y mucho menos una interpretación última del nihilismo nietzscheano o el existencialismo francés. El algoritmo no es Dios, las redes, la sociedad del espectáculo y la sociedad líquida son cuestiones que deben seguir siendo pensadas y tratadas, aunque ya no desde una posición académica sino desde una más cercana a las personas que atraviesan esa realidad. No sé bien como solucionar la distancia, aparentemente insalvable, entre el intelectualismo académico y el común de la gente, ni cómo hacer que lo que estudio en los libros pueda tener un impacto real. Pero de lo que estoy seguro es de que aunque la filosofía siempre llegue tarde, si tiene un deber es el de intentar narrar, entender y, llegado el caso, transformar la realidad, que no puede ser otra que la que sucede en este mismo instante, que como siempre, ya pasó.

 

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