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Lula Vuelve: amanhã vai ter

Luego de que fueran anuladas las condenas que lo mantuvieron preso por 580 días, el ex sindicalista de 75 años, Luiz Inácio Lula da Silva, busca volver a presentarse como candidato a presidente en medio de una brutal crisis social y política.

Por Agustina Leunda y Brunno Manfrin Dallossi
01/06/21

A pesar de las campañas mediáticas construidas en su contra y la virulencia del Lawfare, las últimas encuestas llevadas a cabo por el Instituto Datafolha, aseguran que habría segunda vuelta y que Lula alcanzaría una holgada intención de voto del 55% contra el 32% que reuniría Bolsonaro, instalándose como favorito de cara a las próximas elecciones del 2022.

El recuerdo de esas 36 millones de personas saliendo del umbral de la pobreza extrema e ingresando a la economía de mercado, la fundación de decenas de universidades públicas en todo el país y el aumento del salario mínimo “como nunca antes na história deste país” -según solía repetir el líder del Partido de los Trabajadores (PT) durante su gestión-, sigue fresco en la memoria del pueblo brasilero y constituye la espalda del presente y del futuro político de Lula.

A comparación de aquel pasado luminoso, el presente de Brasil se revela dramático. El desempleo bate récords históricos llegando a un 14,7%, la pobreza extrema alcanza a 27 millones de brasileros y el hambre vuelve a figurar entre los problemas sociales más profundos a nivel nacional. Un estudio realizado por la Rede Brasileira de Pesquisa em Soberania e Segurança Alimentar e Nutricional, asegura que un 55,2% de los hogares brasileros conviven actualmente con al menos un grado de inseguridad alimentaria. En números absolutos, esto significa que 116,8 millones de personas -más del doble de toda la población argentina- no tienen acceso a una alimentación completa. Esta franca degradación del tejido social es palpable: basta caminar un poco por las calles de São Paulo, Rio de Janeiro o Florianópolis para percibir el aumento desproporcionado de gente sin hogar pidiendo limosna para poder comer.

Al drama social se le suma la calamidad sanitaria. Mientras el presidente en ejercicio, Jair Bolsonaro, sigue en una franca campaña en contra de las medidas de prevención del COVID-19 -defendiendo públicamente el uso de medicamentos sin eficacia comprobada, rechazando ofertas de vacunas y prometiendo usarla fuerza del ejército para que los brasileros abandonen el confinamiento y retomen sus actividades- la cantidad de brasileros que perdieron sus vidas a causa de la pandemia mundial y la gestión lamentable del presidente, ya araña el medio millón.

Cuesta imaginar un escenario más dramático y contado de esa manera puede parecer la sinopsis de una película apocalíptica inverosímil, pero es la foto de la situación actual de Brasil.

La polémica gestión de Bolsonaro frente a la crisis ha derivado en un contexto de tal descalabro que ya no sólo inquieta a sectores de izquierda, a medios progresistas y organismos internacionales, sino que ha alcanzado también a ciertos actores que hasta hace no mucho tiempo supieron ser aliados clave en el ascenso del ex militar a lo más alto del poder político. Algunos sectores tradicionales de la política y el empresariado local -que supieron apoyar la destitución de Dilma Rousseff- han decidido alejarse definitivamente de Bolsonaro y comenzar a mirar con buenos ojos una posible candidatura presidencial de Lula en 2022.

Lula, quien ha sabido hacer de la conciliación una de las características principales del lulopetismo desde la publicación de la Carta ao Povo Brasileiro en el 2002 -cuando buscó tranquilizar a los sectores financieros y empresariales- no ha tardado en recoger el guante y empezar a tejer alianzas clave de cara a su próxima candidatura.

Durante los últimos días, el líder petista celebró una serie de reuniones con diversos sectores del denominado “centrão”, y la derecha entre quienes se encuentran el ex-presidente José Sarney (1985-1990) del partido derechista MDB y Fernando Henrique Cardoso (1994-2002) del Partido de la Social-Democracia Brasilera -PSDB, de conocida orientación neoliberal. El encuentro entre el sociólogo y el líder petista concluyó con el compromiso público por apoyar a Lula en una eventual segunda vuelta presidencial en 2022. Este hecho constituye un hito simbólico realmente importante para la política brasilera si se tiene en cuenta que el académico ha sido presentado durante años como el principal rival político del PT y que los cuadros más relevantes del partido que lidera han acompañado a Bolsonaro en los comicios de 2018.

Estas reuniones son sin dudas un emblema de la búsqueda conjunta por neutralizar toda tentativa de crear una “tercera vía” electoral desde el centro político y concentrar focos de poder relevantes dentro de la oposición para derrotar a Bolsonaro el próximo año.

Paradójicamente, la cuenta pendiente está en generar un acercamiento entre Lula y los grupos de izquierda que supieron integrar en otros tiempos las filas de su propio gobierno. Si bien el petista ya ha dado los primeros pasos en esa dirección al reunirse con Guilheme Boulos -líder del Movimiento de los Trabajadores Sin Techo (MTST)- y Marcelo Freixo -diputado federal por el PSOL de Río de Janeiro y padrino político de la ex-concejala Marielle Franco- para discutir las posibilidades de un eventual apoyo a Lula en primera o segunda vuelta, los avances rumbo a la unidad definitiva con el grueso de la izquierda son aún realmente escasos.

Es probable que estos sectores de la política brasilera, distanciados y desencantados producto de fuertes fricciones durante el último mandato del PT, no se constituyan como piezas nodales para asegurar el triunfo de Lula en las urnas, pero sí sean importantes de cara a garantizar la gobernabilidad necesaria para frenar la degradación de la situación actual del país, comenzar a restaurar la democracia y volver a una dinámica productiva que le permita a Brasil pararse nuevamente.

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