Artificios

Notas sobre la pavada

El mundo como lo conocíamos ya no existe, y esperar que pase algo después de cada escándalo se volvió un ejercicio de masoquismo. Pero este ensayo no se queda en el abismo: explora cómo la pavada, la conversación y la intimidad pueden ser, en tiempos de individualismo radical, una forma legítima de construir sentidos y no rendirse del todo.

Por Camila Jorge
31 de marzo de 2026

1. Con mis amigxs nos acostumbramos a decir que estamos en el epílogo del mundo. Cuando pasa algo que de tan ridículo no podemos interpretar –lo cual ocurre cada vez con mayor frecuencia– nos consolamos sentenciando que, de todas formas, el mundo como lo conocíamos o como fantaseábamos que sería para siempre en nuestra primera juventud, ya no existe. Es un mecanismo muy efectivo. Basta enunciarlo para dar por terminada la conversación y, así, con la ayuda del humor, espantar la angustia que parece estar incansablemente lista para hacer su jugada. No es necesario entender lo que pasa precisamente porque comprender se volvió una tarea imposible. El absurdo se vuelve un abismo.

2. Hay veces en que este absurdo-abismo tiene que ver con todo aquello que ya no pasa. Un quiebre entre la acción y sus efectos. Todos recibimos en nuestras pequeñas pantallas portátiles las últimas noticias de la ciudad, el país, el mundo. Nos escandalizamos ante la desfachatez de los gobernantes que se disponen a vender hasta lo que no tenemos. Creemos que esta vez, luego de que se develara una red de desvío de fondos facilitada por funcionarios de alto rango, va a pasar algo. No pasa nada. Otro día, cuando sale a la luz una red de trata de niñxs que implica a caras conocidas de todo el mundo, pensamos ah, ahora sí, ahora va a pasar algo. No, no pasa nada. La vez siguiente, ya ni siquiera esperamos que ocurra alguna cosa. Estamos forzados a mirar la parálisis frenética: los eventos se suceden uno detrás del otro, veloces, escandalosos pero sin consecuencias. Se suceden como transcurre la llanura cuando cruzamos el país: nos parece que no pasa nada o, cuando sí pasa, cuando vemos un atisbo de vida entre los kilómetros de monocultivo, nos movemos tan deprisa que nuestra atención no llega a posarse en ninguna parte.

3. Busco escándalo en Google. 1. Alboroto, tumulto, ruido. 2. Hecho o dicho considerados inmorales o condenables y que causan indignación y gran impacto públicos. Ni una ni la otra se adecúa al escándalo contemporáneo que tiene menos que ver con el pasaje al acto luego de la indignación que con el aumento de la impotencia. O quizás asistimos a la extinción de los escándalos –qué palabra hermosa, ojalá no se nos muera–. No lo sé, pero intuyo que la posibilidad de escandalizarse en el sentido que arroja Google, se vuelve más estrecha a medida que aumenta el absurdo-abismo.

4. Como casi todo en la vida, la cosa –quiero decir, el absurdo– tiene más de una cara. Existe otro lado del absurdo, un costado atemporal y, lo digo con cierto temor, universal. Me cuesta creer que haya sujetos que estén a salvo de esta experiencia. Son momentos horrorosos pero de profunda honestidad en el que el núcleo de la vida se revela –en el mejor de los casos, solo por un momento– como lo que es: un sinsentido. Días en los que los automatismos cotidianos pierden su gracia y parecen ecos gastados. ¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué sentido tiene que me despierte todos los días y repita esto? Spoiler: ninguno. Al menos ningún sentido a priori, externo al acto, que sirva de una vez y para siempre. Sostenemos los sentidos, siempre precarios, con mucho esfuerzo contra un fondo de absurdidad existencial. Hay una puja entre la búsqueda humana de sentido y un universo para el que este sentido no significa nada. Cuando Camus nos sugiere que debemos imaginar a Sísifo feliz mientras realiza eternamente una tarea sin sentido, esta felicidad nada tiene que ver con las premisas new age de nuestra época que nos incitan a ser autosuficientes y a igualar voluntad con agencia –si querés, podés, sentencian– sino que se trata de una reconciliación con la absurdidad de la existencia. La posibilidad de asumir que los sentidos que nos llevan a insistir en la vida son artificios y esto podría ser una suerte más que una pena. Todos necesitamos construir razones para vivir y qué dicha cuando estas razones no se oponen al absurdo, sino que se entregan al delicado acto de la convivencia. La palabra clave es construir. Nota mental: no olvidar que los sentidos son producciones y, como tales, susceptibles de ser intervenidos.

5. Construir sentidos. Parece fácil, así enunciado, pero sospecho que no se trata de una tarea intelectual, al menos no únicamente. Tampoco parece tener que ver con un ejercicio voluntarioso e individual –vuelve como un reflujo la premisa new age: si querés, podés–. ¿Cómo se construyen, entonces, los sentidos que hacen de la vida algo habitable? ¿Dónde ocurre tal cosa? Como no existe una respuesta inequívoca, quizás se trate de volver a pasar por aquellos lugares y composiciones que permitieron tan preciada construcción con la ilusión de que nos arrojen alguna pista.

6. En el 2015, en medio del incipiente auge feminista, estaba cursando el último año de la secundaria. Con un grupo pequeño de amigas atábamos nuestros pañuelos verdes a las mochilas y no perdíamos oportunidad para pelear con todo nuestro mundo acerca de los derechos básicos que les corresponden a cualquier ser humano. Puede parecer nimio, de hecho lo era. Pero aquel lugar era casi todo lo que conocíamos y nos oponíamos a él con ferocidad porque creíamos en algo más grande. El feminismo había llamado a nuestra puerta y nos había hecho sentir algo que no voy a olvidar nunca: que aquello que suponíamos profundamente privado y que en muchas ocasiones nos daba vergüenza haber vivido, no era algo personal, era una situación de injusticia que atravesaba a miles. La escala masiva del movimiento era un hogar más amable que nuestro pequeño mundo. Supongo que algo de esa dislocación entre lo público y lo privado así como la posibilidad de sentir que entre otrxs podemos averiguar algo acerca de nosotrxs mismxs es lo que le da consistencia a cualquier movimiento social. También supongo que eso es lo que está en jaque. Son tiempos de la supremacía de lo privado sobre lo público, la inconmovible certeza de que nadie sabe más de nosotrxs que nosotrxs mismos y la extrema dificultad de creer en lxs otrxs. Y entonces observamos los desastres de nuestro tiempo –que no sé si son peores que los desastres de otros tiempos. Un desastre es siempre un desastre– pero esta vez lo hacemos un poco más solos. La individualización radical de la vida fragiliza la posibilidad de inventar sentidos.

7. Hace poco, en una revista digital, me topé con una correspondencia amistosa entre Diego Tatián y Jorge Larrosa. Es una larga conversación por entregas sobre la amistad, la política, las tristezas y alegrías de nuestra época. Dicen algo precioso sobre la esperanza que copio en anotadores digitales y pequeños cuadernos, para engañar al olvido: la esperanza es un trabajo. No una emoción, ni un sentimiento. Es el compromiso de dirigir y sostener la atención hacia lo que existe. Es una definición que me alivia porque sugiere que quizás no se trate de esperar pasivamente a que el mundo se arregle, sino a insistir, pujar por lo vital. En la propuesta formal de Diego y Jorge ya hay dejos de esta insistencia: las correspondencias –cartas, mails, palomas mensajeras, tan distintas al chat– son una forma de compromiso con la atención. Me interesan porque quisiera abandonar la tramposa lógica de la urgencia y también porque implican una espera que no es pasiva. Una conversación es un camino abierto que depende de fuerzas que se encuentran y demanda un tiempo para ordenar ideas, jerarquizarlas, enlazarlas para que estén a la altura de la vida. Este tiempo convive con otro tiempo, el momento en el que se aguarda una respuesta. Se arma una conversa a partir del juego de ritmos, donde a veces se toma la palabra y a veces se escucha. Son posiciones diferentes, sí, pero intercambiables. Prueba de ello es que muchas veces, cuando evocamos una conversación, ya no recordamos quién dijo qué cosa, quién escuchaba y quién hablaba. Y este desconocimiento de las autorías, esta total falta de importancia respecto de ello, es lo que da cuenta que, cuando conversamos, nunca se espera pasivamente a que pase algo, la escucha es aquí una demora para que la charla –con toda la fé en la vida que una buena conversación nos regala– ocurra. 

8. Me propuse, gracias a las conversaciones amistosas, no sucumbir a la derrota. Hay cierto narcisismo ingenuo, en el que por momentos desbarranco, en pensar que este es el peor momento de la historia. Basta mirar para atrás sin ir tan lejos para recordar que hace menos de medio siglo en nuestro país y en los países vecinos se vivieron dictaduras sanguíneas que buscaron acabar con los sueños y proyectos de movimientos enteros. Este momento no puede ser peor que aquel. No abandonarse en la derrota, me repito. No regocijarse en el victimismo. Recuerdo otra cosa preciosa: una militante de los 70 diciendo que no le había gustado la película 1985 porque los retrataba únicamente como víctimas y que ellos, en aquellos tiempos, también fueron felices.

9. Una vez, en una asamblea de vecinos de mi barrio, un señor –era grande, me lo imaginé sabio– dijo: hay que amar con rabia el tiempo de lucha, no importa nada qué pase después. La palabra que el señor subrayó -y lo hizo con sus ojos, su entonación, su mirada sutil y cariñosa- fue: nada. ¿Hay algo más alegre y absurdo en estos tiempos que hacer algo porque sí? 

10. Pablo Hupert sugiere que compartir un problema quizás signifique compartir un campo que no conocemos, una ignorancia que solo en común puede ser explorada. La condición para pensar, prosigue, es justamente no saber. Si ya sabemos, entonces no hay nada que pensar y lo que podría llegar a ser un problema, se presenta ahora como una demanda a ser cumplida lo más rápido y eficientemente posible. Esta idea me da un respiro del absurdo-abismo. Ok, me digo, está bien no entender lo que está pasando. Podemos consolarnos con los apodos que le ponemos a nuestro tiempo –circulan en mi grupo otros del tipo ex país, el mundo falleció hace mínimo veinte años, etcétera– siempre y cuando no obturen el acto.

11. Converso largamente con una amiga sobre la importancia de la pavada. Nos imaginamos a la pavada como un dispositivo artesanal que nos permite alterar las coordenadas de lo público y lo privado, darle la espalda a la vergüenza, poder, al menos durante un instante, reírnos de nosotrxs mismxs. Un momento en el que la vida en toda su absurdidad se vale de sí misma. Son momentos significativos pero difíciles de habitar, atrapadas como estamos entre la sensación de que todo lo que hacemos debe ser importante y, al mismo tiempo, no teniendo las herramientas para tocar –quiero decir, conmover– el orden de las cosas. Jugamos a inventar definiciones: hacer una pavada es la aceptación en acto de que la vida es absurda y que esa certeza, lejos de ser un abismo, puede ser motivo de gracia y entrega. 

12. Me llega un whatsapp de un amigo: 

estoy en camino

perdón, estuvo nivel hard salir del hoyo de la depresión hoy –se disculpa por la demora–. 

Está viniendo a mi casa para empezar el improvisado club de lectura que nos inventamos. 

somos dos –le contesto–. 

Leo esto mismo en un texto de Agustina Espasandín, con la salvedad de que nuestro hoyo de la depresión es, en su ensayo, el Black Hole. ¿Trazan los idiomas distancias entre estos agujeros? Por la forma en la que resonó el texto de Agustina en mí, creo que no. Más bien se trata de los nombres que, como parches, nos inventamos para hacerle frente al mundo y no renunciar a la verdad íntima que nos habita y susurra que la vida no puede ser solo esto.

13. Me quedo pensando en la posibilidad de compartir algo con alguien y en los ya-no-tan-nuevos sentidos que tiene la palabra compartir –compartir una publicación, una historia, un tweet–. Me gustan más los otros sentidos de la palabra compartir, aquellos que implican que cuando se comparte algo no necesariamente se sabe qué es lo que se está compartiendo. Compartir puede significar tener algo en común y ese algo puede ser opaco y fluctuante. Puede resistirse a ser nombrado. Jullien tiene un libro precioso sobre la intimidad en el que dice que la intimidad es la posibilidad de hacer del afuera un interior compartido. No puede elegirse, la intimidad. Tampoco la complicidad ni la picardía. Te pasa o no te pasa, te arrastra el nudo incognoscible del deseo que hace del cuerpo extranjero un alojo, o no te pasa. Claro que después hay un segundo momento y un tercer momento y así, donde esa intimidad puede ganar en textura y profundidad y abrirse para ser explorada –después de todo, aunque se sienta algo muy privado, la intimidad se parece más a un vasto, vastísimo territorio, un paisaje donde el cielo y la tierra se rozan a lo lejos, en el horizonte– pero al principio hay deseo, fuerzas que atraen e impulsan, arrojos. Sigue Jullien y yo lo copio, como mantra personalizado: cuando ya todo se ha vuelto vacilante y amenazado, cuando ya nada depende de uno mismo, cuando ya ningún derecho es válido, cuando todo es expropiado, se trata de convertir ese Éxodo, ese “camino del afuera”, en su opuesto: invertir el Exilio y desafiarlo. Tal es el poder de lo “íntimo”, cuyo camino de acceso descubren entre los dos.

14. Se esboza en mí algo que se parece a una certeza: se necesita más de un cuerpo para soportar el absurdo. Fabricar sentidos alegres que nos permitan perseverar en la vida no es una tarea individual. Tampoco programática. Nunca sabemos de dónde vendrán los sentidos luminosos, aunque tenemos intuiciones y registros de cómo y dónde ocurrieron anteriormente. Hay sentidos y hay absurdos –¡sí! ¡al mismo tiempo!– en las luchas que hacemos propias, en la construcción de intimidades que nos permitan pavear, en la invención de coordenadas para tolerar el abismo de la época. 

15. En días particularmente difíciles se encuentran los absurdos, el absurdo que constituye el magma de la vida y el absurdo-abismo. No tiene mucho sentido luchar contra el primero, al menos eso decidí yo, estoy cansada, hay que elegir las batallas. Además, hay algo del sinsentido que me parece profundamente divertido y le ofrece a mi día a día la tan preciada liviandad. Es el meme de los dos tipitos mirando cada uno por la ventana opuesta de un bondi, uno triste, el otro feliz. Arriba se lee: nada tiene sentido. Acabo de escribir un meme. Bueno. Decía que el absurdo vital es abierto y hay días que podemos ser el tipito que mira por la ventana y sonríe ante la ridiculez fundacional de la vida: ¡nada tiene sentido!

16. Estamos en el Delta, el agua del río nos llega al ombligo. Es un día plácido, feriado de sol, caluroso para ser octubre. Nos habita una dicha que no siempre es posible: somos donde estamos. La cosa es que mi amiga rompe el silencio y le pregunta a mi amigo si es feliz. Así, como quien pregunta te gustó la pasta frola o cuál es tu peli favorita. Yo, muda, agradezco que no me lo haya preguntado a mí y me pregunto, para mis adentros, si podría contestar sin aludir al absurdo-abismo, a los slogans new age que me tienen cansada, a los chistes con los que parodiamos el fin del mundo y a otros vericuetos de turno –porque nunca son suficientes– para no vermelas de frente con la cosa. Mi amigo, en cambio, percibe algo de la liviandad paradójica de la pregunta y contesta como si supiera la respuesta desde siempre: tengo mis sufrimientos pero soy feliz. Desde ese día esas palabras reverberan en mí, es una recurrencia amable, un recordatorio de la importancia de los acentos.

Cito porque amo. Referencias:

El mito de Sísifo. Camus.

Lo íntimo. Jullien.

La correspondencia entre Tatián y Larrosa se llama Rumor de mundo y se puede leer acá: https://ctxt.es/

El pensamiento de Pablo Hupert: https://www.pablohupert.com.ar/

La nota de Agustina Espasandín: https://vayainamag.com/2025/06/13/black-hole/

Las ocurrencias de lxs amigxs, sin lxs que no sé pensar, solo se encuentran en la vida.