Pantallas
Cine para soñar
Hubo un tiempo en que el cine invitaba a soñar. Hoy, muchas producciones audiovisuales parecen intervenir amortiguando la experiencia de una realidad saturada de información, orientándose más bien a administrar el descanso o a funcionar como un acompañamiento de fondo. Frente a esta deriva, se abre una pregunta: ¿es posible otra relación entre el cine y el sueño? Un cine capaz de vulnerarnos, de desorganizar la percepción y de hacernos sentir —como sugiere Lucrecia Martel— que la vida es tan posible de ser transformada como el propio relato audiovisual.
Por Lucía Amatriain y Úrsula Schneider 10 de febrero de 2026
Necesitamos profetizar un mundo en el que nos guste vivir. Necesitamos esa profecía no para creer en ella, sino para desearla.
Marcelo Percia
Nuestro vínculo cotidiano con el cine y las series se ha transformado. Las imágenes nos acompañan hasta el sueño, se entraman con contenidos latentes e intervienen en nuestras fantasías y decisiones. No se trata solamente de dormir con una película de fondo, sino de cómo las ficciones ingresan en el terreno del inconsciente y participan de nuestros modos de ver y de pensar.
¿Cómo vemos cine en la actualidad? A veces buscamos una producción que nos recomendaron, cuando queremos la pausamos y, si estamos cansados, dormimos. Otras, sin querer, el visionado nos acompaña hasta el sueño.
Distinto es lo que sucede cuando directamente optamos por una película o serie a sabiendas de que al verlas nos vamos a dormir, porque advertimos que el film actúa como somnífero.
Es cierto que las ficciones y el descanso van de la mano, pero esta costumbre, ¿es una reversión del cuento que pedíamos una y otra vez en la infancia? No, ¿no? ¿Por qué no?
El cuento que se repite nos da la ilusión de comprender lo que sucede y lo que viene, de predecir un futuro y anticipar un final. Nos ubica dentro de una trama compartida, en compañía de quien escribe, de su estilo, su humor y complicidad. Esa experiencia es placentera y, justamente, nos invita a soñar.
Más que estados homogéneos, dormir y soñar nombran operaciones distintas. Dormir implica una retirada de la escena, una suspensión provisoria del lazo con el mundo. El sueño, en cambio, no es reposo sino trabajo: una elaboración que, por la vía de la figuración, permite que algo de lo imposible de decir encuentre una forma, aunque sea enigmática.
En los años 2000 algunas nos fuimos a dormir con un libro de Harry Potter y soñábamos con recibir una carta de Dumbledore esperándonos en Hogwarts. Algo parecido ocurría con sus films: los personajes nos acompañaban horas, días, a veces toda la vida.
Con las series, la experiencia se desplaza. La continuidad no produce mundo, sino inercia. Muchas veces la trama se estira, se vuelve serializada hasta perder espesor: hay que garantizar la próxima reproducción.
El problema no es el sueño, sino su administración. De hecho, cuando al director de Netflix, Reed Hastings, le preguntaron sobre su competencia, dijo “mi mayor competidor es el sueño”. Si las personas no tuvieran que dormir, podrían ver más series de su plataforma. Otro cambio propuesto por Netflix apunta a que los y las espectadoras no tengan que prestar atención mientras ven un film o serie. Los ejecutivos le piden a los guionistas que sus personajes “anuncien lo que están haciendo” para que se pueda seguir la trama sin mirar la pantalla. Es lo que propone el género llamado “casual viewing”.
De este modo, las series se vuelven un fondo constante. Pero ¿a qué responde este cine que nos acompaña mientras hacemos otra cosa? ¿Qué cansancio, qué exceso de realidad, qué dificultad para el silencio vienen a ser administrados por esa presencia ininterrumpida? ¿Qué de lo real resulta demasiado intenso —o demasiado opaco— como para ser atravesado sin esa mediación?
La imagen en movimiento deja de inquietar para volverse un fondo, una presencia que no nos requiere. ¿Qué regula esa compañía audiovisual que puede permanecer sin ser mirada y, sin embargo, dificulta la experiencia del silencio, la interrupción o el vacío?
La administración del cine encuentra su reverso en las maratones interminables y en un tiempo que pierde el corte, donde el dormir ya no garantiza el descanso y el insomnio se vuelve una experiencia extendida. Al mismo tiempo que las plataformas ampliaron el acceso, fueron diluyendo los límites entre ver, pausar y detenerse.
Este cambio en las formas de ver fue anticipado por el psicoanalista Gérard Wajcman cuando, en 2019, propuso pensar al formato serial como el lenguaje de nuestro mundo tal como lo vemos en la actualidad: “El cine del siglo XX tenía cinéfilos; hoy tiene historiadores. Era una invención; ahora es con frecuencia una repetición, y la novedad viene sobre todo desde afuera, de la sofisticación técnica digital, de los videojuegos”. Plantea que las series no producen mitos e incluso, se inclinan a desmontarlos. La serie es la forma de un mundo en crisis: “Mientras el cine construía, la serie, forma naturalmente desestructurada, tiene en sí misma una inclinación al desquicio simbólico, social, psicológico, desublimador y desmitificante”.
Por un lado, la tendencia actual se orienta a producir series predecibles, pensadas para sostenerse como paisaje audiovisual. Por otro, los mundos que estas narrativas ponen en escena devuelven los signos de una crisis generalizada: fragmentación social, distopías, descomposición de los lazos. Wajcman concibe las series como ventanas abiertas a los síntomas, como una máquina de abrir los ojos: no relatos destinados a encandilarnos, sino historias que exponen el malestar de época. Ahora bien, entre las maratones interminables y el insomnio, entre las ficciones anestésicas y las pesadillescas, ¿queda aún un lugar para el sueño como experiencia transformadora?
En una entrevista realizada a Lucrecia Martel señala que las películas no buscan representar la realidad, sino funcionar como un lente distorsionado de la experiencia; no mostrarla tal como es, sino hacer visible su carácter deconstruido. Idealmente, dice Martel, al salir del cine deberíamos sentir que la vida es tan posible de ser transformada como el relato audiovisual.
Tal vez haya que recuperar otra relación entre el cine y el sueño. No el dormir inducido, sino el soñar como potencia. Un cine capaz de desorganizar la percepción, de abrir lo posible. Esa virtud cinéfila capaz de hacernos soñar con un mundo nuevo.
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