Artificios
Dos hipótesis a partir de El tao de la canción
¿Es ChatGPT una máquina de plagiar o el mayor artista popular de nuestros tiempos? En este texto, a partir del libro El tao de la canción de Pablo Dacal, Juan Álvarez Tolosa ensaya dos posibles lecturas sobre qué significa escribir música en las condiciones de nuestra época.
Por Juan Álvarez Tolosa
19 de diciembre de 2025
Este texto fue leído en la presentación de El tao de la canción, de Pablo Dacal, el 7 de noviembre de 2025 en el Museo del Libro y de la Lengua.
El tao de la canción es un libro heterogéneo. Es un ensayo sobre el arte de la canción, sí, pero a su vez piensa sobre sí mismo: ¿cómo se escribe la canción?, ¿qué es la canción en la Historia de la música y en la Historia del arte?, ¿y en la Historia, a secas?, ¿cómo entra la experiencia personal en un texto sobre un género tan grande?, ¿es necesario un nuevo manifiesto, una nueva política?
Para presentar este libro, Dacal me pidió que estableciera un diálogo entre épocas y entre generaciones. Así que me propuse ir pensando, mientras leía, algunas hipótesis que pudieran surgir con respecto al hoy. Las anotaciones surgieron fácil por aquello mismo: escrituras de todo tipo, fuentes comunes y extrañas, historizaciones y aventuras, matices y afirmaciones contundentes. Cuando terminé, depuré todas mis ideas y elegí solamente dos.
La primera hipótesis es una que ya está dicha de muchas maneras, pero que se me volvió a hacer obvio en la lectura:
1. La canción, en cada época, requiere nuevas tensiones.
Pensé en esto bien al principio. En el libro, Dacal repasa algo de historia de la música en la Edad Media para llegar a la aparición de los trovadores y los juglares, y finalmente a los goliardos. Lo que dice es que estos artistas, con su música y su poesía, entre interpretaciones y reinterepretaciones, buscaban provocar. Provocaban a la gente al generar tensión por lo que decían, y ese sería un sentido más relacional o social de la palabra; pero también provocaban a una tradición artística por generar una nueva tensión en la práctica. Las melodías que solían cantarle a Dios pasaban a acompañar letras sobre temas más terrenales, se parodiaba la música de liturgia, se mezclaba el latín con lenguas vernáculas…
Dacal hace un buen apunte, al vincular ese movimiento de provocación —con origen en una tensión— con “la literatura simbolista, las vanguardias históricas y la chanson française de la primera mitad del siglo xx”. Incluso, pienso, en el punk de los 70s. La popularidad, la trascendencia, según dice en otro momento Dacal, “depende en parte de sus cualidades: el sonido, su sentido situacional, su relación con los signos de la época, su adecuación o inadecuación a las modas”.
Justo la semana pasada, de hecho, estaba leyendo el libro y Dacal explicaba a la canción como el complemento entre música y letra. Ahí hay, entonces, un eje sobre el que se puede establecer una tensión. Y mientras leía eso, un amigo me pasó un video de Jaime Roos, que hablaba en una entrevista sobre su canción “Cometa de la Farola”: cuando la melodía sube, dice, es porque “la música tiene que hablar. Y la letra tiene que ser coherente con lo que habla la música”. Y canta “Ay que tira, que tira y trepa…”, y explica: “¡La música tira! La letra se va adhiriendo”.
Está ese ánimo de tensionar. “Tira que tira”. En su caso, entre lo que alguna vez fue provocador pero ya es aceptado (lo carnavalesco, lo procaz, lo grotesco) con algo nuevo, aún no del todo incorporado a su cultura nacional, como lo era el pop. Y al crear un nuevo desencuentro, provoca a su vez un nuevo encuentro.
Es tentador, entonces, preguntarse dónde está ese espíritu hoy.
Porque en una época de fácil acceso, de fácil mezcla, casi todo es cómodo. Hay menos incentivo a provocar esas tensiones porque exigen más esfuerzo. Pero si no se piensan, una vez más y con más profundidad, los componentes de la canción y sus relaciones armoniosas, jamás se puede hacer una operación sobre lo estandarizado.
Recuerdo también una escena que relata Dacal, en su conservatorio, en la que vio a Juan Falú transcribir los acordes de El cosechero y reinventando en el momento: séptimas, disminuidas, cambios en los bajos… De ahí, de alguna forma, surgió la larga experimentación que llegó a su propia versión de la canción. Eventualmente la tocaron con el mismísimo Ramón Ayala. “Estábamos a la deriva”, cuenta, entre el cambio de ritmo y de tono. “Hasta que un faro de luz nos encandiló a todos —un hechizo— y empujó aquella canción hacia lo desconocido”.
Esa performance sirve como sinécdoque de lo que pasa a mayor escala, en el movimiento. Lo que se distingue logra ser disruptivo en una época, pero una tensión no puede durar eternamente. El elástico cede, se afloja, queda colgado. La atonalidad, el punk, la canción de protesta, la cumbia, el spoken word, el free jazz, todo se vuelve cánon tarde o temprano. Entonces, recuerda Dacal, “el arte se trata de aprender a convivir con lo desconocido”. Es necesario renovar, buscar nuevas tensiones en otros lados.
Pero ahora me pregunto: ¿sigue siendo provocador una mezcla de ritmos, que hoy parece más al alcance de la mano? ¿Qué es lo provocador hoy?
Y me atajo porque alguien puede decir: ¿cuál es el valor de provocar? Acá una frase de Dacal para iluminarlo: “todo auténtico artista es por definición un outsider. Y ser un outsider, frente a un mundo que ya no soporta las diferencias, es transformarse en un delincuente. Porque si no lo dejan entrar, el rechazado monta su propio incendio. Una fuerza atávica lo empuja más allá de las normas: la misma música que, al haber perdido la contención de su liturgia para transformarse en mercancía, nos convierte en criminales”. Entonces, yo digo: ¿un criminal que no provoca? No me suena.
Este libro propone pensar de nuevo lo que hace a la canción y, en el fondo, lo que hace a la provocación. Lo que es, entonces, lo que hace a un artista.
Con lo cual, llego a la segunda hipótesis:
2. ChatGPT es el mayor artista popular de nuestros tiempos.
Esto lo pensé a partir del capítulo sobre la canción colectiva. Ahí Dacal se refiere a “la canción de los rituales, las ceremonias y los estados de trance. La que acompaña los trabajos de la cosecha, los coros de las escuelas, las rondas infantiles y el clamor de las hinchadas. Nuestros himnos. Nuestra canción.”
Me hizo acordar a algo que escribió uno de los hermanos folkloristas alemanes, Jakob Grimm, en una carta a un amigo:
La poesía folklórica surge del alma de la totalidad colectiva. No ha sido compuesta por una sola persona, ni dos, ni tres. Sigue siendo imposible explicar cómo se conformó esa totalidad y cómo se puso en marcha. No obstante, como ya he dicho, no es más misterioso que la manera en que el agua (de diversas fuentes) confluye para formar un río.
¿Qué es toda esa confluencia de obras, que se pierden en la entropía, que se reformulan, que se procesan de formas que escapan a nuestro entendimiento y dan lugar a otras nuevas escrituras, sino la Inteligencia Artificial?
Hablando de leyendas populares, quiero traer a colación a Santos Vega. Para los que no tengan la memoria fresca, Santos Vega fue un payador legendario, el mejor de todos los tiempos, de quien se decía que no perdía jamás. Se cuenta que murió debajo de un ombú tras perder una payada, la única que perdió en su vida, contra un forastero que se revela como el Diablo.
La muerte de Santos Vega suele interpretarse como el fin de la pre-modernidad. La voz del pueblo, de lo rudimentario, muere frente al progreso y la ciencia que llegan de afuera. Traigo todo esto porque, en un artículo, Facundo Dalmacio recuerda esta leyenda para decir que hoy Santos Vega sigue vivo en ciertos músicos (“payadores digitales”, los llama), y que el Diablo reencarna en la Inteligencia Artificial.
Pero yo no coincido con la lectura. No es que el Diablo sea el mal: es el progreso, que de hecho en la modernidad el artista hizo propio y hoy valora. ¿O el rock no es hijo de la amplificación eléctrica, el post-punk de los sintetizadores, el rap del sampleo? ¿No hay muchos artistas emergentes que logran proyectarse y tocar lado a lado con artistas gigantes gracias a las redes y Spotify? El avance, la tecnología, no solo puede estar de nuestro lado sino que es algo que nos constituye.
Algo que me gustó encontrar en el libro de Dacal fue la renuncia a lo fácil de la nostalgia. Encuentra en cada época de la canción algo que la lleva a nuevos lugares, y en cada elemento de esta era de desmaterialización una nueva madriguera por donde caer a descubrir sus misterios. Dacal tiene la maña de un inventor que desarma un artefacto para entenderlo en sus partes y en el todo. Esto trae, necesariamente, una esperanza. ¿Quién gastaría tanto en desentrañar una canción si no esperara poder hacer con eso algo mejor?
Al anunciar esta presentación en Instagram, una periodista me contó que le había perdido el rastro a Dacal porque “siempre se autoboicoteaba”. Eso dijo. “La gente lo iba a ver esperando algo y él hacía lo contrario”. Esto lo narra él mismo: una vez hecho algún nombre como cancionista medio rockero, medio criollo, se lanzó por lo que él llama “el futuro incendiando al pasado, de la canción criolla al rhythm and blues, el post punk, los clics modernos, un hip hop pampeano y el espíritu del antifolk”. Unos años después, una balada, un bolero, versiones de un cantor de los años veinte, ni hablar las películas, los libros de ensayo, de entrevistas, de poesía.
Pero eso no es un autoboicot. Es todo lo contrario. Ella quería escuchar una ampliación de lo que entendía por Pablo Dacal, algo que podía sacar de una Inteligencia Artificial con todos sus discos. Dacal, en cambio, seguía la máxima de Dylan en No Direction Home: “Un artista tiene que tener cuidado de nunca llegar a un lugar. Debe darse cuenta de que está constantemente en un estado de transformación y, siempre y cuando se mantenga en ese campo, va a andar más o menos bien”. De esa manera, lo que se boicotea no es al artista sino a la replicación, el mecanismo propio de la Inteligencia Artificial.
Surge una pregunta, entonces: ¿qué pasa si la Inteligencia Artificial aprende, como nosotros, a disrumpir?, ¿qué pasa si aprende a imitar, también, nuestra intuición?
Entonces, creo, habrá que adelantarse aún más. Entender una nueva época, escribir otro tao de la canción, llegar a eso que el algoritmo aún no logró replicar. Ahí la máquina va a aprender, de nuevo, pero va a ser nuestra tarea seguir desafiándola, estar un paso adelante. Usarla, de forma maquiavélica, para que opere en contra de sí misma, a favor nuestro. No hay forma de frenar el avance, pero sí de cooptarlo.
Traigo una última cita, que es algo que dice un artista tan mutante como Nick Cave, enojado, al recibir una canción supuestamente suya, hecha con Inteligencia Artificial:
Lo que hace a una gran canción no es su parecido con otra obra. Escribir una buena canción no es imitación, ni replicación, ni pastiche. Es lo contrario. Es un acto de suicidio que destruye todo lo que uno hizo en el pasado. Es un despegue peligroso, infartante, que catapulta al artista por fuera de los límites que él creía tener.
El avance, la transformación, el progreso, la trascendencia: eso es lo humano. Y lo replicativo, lo estancado, lo que sigue un patrón y se queda en el molde: eso es la Inteligencia Artificial.
Así que reformulo mi segunda hipótesis: ChatGPT es, potencialmente, el mayor artista popular de nuestros tiempos. Nuestra tarea es superarlo. Pero para eso hay que volver a provocar, hay que ser un poco menos Santos Vega y un poco más Diablo.
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