Artificios
lA HISTORIA SIN FIN
¿Dónde están las nuevas historias? ¿Ya no se producen grandes obras? Este ensayo cuestiona la sobreproducción de remakes, secuelas y live actions que vemos en todo contenido artístico, investigando un posible fin del arte de narrar.
Por Paloma Rojo
12 de diciembre de 2025
Últimamente todo se siente como un refrito de algo conocido pero diluido. Historias que supieron conmovernos, apasionarnos, marcarnos, pero que ahora nos vuelven sin esa emoción. Segundas partes innecesarias, reversiones o live actions que, en el mejor de los casos, nos son indiferentes, en el peor, nos generan una sensación parecida al uncanny valley que producen las IA cuando nos encontramos con la corporalidad incómoda de un personaje que solo enternecía en su formato animado. Lo problemático no es, en sí misma, la nostalgia de estas operaciones, sino la nostalgia hueca, la falta de puesta en valor. No es la escasez de novedad lo que alarma, sino la escasez de algo genuino. ¿De dónde viene esta necesidad de solo mirar para atrás sin realmente ver? ¿Es en serio nostalgia o se trata de pereza sin capacidad productiva? ¿Dónde están las nuevas historias? ¿Ya no se producen grandes obras?
En El Narrador, Walter Benjamin identifica la imposibilidad de transmitir y aprehender experiencias como causa del fin del arte de narrar. Ejemplo de esto fue el trauma causado en los soldados de la Primera Guerra Mundial, luego de la cual, a quienes volvían del conflicto, les era imposible comunicar todo lo que habían vivido como efecto de nuevas fuerzas productivas históricas seculares que desplazaron a la narración del ámbito del habla. En esta línea, Benjamin señala cómo una guerra a esa escala, automatizada y masiva, naturaliza y vacía a la muerte de sentido, de ritual. Lo que antes era una instancia clave para la construcción de una conciencia crítica sobre la eternidad y el aspecto transitorio de lo que nos rodea, se transformó en una industria.
¿Es la visión de la muerte la única condición necesaria para revitalizar la narración? Quizás no de forma tan taxativa, pero sí lo es el ritual. Todo ritual tiene, es verdad, una importante dosis de reiteración. Pero esta se inscribe, precisamente, en la búsqueda de una estructura reafirmante, que asienta la identidad del grupo y persigue un fin de sentido superador. El ritual es, en sí mismo, experiencia transmitida, narrada entre la comunidad. La pérdida del ritual es pérdida de narración. La repetición de los remakes o live actions jamás será equiparable ni tendrá naturaleza ritualística porque no asienta la identidad de la historia, la disuelve, la vacía. Ahí la ya mencionada nostalgia hueca, es la copia de una historia que solía tener sentido. Benjamin define a la narración como la forma artesanal de la comunicación, algo que no puede tener lugar dentro de los procesos de industrialización de las ciudades. En estos espacios donde deja de ser posible el relajamiento del espíritu, condición imprescindible para escuchar (y agregamos: crear) historias. En este punto es ilustrativa la cita de Paul Valéry: “el hombre contemporáneo ya no trabaja en lo que no es abreviable”. Esa necesidad de inmediatez no puede convivir con la memoria épica en forma de sabiduría transmisible.
Hay una serie de explicaciones para este fenómeno: por un lado, más vale malo conocido que bueno por conocer. Hoy en día, con los tiempos, costos y, sobre todo, con la competencia encarnizada por la atención de una audiencia cada vez más desapegada, no es redituable arriesgarse con una nueva propuesta que pueda ser un fracaso. Construir desde una historia ya conocida asegura una base de fidelidad e interés, aunque sea breve. Y, ¿por qué la nostalgia llama la atención del público? Pueden ser los resabios de un cariño infantil, pero también puede ser que nos volvimos bastante perezosos. Compenetrarse con algo nuevo cuesta trabajo. Esfuerzo intelectual y emocional, así como tiempo. Todo eso, además, para arriesgarse al error, a decepcionarnos por lo visto. Sí, un remake o una secuela pueden decepcionar (suele ser la regla), pero, en esos casos, en realidad nunca importó la historia en sí, solo la búsqueda por la emoción pasada, conocida, de bajo compromiso.
También es posible que hayamos desarrollado un miedo a los finales, que se volvieron sinónimos de desamparo. Tomémonos la libertad conceptual de homologar los finales de las historias como una forma de muerte. Y tomemos, nuevamente, la definición de Benjamin sobre cómo las nuevas fuerzas productivas han vaciado a la muerte de su significado, de su ritual intrínseco. Hoy los finales se nos aparecen como muertes que no entendemos, que negamos. Son finales, pero no cierres. En lugar de aportarnos algún tipo de sentido cíclico de clausura, nos generan ansiedad. A falta de vínculo ritual con una comunidad que hoy está sumamente fragmentada, desarrollamos ese vínculo de manera parasocial con nuestros consumos y productos culturales, que no soportamos que terminen.
En La desaparición de los rituales, Byung-Chul Han escribe que hoy no solo consumimos las cosas, sino las emociones que las revisten. Y donde las cosas no se pueden consumir indefinidamente por su materialidad finita, las emociones, en cambio, sí. La mercancía, en este caso las historias, se revisten de una emoción que apunta a incrementar el consumo y la producción. El filósofo señala que así es como lo económico coloniza lo estético, pero deberíamos agregar también la dimensión identitaria. Escribe Han:
“Las emociones son más efímeras que las cosas. Por eso no dan estabilidad a la vida. Además, cuando se consumen emociones uno no está referido a las cosas, sino a sí mismo. Se busca la autenticidad emocional. Así es como el consumo de la emoción intensifica la referencia narcisista a sí mismo. A causa de ello cada vez se pierde más la referencia al mundo, que las cosas tendrían que proporcionar”.
El afán por consumir y emular una vieja emoción es también el deseo narcisista de volver a esa persona que fuimos. Pero despojada de su componente afectivo y de su sentido original, la historia es ahora solo un producto del que formamos parte con nuestro consumo. Por eso, también, la sensación es tan distinta cuando vemos un remake o una secuela en comparación a cuando volvemos a ver la película original. En el original está, valga la redundancia, la emoción original, inimitable.
Los remakes, secuelas, precuelas, live actions y todas las historias derivadas son el resultado del imperativo de producción constante que se presenta en todas las áreas de nuestra vida. La narración como Benjamín la entiende, el ritual, no es una máquina productiva, sino una repetición atemporal que ofrece algo a lo que agarrarse a lo largo de distintas generaciones. Puede resultar exagerado decir que las secuelas y live actions nos alejan de un referente de mundo, o del mundo en sí. Pero, a su vez, ¿a qué mundo le hablan esas grandes producciones? ¿A qué público? Todos vimos la frase hecha meme hecha verdad: el mundo en el que crecimos ya no existe. Y, sin embargo, estas continuaciones sin final se esfuerzan en hacernos creer que sí, que no pasó el tiempo entre ese mundo y hoy. Es una constante vuelta al pasado sin referencialidad.
El spoiler y el imperativo del suspenso
Traducido como “lo que arruina algo”, el spoiler es la revelación indeseada de un punto clave en la historia, es el dato puro, la riqueza de la trama reducida e invalidada por la importancia de esa pieza de información que no debíamos conocer hasta el momento oportuno. En su misterio artificial, la figura del spoiler hace necesariamente de la historia algo intransmisible: al no poder contarse, paradójicamente bajo riesgo de arruinar la historia, funciona como una barrera para la transmisión de la misma, en un movimiento análogo a lo que Benjamin identifica como una pérdida en el arte de narrar y escuchar.
No es casual que el spoiler comúnmente se encuentre (y se tema) en novelas, series o películas de narración aristotélica y fácil masividad. Donde Benjamin diferenciaba a la narración como algo que podía ser repetido a lo largo del tiempo sin perder su valor, sino por el contrario, enriqueciéndose, el spoiler “arruina” la trama, le hace perder su impacto. Una vez conocido, parece que la historia pierde sentido, todo es reducido a un suspenso entretenido. Además, en paralelo con la emoción narcisista de Byung-Chul Han, el spoiler crea sujetos cada vez más aislados y solitarios: para evitar correr el riesgo de enterarnos de ese dato fundamental, nos alejamos de otros individuos que puedan ya conocerlo. No queremos el saber práctico comunitario, sino el secreto propio.
El problema doble de la producción
La crisis no es (solo) imaginativa. Sabemos que hay historias originales, historias que rehuyen de la nostalgia vacía para proponer algo que sea propio, genuino. Sabemos que hay ideas, pero, ¿dónde están? ¿Las vemos, se les da lugar? El problema productivo se vuelve doble: por un lado, la sobreproducción de remakes, secuelas y live actions en detrimento de cualquier otra propuesta. Y por otro, la incapacidad material y concreta de producir historias que se salgan de ese marco seguro y de consumo masivo. Sin duda hay nichos en los que estas narraciones encuentran un público receptivo, pero eso presenta, nuevamente, dos problemas: el primero, que varias de estas narraciones muchas veces ni siquiera llegan a esos espacios recluidos; pero en segundo lugar, y más importante, es que los nichos son, precisamente, nichos. La difusión de historias que transmitan un saber común y asienten identidades no es del todo posible si estas se mantienen en pequeños círculos.
¿Cuál es la solución, entonces, si la hay? Sería fácil decir mayor infraestructura para las narraciones que se salen de los esquemas del hiperconsumo. Y si bien esa no deja de ser una respuesta válida, también puede resultar simplista, y al aspirar a la mera difusión corremos el riesgo de caer en los mismos modelos que denunciamos. Podríamos, sí, ser más críticos con las historias que elegimos, negarnos a cualquier guión regurgitado que nos den y que parece hecho con IA (probablemente sea el caso) solo porque nos recuerda a una infancia lejana. Podríamos identificar esa nostalgia vacía y avanzar hacia otra cosa. Podríamos trabajar en crear y buscar relatos identitarios, más que emociones estéticas e individuales. Este ensayo no apunta a ofrecer una resolución única ni inequívoca, ya sabemos que hoy nada tiene un final claro.
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