Cultura

Miss – (auto) ficciones

Rosina Fraschina es autora e intérprete de Miss (Soporte de Ficción), un unipersonal teatral que parte de elementos de su propia vida. En este ensayo, pasa de la auto-ficción a la auto-crítica, pensando en el carácter de la experimentación en el arte y dialogando con autorxs como Leila Guerriero, Flavia Costa y Bifo Berardi.

Por Rosina Fraschina
09 de octubre de 2025

Van a ser un poco más de tres meses que regresé de una gran aventura o una vuelta enorme, hacia allá y hacia acá o hacia mi misma y hacia muchos lugares a la vez. Lo pienso, calculo y observo: la cantidad de días que estuve girando por ese antiguo continente es “casi” la misma que transcurrió para sentarme a reflexionar y escribir este artículo o “crónica autoficcional”. 

Me propongo realizar una escueta operación de transposición del lenguaje escénico al de la reflexión crítica a partir de la creación y realización de la pieza escénica Miss (Soporte de ficción) de la que soy autora e intérprete. La intención es desarrollar una especie de continuidad o expansión de algunos temas y preguntas que se despliegan en esta obra teatral de carácter autobiográfica y unipersonal. Miss (en adelante así la llamaré para abreviar) estuvo en cartel en períodos cortos, entre 6 y 8 funciones, desde el estreno en octubre de 2022 hasta mayo de 2024, en dos salas de teatro de la Ciudad de Buenos Aires, fué seleccionada para realizar una residencia artística en Teatre Nu (Sant Marti de tous, Catalunya) y en Nau Ivanow (Barcelona). Además realizó funciones en Barcelona, Madrid y Berlín durante enero, febrero y marzo del 2025.  

Ante la intención de poder hacer este ejercicio de desplazamiento entre lenguajes se me ocurrieron varios formatos: la crónica, la reflexión crítica, la autoficción, y algunos otros más. Pero en un intento de poder salirme de la propia forma, traté de entrar en el camino de una escritura sinuosa, que transite los bordes más que en una de senda recta con reglas “puras”. 

Hace unos días releía al dramaturgo uruguayo y director teatral Sergio Blanco en una entrevista, y él decía que la autoficción es serse infiel a unx mismo. Esa idea de ser y no ser al mismo tiempo es la que me convoca, tanto en el sentido artístico como reflexivo escritural. Encuentro los espacios “entre” con muchas más posibilidades expresivas y con mayor cuestionamiento a lo “estructural estructurante”. ¿Será por eso que elijo formatos expresivos escénicos que lindan lo no lugares? 

Entiendo a la autoficción como un mecanismo poético que promueve la reflexión y cierta comprensión del mundo en que vivimos, o al menos una (otra) posibilidad de acceso a través del arte para desordenar la fijeza del pasado y hacerle preguntas que nos hagan pensar el hoy. Lejos de tratarse de contar la vida de unx mismx, es poder pensar en la propia historia como un encuentro con las historias de lxs otrxs. Escribir a partir de aquellos hechos que nos sucedieron, de las fotografías familiares que miramos, de los objetos, cartas, diarios y documentos que archivamos, es un modo de reconstruir no solo la historia personal sino también la colectiva. Me interesa pensar que cuando estamos narrando ese hecho pasado estamos haciendo operaciones múltiples: al mismo tiempo que recopilamos datos e información de la vida personal, estamos tomando contacto y acumulando información social, cultural y colectiva. En el acto de tratar de juntar todo ese acopio de dimensiones tremendas y otorgarle un orden, no en el sentido cronológico, sino en uno personal creativo, es que estamos creando una opinión, una mirada, sobre ese suceso particular y sobre la vida misma en general. Y “contar no es la parte fácil del asunto” dice Leila Guerriero en su libro Zona de Obras, reflexionando sobre el periodismo narrativo. Y me gusta pensar en tal género como una de las tantas operaciones que articula la creación escénica autoficcional, en la que no hay reglas para organizar tal material monstruoso, dice la autora en referencia a su oficio, con el que acuerdo y traslado al mío. Leila también menciona que ese género toma recursos de la ficción, y en este sentido pienso a la autoficción como en una operación inversa, tal vez teñida por mi formación de comunicadora social, cuando estamos creando autoficciones escénicas estamos haciendo periodismo. La creación escénica autoficcional implica una intensa búsqueda de archivos, de datos, informaciones, mapas, audios, documentos históricos, etc. pero en este caso, con el permiso y la licencia que nos da el arte: hacer de todo eso, nuestro material para crear una ficción.  

“…tanto en el caso del arte como en el terreno de las ciencias, lo experimental se relaciona con la manipulación de “instrumentos”, formas o conceptos para proyectar lo nuevo”, afirman Flavia Costa y Lucía Stubrin en el libro Tecnopoéticas Argentinas, Archivo Blando de arte y Tecnología.  

Miss desde el comienzo fue pensada como un modo de experimentar nuevas formas de producir relatos teatrales, en diálogo con lecturas teóricas que en ese entonces me proporcionaba la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires, con material de archivo de distintos periódicos de mi pueblo natal, material fílmico en vhs, entrevistas y con sucesos socioculturales e históricos que se emparentaban con hechos que eran pilares para el relato de la obra. Por ejemplo, las elecciones de las Misses en Argentina y el mundo, la construcción de la feminidad en estos sucesos de la cultura y el vínculo de esas feminidades en el mundo del cine y la posibilidad del éxito migratorio que prometían las grandes ciudades en la industria cinematográfica. 

La misma génesis del formato documental ficcional me impulsaba a experimentar nuevas formas procedimentales tanto desde su punto de inicio, como su escritura dramática. Sanchis Sinisterra en Narraturgia alude a sustancia textual para hacer referencia a esa potencialidad que posee un relato, que no se encuentra en su textualidad originaria para explicar la compleja tarea de la actividad de adaptación de un texto narrativo a uno dramatúrgico. El autor explica que en ese proceso de adaptación el pasaje es más que una adaptación de un texto narrativo al teatro, es poder encontrar eso que late invisible, que no está expresado pero que lo vemos o necesitamos ver en otra dimensión como lo es una puesta escénica. En este sentido pienso en aquellas materialidades biográficas como esa sustancia textual a la que se refiere Sinisterra que inspiran una dimensión otra, que proponen una configuración del espacio y el tiempo y por lo tanto son sugestivas al lector y por qué no, pienso, al creador, al oyente y o futuro espectador de un relato biográfico representado escénicamente. 

La estructura en la autoficción escénica, aunque no haya una única forma de hacerlo, está vinculada a una de tipo collage, más que a una tradicional, que suelen vertebrarse en la concepción aristotélica del relato. En Miss me propuse incursionar en la labor experimental que estas creaciones propician un poco más. Salir de las lógicas tradicionales de producción de sentido de las artes escénicas e ir cada vez más a favor de la reflexión y de crear obras de teatro que promuevan lo fronterizo. Poner en duda, y/o habilitar preguntas acerca de la relación entre lo épico y lo dramático, entre lo documental y lo ficcional. Estamos transitando una época en dónde el modo de vincularnos también está mutando, la configuración del mundo mecánico al digital ha promovido cambios abismales en las estructuras sociales así como en todos nuestros comportamientos y prácticas humanas. Algo de esto enuncia Franco “Bifo” Berardi, cuando en Fenomenología del Fin, explica cómo la sensibilidad produce nuevas configuraciones y estas nuevas recomposiciones y recombinaciones promueven otras sensibilidades. Como artista y comunicadora social me interesa seguir investigando y promoviendo el ejercicio de la reflexión acerca de unx y del mundo, y/o viceversa. Cada vez que vuelvo a instancias creativas, sea como artista, o como investigadora en procesos creativos o coordinando talleres recurro a estas líneas de Flavia Costa y Lucía Sturbin, que en su momento como estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación me atravesaron profundamente “El artista experimental atenta contra el discurso del arte al tergiversar las formas, gramáticas, estructuras, morfologías y sintaxis habituales y en esa tarea elabora un discurso otro con el afán de articular un nuevo lenguaje”.