Música

Milanesa de alambre

En el under porteño existe una movida cibergótica, post-postpunk, de electrónica industrial y pesada. A este extraño submundo pertenece Carne (@carneenrac), el objeto de esta crónica-reseña. Escribiendo sobre una fecha, Ian Cordeiro piensa las derivada de la experimentación electrónica en el presente.

Por Ian Cordeiro
23 de agosto de 2025

“Los artículos son a bajo precio, pero están hechos de carne humana” 

(John Stuart Mill, Sophisms of free trade, Londres, 1850)

El Portal. Fría noche en el barrio del Abasto. Se congrega medio centenar de góticos, darks, y otros extraños vestidos de negro. Son atraídos por una fecha de música principalmente electrónica, aunque durante la noche en varios momentos se quiebra el concepto sintético para dar paso a los falibles instrumentos ejecutados por humanos. Se entiende por el line up: Teg Dat, Lngchps, Forobardera, Sangre, Autodefensa, Carne. Esto es parte del panorama porteño en las últimas décadas, artistas cyborg, que sintetizan prácticas analógicas y digitales invitando al público a entrar en un trance no del todo bailable, no plenamente escuchable. 

Más acá de la calidad hipnótica de todas las presentaciones, quedé imantado por la propuesta de Carne. La presentación me puso los pelos de punta. Electricidad estática o  señal inconfundible de que algo pasa y hay que prestar atención. 

Base industrial en loop. Juega con las pausas, produciendo silencios incómodos. El cantante no para de hablar, pero no habla con el público. Las palabras se entienden poco. Monologa y repite, a la manera de un personaje entrañable, que podría ser autómata o neurodivergente, quien se sabe sólo pero acompañado. Las bases de bajo, a cargo de Tomas Buron, forman una red mántrica y algo aterrorizante. Recuerdan a las primeras composiciones de Tomás Nochteff, en aquel Dios de los 90, ya perimido (aunque no somos nosotros quienes lo hemos matado). Entra la guitarra. Son notas de blues de garage latosas, chillantes y cruelmente distorsionadas, en un juego que, aunque ruidoso, no sacrifica la comprensión, pues cuenta una historia. Recuerda a la viola de La Londe de Primus. La cabeza se va. Uno piensa en vaqueros, sombreros de paja, lazos y armas largas, toros mecánicos difíciles de montar. 

Hay elementos de lo más duro del trip hop en la infraestructura formada por el enganche del bajo y la máquina de ritmos. Larga composición formada por bucles. Retroalimentación. También remite a Nine Inch Nails, a Ministry. En uno de sus cuatro EPs editados, reconocen otra influencia en el cover de Don’t Do As You’re Told de Throbbing Gristle, aquella agrupación inglesa de vanguardia industrial encabezada por Genesis P-Orridge en los años 70. Uno piensa ahora en exterminadores robots y un ritmo humano roto por los sueños de la industrialización.

Pero con la entrada de la voz de Julio Nusdeo, la tierra tira. No hay armonía, es un recitado cool a la manera de la parla de los actores del viejo cine argentino. Ya no estamos en la frontera del far west, sino otra más cercana, quizás la de la zona sur del conurbano bonaerense, y un paisaje que no por haber perdido su entramado fabril, es abandonado por aquellos esqueletos. De hecho los invoca, o los lleva dentro. Se escucha en Vuelta 1332, canción que da nombre al EP homónimo, lanzado en 2023: llevo a mis antepasados incrustados en el lomo / como leonardo favio pero entre posverdad y el morbo. Las voces del pasado resuenan como eco e invaden terroríficas nuestros sueños. 

Es que es paradójica la pervivencia de un género como el industrial en una sociedad que se pretende o se cree post-industrial. Desde los años 80 la masificación y abaratamiento de las máquinas de ritmos, sintetizadores y demás aparatos permiten la explosión de nuevos géneros (En su Bandcamp, los Carne se reconocen herederos: son dos humanos y un Pocket Operator, sintetizador de bolsillo barato y masivo). Hoy, el ruido de las fábricas ya no es parte cotidiana ni determinante de la vida de las mayorías sociales, pero esos sonidos quedan como fantasmas o residuos. 

Nuestro país supo tener una capacidad e imaginación técnica envidiable. Y Julio juega con eso. Se lo pregunta, lo sufre: en Calentamiento, parte del EP “Enrac” (2021) grita Lo imprimís o no queda registro / lo perdés y no tenés registro. Lo sabemos con El Eternauta, pero también con las cartas que enviaban los inventores, self made mans (o womans) a Juan Peron con motivo de una consulta pública para reformar la constitución (https://www.agenciatss.com.ar/cartas-a-peron-los-inventos-del-pueblo/). ¿Qué hacemos con los saberes técnicos y las maneras de ser que nos legaron nuestros abuelos? Seguir haciendo y escuchando industrial en el segundo cuarto del siglo XXI nos habla de una preocupación de época.

A la tercera canción se rompe una cuerda. “Van a tener que fumársela”, Julio rompe el hermetismo y habla con el público. Se tira en el piso y empieza a cambiarla. Tomás dibuja unas líneas de bajo de Sabbath, se nota que hizo la tarea. Son 4, o 5 minutos de homenaje improvisado al reciente fallecido Ozzy Osbourne, ícono y héroe para todos los que estamos en El Portal. Julio vuelve. Posiblemente la guitarra se desafine continuamente luego del estallido de la cuerda, demasiado tensionada. Los del público no nos damos cuenta, no es eso lo que importa. 

Este dúo de música industrial toma su nombre de Carne (1968), una película protagonizada por Isabel “la Coca” Sarli y dirigida por Armando Bo. Podría decirse que el tema de esta película es el del cuerpo como cosa. Delicia (Sarli) es una trabajadora de uno de los frigoríficos de zona sur de Buenos Aires, presumiblemente Avellaneda. Novia con Antonio (Victor Bo), quien además de supervisor del frigorífico es pintor: en privado, ella es su modelo. Esto es un secreto a voces. Ellos se prometen no contarlo, pero todos en la fábrica lo saben. Delicia camina por las vías, desde su casa hasta el trabajo. Es deseada y acosada por los obreros del frigorífico, subordinados de Antonio. Sufrirá, entonces, la hostilidad constante de El Macho (Romualdo Quiroga) y otros obreros -presionados por su propia participación en la cofradía masculina, por otra parte-, al punto de ser secuestrada en un camión transportador con una leyenda que dice “carne en tránsito”. La metáfora no es muy compleja, Delicia es para ellos un pedazo de carne. No es una película de horror, no es insoportable. Tampoco es un film de denuncia. Parece más un intento pop -con escenas presentadas con filtros azules o rojos- de reivindicar el amor romántico como fuerza virtuosa capaz de torcer o de hacer olvidar un mundo de violencia. Por supuesto no es un intento muy convincente porque no logra borrar de nuestras cabezas la mundanidad de la carne sobre la carne y el matadero. 

El EP Vuelta 1322 (2022) empieza con una breve introducción de un minuto: es Carne ´68, una versión industrial de la canción que forma parte de la banda sonora compuesta por Ubriaco, Morín y Bo. Cierra con la voz de la Coca, que dice “ya no puedo más”, e inicia el disco con Entender o dormir, el eje vertebrador es apocalíptico y presentista. No hay letras claras ni cristalinas, es una lírica fragmentaria, de imágenes que dan lugar a ser completadas por la imaginación.

En Carne se puede intuir un programa de investigación, que se comprueba al prestar atención al perfil de sus integrantes. Julio Nusdeo, además de guitarrista y voz, es “periodista y ruidista”. En 2021 condujo Científices del Desagüe, un proyecto de divulgación técnica/científica sobre el sonido, enmarcado en el Centro de Arte Sonoro, uno de los museos pertenecientes a Cultura del Gobierno Nacional. En este programa de radio, que hoy puede ser escuchado como podcast, se intercalan el relato del locutor, con las artes del noisero, la selección de música electrónica y las entrevistas con algunos personajes del ambiente. Tomás Buron, por otra parte, es bajista en el dúo, pero también forma parte de otros muchos proyectos musicales, como Motormutante, Caravanas y Cromosomas Memoria, su proyecto personal. Fue la figura principal de los Adrenalínicos Moretones y es diseñador de numerosas piezas gráficas en sus proyectos, combinando fotografías e ilustraciones con colores vibrantes y fondos negros con técnicas de collage digital.  

Entre las preguntas del presente, relacionadas a nuestra incapacidad de poner límites claros entre ficción y realidad, entre referentes reales y verdades definibles, se entremezclan otras relacionadas a la capacidad de producir esas verdades, de ser artífices de hechos comprobables. ¿Lo somos? De la imaginación, brota maquinación. ¿Cuál es la relación entre cuerpo orgánico y dispositivos técnicos? ¿Hay límites tajantes o es una frontera difusa? No se trata ya de un problema de orden teórico, sino práctico. Sólo se puede saber haciendo.

Carne construye un yo lírico ambiguo, a veces persona, a veces robot. El instrumento, la herramienta o la máquina, son extensiones contradictorias del mismo cuerpo humano. De artefactos inventados para facilitar la carga del trabajo a entes que subordinan a los seres humanos para alimentar a la voraz espiral de la ganancia. Si hubo algo como un ser humano, este se volvió apéndice de la máquina y la máquina se volvió parte del cuerpo, cada vez en mayor medida. La experiencia se transforma a medida que se amalgaman circuitos y cuerpo. Si en la vieja medicina laboral se hablaba de fatiga, hoy hablamos de burnout: como un cableado que se sobrecarga de tensión. ¿Qué hacemos con nuestro cuerpo-máquina? Ensayar una respuesta punki: Al loop interno discontinuar / Brindar en mi funeral / Quemar el chip, sin poder resetear más / Conexión fatal / Sinápsis débil, fritura cerebral / Corporativo suero directo enchufado a un circuito reventado / A mi envase brutalizar.